Avalon recuperaba la conciencia lentamente. Sus párpados pesaban como si llevaran siglos cerrados, pero al abrirlos, la penumbra de una cueva se dibujó ante él. Un dolor agudo atravesaba su cabeza, como si un martillo golpeara su cráneo desde dentro. A su alrededor, los escombros de un derrumbe bloqueaban un extremo del pasillo. Por fortuna, el otro lado parecía estar despejado.
Con esfuerzo, trató de levantarse, apoyándose contra la pared rocosa. Su cuerpo apenas respondía, la sangre brotaba de una herida abierta en su frente y sus piernas seguían adormecidas, obstinadas en no moverse con agilidad. Cada paso era una prueba de voluntad hacia la única salida visible.
—?Qué sucedió? —murmuró entre jadeos, mientras su mente intentaba juntar las piezas de un rompecabezas roto —Lo último que recuerdo… conjuré el hechizo de autodestrucción… Karrigan… sus gritos… ?Cómo es posible que siga con vida? Yo… no debería estar aquí.
Un destello interrumpió sus pensamientos. Una luz tenue y rojiza comenzó a emanar de su pecho, pulsando con un ritmo extra?o. Avalon, sorprendido, llevó una mano hacia el origen de la luminiscencia, sin embargo, no provenía de su carne, sino de un lugar más profundo e intangible.
—?Mi alma? Esta energía… —murmuró.
Consciente del peligro que podía representar, cerró los ojos y se concentró, canalizando todos sus sentidos hacia esa vibración. Su respiración se volvió pesada, pero firme. Cuando extendió su mente hacia los hilos de energía que se entrelazaban en su corazón, un potente impulso lo lanzó varios metros hacia atrás, haciéndolo impactar contra el suelo. Adolorido, intentó levantarse, pero los huesos le dolían con cada movimiento.
—Esto no es posible… el cristal… lo destruí… pero parece que no está ligado a mi cuerpo… sino… a mi alma. ?Qué demonios está pasando?
Un rayo de luz natural se filtró por una grieta en la cueva, iluminando su rostro con la promesa de un mundo exterior. Desde allí, pudo divisar un bosque que parecía extenderse más allá de la vista. El canto de las aves y el crujido de peque?as criaturas en el follaje llenaron el aire, devolviéndole un mínimo de calma.
—Bueno, primero, tengo que salir de aquí —se dijo así mismo, enderezándose con decisión.
Cada paso fuera de la cueva era un avance hacia lo desconocido. Avalon observaba con cautela su entorno, evaluando cualquier amenaza oculta entre los árboles. Por suerte, el bosque parecía tranquilo, sin rastro de otros seres que pudieran atacarlo.
Avanzó con dificultad hasta que el paisaje se transformó en colinas ondulantes. Al alcanzar la cima de una de ellas, su vista se posó en el horizonte. Ahí, una ciudad costera se alzaba a lo lejos, ba?ada por el brillo del sol que reflejaba en el océano.
Sin dudarlo, Avalon se puso en marcha, aunque una inquietud seguía latente en su interior.
?Debería asegurarme de algo antes de entrar a esa ciudad…? —pensó mientras avanzaba, la tenue luz roja aún palpitaba en su pecho.
Al llegar a las cercanías de la ciudad, Avalon se detuvo a observar con cuidado. Frente a él se alzaba un muro bajo y desgastado, tan antiguo y frágil que parecía más simbólico que funcional. Junto al portón principal, un par de guardias pedían credenciales a todo aquel que buscara entrar. Avalon, antes de dirigirse al acceso, decidió echar un vistazo a su propio rostro.
Sabía que no debía tener su cuerpo original, aquel que había sacrificado en el hechizo de inmolación celestial, era imposible, pues este nuevo cuerpo en el que habitaba parecía más joven y menos imponente, casi frágil en comparación. Cercana a la ciudad, una granja abandonada llamó su atención, el hambre y la sed lo empujaron hacia ella. Sentía esas necesidades mortales de nuevo, un tormento que había olvidado hacía mucho tiempo.
Al encontrar un pozo, sacó un poco de agua y, al inclinarse, el reflejo en la superficie cristalina lo dejó paralizado. Su mirada tembló, y su voz se quebró al murmurar:
—Esto… esto no es posible… este rostro es…
El rostro que devolvía el agua era el suyo, pero no el que recordaba. Era el de un joven de tez cálida y bronceada con cabello casta?o y mejillas hundidas por la falta de sustento. No obstante, este reflejo no era completamente desconocido, era su propia cara, pero de otra época. En la que había sido su vida como mortal, mucho antes de convertirse en el temido Asesino de Dioses. Este era el rostro que había llevado cuando aún era un simple humano en un mundo que ya no existía.
