Día 60
Los cielos estaban plagados de nubes pesadas, un preludio de lluvia torrencial que se gestaba en el horizonte. A lo lejos, Nubia observó cómo varias columnas de humo se alzaban, serpenteando contra el gris del firmamento. ?Qué demente ha causado semejante caos?, pensó, con un dejo de fastidio. La situación ya era lo suficientemente desastrosa.
Su mirada escrutó el claro del bosque de robles, donde los especímenes más capaces y voraces devoraban lentamente los cadáveres de tauren que cubrían el suelo como una alfombra de derrota.
—Patéticos —masculló, su voz un susurro cargado de desprecio—. Seres de dos metros... con una fuerza mayor a la de cualquier bestia que pise este mundo... Y mirad dónde acabáis.
Con cada palabra, su bota de guerra se hundió en un cráneo diferente. Un crujido sordo y húmedo acompa?aba cada paso, seguido por un olor cítrico y agrio que le invadió la nariz. Un superviviente.
—Vamos, levántate —lo provocó, su tono gélido y burlón—. ?No ibas a matarme? ?A violarme? ?A romper mi reloj de arena? ?Qué macho!
?Alguien en algún lugar habría querido a esta criatura?, se preguntó con una curiosidad mordida.?O habría entre este grupo de fracasados uno con la compostura suficiente para escapar y morir con dignidad?
Un grito ronco y lleno de odio detrás de ella le dio la respuesta. Soltó un suspiro de fastidio, como si la interrumpieran en una tarea tediosa. Con un movimiento fluido, giró noventa grados sobre sus talones y flexionó levemente las rodillas.
La bestia se abalanzó sobre ella, su cara deformada por el rencor y un último vestigio de orgullo estúpido.
—?Muere, lu...!
El insulto murió en sus labios, cortado por una patada giratoria que se hundió en sus costillas con un impacto seco. El cuerpo del tauren salió despedido y cayó pesadamente a unos tres metros de distancia, directamente entre las raíces de los robles carnívoros. Una distancia considerable, dado su tama?o. Espero que no hayan comido aún.
—Los tauren son tan pesados... —murmuró Nubia para sus adentros—. Tan fuertes, y a la vez tan débiles.
Pero otro estaba cerca. Su olor, más débil pero aparentemente más inteligente, se le acercaba por la espalda. Estaba a unos siete metros cuando el estampido de un disparo rompió el aire. Nubia sintió un pinchazo agudo en la espalda, justo entre los omóplatos. La tonta le había disparado.
—Vamos, ni?a —rio Nubia, sin volverse aún—. Dispara más a la izquierda. He tenido un nudo ahí desde hace semanas y mis chicas están rebeldes.
Finalmente, se giró. La tauren se alzaba sobre ella, imponente, superándola en al menos veinte centímetros. Sus ojos, grandes y llorosos, tenían una expresión patética. Nubia se agachó, recogió una de las balas del suelo y la sopesó. El tauren frente a ella ya no mostraba rencor, solo un miedo primitivo y paralizante. Con un movimiento rápido de mu?eca, lanzó la bala. El proyectil de metal voló y se clavó en el tórax de la criatura, fallando el corazón por varios centímetros.
—Vamos —la instó Nubia, avanzando lentamente—. ?No me odias? ?No sientes esa impotencia que te quema por dentro?
Con las dos primeras frases, lanzó otras dos balas que encontraron su blanco en el torso. Con las últimas palabras, ya estaba sobre ella. Sus pu?os, guanteados y duros como el hierro, comenzaron a llover sobre la cara de la tauren. Los huesos cedieron con un crujido sordo y satisfactorio. Los tauren tenían una constitución decente para su nivel, pero eso solo era un castigo si no poseías la fuerza necesaria para romperla. Y Nubia sí la poseía.
Cuando solo quedó una masa informe y sangrante a sus pies, dejó de golpear. Sin más, se dio la vuelta y se alejó del claro, dejando atrás el olor a muerte y los robles mudos como testigos. ?Por qué este grupo de tauren estaba solo y no en una tribu?
