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Mi Madre Es una Adivina y Yo un payaso; Nuestra Aventura Comienza Cuando Decido No Hacerle Caso

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  Día 35

  El graznido de miles de aves sobre los tejados de Valencia atravesó la endeble ventana del desván. Para Yoshi, aún enterrado bajo las mantas, ese era el verdadero despertador de la ciudad, un sonido que, imaginaba, llegaba tanto al campesino en el campo como al pobre diablo que se frotaba los ojos en la taberna de al lado. Solo entonces, con ese coro ya en marcha, los primeros rayos del sol se colaron por la rendija, iluminando motas de polvo que bailaban como ácaros acróbatas. Como cada ma?ana, sus labios musitaron la vieja plegaria, una tradición tan arraigada en él como los reflejos de sus malabares.

  El gran soberano que está en el cielo —susurró en voz baja, cerrando los ojos para estirar el cuerpo. Un crujido de huesos le arrancó un gemido.

  —Tu luz ba?a al mundo nacido del caos—con un movimiento rápido, quitó por completo las cortinas, dejando entrar toda la luz, y comenzó a quitarse la ropa para dormir—. Burlándose del due?o: ?Esta habitación es la mejor de la posada?.

  —Con tu guía... ?Aaaa! —Antes de seguir, con un movimiento que denotaba práctica, se puso en posición de cangrejo, miró al suelo de madera,su pelota de malabares una vez más gana. Con un suspiro y tomando impulso, hizo una parada de manos, aprovechando para estirar las piernas.

  —Las sombras se forman por ti, eres la gloria y el mayor mal —Con esas palabras, comenzó a hacer splits completos. Su madre siempre le dijo que lo hiciera con cuidado, pero él era un hombre y sabía lo que hacía.

  —?Oye, Yos! ?Aaaa! ?Qué asco! — Unas arcadas lo hicieron volverse. María estaba allí, escondiendo su mirada. él intentó ver qué era lo asqueroso, pero solo vio unas ropas interiores tiradas en la mesita de noche y algo de su maquillaje desparramado por el suelo —. Esa maldita comadreja se metió a mi cuarto otra vez.

  —?Qué pasó, María? — preguntó, y el esfuerzo del split le arrancó un leve gemido.

  —?Ay, Yos! No puedes ser más normal. ?No hagas esas cosas, tu... ?Aaaa! —Sin terminar la queja, María se fue, dejando una carta. Al recogerla, reconoció la letra de su madre. Una sonrisa de oreja a oreja se dibujó en su rostro. Con un impulso, volvió a estar parado sobre sus pies y leyó con entusiasmo.

  Hijo mío, que las estrellas te guíen. He recibido tu mensaje, la adivinación es clara: la aventura te espera. Y como el favor de una madre, te puedo indicar que debes ir a los muelles en algún momento de la tarde si quieres un viaje interesante

  Con cada palabra, los sentimientos chocaron como dos venados con las astas enredadas: la felicidad de saber de su madre, que seguía con vida, y el odio porque ella quería que se fuera. Apretó las manos, recordando cómo lo había dejado en la posada hacía dos a?os, según ella, por una adivinación.

  Respiró profundamente, guardó la carta en su cajón de calcetines y, con un grito de María, se vistió rápido: una camisa blanca abotonada de abajo a arriba, un chaleco marrón con un solo botón —para su disgusto—, unos pantalones y zapatos de suela de madera color café. ?Un horror de ropa?, pensó.

  Aún con los gritos de María, se tomó su tiempo para aplicarse un poco de rímel y maquillaje para darle un toque de color a su sien.

  Se miró al espejo: un joven de 15 a?os con pelo negro como un cuervo, un rostro joven y suave como el trasero de un bebé, unos dientes algo amarillentos y unos ojos azules como el cielo.

  Un golpe en la nuca lo sacó de sus observaciones. Como siempre, María estaba allí, vestida con un vestido rosa y el pelo en coletas dobles. Su mirada era asesina. Otro golpe le llegó.