—Entonces… debe ser eso… —murmuró con un tono de certeza invadiendo su voz.
Avalon contempló el reflejo una vez más. Todo apuntaba a que su alma había sido transferida al cuerpo de una variante suya, un fenómeno posible dentro de la vasta Creación. Universos paralelos, dimensiones infinitas, tiempos remotos que se entrelazaban entre sí… todo eso no era un concepto nuevo para él. Lo que jamás habría imaginado era que el cristal lo arrastraría a ocupar uno de esos cuerpos alternativos.
?Así que esta es una de mis variantes… conocía la existencia de otras versiones de mí, pero… esto supera cualquier expectativa…? —reflexiono.
Sus pensamientos lo llevaron a un granero cercano. A juzgar por su estado, parecía un lugar adecuado para refugiarse y tomar un respiro. Se adentró en el viejo edificio, dispuesto a meditar y familiarizarse con los recuerdos del cuerpo que ahora ocupaba.
Sentado en el suelo, Avalon dejó que una oleada de energía envolviera su ser. Casi de inmediato, imágenes comenzaron a proyectarse en su mente, como una película que se grababa directamente en su conciencia. Escenas de otra vida, de otro mundo, lo golpearon con fuerza, y aunque el proceso era doloroso, se obligó a mantenerse firme.
—Así que esta era mi vida… —susurró con su voz te?ida de melancolía.
En este mundo, su nombre era Mika’el Cáliban, y su existencia había sido todo menos gloriosa. Era un huérfano que desde muy joven había aprendido a sobrevivir con trabajos humildes. Se desempe?aba como "mochilero", alguien encargado de cargar el equipo de los aventureros que exploraban las mazmorras. Estas estructuras, formadas de manera natural por el mundo, albergaban tesoros y artefactos mágicos codiciados por todos.
Los recuerdos de Mika’el fluían con una claridad desconcertante. Su padre, un aventurero, había desaparecido en una mazmorra cuando él era un bebé, prometiendo riquezas que nunca llegaron. Su madre, en cambio, murió de una enfermedad cuando Mika’el tenía apenas ocho a?os.
Desde entonces, había vagado solo, ganándose la vida con lo poco que podía hacer, aceptando cualquier trabajo para no morir de hambre. Ahora, a los 15 a?os, era considerado adulto según las reglas de este mundo, aunque su vida seguía marcada por la supervivencia.
Avalon cerró los ojos mientras procesaba esos recuerdos. En ellos encontró las últimas vivencias de Mika’el antes de que su cuerpo fuera habitado por su alma.
?Debe ser este recuerdo…?
Las imágenes se arremolinaban en la mente de Avalon con una claridad abrumadora. Mika’el había sido contratado por un grupo de aventureros inexpertos, ansiosos por explorar una nueva mazmorra descubierta cerca del pueblo.
Sus contratantes estaban cegados por la codicia, sin un plan ni conocimiento adecuado sobre los peligros que podrían encontrar. Mika’el, atrapado por la desesperación de no poder pagar la deuda que sus padres le habían dejado, no tuvo otra opción que aceptar el trabajo, incluso sabiendo que el pago era miserable y las condiciones humillantes.
Desde el inicio, lo trataron como un objeto desechable, una herramienta más para cargar el equipo. Las burlas y los insultos que recibió durante el trayecto aún resonaban en sus pensamientos. A pesar de ello, Mika’el lo soportó en silencio, apretando los dientes con coraje, consciente de que no podía darse el lujo de rechazar la única oportunidad de obtener algo de dinero.
El avance por la mazmorra fue sorprendentemente sencillo al principio, como si el lugar estuviera dise?ado para incitar a los exploradores a bajar la guardia, sin embargo, todo cambió al llegar a la sala final. El espectáculo que se desplegó ante sus ojos era deslumbrante… monta?as de oro, cofres repletos de joyas, estatuas de mármol con detalles tan finos que parecían hechas por artistas legendarios.
Un tesoro digno de leyendas.
Pero antes de que pudieran siquiera tocar uno de los objetos relucientes, el destino les mostró su crueldad.