Su caminar la llevó hasta los restos de una aldea humana, donde el olor a madera quemada y ceniza se mezclaba con el dulzón aroma de la sangre reciente. Allí, con la calma de un espectador en un anfiteatro, observó a su compa?ero de alianza: Arkouda un miembro de la Manada Ardiente de Hybris.
El guerrero era un torbellino de furia controlada. Su técnica era brutal, sí, pero dentro de todo, sorprendentemente eficiente. Nubia cruzó los brazos, apoyando su espalda contra el marco carbonizado de una puerta, y estudió el espectáculo. Su socio mantenía un pivote defensivo constante, saltando de un lado a otro con una agilidad que desmentía su constitución muscular. Cada salto, de casi dos metros, le hacía describir un círculo perfecto alrededor del exhausto tauren.
Esa no es la furia ciega de una bestia, analizó Nubia, su mirada siguiendo cada movimiento. Es una coreografía de destrucción. Un patrón calculado.
El tauren, ya cansado, mugió de frustración. No murió por un golpe glorioso, sino por la implacable táctica de los mil cortes; o mejor dicho, pensó Nubia corrigiéndose mentalmente, de los mil golpes. No había filos aquí, solo la pura y repetitiva fuerza contundente que machacaba huesos y desgarraba músculos.
Mientras el cuerpo del tauren caía finalmente al suelo, la mente de Nubia trabajaba a una velocidad distinta. La pelea en sí era irrelevante, un mero dato. Lo que realmente captaba su atención eran las implicaciones.
Son más organizados de lo que esperaba. La disciplina bajo presión siempre es más peligrosa que la fuerza bruta. Este culto de Hybris no era la horda caótica de animales sedientos de sangre que muchos suponían. Eran una manada, sí, pero una manada con instintos de caza afilados y una jerarquía que convertía su bestialidad en un arma militar. Eso los hacía considerablemente más valiosos como aliados... y, en un futuro, una amenaza más seria de lo que cualquiera había anticipado.
Sin una palabra para el guerrero de Hybris, quien ahora resollaba sobre su víctima, Nubia se impulsó suavemente de la puerta quemada y continuó su camino. Tenía nueva información que procesar, un juego de estrategia que atender y, si el tiempo lo permitía, unas gemelas que visitar.
Nubia se encuadró en la línea imaginaria que había pintado con la mirada. Por un instante, no vio el bosque, sino el circuito de los cultistas de Masca, donde Eufrósine y Talía se burlaban con cari?o de su "postura de oso en patines". El recuerdo fue un bálsamo. Dejó caer los hombros, lejos de sus orejas, y relajó las manos, imaginando que sostenía la confianza que ellas le habían regalado.
Su cuerpo, alto y poderoso, no estaba hecho para un arranque explosivo, sino para un impulso constante. Con sus piernas largas y su envergadura amplia, se inclinó hacia adelante desde los tobillos, sintiendo cómo el centro de gravedad de su torso robusto se desplazaba. Cuando el peso sobre las puntas de sus pies se convirtió en una promesa de movimiento y no en una caída inminente, su pie derecho—siempre el derecho, le decía Talía—se adelantó para recibirla.
La primera gota fría estalló en su nuca. Había comenzado.
Corrió con todas sus fuerzas, su pecho lleno de un rencor sagrado hacia su diosa. Con cada inhalación, un aliento helado le recorría el torso, los brazos y las piernas. Era un frescor que calmaba el fuego incipiente en sus pulmones, transformando cada jadeo en una bocanada de rocío interior. El rencor, frío y preciso, iniciaba su trabajo.
Libero tensión. Nadie comprende en mí la obsesión.
Sintió cómo la lluvia comenzaba a caer detrás de ella, pero su mundo interior era más rápido y más frío. Mientras sus piernas bombaban y su corazón martilleaba contra sus costillas, una paz gélida se extendía por sus venas. El sudor en su piel se enfriaba al instante, y el mismísimo aire húmedo se congelaba a su paso, formando una fina bruma que la envolvía como un aura invernal.
Ver ese sendero. Viajar más allá.
