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Un Débuff Aromático y una Percepción Envenenada

  Día 18

  El sol se alzaba en el horizonte. A miles de kilómetros, la gran tormenta seguía siendo una cicatriz violácea en el cielo. Por ahora, las únicas preocupaciones de Gazazo eran el entrenamiento y la ametralladora arpía de Togaz. Decidió que por el momento sería solo una. Las estadísticas de la ni?a eran adecuadas: 7.8 en Fuerza, a apenas 0.2 del límite racial. Su Sabiduría y su Encanto ya lo superaban con creces.

  Un pensamiento punzante lo asaltó: el arrepentimiento de no haber aprovechado aquellos momentos con su hermana. Había sido tan vago... La frustración lo llevó a golpear su frente contra la áspera corteza de un árbol, justo cuando el estallido de la ametralladora de Togaz rompía la calma del amanecer.

  Al menos el Huracán Elevado y las arpías fabrican balas de práctica, pensó, masajeándose la frente. De no ser por eso, el precio que esa rata Velsvar tendría que pagar sería mucho más alto. Aunque una duda se enquistó en su mente: ?realmente había salido ganando? Solo habían eliminado a seis miembros de esa colonia de R?ttfolk.

  Y luego estaba la estúpida sonrisa de Velsvar. Gazazo apretó los mandíbulas hasta que le dolió. Sí, él y su Cado habían obtenido armas valiosas, pero él había perdido prestigio frente a los suyos. Ella, sin quererlo, se había ganado la lealtad de aquellos seres patéticos. Si las interminables lecciones de su hermano sobre política servían de algo, en ese momento ya habría un nuevo jefe en aquella madriguera.

  Entrenar a Togaz en muchas cosas era sencillo, pero las armas eran un mundo aparte. Sus instintos eran puro barrido y supresión; su mente no procesaba la precisión. El objetivo principal era ense?arle a no dispararle a él directamente. Consideraría la misión un éxito el día que lo consiguiera. El pensamiento se interrumpió de golpe cuando una ráfaga de balas de práctica lo impactó en el hombro y el pecho.

  —?Fufufufufu! ?Togaz, la diosa del trueno! —anunció la ni?a con una risa triunfal.

  Gazazo se agachó al instante, una maldición ahogada en sus labios. ?Se había dado cuenta demasiado tarde! Togaz había aprendido a cambiar el cargador de prácticas por uno de balas reales. ?Cómo era posible? De todas las técnicas que le costaban trabajo, esta, potencialmente la más peligrosa, la había asimilado sin esfuerzo y en completo silencio.

  —?Togaz, alto! ?Cese el fuego! —rugió, con una voz que cortó el aire como un hacha.

  Togaz se detuvo en seco. Por un instante, el pánico nubló su expresión, pero su cuerpo reaccionó por instinto: se lanzó detrás del tronco más cercano, agachándose como él le había ense?ado. Un buen reflejo. Sin embargo, cuando Gazazo se asomó con cautela, la vio allí quieta, contemplando el arma humeante que sostenía con manos que no podían dejar de temblar. Su respiración era un fuelle rápido y superficial. El miedo es bueno, pensó Gazazo, significa que entiende el peso de lo que sostiene. Puede mejorar.

  Al salir de su cobertura, Gazazo evaluó el campo de entrenamiento. Los blancos pintados en los árboles estaban salpicados de impactos, pero de una forma caótica y desordenada. Muchos otros árboles, víctimas colaterales, mostraban heridas profundas en su corteza. En varias ocasiones, el arma se le había escapado de las manos, trazando líneas de fuego peligrosamente cercanas a donde él había estado. Aun así, era un progreso monstruoso comparado con sus propios primeros días de entrenamiento; recordó, con una punzada de vergüenza, las veces que había estado a punto de segar por error a uno de sus hermanos.

  —Togaz, fue increíble —dijo, acercándose. Su voz era firme pero serena—. Pero la verdadera fuerza no presume. La verdadera fuerza practica en silencio. Puedes mejorar. ?Lo entiendes, Togaz?