  —?Deja de mirarte, payaso pervertido! ?Hay trabajo! —Sin dejarle opción, lo tomó del brazo con fuerza de gigante y lo arrastró hasta la planta baja de la posada para reunirse con su jefe actual. María le lanzaba miradas para que se centrara en el hombre, y él, para su disgusto, obedeció como un perro con coraje, y observó a su nuevo jefe.

  Era un hombre que se presentó como Francisco Vargas, un hombre de negocios que necesitaba sus servicios, los cuales consistían en actuar como entretenimiento en la calle. Le daría a María una flauta y una guitarra clásica del reino de Espa?e; él, por su parte, haría su rutina de mimo.

  El hombre no dirigió ni una mirada a María, a pesar de que ella lucía un escote pronunciado, pero no por falta de ganas: Yoshi notó cómo se apretaba una mano cada vez que su mirada se enfocaba en ella. Su vestir era simple pero falso: la camisa debería costar al menos 2 solárium, y llevaba un reloj de 20 solárium, una peque?a fortuna. Nada de esto probaba que fuera un criminal, pero Yoshi supo que debía estar más pendiente, especialmente porque María solo hablaba con su voz angelical sobre cómo harían su mejor trabajo.

  No sería la primera vez que ambos tenían que escapar de matones. Solo esperaba que hoy nada interesante pasara.

  Pero antes de ir a la calle, debían hacer un turno en una cafetería: la Cafetería de Miel de Moni, un bello lugar con temática de abeja, pasteles de todo tipo y de varias leches que honraban al paladar. Su trabajo era preparar el café y hacer de mesero; María era la música de ambiente —por suerte, su nueva guitarra era de madera dura.

  Oliendo el aroma a café fresco, Yoshi se preguntó por qué Moni no hacía más variedad. Admitía que sus pasteles estaban para morirse, pero café y leche para acompa?ar le parecía algo corto. Al menos veía una peque?a sección de sándwiches —claro, de malvaviscos—, pero era un paso más cerca de que vendiera comida menos dulce.

  La ma?ana fue tranquila, como siempre: gente con trajes y corbatas vino por el café; madres y sirvientas, por el pastel. Una en especial vino por un pedido de una torta de cinco pisos con leche, miel y avellanas; unos ni?os, por los nuevos sándwiches.

  —Oye, Yoshi, te toca —dijo María.

  Con ese llamado, Yoshi se quitó el delantal y salió para su turno de mesero, con las advertencias de que no hiciera un show. La sonrisa en su rostro, estaba seguro, daba confianza.

  Respiró profundamente el aire del Paseo Marítimo. Familias de todo tipo pasaban por la acera; no muy lejos, jóvenes de su edad jugaban en la playa de aguas cristalinas. Había pisos de adoquines y, cada cuantos pasos, una palmera. Su peque?o establecimiento estaba en un lugar tranquilo después de las primeras horas. Estar sentado en una silla de madera le permitía ver a Will, el cajero, intentando ganar valor para robar dinero de la caja, y a María practicando con su guitarra canciones poco conocidas. Observó por un momento el estante cubierto de vidrio, juzgando si debería comer un pastel de queso.

  Pero un grito de la cocina lo llamó.

  —?Oye, Yoshi, ponte las pilas! En poco, una fiesta vendrá y la jefa quiere ver si se vuelve algo más en el menú —era Jane, con su voz nasal y mal humorada. Su ropa estaba pulcra como siempre, sin escote y con un ojo morado permanente. Cada vez que Yoshi intentaba preguntar sobre él, ganaba uno propio. Pero si esa mujer pensaba que podía detenerlo... pues estaba en lo correcto.

  Con esa llamada, todo se ordenó. Pusieron decoraciones de gatos; Jane consiguió disfraces de cuerpo completo. Eran incómodos de usar y daban un calor horrible. Cuando María dijo que iban a oler como si un zorrillo se hubiera ba?ado en vinagre, Jane, con una sonrisa de oreja a oreja, explicó que esos trajes absorbían el olor: ?Ellos olerán, pero nadie más?.

