El cielo aún estaba oscuro cuando Grumak abrió la puerta del taller con un empujón firme.
—Arriba, muchacho. Hoy aprenderás a manejar el arma que define a un verdadero guerrero de Forzalia.
Ares se levantó rápido, todavía adormilado, pero con energía. Desde el día que llegó, había visto a Grumak usar una espada demasiado pesada para cualquier humano. Y hoy, por fin, entrenaría con una.
Grumak lo llevó detrás del taller, donde había pesas improvisadas, yunques viejos, troncos partidos y marcas de entrenamiento en el suelo.
—Antes de levantar una espada, tu cuerpo tiene que resistirla —dijo el orco.
Primero vinieron los arrastres y empujes: Ares tuvo que mover un tronco enorme mientras Grumak caminaba encima, aumentando el peso. Después vinieron los levantamientos: yunques, piedras y sacos de arena, cada uno más pesado.
Ares respiraba con dificultad, los músculos temblándole, pero no se detenía.
—No sirve ser fuerte si no puedes controlar tu propia fuerza —advirtió Grumak—. La fuerza sin control solo destruye a quien la usa.
Luego llegó la parte que Ares ya conocía pero temía: la pista de estacas. Debía correr, frenar, esquivar, rodar y cambiar de dirección mientras cargaba peso.
Fue allí donde ocurrió por primera vez el impulso extra?o.
En una curva mal tomada, Ares golpeó el suelo con más fuerza de la necesaria y su cuerpo salió impulsado hacia adelante, como si una ráfaga interna lo impulsara. No fue un salto, sino un desplazamiento brusco y acelerado.
Grumak detuvo su paso y lo observó fijamente.
—Interesante. O peligroso. Todavía no lo sé. No vuelvas a hacerlo intencionalmente. No por ahora.
Ares asintió, aunque por dentro estaba ansioso por repetirlo.
Grumak clavó una espada de entrenamiento en el suelo. Era simple y tosca, pero tenía el peso de un arma real.
—Las espadas no son adornos ni juguetes. Son herramientas para sobrevivir.
Ares intentó levantarla con soltura, pero el peso lo obligó a usar ambas manos. Grumak lo miraba con los brazos cruzados.
—Te queda grande. Eso significa que vale la pena entrenarla.
Ares practicó: cortes verticales y diagonales, estocadas, pasos hacia adelante y atrás, cambios de postura, y cómo usar las piernas para sostener cada movimiento.
Cada vez que su mu?eca se torcía o que rompía la línea del corte, Grumak golpeaba su codo o su hombro con un palo.
—La espada no sigue al brazo. El brazo sigue a la espada.
Después, Grumak tomó dos espadas acolchadas.
—Ahora veamos si puedes pensar cuando alguien intenta derribarte.
El combate fue intenso. Grumak atacaba sin previo aviso:
Ares se defendía como podía. Varias veces estuvo por perder el equilibrio… hasta que en un intercambio rápido, Grumak lanzó un golpe que Ares no alcanzó a esquivar.
Instintivamente, el muchacho golpeó el suelo y volvió a salir impulsado hacia atrás, esquivando por centímetros.
Grumak apretó la mandíbula.
—Ese impulso tuyo vuelve a aparecer. No sé qué lo provoca, pero no parece ser magia. Ni aura. Es… otra cosa.
Ares respiraba agitado.
—?Es algo malo?
—No necesariamente. Puede ayudarte o puede herirte. Por ahora, déjalo como una reacción involuntaria.
Sylas llevaba seis días observándolo.
Seis días viendo cómo Ares, sin faltar ni una sola ma?ana, entrenaba bajo el sol áspero de Forzalia junto a Grumak. El viejo orco lo hacía repetir posturas, levantar pesos imposibles, golpear troncos hasta que los nudillos del chico quedaban rojos y adoloridos. Y aun así, Ares regresaba cada día, jadeando, empapado en sudor, con las marcas tribales de sus brazos brillando apenas como brasas cansadas.
Pero esa ma?ana, mientras lo veía levantar por enésima vez un martillo de hierro casi tan grande como su antebrazo, algo dentro de Sylas hizo clic.
No era envidia. Era otra cosa.
Un impulso que lo empujó hacia Grumak casi sin pensarlo.
—?Puedo entrenar contigo también? —preguntó, con la voz firme pero el estómago apretado.
Grumak levantó la vista. Su ceja se torció en un gesto difícil de leer.
El silencio duró unos segundos, largos como minutos.
—No —respondió al fin, sin dureza, pero sin dudas.
Ares se detuvo. Sylas sintió el golpe de la palabra como si le hubieran cerrado una puerta en la cara.