El techo comenzó a desmoronarse con un estruendo ensordecedor, y una criatura colosal irrumpió en la sala desde las alturas. Un minotauro gigantesco, con cuernos en espiral y una musculatura aterradora, se dejó caer con una fuerza descomunal. Su hacha, un arma inmensa que parecía capaz de partir monta?as, impactó contra el suelo con un rugido atronador.
El caos fue inmediato. Tres aventureros, mal posicionados, murieron al instante bajo el peso del colapso y el impacto del aterrizaje de la bestia. Sus cuerpos ni siquiera tuvieron tiempo de reaccionar antes de quedar destrozados.
Los cuatro miembros restantes apenas tuvieron oportunidad de organizarse, y el minotauro no tardó en reducir aún más sus números. Con un solo barrido de su hacha, acabó con otros dos aventureros, dejando solo a Mika’el y a dos miembros del equipo. En el cual, uno de ellos era el líder del grupo, un hombre que apenas podía sostener su espada mientras el miedo lo paralizaba.
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El rugido del minotauro resonó en la sala, haciendo que los tesoros a su alrededor parecieran irrelevantes. Mika’el sabía que estaba condenado. La sala, que segundos antes brillaba como un paraíso de riquezas, ahora era una trampa mortal.
El instinto de supervivencia tomó control de Mika’el. Sin pensarlo dos veces, se lanzó a correr por los pasillos oscuros de la mazmorra, guiándose apenas por su memoria y el latido ensordecedor de su corazón. La adrenalina lo impulsaba, ignorando el dolor y el miedo. Detrás de él, el líder del equipo y otro aventurero, cuyo nombre ya había olvidado, lo seguían de cerca, todos buscando desesperadamente una salida.
Llegaron al lugar donde antes se alzaban las escaleras que los habían conducido al interior. Ahora estaban destruidas, pero Mika’el, con su cuerpo ligero y ágil, logró saltar al otro extremo. Mientras tanto, el líder del equipo le gritó con desespero:
—?Ayúdanos! ?Te prometo que te daré la mitad de lo que recogimos en las salas anteriores!
La inocencia de Mika’el lo cegó ante la evidente mentira. A pesar de la situación, extendió su mano y, con un esfuerzo titánico, logró ayudar a los dos hombres a cruzar.
La carrera hacia la salida continuó con una sensación de falsa esperanza, pero justo cuando estaban a punto de alcanzar el exterior, un rugido ensordecedor sacudió los pasillos. El Minotauro había conseguido alcanzarlos.
La criatura lanzó su enorme hacha con fuerza descomunal hacia la entrada. El impacto provocó un derrumbe inmediato, haciendo que el suelo temblara y las rocas comenzaran a caer en todas direcciones.
Por un instante que pareció eterno, los tres se esforzaron al máximo, esquivando escombros y corriendo contra el tiempo. Por pura suerte, lograron salir de la mazmorra segundos antes de quedar atrapados bajo toneladas de piedra.
El aire fresco de la superficie llenó sus pulmones. Mientras recuperaban el aliento, el líder del equipo, un hombre corpulento con una sonrisa desagradable, se dejó caer al suelo.
—?Mierda! —dijo, con la voz aún temblorosa —Pensar que casi no salimos con vida…
—?Qué hacemos ahora? —preguntó el otro hombre, con su tono lleno de pánico —?Los demás murieron, jefe! ?Tenemos que irnos antes de que esa cosa logre salir también!
Pero el líder, en lugar de responder, giró su mirada hacia Mika’el con una expresión depredadora. El joven, aún tratando de procesar lo que acababa de ocurrir, no percibió el peligro en los ojos de aquel hombre. Con movimientos lentos y calculados, se acercó a Mika’el mientras su cómplice observaba sin intervenir.
—?Qué… qué pasa? —preguntó Mika’el con un hilo de miedo en su voz y su cuerpo aún tambaleante.
—Nada personal, chico… —murmuró el líder, colocando sus manos enormes alrededor del cuello de Mika’el —pero será más fácil repartir el tesoro entre dos. Nadie sospechará si mueres en una mazmorra. Es algo que pasa todo el tiempo, ?No?
Mika’el intentó forcejear, pero el agarre del hombre era feroz. El aire comenzó a faltarle, y las lágrimas rodaron por su rostro mientras sentía cómo la vida se le escapaba. Su mente, desesperada, se aferró al último recuerdo que le traía consuelo… el rostro de su madre.