  ?Un invento bastante bueno, debía admitir?. En su caso, su disfraz hacía juego con María: ella era un gato blanco de mala suerte y él, un gato negro de la buena suerte. Incluso tenía un mo?o rojo enorme. Era difícil tomar las cosas con patas de gato, pero no había problemas mayores. Se rio al ver a María tocar su guitarra con patas de gato, haciendo una réplica del canto de un gato callejero. Will parecía un gato con un canario en la boca al ver que sus chances de robar la caja habían bajado.

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  La fiesta fue todo un asunto. Al parecer, a la ni?a le gustó el nuevo estilo de María. Al ver que pocos ni?os habían venido, Yoshi hizo un par de giros con unos platos en la mano. Unos aplausos le llegaron y, con la cabeza en alto, siguió haciendo trucos: llevar la comida sobre su cabeza, ocupar sus dos manos con otros platos, imitar a varios gatos, hacer una parada de manos con una inclinación de unos cuantos grados para llevar los platos... Las risas llenaron el establecimiento cuando su cola estorbó sus caminar. Atrapó cada plato en el aire con una muy buena cara de todo estaba planeado, pero cuando se inclinó para recibir los aplausos, una tarta de pi?a le cayó encima.

  Aún con la tarta en la cabeza, Yoshi siguió en la fiesta, ahora con un actuar tímido. La cumplea?era fue la única que se esforzó por dar mimos al "gato herido". Fue una de sus actuaciones más fáciles; la ni?a daba mimos muy rápido, y tal vez él se pasó cuando el padre le lanzó miradas de advertencia, pero las ignoró. Cuando volvió a ganar valor, la ni?a estaba presumiendo de ser una maestra de los gatos gigantes.

  Al terminar la fiesta, llegó el final de su turno y el de María. Se despidieron cordialmente sin recibir respuesta alguna. Su lugar para el espectáculo era frente a la playa. María se puso un bikini y un sombrero enorme, acorde a su busto. Como si leyera su mente, María le dio un golpe en el brazo. Con su nueva flauta, ella comenzó el acto. Era algo simple: la caja invisible, correr en el mismo lugar, levantar un yunque; todo esto acompa?ado por el sonido de María.

  Pasaron las horas y recibieron muchos ciervos de plata. Un peque?o público se formó al ver su acto de imitar a un chico frente a él. El truco del mimo espejo es un clásico, algo aburrido, pero es más estable y mejor para María.

  Al parecer, su aburrimiento se traslucía en su expresión. El chico se molestó bastante, pero Yoshi siguió con el acto, exagerando sus expresiones, lo cual fue un desafío: el tipo era demasiado expresivo y exagerado; seguirle el ritmo era complejo.

  Después de un par de horas, se terminó el tiempo contratado y, con un gran abrazo al público, Yoshi se retiró. María lo siguió por detrás mientras él marchaba. Ya en una tienda, cambiaron los ciervos y María explotó de alegría: ?habían ganado 7 Solarium! Fue como si le hubieran dado de nuevo ese golpe de azúcar que ella misma se prohíbe tomar. ?Tendré que vigilarla —pensó Yoshi—; una vez gastó mucho dinero y después, entre llantos, lo tiró todo por el ba?o?.

  Hasta el día de hoy, Yoshi no sabe por qué María botó esa azúcar, pero, centrándose en el presente, vio a María hablar de todo lo que comprarían y so?ar con conseguir una máscara para hacer magia, algo que él, por experiencia, sabía que era mala idea.

  —Yos, payaso triste, ?sonríe! No seas un idiota, ?me oíste? — María, con un puchero adorable, le pinchó el estómago con su dedito.

  Sobándose la cabeza con pena, Yoshi solo pudo asentir y, con decisión, tomó su mano, haciéndola sobresaltarse.

  —Vamos, María, a vivir una aventura —dijo, y con paso firme la llevó a gastar unos 5 Solarium.