El mundo a su alrededor se desdibujaba en un borrón verde y marrón, pero dentro de ella, todo era claridad glacial. El ardor en sus músculos, que para cualquier otro habría sido insoportable, era solo un lejano hormigueo, adormecido por el frío que su propio rencor generaba. Ya no corría; surcaba el bosque, un dardo de hielo disparado hacia su objetivo.
La lluvia se encontraba con el frío interior de Nubia y al instante se volvía escarcha sobre su piel. Cada zancada convertía el barro en un espejo de hielo bajo sus pies. Ya no corría por el bosque; lo glacaba. El crujido cristalino de sus pasos era el único sonido que dominaba la tormenta.
Cuando los árboles finalmente desaparecieron y llegó a su destino, emergió como un espectro del invierno, cubierta de una capa de nieve y carámbanos, humeando un frío visible. Detrás de ella, un camino de hielo perfecto brillaba a la luz de los relámpagos, la cicatriz que su velocidad había grabado en el bosque. Aún con su resistencia sobrehumana, su cuerpo había llegado al límite. Comenzó a reducir la velocidad, conteniendo cada jadeo helado, y justo cuando pensó que podría permitirse descansar, un muro se interpuso en su camino.
—?Ma...l...ditos am...antes del oro! —logró articular entrecortadamente, soltando un grito final de pura frustración.
Se concentró y extendió una lengua de hielo frente a ella, usándola como rampa. Con toda la fuerza residual que pudo reunir, se impulsó y saltó.
Por un momento suspendida en el aire, una chispa de triunfo iluminó a Nubia. ?Casi tres metros! ?Superé mi récord! Pero su cuerpo, exhausto, no respondió al aterrizaje. Cayó con un ruido sordo y brutal, el impacto sacudiéndola hasta los huesos.
Intentó levantarse, pero cada músculo se negaba a obedecer. Un frío arrasador, diferente al poder gélido que dominaba, le recorrió las venas desde dentro. Miró sus manos y vio con una lucidez aterradora cómo su piel adquiría un tono azulado.
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Unos escalofríos violentos la sacudieron. Se mordió los labios con fuerza, buscando generar algo, cualquier cosa de calor, y logró ponerse de pie, tambaleándose. Al hacerlo, notó el sabor a sangre en su boca; sus labios sangraban, pero el fluido se congeló al instante formando peque?os cristales rojos que sellaron la herida.
Con pasos débiles y vacilantes, apenas pudo avanzar unos metros antes de que unas manos extra?as la atraparan. Aún a través del entumecimiento helado de su piel, notó que aquellas manos estaban cubiertas de un pelaje denso y áspero un oso. Contra su voluntad, y sin fuerzas para resistirse, sus párpados se cerraron, sumiéndola en una oscuridad impuesta.
El calor fue lo primero que notó. Un calor seco que contrastaba brutalmente con el frío mortal que la había hundido en la inconsciencia. Ese contraste actuó como un latigazo, devolviéndola a la realidad de un cuerpo que era un nudo de dolor y rigidez, tendido sobre una superficie suave que irradiaba una calidez penetrante y reconfortante.
Sin abrir los ojos aún, dejó que el conocimiento de su entorno se filtrara a través de sus sentidos. Reconoció al instante el ambiente: la caba?a de los Estrategas del Azar. Solo entonces abrió los párpados lentamente. Su mirada confirmó lo que ya sabía; el techo, un mosaico de mapas amarillentos y cartas de navegación. Bajó la vista y vio a Daniel, el líder, jugando a las damas con Arkouda. Una leve sensación de alivio la recorrió al confirmar que su socio de la Manada Ardiente estaba a salvo, quien aún mantenía su transformación parcial de oso, con un grueso pelaje y garras evidentes.
—La física es fascinante, ?no le parece? Transformar a una guerrera en un cubito de hielo. Un experimento tan vulgar como efectivo —el tono jocoso de Daniel, tan característico de él, llenó la estancia.
Nubia no alcanzó a escuchar la respuesta de Arkouda, pero sí vio cómo este, con un gesto de pura frustración, volcaba el tablero de un zarpazo.