  Repetir su nombre parecía anclar la instrucción en su mente. Notó cómo el hábito fanfarrón que había copiado de Velsvar luchaba contra sus palabras. Las emociones de la ni?a siempre eran un torbellino; la veía procesar la reprimenda, la frustración bailando en sus ojos.

  De pronto, ella frunció el ce?o. Su mirada se perdió, como si mirara hacia su interior, y comenzó a murmurar en voz baja hacia la mochila que llevaba a la espalda. Gazazo contuvo el aliento. No podía distinguir si mantenía una conversación de verdad con el espíritu del tótem o si solo verbalizaba un monólogo de queja. Para su desgracia, su agudo oído de Vaelthor captaba cada sílaba.

  —"Gazazo no ve que Togaz es increíble"... .................... —"Sí,Sombra, Gazazo es genial"... ................ —"Ok,ok, Gazazo dice que sí, que es 'cool'!"... ?Qué es "cool"? ... —"?Ok,ok, ok, ok!"

  Una comisura de su boca se torció en un gesto entre el fastidio y la curiosidad. ?El avieso dios menor lo estaba defendiendo? ?O simplemente usaba su nombre como herramienta para que Togaz le prestara más atención? La idea de meterse en esa madriguera mental lo mareaba.

  Decidió actuar. Tomó a Togaz —que ya parecía haber vuelto a su estado habitual— y la montó en el caballo con determinación. Era hora de ir al lago de Latika.

  Antes de que la inevitable pregunta surgiera, anunció: —La aventura de hoy es conocer a Latika.Es una amiga muy buena, un espíritu del lago. —Por primera vez desde que había recuperado sus recuerdos y su mentalidad por completo, una oleada de genuina expectativa lo recorrió. Iba a ver a una verdadera amiga. Y, con suerte, ella tendría noticias de si ese cambiacaras había sido capturado por los Paladines Tauren.

  La palabra "aventura" hizo que los ojos de su Cado se encendieran con un brillo que casi podía sentirse físico. Las preguntas comenzaron a brotar de sus labios con la velocidad y cadencia de una ráfaga de su ametralladora, que ahora balanceaba con orgullo en su cadera.

  —Un espíritu del lago es un buen espíritu —explicó Gazazo, su voz tomando un tono más suave—. Le encantan las historias de aventureros como nosotros. Estoy seguro de que le agradarás.

  Un salto brusco del caballo lo devolvió a la realidad. Su mirada descendió hacia su brazo. Bajo la piel, las marcas grises se extendían como venas de ceniza, un recordatorio mudo y creciente de que el tiempo jugaba en su contra. La esperanza de que Latika pudiera ayudar se entrelazó con el miedo. Sus preocupaciones se grabaron en su rostro, tensando cada músculo, formando arrugas profundas de aprensión.

  Togaz lo observó. Sin una palabra, extendió sus peque?as manos y posó sus dedos en su frente, tratando de alisar aquellas arrugas con una determinación tan feroz como inocente. Su peque?o ce?o fruncido de concentración era tan absurdo que resultaba conmovedor. Gazazo no pudo evitarlo: una sonrisa genuina, cansada pero real, suavizó sus features.

  Bajo el tacto de sus manos, decidió permitirse un momento de paz. Por ahora, confiaría.

  Dos días pasaron, teniendo que tomar varios desvíos. La tormenta había sido peor de lo que Gazazo pensó: puentes destruidos, nuevos desfiladeros abiertos y ríos que habían crecido hasta volverse torrenciales. Vio cómo un humano era arrastrado por la corriente hasta el fondo, incapaz de luchar contra la fuerza imparable del agua.

  Y, como si fuera poco, ocurrió lo más molesto: unos hombres topo emergieron de entre los matorrales con cuerdas, intentando ahorcar al caballo. Pero para su desgracia, Togaz le avisó de su llegada. Además, el corcel, con un movimiento brusco, arrastró al hombre topo más cercano y lo remató con unos pisotones brutales que lo dejaron sin vida.

  Un escalofrío de instinto guio a Gazazo. Saltó del lomo del animal usándolo como plataforma para impulsarse contra un árbol, donde otro emboscado se escondía.