?Madre… madre, perdón… hice lo que pude… perdón… per… dón…?
La oscuridad se apoderó de su visión, y con un último suspiro, se rindió al olvido.
Avalon despertó jadeando, su cuerpo estaba empapado en sudor frío dentro del granero. Su respiración era pesada, y una sensación de náusea lo invadió. Haber experimentado la muerte de Mika’el a través de sus recuerdos lo dejó aturdido, como si hubiera vuelto a morir él mismo.
?Qué vida más miserable… sin padres, esclavizado por deudas imposibles… y traicionado por la avaricia de esos miserables. Una existencia así es un infierno…? —pensó, cerrando los ojos con fuerza
Miró su pu?o tembloroso y lo cerró con determinación. La ira lo invadía, no por él mismo, sino por Mika’el.
—Has tenido una vida miserable, Mika’el Cáliban —dijo en voz baja, pero con firmeza —Pero no te preocupes, ni?o. En pago por prestarme tu cuerpo, me aseguraré de que tu muerte no quede sin justicia. Haré que tu nombre resuene más allá de esta tierra. Lo prometo.
Con una nueva resolución, Avalon abandonó el granero y se dirigió hacia la ciudad. Al acercarse al portón, Cáliban, adoptando la identidad de Mika’el, observó a los dos soldados que custodiaban la entrada. Como había anticipado, exigían identificaciones a los que deseaban pasar.
?Bueno… parece que me he topado con el primer problema. Según los recuerdos de Mika’el, uno de estos guardias debería conocerme. Espero que no me pidan papeles…? —pensó mientras se aproximaba con aparente calma.
Uno de los soldados lo detuvo de inmediato.
—?Oye, ni?o! ?No puedes entrar sin papeles!
El otro guardia, colocándole una mano en el hombro al primero, intervino:
—Déjalo. Eres nuevo aquí, pero yo lo conozco. Lo he visto pasar todos los días. Es mochilero, déjalo entrar.
—?Gracias! —respondió rápidamente Cáliban, entrando apresuradamente antes de que cambiaran de opinión.
Una vez dentro, caminó por las calles angostas y bulliciosas, reflexionando sobre su situación. Decidió asumir "Cáliban" como su nuevo nombre en honor al antiguo due?o de este cuerpo. No quería borrar la huella que Mika’el había dejado en el mundo, por insignificante que pareciera. Las experiencias, el dolor, su muerte, todo merecía ser recordado, aun si solo fuera por él.
Se detuvo en un peque?o puesto de periódicos, buscando algo que le ayudara a organizar sus próximos pasos. Al ojear las hojas, comprobó que habían pasado dos días desde la tragedia en la mazmorra. Fue entonces cuando el destino intervino… los dos culpables de su muerte aparecieron frente a él, comprando en un puesto de comida callejera.
El delgado secuaz se?aló al joven, alarmado:
—?Se?or… está vivo!
El líder, al principio incrédulo, giró la cabeza con brusquedad. Al ver a Cáliban, sus ojos se abrieron en par.
—?Qué? ?Quién-…? No puede ser… no debería estar vivo.
—?Qué hacemos, jefe? —insistió el secuaz, nervioso —?Y si le dice a alguien? ?Podrían poner precio a nuestras cabezas!
—?Silencio! —lo interrumpió el líder, susurrando para evitar llamar la atención —Vamos a seguirlo.
Ignorando la amenaza que se cernía sobre él, Cáliban, usando los recuerdos de Mika’el, decidió dirigirse a lo que quedaba de su antiguo hogar en el distrito más pobre de la ciudad.
Allí encontró la vieja casa de madera, en ruinas, saqueada y descuidada. Las sillas estaban rotas, la mesa volteada, incluso la cama estaba destrozada.
Al entrar, una sensación inquietante lo invadió. Podía sentir presencias familiares dentro.
?Vaya… parece que me han ahorrado el trabajo de buscarlos? —pensó con ironía.
Eran sus asesinos. Ambos entraron con aire de superioridad, seguros de su fuerza y armas nuevas brillando en sus cinturones. Cáliban tomó un cuchillo que yacía sobre la mesa, escondiéndolo bajo su camisa rota. Decidió fingir miedo para ganarse su confianza. Tembló deliberadamente, dejando que su rostro mostrara un pánico convincente.