—?Magnífico! La estrategia definitiva: aniquilar el campo de batalla. Me quito la capucha ante semejante genio... —Daniel se levantó con una gracia estudiada y se dirigió hacia Nubia—. ...y ante la joven dama que nos observa, descongelándose con tan digna expresión. Vamos, esa cara. No se quede así de... fría. Jajaja.
Al ponerse él de pie, Nubia sintió cómo el frío penetrante que la había atenazado se retiraba por completo, reemplazado por aquel calor constante que parecía emanar de la propia caba?a.
—Oooo, esa cara. Lo entiendo perfectamente. Estar aquí es un placer idílico, ?sabe? Como ser el pavo en su Día de Acción de Gracias personal, lentamente asándose en su propio jugo. Jajaja —las palabras de Daniel la sacaron de su letargo.
Respiró hondo, ya con más calma, y notó con satisfacción cómo su temperatura corporal descendía a un nivel más manejable, recuperando el control sobre su propio ser.
—Por desgracia, nuestro peque?o interludio filosófico-termina-a-hostiazos ha concluido. Su oso es un artista, ?sabe? Es raro encontrar a alguien que comunique su frustración con tanta... elocuencia silente —Daniel se pasó los dedos por los labios en un gesto contemplativo, alzando sus cejas pobladas para enfatizar el punto.
Nubia lo ignoró por completo. Dirigiéndose a Arkouda, cuyas fosas nasales aún humeaban levemente, ordenó con voz ronca pero firme:
—Dile a las gemelas que llegaré tarde.Que le digan a Angelo que nuestra reunión se retrasará.
Su socio asintió con la cabeza, se levantó con pesadez y salió de la caba?a sin mediar palabra.
—Aaaaa, tan imponente como siempre, Nubia. Da gusto. Es como ver a un general dirigiendo a su único y peludo soldado desde su cama, arropado hasta la barbilla —comentó Daniel con una sonrisa burlona—. En serio, es un alivio ver que el hielo no ha agriado ese carácter delicioso.
De debajo de la mesa, sacó un juego de tablero cuadriculado. Nubia se limitó a alzar una ceja, impasible ante sus insultos velados y su humor de mal gusto.
—Este se llama Go. Es un juego élfico. La dama Namys fue tan, tan amable al proporcionármelo, ?sabe? — Daniel sacó las fichas blancas y negras junto a un libro de estrategia. Nubia notó que sus manos estaban enguantadas con lana, ocultando por completo su piel.
—?Estás vivo? —replicó ella, fría—. Esa mujer es una devota de la Madre Silvana. La última vez que la conocí, me atravesó el estómago y me dio un ba?o de ácido. —Un escalofrío le recorrió el cuerpo al recordarlo.— Fui muy arrogante, pensando que podía usar su obvia trampa de servirse de cebo.
—Sí, una mujer de 270 a?os que participó en la Gran Guerra es una potencia —admitió Daniel con seriedad inusual—. A su edad, uno ya no pelea por la gloria, sino por la comodidad de su salón. Por suerte, su templo tiene un horario de visitas muy estricto y nosotros, mi querida, no estamos en la lista.
Aunque lo ocultaba bien, Nubia logró observar la tenue pero visible marca de una quemadura por ácido en su mejilla izquierda. Es bueno ver que no fui la única que lo intentó, pensó con un dejo de amarga complicidad.
—Bueno, lo admito, no sé jugar —declaró Daniel, cambiando de tema—. Y tu fortuna hoy es tan mala como mi estrategia: un desastre anunciado, pero divertido de presenciar. Empecemos.
Uno de los objetivos se cumplió: saber su fortuna, reflexionó Nubia mientras Daniel comenzaba a colocar las piedras sobre el tablero. Ahora, el pago: jugar.
Las horas siguientes transcurrieron con una lentitud exasperante. Nubia empleó cada gramo de su voluntad en combatir el sue?o que la caba?a, con su calor suave y reparador, le imponía como una losa. El lugar la limpiaba del frío mortal, sí, pero una duda primordial la mantenía en vilo: ?cómo y por qué unos cultistas dirigidos por un hombre como Daniel habían erigido un refugio tan poderoso? Como único consuelo, la entretenía ver cómo una furia silenciosa consumía a Daniel, quien ardía frente al tablero de Go como una vela humana.