  Por su parte, Togaz tomó las riendas del caballo y lo dirigió con decisión hacia unos arbustos cercanos. Sin mostrar un ápice de miedo, el caballo cargó con furia pura, y los hombres topo conocieron de primera mano el poder combinado de un corcel criado por lycan y una ametralladora en manos de una duende inferior. Otros cuatro emboscados cayeron bajo el fuego errático y los cascos del animal.

  Con un movimiento sereno, Togaz calmó al caballo, se bajó y, con la guía del tótem y las órdenes precisas de Gazazo, acabaron con los restos de la emboscada.

  Togaz celebró por todo lo alto: saltos, risas eufóricas y vítores. El caballo siguió su emoción con relinchos y sonrisas equinas que, para su sorpresa, aterraban a Gazazo.

  Después de una conversación a hora muerta con el último de los hombres topo —una charla breve y poco placentera—, Gazazo obtuvo lo que necesitaba: la ubicación de un puesto de avanzada de los elfos, que ya contaba con una peque?a comunidad a su alrededor, y con eso, un mercado.

  Ver a su Cado jugando e intentando prender un fuego para comer esa carne de hombre topo era motivo de orgullo y a la vez un dolor de cabeza, al saber que había aprendido a cocinar, pero olvidaba que debía revisar primero el ingrediente.

  Gazazo se acercó y comenzó a cocinar él mismo. La carne de hombre topo es dura como cuero endurecido, pero al menos deja mucho aceite. Gazazo chasqueó la lengua. —Si tuviera un equipo de extracción, podría hacer aceite de hombre topo. Sería delicioso para cocinar y darle textura a la carne de jabalí que me queda—. Fue un buen almuerzo.

  El almuerzo fue decente, pero su Cado, como siempre, lo disfrutó como si fuera lo más delicioso que hubiera probado. Y, siendo un poco parcial, su sopa de humanos con jugo de bayas azules y leche es mejor. Pero Gazazo no tenía interés en ense?arle el buen gusto. Estos pensamientos solo eran distracciones.

  Una voz en su cabeza explicó: —Si no fuera por el aviso del tótem, no hubieras sabido del tirador en el árbol. Y aunque la actuación de Togaz fue buena, los hombres topo se movían demasiado lentos, asustados, dándole la oportunidad de brillar, sin contar con la ventaja de saber la ubicación de cada atacante—.

  Gazazo solo suspiró con cansancio y rezó al Rey Solar, al Rey Celestial, para que le diera fuerzas... Y, como siempre, no recibió la bendición. Gazazo lo esperaba, pero aún era una decepción. Tendría que depender de la benevolencia del tótem y esperar que sus planes lo mataran a él y no a Togaz, o mejor, a ambos.

  Día 21

  Gazazo sintió al instante la entrada al territorio élfico. Sus sentidos mágicos son pésimos, pero incluso él percibió esa marca que los elfos dejan por donde pasan. Se sentía como una versión más pura que los poderes de su hermana. A primera vista, todo seguía igual, pero los árboles ahora eran más saludables, el lodo del piso se había solidificado y había un aroma sutil a flores. Incluso podía sentir una leve brisa.

  Gazazo intentó meditar para obtener más información mientras dejaba a Togaz a cargo de las riendas. Su Cado seguro tenía esa carita de ranita intentando parecer seria. Aún con esta imagen, sus sentidos no captaban nada más. Con un suspiro, Gazazo abrió los ojos para ver un fuerte de madera de varios metros, rodeado por una gran muralla de cinco metros con espinas de metal. Y Gazazo no se enga?aba: había zarzas camufladas en el lugar; en el momento que alguien se acercara, estas saldrían expulsando gases tóxicos de todo tipo. En las cinco esquinas del muro había una torre de vigilancia. Varias arpías sobrevolaban todo como puntos en el cielo.

  Para entrar, Gazazo se formó en una fila con otros que iban con montura. Vio humanos montados en tigres gigantes, osos o toros. Fue lento, especialmente porque el elfo de la entrada le pidió su nombre, el de su Cado y el del caballo. Esto dejó estupefacto a Gazazo. Intentó pasar de largo, pero el elfo en su garita, con su uniforme impecable y su rifle al lado, no se intimidó.

