El mundo volvió antes que la memoria.
Syra abrió los ojos entre un parpadeo lento, casi torpe.
El cielo sobre él tenía un color imposible: un azul apagado, como si hubiese sido lavado demasiadas veces.
El aire olía a metal húmedo y a pino reciente.
Durante unos segundos, no supo si estaba vivo, muerto o atrapado entre ambos.
Solo escuchaba .
Un sonido suave, como dos gotas golpeando una piedra hueca:
tum—tum
tum—tum
Dos latidos.
Uno suyo.
El otro… no.
Se incorporó despacio. La espalda protestó. El pecho ardió.
Miró alrededor.
No reconocía nada.
Estaba en un claro peque?o, rodeado por árboles altos que parecían inclinados hacia él.
No por curiosidad.
Por una especie de vigilancia silenciosa, como si el bosque estuviera decidiendo si aceptarlo o expulsarlo.
Syra tragó saliva.
La garganta le ardía.
—?Dónde…? —su voz sonó extra?a. Ajena. Tosió—. ?Qué…?
El segundo latido respondió dentro de él, firme.
tum—tum
…tum
Se llevó la mano al pecho.
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No era dolor.
Era… acompa?amiento.
Como si algo respirara dentro de él, pero no fuera suyo.
Cerró los ojos un instante, intentando ordenar sus pensamientos.
Pero entonces lo sintió:
una exhalación de aire calmo sobre su nuca.
Su piel se erizó.
Miró atrás.
Nada.
Solo árboles inmóviles… aunque la luz entre las hojas vibraba como si alguien hubiera pasado entre ellas segundos antes.
El viento sopló.
Y junto a él, un susurro diminuto, apenas un eco:
—…ahí…
Syra se quedó congelado.
La palabra no era clara, ni entera.
Parecía dicha por alguien cuyo aliento había sido robado antes de terminar la frase.
—?Quién… está ahí? —preguntó, más por necesidad que por valor.
El bosque no respondió.
Pero el latido extra?o dentro de él sí.
Un pulso fuerte.
Luego otro.
Luego… nada.
Syra respiró hondo, intentando calmarse.
El silencio se volvió espeso.
No era paz.
Era una espera.
Como si el mundo supiera quién era él… antes de que él mismo lo supiera.
Intentó ponerse de pie.
Sus piernas temblaron.
La vista se nubló un instante.
Al incorporarse por completo, notó algo nuevo sobre su piel:
una marca tenue en su mu?eca, apenas una espiral incompleta, como un dibujo hecho por el humo.
La tocó.
El latido ajeno respondió, profundo, casi dolido.
Syra apartó la mano de golpe.
—?Qué… es esto?
No hubo respuesta.
Pero al mirar hacia el borde del claro, vio algo moverse:
una luz peque?a, como un destello azul ocultándose detrás de una raíz.
Demasiado rápido para ser luciérnaga.
Demasiado cálido para ser reflejo.
Syra dio un paso hacia ella.
El latido ajeno se aceleró, como si advirtiera peligro… o como si lo guiara.
El bosque contuvo la respiración.
La luz parpadeó una vez.
Syra cerró la mano sobre la marca y, sin darse cuenta, murmuró:
—No estoy solo… ?cierto?
El eco que respondió no era voz.
Era calor.
Una presencia leve que rozó su conciencia como dedos temblorosos.
Syra sintió que el mundo acababa de despertarlo para algo que no entendía.
Algo que ya había empezado, aunque él apenas abría los ojos.
Caminó hacia el interior del bosque.
Detrás de él, sin que lo viera, un par de ojos luminosos se abrieron entre las sombras.
Silenciosos.
Atentos.
Reconociéndolo.
Porque el vínculo ya había respirado por primera vez.
Y nada en ese mundo iba a dejarlo volver a estar solo.