—?Un genio! ?Un genio cruel y despiadado! —exclamó de pronto, arrojando el libro de reglas con rabia—. Tus habilidades no merecen estar en un campo de batalla; deberían enmarcarse en un museo como ejemplo de belleza destructiva.
Nubia atrapó el volumen al aire con facilidad. Una sonrisa cruel se dibujó en sus labios al hojearlo y comprobar que las únicas anotaciones eran una lista de condiciones para rendirse.
—?Qué pasó, Daniel? ?Tu dominio de la lengua élfica no fluyó como el río Bilo? —lo provocó, jugueteando con el libro—. Jugamos póquer.
Observó con gusto cómo los guantes de Daniel empezaban a humear, quemándose hasta dejar al descubierto las profundas y enrojecidas cicatrices que ocultaban. Parecía que su piel no toleraba estar al descubierto.
—Disculpe el drama, dama de hielo. Es la rabia del académico que descubre que su tesis doctoral está escrita con tinta invisible —concedió él con una voz que pretendía ser calmada, pero que no lograba ocultar su derrota—. Una vez más, la realidad se impone a mi fe en el manual de instrucciones. Es humillante.
Se alejó lentamente del tablero, y Nubia hizo lo mismo, aunque en su caso lo disimuló mejor acomodándose con estudiada indolencia entre las almohadas. Namys. El nombre resonó en su mente con el peso de una losa. Para su amargo regusto, la elfa volvía a demostrar por qué un oponente de su cala?a era tan temible. El fuerte no era el problema; ella lo era. Y para a?adir una capa más de dificultad, sus malditos hijos estaban a su lado.
—Por favor, madam, en esta casa apostamos el orgullo, la cordura y a veces un ri?ón, pero el buen gusto es el único patrimonio intocable. Eso déjeselo a la Casa de Oro, que lo perdió junto con su último escrúpulo —su tono era más fino, pero no menos burlón.
Nubia no respondió. En su lugar, observó cómo sus propias manos, ahora libres de las mantas, empezaban a recuperar su tono normal. El contraste con las cicatrices inflamadas de Daniel no podía ser más evidente.
—Ese filósofo de pacotilla, Francois, ha venido a frotarse en mi derrota como un gato en una pata de mesa, ?sabes? —mencionó Daniel, cambiando el tema como quien arroja un cebo.
La mención del nombre hizo que la mente de Nubia se centrara al instante. Francois. Tanto Daniel como él eran conspiradores que anhelaban verla a ella y a su culto caer, víctimas de su propia obsesión por los juegos. La diferencia clave era que Daniel era un adicto a vencer a la mala suerte con pura habilidad, mientras que Francois no era más que un esclavo de ella.
—Me retiro —anunció Nubia, poniendo fin al interludio—. Gané el juego de... la compostura. —Hizo una pausa deliberada, escuchando el silencio que ahora reinaba en el exterior—. Ya dejó de llover y yo ya entré en calor. —Se puso de pie, ignorando la protesta sorda de sus músculos adoloridos, y se dirigió a la puerta con determinación.
—?Un momento! ?Así abandona a su pobre y derrotado oponente? ?Es una crueldad social! ?Al menos ayude a este inválido de la autoestima a encontrar sus misericordias! —la voz quejumbrosa de Daniel la siguió, ahora con un matiz de autodesprecio astutamente calculado.
Nubia no le prestó atención. Al fin y al cabo, él no había negado su derrota. Y por el grito ahogado de frustración que escuchó a sus espaldas, parecía que Daniel acababa de darse cuenta de esa misma y humillante verdad.
Respirar el aire fresco después de la lluvia era un lujo agradable, pero Nubia no podía permitirse perder más tiempo. Tomando impulso, inició otra carrera, aunque esta vez moderó la velocidad; el barro resbaladizo y los nuevos árboles caídos le bloqueaban el paso constantemente. Le tomó una hora completa llegar a la entrada de unas catacumbas. Al descender por una escalera en ruinas y cubierta de moho, solo pudo pensar que su presunto aliado era un taca?o miserable. Al final del descenso, una puerta se abrió ante ella antes de que siquiera tuviera que tocarla.