  —Cada bestia es parte del reino de la Madre Silvana —dijo el elfo, tomando una respiración como si estuviera rezando allí mismo—. Por eso, cada bestia merece dignidad. Y si muere, se le debe dar un lugar en un monumento.

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  Gazazo se quedó quieto ante aquella tontería y se preguntó si ese elfo se lo creía de verdad o era una especie de petición de soborno que nunca había escuchado. Incluso pensó en irse, hasta que Togaz habló.

  —?Caballo se llama Caballo! —Lo dijo con tanta confianza, los brazos cruzados y los ojos cerrados.

  Y, por alguna razón que a Gazazo le cuesta entender, el elfo asintió enérgicamente, anotó el nombre y les abrió el paso. Gazazo decidió dejarlo correr y centrarse en el interior de los muros.

  Todo estaba ordenado y limpio. Había una zona en construcción con humanos, elfos y algunas arpías, la mayor parte cubierta por una lona. Varias máquinas, desde grúas hasta aplanadoras, generaban un ruido constante. Dejaron a... Caballo en un establo que, por suerte, no cobraba, ya que ellos proveían los suministros. Gazazo firmó un documento que decía que si pre?aba a alguna yegua, la descendencia sería propiedad del se?or de la fortaleza, y se le daría una compensación de 5 savias. A Gazazo le pareció raro que los elfos usaran un nombre tan peculiar para su moneda.

  Gazazo se alegró de que el elfo se centrara en él y no en Togaz, quien estaba motivando a Caballo para que no se entristeciera y buscara nuevos amigos. Cada día que pasaba, Gazazo sospechaba que el caballo estaba mutando por el tótem, porque en su experiencia, ningún caballo debería sonreír ligeramente como un humano.

  Ya con eso resuelto, Gazazo tomó a Togaz, la puso sobre sus hombros y comenzó el recorrido por el mercado élfico, donde encontró, como siempre, mucha comida, pero con una variedad mayor. Gazazo miró sus finanzas: después de la "donación" de los hombres topo, tenían 10 escamas (la moneda de los dragones y sus siervos, los varanos) y, después de un conteo, en total tenía 2 solaris.

  Con números tan buenos, Gazazo se dio el gusto de comprar varias especias, leche, frutas, filetes, aceites, sartenes, espátulas, salsas como mayonesa, mostaza y picante, arroz, espaguetis, carne molida, queso blanco, un rayador y frijoles. En su búsqueda de especias, su lengua se salió de control: probó varias y pasó toda la tarde ense?ando a Togaz a identificarlas y la teoría del sabor. Togaz, sin pensarlo, probó algo de pripaga. —Buen olor —dijo, pero al probarlo, su sabor amargo la hizo saltar y esconderse detrás de él. Gazazo solo rio ante las habilidades de escalada de su Cado.

  Esta noche la pasaron como siempre en un campamento, pero esta vez cerca de la base élfica. Ver a Togaz animando a Caballo —"de seguro conseguirá amigas"— y Gazazo está seguro de ello, como que el caballo está consiguiendo manzanas de lástima. El tótem está, como siempre, en la mochila de Togaz a su espalda. Pero Gazazo decidió dejarlo y centrarse en preparar unos filetes fritos con arroz frito, frijoles rojos y especias picantes.

  Cocinar junto a Togaz fue un placer. Incluso unos elfos se acercaron y le dieron madera seca con algo de aceite inflamable, junto a un folleto sobre las diversas actividades de la Madre Silvana. Todo bien, todo relajado. Gazazo recuerda que hace más de 7 meses que no podía cocinar como es debido.

  Ver a Togaz intentar comer y quemarse por el calor, el picante y las especias fue gracioso y lo más relajante que ha estado.

  Día 22

  Con el soberano celestial asomando en el horizonte, Gazazo, ya despierto, se obligó a admitir solo a sí mismo que gastó los dos solaris que tenían y ahora no le quedaba nada para conseguir mapas o información. Las arrugas por el estrés volvieron a surgir. El bosque había cambiado demasiado, más de lo que él esperaba. Estaba seguro de que el cambiacaras no había cambiado de base, pero los caminos se habían vuelto demasiado traicioneros. Y, con los elfos en territorio tauren como si fuera su casa, ?qué estaban haciendo los tauren? La tormenta era más poderosa de lo que había pensado.