El secuaz delgado fue el primero en hablar:
—?Mira, jefe! Es el ni?o que supuestamente estaba muerto. No habrás dicho nada a los guardias, ?Verdad?
El líder lo miró con una mezcla de desconcierto y burla.
—?Cómo regresaste con vida? Parece que no te estrangulé con suficiente fuerza…
Se acercó lentamente, con sus manos listas para sujetarlo de nuevo. Pero Cáliban estaba preparado. Cuando el líder lo tomó por la camisa y comenzó a sacudirlo, Cáliban actuó con una velocidad fulminante. Con un movimiento preciso, clavó el cuchillo en la yugular del hombre. La sangre brotó en un torrente antes de que pudiera reaccionar, y su cuerpo cayó pesadamente al suelo.
El secuaz, aterrorizado, intentó sacar su espada, pero Cáliban lo interceptó. Con un golpe certero, le apu?aló la mano, dejándolo incapaz de empu?ar su arma. Una patada bien colocada lo hizo caer al suelo.
Con el cuchillo en su cuello, Cáliban habló con calma gélida:
—?Qué te parece si hacemos esto fácil? Quiero saber dónde está mi mochila y los objetos que robaron. Dame información y no te mataré… tú… ?Cuál es tu nombre?
El hombre, temblando, respondió rápidamente:
—?Larry! Me llamo Larry… tu mochila… el jefe me mandó a vender lo que había dentro. Con el dinero compramos armas y cerveza, pero todavía queda algo en la bolsa que él llevaba. ?Por favor, tómala y déjame vivir!
—Gracias, Larry. ?Lo ves?, no fue tan difícil…
Con un rápido movimiento, Cáliban le cortó el cuello limpiamente. Larry murió con los ojos abiertos, viendo al joven rebuscar entre sus cosas mientras el arrepentimiento inundaba sus últimos pensamientos.
—Ah… debí sacarle más información… —reflexionó Cáliban en voz alta mientras recogía todo lo que podía.
Después de equiparse con las armas y recolectar las monedas restantes, arrastró los cuerpos hacia el bosque. Allí, preparó la escena para que pareciera una ri?a entre ellos, marcando sus cuerpos con heridas de combate. Nadie sospecharía que alguien más estuviera involucrado.
Con el dinero, alquiló una habitación en una posada decente, disfrutando por primera vez en días de una cama y una cena adecuada. A la ma?ana siguiente, se levantó temprano, listo para abandonar la ciudad.
Al pasear por las calles de la ciudad, se dirigió al puesto de periódicos más cercano. Mientras hojeaba un periódico en la calle, un anuncio llamó su atención. Una chispa de interés cruzó su mente, trazando un nuevo camino hacia su objetivo.
—“La academia Grand Delion recluta jóvenes talentosos para el futuro. Si pasan la prueba, tendrán la oportunidad de conseguir recursos y técnicas de alto nivel. Los primeros 10 puestos tendrán costos pagados... incluso con oportunidades de una beca.”
Cáliban leyó el anuncio en voz baja, su atención se fijó en las palabras que parecían iluminar una nueva posibilidad.
—?Un examen escrito? —murmuró —Bueno, de alguna u otra manera, esto podría funcionar.
Se levantó rápidamente, sacudiéndose el polvo de la ropa, y comenzó a caminar hacia su nuevo destino. Sus pasos eran firmes, pero sus ojos, llenos de tranquilidad aparente, miraban hacia el horizonte, como si pudieran atravesarlo en busca de respuestas.
Mientras avanzaba, su mente no dejaba de maquinar.
?La academia… si realmente ofrecen recursos y técnicas avanzadas, puede ser una excelente forma de recuperar mi fuerza. Además, será útil evaluar el nivel de los guerreros de este mundo. Dudo mucho que los idiotas de ayer representen lo mejor que tienen.?
Una chispa de determinación cruzó su mirada. Su objetivo estaba claro… aprovechar cada oportunidad que este mundo le ofreciera para fortalecerse, incluso si eso implicaba integrarse temporalmente en sus estructuras.
?Karrigan… cuando recupere mi fuerza… me aseguraré de que seas borrado de la existencia para siempre.? —pensó con amargura, apretando los pu?os.
Con esa promesa ardiendo en su corazón, Cáliban dejó atrás las calles de la ciudad y se encaminó hacia la academia Grand Delion, donde esperaba que el primer paso de su nueva misión lo llevara más cerca de la venganza y del poder que una vez había poseído.