—?Por qué?, yo solo tengo los entrenamientos cada 3 y 7 soles, Ares además de eso te tiene a ti —dijo, intentando no sonar ofendido.
Grumak apoyó el martillo contra el suelo y se incorporó con ese aire de piedra viva que tenía cuando hablaba en serio.
—Porque no soy el maestro indicado para ti —dijo con calma—. Y porque tampoco funciona así.
Sylas inclinó la cabeza, confundido.
Grumak respiró hondo, como quien se prepara para explicar una tradición muy vieja a alguien muy joven.
—En Forzalia —comenzó— los ni?os eligen a su maestro, pero el maestro solo acepta si ve al ni?o digno. Es una costumbre antigua. Cada joven, cuando lo siente en el pecho, busca a un orco adulto y le pide ser su aprendiz. A veces son rechazados. A veces no. Pero siempre eligen ustedes primero.
Sylas abrió la boca para protestar, pero Grumak levantó una mano.
—Tu hermano me eligió a mí —continuó—. No porque yo sea el mejor, sino porque sintió que yo era el correcto para él. Y tuvo razón. Tu aura… tu forma de moverte… tú no necesitas mis martillos ni mis músculos. Necesitas a alguien que entienda lo que hay dentro de ti. Yo no soy ese.
Sylas apretó los dientes, no en enojo, sino en comprensión amarga.
Forzalia no era como su hogar. Allí, los vínculos no se imponían: se ganaban.
—Entonces… ?tengo que buscar yo a mi maestro? —preguntó finalmente.
Grumak asintió.
—Sí. Elige bien. Busca al que pueda llevarte más lejos, no al que tú quieras impresionar. Pregunta, observa, y cuando lo tengas claro… acércate. Si te ve digno, te dirá que sí. Si no, buscarás a otro. Así es como crecemos aquí.
El viento caliente de la forja sopló entre ellos, levantando peque?as motas de ceniza.
Sylas miró a su alrededor: a los orcos entrenando, a los maestros corrigiendo a los jóvenes, a las chispas saltando de los yunques. Todo se sintió, de repente, más grande que él.
A su lado, Ares seguía con el martillo en alto, respirando hondo, el ojo rojo brillando bajo la luz del fuego.
Sylas inspiró.
Sí, tenía que elegir.
Tenía que encontrar a su maestro.
Pasó el resto de la ma?ana observando en silencio.
Los orcos entrenaban como siempre: golpes secos, tierra levantándose, voces graves marcando el ritmo. Pero esa vez, Sylas no miraba la fuerza bruta ni las armas… miraba a los maestros.
El líder de Forzalia y rival de Grumak estaba al borde del campamento, supervisando a un grupo de jóvenes que entrenaban maná. Era imponente, sí… pero no por su tama?o.
Había algo en él que lo distinguía del resto: un equilibrio extra?o entre fuerza contenida y calma absoluta. No levantaba la voz. No necesitaba hacerlo. Bastaba un gesto suyo para que los jóvenes corrigieran sus fallas de inmediato.
Y, además, Korvash había sido quien comprendió mejor lo que ocurrió en la cueva.
Había visto el vínculo oscuro y helado de Sylas cuando lo mostró por primera vez.
Había observado, como si estuviera viendo un reflejo lejano de algo que conocía bien.
?Si necesito un maestro…?, pensó Sylas.
?Tiene que ser él?.
—Ya elegiste —dijo Grumak desde atrás, sin siquiera mirarlo.
Sylas tardó un segundo en responder.
—Sí.
—El líder de la tribu. —Lo miró de reojo—. Eres ambicioso.
— Solo con el podre seguir el ritmo de ares, y siento que es el indicado.
Grumak lo observó en silencio, como un herrero evaluando una pieza a medio forjar. Finalmente asintió.
—Si es tu elección, entonces ve. Pero entiende esto, humano: Korvash es mi rival, no acepta discípulos así como así. No porque no quiera… sino porque casi nadie puede seguir su camino. El maná de sombras no es algo que pueda ense?arse a cualquiera.
Sylas respiró hondo. Era ahora.
—Recuerda —a?adió Grumak—: cuando un ni?o pide un maestro, debe hacerlo desde la verdad. Sin presumir. Sin miedo. Sin intentar mostrarse más grande de lo que es. Si no, te rechazará al instante.
Las piernas del ni?o temblaron un poco, pero avanzó igual.
Korvash era el maestro correcto. Era el único que podía guiar su magia.
—Korvash… —murmuró para sí, preparándose—. Espero que me veas digno.
Y dio el primer paso hacia el orco más poderoso de Forzalia.