  Aún con sus quejas y gritos, Yoshi no se detuvo cuando ella comió su helado favorito, su arroz frito salteado con cerdo picante, y se compró un bikini —su busto parecía haber vuelto a crecer—.

  Verla disfrutar de su sonrisa, del sol, de jugar en el agua... Yoshi solo pudo disfrutar de la aventura y su felicidad aumentó, aunque sabía que no debería: la adivinación de su madre se había equivocado.

  Ya en la tarde el voleibol se convirtió en un torbellino de arena y risas estridentes. María era un huracán en bikini, golpeando el balón con una energía feroz, cada salpicadura de agua salada como un destello de pura alegría. Sus coletas volaban como banderas de guerra, y su sonrisa era tan deslumbrante que Yoshi, por un momento, olvidó por qué estaban allí.

  Luego, su Percepción 30 entró en acción, como un radar maldito.

  No era una mirada, sino un patrón. Un hombre con gafas de sol junto al quiosco de helados, cuyo rostro seguía a María con la persistencia de un mosca. Dos adolescentes que no disimulaban sus susurros y sus risitas mientras se?alaban su busto. Un tipo musculoso en la toalla, que fingía leer un libro pero cuyos ojos se deslizaban hacia ella cada vez que saltaba.

  Para Yoshi, cada mirada era un dardo envenenado. Su sonrisa de payaso se congeló, transformándose en una mueca tensa. Sus propios movimientos se volvieron mecánicos, calculados. Ya no veía un juego; veía un campo minado de intenciones ocultas. ?Están planeando algo? ?Es solo un robo o algo peor? ?Por qué nadie más ve esto?

  —?Yoshi, despierta! —la voz de María, cortante como un látigo, lo sacó de su espiral. El balón aterrizó a sus pies con un golpe sordo. Habían perdido el punto. Y ella lo estaba mirando con los brazos cruzados, la diversión extinguida de su rostro—. Estás jugando como un muerto. ?Qué te pasa?

  Esa fue la chispa. La paranoia superó a la razón.

  —Se acabó. Vamos —dijo, y sin mediar palabra, agarró su mu?eca con una firmeza que no admitía discusión.

  —?Oye! ?Qué haces? —protestó María, pero él ya la arrastraba fuera de la arena, alejándose de la multitud.

  Su mente cartografiaba el paseo marítimo a toda velocidad. Necesito un lugar con sombra, con salidas, un callejón que dé a dos calles... Empujó suavemente a María hacia un espacio semioculto entre un puesto de souvenirs cerrado y un muro de piedra, lejos de las miradas directas.

  —?Yoshi? —la voz de María ya no era de enfado, sino de una confusión genuina y alarmada.

  Fue entonces cuando él lo recordó. Con un nudo de frustración en el estómago, maldijo en silencio. No había callejones con escape. Estaban en un rincón ciego. El paseo marítimo era una trampa abierta. El único camino de escape era volver sobre sus pasos, directo hacia las miradas que tanto temía.

  —Mierda —masculló, corriéndose una mano por el cabello.

  Fue el momento que María necesitaba. Se soltó de su agarre con un tirón seco.

  —?Ya estás? —preguntó, y su voz era ahora fría, un hilo de plata envenenada. No gritaba. No lo empujaba. Su enfado era más controlado, y por tanto, más cortante—. ?Puedes explicarme por qué acabas de arruinar el juego, arrastrarme como un saco y esconderte aquí como un criminal?

  Ella no esperó su respuesta. Su mirada era un reproche silencioso.

  —Siempre haces esto. Ves fantasmas donde no los hay. Crees que todo el mundo es un enemigo —continuó, cruzando los brazos sobre su pecho, no con rabia, sino con una decepción que a Yoshi le dolía más que un golpe—. No soy de cristal, Yoshi. No necesito que me escondas cada vez que un hombre me mira. Es... agotador.

  Cada palabra era un clavo en el ataúd de su lógica paranoica. Se sentía como un idiota. Tal vez ella tenía razón. Tal vez había imaginado el peligro.