Sin inmutarse, lanzó una mirada indiferente a uno de los esclavos de Angelo y avanzó con paso firme. Por el pasillo se cruzó con otros sirvientes, todos vestidos con la misma ropa funcional y sencilla: pantalones de cuero y camisas de manga larga. ?"Aliado"?, pensó, y hasta le causó risa la idea. Al final del corredor, otra puerta cedió a su paso. Entró en la estancia como si fuera la due?a del lugar y se dirigió directamente a un escritorio de madera de roble, tan nuevo que aún olía a resina fresca.
—Le agradezco la paciencia, signorina —dijo Angelo, alzando ambos brazos al cielo con las palmas hacia arriba, en un gesto de clara exasperación—. Ya sé que este lugar no es digno de una dama de su calibre, pero al menos tuve la cortesía de esperar con la puerta abierta para usted.
—Dudo que tu amo, el Gusano, te escuche, aunque considero que has hecho un gran trabajo al llegar hasta él —replicó Nubia, sin dignarse a mirarlo, mientras pasaba los dedos por el borde pulido del escritorio.
Comenzar las conversaciones de esa manera era irritante, pero al menos Angelo no perdía el tiempo en preámbulos. Con un gesto seco, casi de disculpa, le entregó directamente un pergamino cargado de información sobre su objetivo.
—Oh, juventud de estos días... Aprecio sus esfuerzos, me han permitido ocuparme personalmente de esa escoria de los Putridos. —Angelo escupió al decir el nombre del culto rival, aquellos que, irónicamente, servían al mismo dios que él. Luego, se ajustó las mangas con un tirón nervioso—. La retribución, como siempre: armas e información sobre una bestia mágica.
A Nubia le parecía grotesco que un comerciante tan agresivo como Angelo insultara a unos simples usureros con esa formalidad de viejo ofendido. Ella también los consideraba basura, pero si su dios era el Se?or de la Usura, la hipocresía resultaba palpable.
—Y permítame a?adir, para su información —remató Angelo, llevándose una mano al pecho con orgullo herido—, al menos yo no sirvo a un ciervo que se cree depredador.
?En verdad cree que su insulto a Asfin me importa?, pensó Nubia con desdén. El comentario, no obstante, le recordó que debía ver cómo le había ido al equipo que envió para formar una alianza con el noble Alistair.
Dicho eso, Angelo volvió a sus papeles con un rígido "Buen día", despidiéndola sin mirarla. Nubia, ignorando por completo el gesto, se subió al escritorio, tomó varios informes y los leyó lentamente. Para su creciente ira, confirmaron que Namys había destruido varios negocios de las Cicatrices. Claro, son unos usureros. Cada familia criminal que porta ese título lo es... pero son una fuente de rencor. MI fuente de rencor.
La imagen se materializó en su mente: ella misma, matando a esos gusanos y absorbiendo el rencor que habían acumulado durante a?os, el rencor que esa escoria había plantado. Ella sería quien lo cosechara. El poder que ganaría solo le daba más razones para atacar el fuerte y eliminar a esa elfa.
Ni siquiera la mirada nada disimulada de Angelo, que se deslizaba hacia su Busto voluptuoso y lleno, logró calmarla. Tampoco el sonido de su respiración, que se volvía cada vez más errática, como si su presencia le costara un esfuerzo físico. Nubia no supo discernir si era por lujuria o por miedo. Para su desgracia, todavía lo necesitaba vivo. Finalmente, se levantó con deliberada lentitud y se marchó sin una palabra. Le dejaría el mérito por ahora, pero lo recordaría.
Nada me da más rencor que me roben el mérito de mi gente por su trabajo, reflexionó mientras salía a la intemperie, una sonrisa feroz dibujándose en sus labios. Después de todo, solo yo puedo hacerlo.
Con esa certeza ardiente en el pecho, se preparó para otra carrera. Esta vez, se dirigiría a donde estaban sus gemelas.
Fin