Sylas estaba nervioso. No sabía si estaba preparado… pero sí sabía que si tenía que elegir un maestro, tenía que ser él. No por respeto. No por miedo. Sino porque, en el fondo, sentía que nadie más podría pulirlo hasta volverlo alguien digno.
La tarde caía sobre Forzalia, y el campamento comenzaba a silenciarse. Sylas venía caminando desde lejos, respirando hondo para juntar valor. Había pasado toda la semana observando a Ares entrenar con Grumak, el rival directo de Korvash, y cada día le dolía más la idea de quedarse atrás. Ares ya había dado su paso. Ahora le tocaba a él.
Korvash estaba de pie junto al gran tótem central, afilando su hacha curva con movimientos lentos y pesados. No habló cuando sintió a Sylas acercarse; solo alzó una ceja, expectante.
—Korvash… —empezó Sylas, firme pero nervioso—. Quiero pedirte que me aceptes como tu discípulo.
El líder orco dejó de afilar. Lo miró de arriba abajo, como si evaluara cada hueso del muchacho.
—?Y por qué yo? —preguntó, sin rastro de cortesía.
Sylas inhaló hondo.
—Ares eligió a Grumak… tu rival. Y él ya está entrenando todos los días. No quiero que el tenga que defenderme siempre. —El muchacho apretó los pu?os—. En nuestras peleas, contra gnolls y goblins, siempre fue Ares el primero en correr hacia el frente. Siempre me quedé detrás. Quiero cambiar eso.
Korvash entrecerró los ojos, interesado por primera vez.
—Sigues sin responder mi pregunta. ?Por qué yo, Sylas? ?Por qué no otro orco?
El joven sostuvo su mirada sin titubear.
—Porque tú eres el indicado, algo me dice que eres tan fuerte como grumak, y mi hermano esta entrenando con el, su maestro es uno de los orcos más fuertes de la aldea y tu eres su rival. Eres el líder por una razón. Eres el más fuerte, el más inteligente en combate, y el único con afinidad a las sombras.
Y si un día quiero pelear delante de Ares… Necesito aprender de alguien que pueda ense?arme lo que nadie más sabe.
Korvash soltó un gru?ido que podría haber sido una risa.
—Hablas bien para alguien tan joven. Y dices la verdad: soy el más capaz para ense?arte de las sombras. Esa magia corre por tu cuerpo, aunque aún no puedas usarla.
Pero antes de aceptarte, humano, quiero verte actuar.
Se giró y se?aló los troncos pesados que los orcos usaban como barricadas.
—Ves ese tronco acostado, el más grande. —Era enorme, casi del largo de un orco adulto y de grosor monstruoso—. Necesito que lo muevas desde aquí hasta la roca blanca, allí al fondo.
Sylas abrió los ojos. Era una distancia corta, sí… pero el tronco parecía imposible para alguien de su tama?o.
—No tienes que cargarlo —aclaró Korvash—. Pero tampoco puedes arrastrarlo de cualquier manera. Debes empujarlo con todo tu cuerpo, usando piernas, brazos y tu propio equilibrio. Si te caes, empiezas de nuevo. Si te rindes, no te acepto.
Tienes hasta que el sol toque el horizonte.
No era una prueba de fuerza… sino de voluntad.
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—Lo haré —dijo.
El muchacho se colocó detrás del tronco, apoyó ambas manos y empujó. El tronco ni se movió. Ajustó la postura, clavó los pies en la tierra y empujó otra vez. Esta vez el tronco tembló. Luego avanzó unos centímetros. Luego un poco más.
Cada metro parecía un tormento. Se resbaló dos veces. Se ara?ó las manos. Se raspó las rodillas. Pero jamás se detuvo.
Este ejercicio tardo 2 horas, mucho antes de que el sol toque el horizonte.
Cuando finalmente llegó a la roca blanca, exhaló con un sonido ahogado, temblando. Se dio vuelta, jadeando, esperando el juicio del líder.
Korvash caminó hacia él lentamente, observándolo con una seriedad que imponía respeto.
—Bien —dijo por fin—. No fue perfecto, pero tampoco te rendiste. Y eso es lo que busco en un discípulo, pense que sucumbirías antes.
Se cruzó de brazos.
—Desde hoy, Sylas, entrenarás conmigo. Te convertiré en un guerrero capaz de pelear con o sin magia. Y cuando llegue el día… podrás correr al frente sin temer quedarse atrás de tu hermano.
Sylas bajó la cabeza en se?al de respeto, sintiendo que acababa de cambiar su destino.
Korvash apoyó una mano enorme sobre su hombro Y Sylas, aún exhausto, sonrió.