  —María, yo solo... —intentó explicar, pero las palabras se atascaron.

  —Déjalo. Si vas a estar así, mejor me voy sola —dijo ella, y al darse la vuelta, su hombro rozó el de él con un gesto de finalidad.

  Ese rechazo, esa frialdad, lo paralizó. Por un segundo crucial, su guardia bajó. La imagen de ella alejándose, herida por su propia estupidez, lo dejó vulnerable.

  Yoshi no lo vio venir, pero su cuerpo reaccionó. Una sombra se proyectó a sus espaldas un fragmento de segundo antes de que un brazo grueso intentara cerrarse alrededor de su cuello. Sus reflejos, afilados por una Agilidad de 30, hicieron el resto. Se agachó en un movimiento fluidos, casi una continuación de su gesto de frustración, y el brazo del hombre solo cortó el aire donde su garganta había estado un momento antes.

  —?Uff! —El sonido escapó de Yoshi más por el sobresalto que por el esfuerzo. Giró sobre sus talones, poniendo distancia entre ellos. La voz áspera del hombre llegó entonces, cargada de una decepción que era un espejo grotesco de la de María.

  —El chico no era parte del trato. Qué lástima que la gente sea muy exigente un hoyo es un hoyo.

  No hubo más advertencias. El hombre se abalanzó de nuevo, y esta vez Yoshi sí lo vio venir. Su mente, que un segundo antes estaba nublada por la culpa, se aclaró de golpe. El mundo se redujo a un túnel entre él y su atacante. Y en el corazón de ese caos que se avecinaba, una parte de él, la parte paranoica y amargada, encontró un consuelo terrible: no se había equivocado.

  El hombre se lanzó contra Yoshi, pero este lo esquivó con facilidad. En un instante, se subió a su espalda y, antes de que pudiera reaccionar, le dio un abrazo de cuello. Usando los sobacos del hombre como base, lo ahogó. El hombre intentó golpear a Yoshi contra la pared, pero este, con disgusto, le metió los dedos en la nariz mientras le apretaba la clavícula. Cuando el hombre, dolorido, se lanzó contra un basurero, Yoshi saltó y le dio una patada, provocando un golpe metálico que resonó en el callejón.

  Tomó una bolsa de basura para golpear al hombre, le arrebató las gafas de sol y, sin pensarlo dos veces, fue por María, quien con su guitarra estaba golpeando a un hombre, pero otro se acercaba por detrás. Yoshi miró con rapidez y, con decisión, corrió con todas sus fuerzas. Lanzó una patada voladora contra esa escoria, y un sonido a huesos rotos resonó en el aire.

  Con su amigo caído, el hombre restante solo pudo sentir cómo María lo dejaba inconsciente con un último golpe de guitarra.

  —Ok... A veces tienes razón... ?Que no se te suba a la cabeza! —Entre jadeos, María le advirtió.

  Pero él, por su parte, miró a los agresores y se preguntó: ?Si hubiera ido al muelle, como decía la adivinación de su madre, esto hubiera pasado? María estaba herida; tenía varios moretones. Claro, ella era una luchadora, pero esto se pudo evitar. ?Por qué no la había entrenado más seguido? ?Por qué? ?Por qué?

  Pero antes de que cayera en un bucle de "porqués", un jalón de orejas lo devolvió a la realidad.

  —Vamos, payaso, tenemos que ir a casa. Estos idiotas solo tienen 3 Solarium; gastaron todo su dinero en esos tatuajes de penes patéticos —Su sonrisa pícara y burlona era contagiosa.

  Lo absurdo de la situación le golpeó: ?por qué preocuparse? Lo más seguro es que la aventura en el muelle era peligrosa y María estaría en mayor peligro que con unos simples acosadores de playa. Además, su madre dijo que el muelle era la mejor opción.

  Con todo esto, Yoshi solo pudo soltar una carcajada al pensar en cómo serían las siguientes aventuras.

  Fin.

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