  Buscó con la mirada a Togaz para animarse y volver al carril. Su pánico creció al ver que no estaba a la vista. Después de una breve búsqueda, la encontró sentada con el elfo guardia de ayer. Al acercarse, Gazazo pudo escuchar su conversación.

  —La Madre Silvana es la se?ora de la vida —parecía estarle dando un sermón a Togaz mientras hacía su trabajo—. Toda vida está bajo su cuidado, incluso tú, criatura, y el ser que tienes en tu mochila. Ante estas palabras,Togaz apretó su mochila contra sí y comenzó a susurrarle cosas. El elfo sonrió. Gazazo estaba seguro de que el elfo podía escuchar cómo Togaz lo llamaba "duende grande enfermo". Al parecer, aún no entendía lo que era un elfo.

  Gazazo se acercó antes de que la situación empeorara. El elfo le sonrió a él. —Ah, Gazazo, joven orco, debo decir que tienes una jovencita muy bonita. Su madre era una elfa, de eso no me cabe duda. Que en paz descanse.

  Que lo confundieran con un orco ayudaba, aunque fuera uno calvo. En cuanto a la madre de Togaz... incluso él no sabía quién debería haber sido. Todo lo que quedó en la cueva de gestación fueron huesos roídos.

  Antes de que Gazazo pudiera decir algo —y agradeció que el elfo continuara—, pudo ver a Togaz con su cara de duda. —El Jardinero Gantar Valris te llama porque ha escuchado de tu reputación...y de la de tu amo —el elfo le dio una dirección—.

  Sin querer estar más cerca del elfo, Gazazo tomó a Togaz y se fue, agradeciendo mentalmente que ella hubiera llevado a Caballo al establo. "Debería haberle conseguido un mejor nombre", pensó.

  Mientras se encaminaba a la tienda del elfo, Gazazo pensó: "?A qué se refiere con 'amo'?" Pensamientos instructivos recorrieron su mente, pero fueron enterrados cuando llegaron ante una tienda bellamente decorada. Para los ojos de Gazazo, había demasiado aroma a flores.

  Al entrar, un fuerte aroma lo golpea. Sintió a Togaz retorciéndose y, con un gru?ido fuerte, la calmó. —Ah, Gazazo. Es bueno verte tan fuerte como siempre—dijo un elfo que, en términos humanos, tendría 30 a?os, pero Gazazo sabía bien que debía tener unos 300 a?os como mínimo. ?Y cómo lo conoció? ?Cuánto sabía? Gazazo comenzó a concentrar su poder para ahogar a todos en esa habitación.

  Por suerte para el elfo, la conversación fue tranquila. Al parecer, unos pajaritos heridos por la tormenta se habían vuelto bandidos, y este elfo le pidió eliminarlos por 5 Solaris. Gazazo aceptó. Sería un trabajo fácil.

  Con la información clara, la ubicación de los bandidos alados que, al parecer por sus heridas, no pueden volar es bastante patética. Repitió todo el camino a Togaz que no se metiera, que se mantuviera alejada. Le dejó claro que solo debía observar.

  Pero Togaz —con los ojos húmedos— pero Gazazo se mantuvo firme, ni siquiera le respondió.

  Sin pensar mucho, y con un vistazo, se lanzó al ataque sin verificar a Togaz. Ante él había arpías con sus piernas de cuervo, humanoides. Unas ocho arpías, todas con distintas heridas en todo el cuerpo. Sus alas, antes su orgullo, estaban llenas de vendajes o tablones de madera. Al parecer, habían luchado antes; el cansancio era obvio.

  La cacería parecía fácil. Como esperaba, con un solo golpe de su alabarda, Gazazo partió por la mitad a la primera arpía terrestre. Pero al lanzarse por una segunda, un frío glaciar le recorrió el cuerpo. Instintivamente, se lanzó hacia la izquierda; El silbido de una cuchilla de aire cortó el espacio que acababa de abandonar.

