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Inercia, Quitina y un Orgullo Herido

  Los tres protagonistas clavaron la vista en los arbustos. La tensión se palpaba en el aire hasta que, de pronto, una peque?a ardilla saltó entre las hojas y trepó a un árbol. El grupo soltó un suspiro de alivio colectivo.

  —Qué susto... Pensé que era la bestia de rango Vari...

  Bernát no pudo terminar la frase. Algo salió disparado a una velocidad cegadora desde la maleza, impactando de lleno en su pecho. El golpe lo lanzó por los aires hasta chocar violentamente contra el tronco de un roble.

  —?Bernát! ?Estás bien? —gritó Eszter, corriendo a ayudarlo—. ?Qué asco, un insecto gigante!

  Frente a ellos se alzaba una criatura digna de una pesadilla entomológica: un escarabajo rinoceronte del tama?o de un perro peque?o. El insecto emitió un chirrido agudo, idéntico al sonido metálico que habían escuchado antes.

  —Esa debe ser la bestia de rango Variable: el Escarabajo Turbina —sentenció Máté, analizando al oponente.

  —?Les dije que no aceptáramos misiones con insectos! —protestó Eszter. En ese instante, una sensación eléctrica recorrió su columna vertebral. Su cuerpo se movió instintivamente hacia la izquierda, justo un milisegundo antes de que el escarabajo pasara zumbando por donde ella estaba. —??Vieron eso?! ?Lo esquivé! Tal vez mi habilidad por fin está despertando.

  —?Alerta! Nos supera en rango, no bajen la guardia —advirtió Bernát, poniéndose en pie a duras penas.

  El escarabajo fijó su objetivo en Máté y se lanzó en una embestida brutal. Fue tan rápido que el bioquímico no tuvo tiempo de reaccionar; el impacto lo golpeó en el tórax, derribándolo. Eszter volvió a sentir ese "chispazo" mental, logrando esquivar un segundo ataque dirigido a ella.

  —Es veloz, pero parece que solo ataca en línea recta. ?Aprovechemos esa limitación cinemática! —exclamó Bernát.

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  —Observen su comportamiento... —a?adió Máté, recuperando el aliento—. Antes de la ignición del vuelo, realiza una flexión de sus artejos femorales para acumular energía elástica. Su exoesqueleto presenta una estructura de quitina reforzada con depósitos minerales, lo que genera una armadura biológica con un alto coeficiente de deflexión de impactos. Será casi imposible penetrar esa superficie con armas contundentes.

  —En otra situación te daría un golpe por hablar tan raro, ?pero ahora no tengo tiempo! —le gritó Eszter. Básicamente, Máté decía que el bicho era un tanque con patas.

  A pesar del miedo, la avaricia pudo más: el ejemplar valía 300 Bits. Intentaron rodearlo, pero el Escarabajo Turbina no era una presa asustadiza como el conejo; era un depredador territorial. De un golpe seco, embistió a Máté contra un árbol, dejándolo inconsciente.

  —?Máté quedó fuera de combate! —gritó Bernát.

  El escarabajo, ahora más agresivo, centró su atención en el matemático.

  —Su aceleración es de cero a cien en un parpadeo —calculó Bernát con sudor frío—. Mi tiempo de reacción sináptica no es suficiente... ?Tengo que moverme ya!

  Bernát saltó, confiando en que el insecto seguiría una trayectoria lineal. Pero, para su desgracia, el escarabajo realizó un ajuste vectorial a mitad del vuelo, cambiando su trayectoria. El impacto fue directo. Bernát cayó al suelo, viendo estrellas antes de perder el sentido.

  Eszter se quedó sola.

  —Hombres... siempre tan predecibles —murmuró, armada con una rama y una piedra. Gracias a su intuición psicológica hiperdesarrollada, lograba predecir las intenciones de la bestia. Esquivó una, dos, tres veces, hasta que vio un hueco y descargó la rama con todas sus fuerzas sobre el insecto.

  —?Jajajaja! ?A mi merced, maldito bicho!

  Pero la alegría duró poco. El caparazón disipó el impacto sin un rasgu?o. El escarabajo, aprovechando la cercanía, la embistió a quemarropa. Eszter también cayó en la oscuridad.

  Horas después, Máté despertó bajo la luz del crepúsculo.

  —Chicos... despierten...

  Tras reanimar a sus amigos, descubrieron la triste realidad: la canasta estaba vacía. El escarabajo era herbívoro y necesitaba las hierbas para regenerar su quitina; solo los había atacado para robarles el botín. Derrotados y doloridos, tuvieron que volver a recolectar las nueve plantas antes de regresar a la aldea.

  En el gremio, Irena los recibió con su habitual calidez de iceberg.

  —?Qué les pasó? Parecen haber regresado del infierno.

  —Lo que pasó fue que... —empezó Bernát.

  —Pensándolo mejor, no tengo tiempo para sus historias —lo cortó Irena, dejando 30 Bits en el mostrador—. Vuelvan pronto. O mejor no; menos trabajo para mí.

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