  Al mirar al cielo, el motivo de su horror se hizo evidente. Contra el sol, una arpía de diez metros de envergadura batía sus alas. Para colmo, portaba una máscara dorada de águila que destellaba con ferocidad. Con un chillido que era a la vez orden y grito de guerra, la criatura se?aló su objetivo. En un instante, Gazazo se vio rodeado. Su mente se aceleró: ?Por qué se lanzó? ?Por qué no atacó a distancia? ?Qué le pasó?

  No hubo tiempo para respuestas. Las arpías se abalanzaron sin dudar. Las terrestres, aunque maltrechas, usaron sus alas para impulsarse, levantando nubes cegadoras de polvo. En el cielo, el líder lidiaba con la pesadez que Gazazo imponía al aire a su alrededor, pero era solo cuestión de tiempo. ?Cómo avisar a Togaz? ?Cómo hacer que se jubile? Juró por el Rey Celestial que, si salía de esta, la protegería con su vida.

  De repente, un sonido inesperado cortó la batalla: un silbido alegre y melodioso, como el que haría un ni?o llamando a su perro para jugar.

  Y el mundo respondió.

  Una bandada de pájaros de todos los colores irrumpió como un torbellino viviente, entrechocándose contra las arpías con un furor que contrastaba con la dulzura del silbido. Desde entre los árboles, tres jabalíes gigantes, bestias de piel curtida y colmillos terribles, embistieron con furia ciega, derribando a tres de las arpías. Un espectral ciervo de cristal azul, cuyas astas centelleaban con energía, lanzó un relámpago eléctrico que iluminó la escena y alcanzó de lleno al líder arpío.

  Y entonces, la risa. Una risa cristalina, jubilosa y despreocupada, como la de una ni?a en un parque de diversiones, resonó justo a su lado.

  Gazazo giró la cabeza y allí estaba. Togaz. Iba montada a lomos de un corcel monstruoso de dos metros de altura, cuyo pelaje era como la noche y cuyos ojos echaban chispas rojas. El contraste no podía ser mayor: la bestia era pura ferocidad, pero su jinete era una peque?a con una sonrisa amplia y despreocupada, como si estuviera a punto de jugar al escondite, no en medio de una carnicería. Sus ojos, sin embargo, delataban el poder que fluía por sus venas: brillaban con el fulgor de llamas anaranjadas.

  —?Gazazo, Gazazo! —gritó ella, se?alando el caos con alegría—. ?Mira, mira! ?Vinieron todos mis amigos a jugar!

  Un chillido de furia desgarradora cortó el aire. El líder arpía, con un esfuerzo sobrehumano, se liberó de la pesadez que lo oprimía y se lanzó como un rayo hacia Togaz. Gazazo no lo pensó; descargó su escopeta. El estruendo obligó a la criatura a girar bruscamente, pero aquello no fue un error. Aprovechando la velocidad de su propio giro, el arpío se envolvió en un violento vórtice de aire, transformándose en un taladro viviente que silbaba de forma ensordecedora.

  Pero era una finta. Con una crueldad calculada, en vez de continuar hacia la ni?a, se desvió y se abalanzó sobre uno de los jabalíes. Las cuchillas de aire que lo rodeaban lo destrozaron al instante. Con el cadáver ensangrentado en sus garras, el líder arpía lo lanzó contra sus subordinadas. El mensaje era claro: esta era su fuerza. Sus tropas, enfurecidas y con la moral renovada, redoblaron su ferocidad. Los animales de Togaz, a su vez, respondieron con una salvaje sed de venganza.

  Gazazo sabía que era el momento. No podía esconderse. Concentró todo su poder, apretando el aire alrededor del líder arpía como un pu?o invisible. El monstruo respondió al desafío, lanzando lanzas de viento tan densas que parecían de acero. La batalla se transformó en un duelo titánico por el control del aire mismo, una lucha de voluntades donde cada uno intentaba estrangular al otro con la atmósfera.

  Y en medio del caos, Togaz paseaba. Cabalgaba entre el frenesí, su caballo esquivando garras y colmillos con elegancia sobrenatural. Y entonces, gritó con una voz que no era de guerra, sino de puro y sereno gozo:

  —?Kokoro nagomu!

  El efecto fue instantáneo. No fue un hechizo de da?o, sino de calma. Una ola de tranquila confusión se apoderó de las arpías. Sus ataques perdieron ímpetu; sus miradas se nublaron de desconcierto. Para Gazazo, fue como si el aire mismo dejara de luchar contra él, volviéndose dócil y receptivo. Sus hechizos fluyeron con una facilidad abrumadora.

  El líder arpía, viendo cómo su ventaja se desvanecía en una inexplicable paz, rugió con toda su rabia. En un último y desesperado esfuerzo, concentró todas sus capas de aire en un único y ensordecedor vórtice-taladro, y se lanzó como un meteoro directamente hacia Gazazo.

  El silbido era insoportable. Gazazo se plantó, inhaló profundamente y erigió un muro de aire tan denso que distorsionaba la luz. El taladro impactó contra él con un estruendo de cristal gigante resquebrajándose. La velocidad monstruosa se quebró, pero no se detuvo. Penetró la barrera con un chirrido desgarrador, emergiendo al otro lado, desestabilizado pero aún letal.

  Gazazo no esquivó. Sus pu?os se alzaron, recubiertos de una atmósfera centelleante que combinaba hechizos de perforación y fuerza contundente. Con un rugido que desafió al viento, lanzó un golpe directo al corazón del vórtice.

  CRAC.

  El choque no fue un impacto; fue una detonación sónica que cortó el césped en un círculo perfecto. Fuerza contra fuerza. Por un instante eterno, todo fue un torbellino de plumas y poder. Luego, el crujido óseo. El desgarro de músculo y tendón.

  La rotación cesó en seco.

  El pu?o perforante de Gazazo había traspasado el viento y encontrado el torso de la arpía. La energía contundente liberó toda su furia en un solo punto. Un dolor insoportable —un fuego blanco que le anunciaba huesos fracturados y músculos hechos jirones— recorrió el brazo de Gazazo, pero vio cómo la vida se apagaba en los ojos dorados detrás de la máscara. El taladro se desvaneció, y lo único que quedó fue el cuerpo destrozado del líder, colgando inertemente de su pu?o ensangrentado.

  Gazazo bajó el brazo con un gru?ido de agonía, la adrenalina cediendo paso a una punzante realidad. Su victoria, como su miembro, estaba terriblemente quebrada.

  Entonces, vio el panorama completo. La batalla había terminado. Los animales convocados por Togaz —los pájaros, los jabalíes restantes, el ciervo de cristal— no celebraban. En un silencio espeluznante, realizaban una tarea macabra: arrastraban y amontonaban los cadáveres de las arpías en un claro. El corcel de ojos llameantes lideraba la operación con una inteligencia siniestra, usando su cabeza para empujar los cuerpos hacia la pila. Era una cosecha de carne y plumas.

  Y en el centro de ese horror, Togaz. Canturreaba para sí misma, absorta en su tarea. Con un trozo de carbón, dibujaba meticulosamente en el suelo el mismo círculo complejo de siempre, adornado con esos símbolos que le erizaban la piel a Gazazo: manos abiertas, ojos vigilantes... y ese extra?o artefacto que él no podía comprender: un cuadrado con un círculo en una de sus esquinas, que Togaz, en susurros, a veces llamaba "teléfono".

  —?Gazazo! —lo llamó ella, sin levantar la vista de su dibujo—. ?Ya casi está! ?La Sombra tiene mucha hambre hoy!

  En el silencio repentino, su voz sonó alegre, cristalina y completamente aterradora.

  —?Lo hiciste, Gazazo! ?Le ganaste al pájaro gru?ón! —a?adió, como si fuera un alegre recordatorio..

  Gazazo contempló la escena con el brazo fracturado, pero el verdadero dolor era otro. Donde su Cado veía amigos, él solo veía bestias recolectando cadáveres para un banquete macabro. La entidad de manos azules no era una amiga; era un dios hambriento, un parásito que devoraba muerte y corrompía a su hija. La arrogancia lo cegó, la imprudencia los condenó. Cada susurro de Togaz a la mochila era un clavo en su ataúd. No solo había fracasado en protegerla; la había entregado a una deuda eterna, y ahora la perdía frente a sus propios ojos.

  Fin

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