—Arriba. Si necesitas descansar más, entrena con Grumak.
Sylas se levantó de inmediato, aún con el cuerpo agotador. Se ajustó la ropa y siguió a Korvash hasta un claro más amplio que el de la prueba. Allí, la hierba estaba aplastada por el uso constante, y varios troncos marcados por golpes daban una idea de lo que lo esperaba.
Korvash se?aló un círculo dibujado con ceniza sobre el suelo.
—Entras ahí. No sales hasta que te diga.
Sylas obedeció. De inmediato, Korvash comenzó a moverse alrededor del círculo, sin hablar. Solo observaba.
—Tu cuerpo se mueve, pero no tu centro —dijo finalmente—. Por eso tropiezas cuando corres. Vamos a arreglarlo.
Sylas apenas asintió antes de que Korvash lanzara un peque?o saco de cuero directamente hacia su rostro. Sylas lo esquivó por reflejo. Otro saco voló. Y otro. Y otro.
Sin pausa. Sin aviso. Sin ritmo.
Sylas tenía que agacharse, saltar, girar sobre un pie. Korvash le arrojaba los sacos desde ángulos distintos, a velocidades distintas, sin permitirle anticipar nada.
A los diez minutos, Sylas respiraba agitado. A los veinte, le ardían los muslos. A los treinta, ya no esquivaba con elegancia: esquivaba porque no quería que algo le rompa la nariz.
Korvash finalmente se detuvo.
Luego lo obligó a repetir el ejercicio durante casi una hora, corrigiendo sin descanso:
—Mira antes de moverte. —No congeles los brazos.
Al final, el ni?o podia esquivar los sacos sin mirarlos todo el tiempo.
—Si tu instinto es pelear adelante, más vale que puedas aguantarlo.
Sylas apenas tomó posición cuando Korvash ya estaba encima. Un golpe lateral, rápido. que el peque?o apenas alcanzó a bloquear.
—Más firme —ordenó Korvash.
Otro golpe. Sylas decidió retroceder. Pero fue un error. Korvash avanzó como un martillo, sin darle espacio, obligándolo a mantener el equilibrio mientras retrocedía por la presión.
—Si retrocedes, retrocede con intención —dijo Korvash sin dejar de atacar—. No huyas. Redirige.
Sylas inhaló profundo. En lugar de alejarse, giró el bastón y usó el retroceso para crear un ángulo. Esta vez, logró que Korvash no lo golpeara de inmediato.
—Mejor —murmuró el orco, casi imperceptiblemente.
El combate continuó, con Korvash marcando casi todos los golpes, pero permitiendo que Sylas reaccionara. Una y otra vez, lo ponía al límite sin cruzarlo.
Cuando el sol empezó a caer, Korvash se acercó con los brazos cruzados. Sylas estaba exhausto: piernas temblorosas, manos raspadas, pecho ardiendo.
—No te caíste —comentó Korvash—. Pensé que a mitad del día ibas a hacerlo.
Sylas sonrió cansado. —Quiero pelear al lado de Ares… no detrás.
Korvash gru?ó.
—Si mantienes el ritmo, podrás hacerlo. Pero falta. Mucho. Y ma?ana entrenaremos tu magia.
Sylas asintió. Y aunque estaba agotado, se sentía más firme. Más centrado. Un poco menos torpe. Y por primera vez, sintió que estaba avanzando por mérito propio.
Al mismo tiempo que ocurría esto, el hermano mayor de sylas, seguía con grumak.
Ares pensó que el entrenamiento había terminado, pero Grumak lo llevó de regreso al taller.
Allí el calor era sofocante. La fragua brillaba en rojo, y el aire olía a metal quemado.
—Un guerrero que no sabe mantener su arma está incompleto —dijo Grumak—. Así que vas a aprender.
El orco le ense?ó a: manejar el fuego, controlar la temperatura,sostener el metal al rojo vivo, golpear con ritmo, moldear el filo sin quebrarlo. Un golpe mal dado significaba empezar de nuevo.
Después de varias horas, Ares logró forjar una hoja simple, tosca, pero resistente.
Grumak la sostuvo, la examinó, y gru?ó en se?al de aprobación mínima.
—No es buena. Pero es tuya. Y te recordará cuánto camino te falta.
Ares sonrió igualmente.
El entrenamiento duró casi hasta la noche. Antes de dejarlo ir, Grumak puso una mano enorme sobre su hombro.
—Tienes fuerza. Tienes voluntad. Y tienes algo raro que todavía no comprendo.
No lo fuerces. No lo temas. Solo deja que exista.
Ares lo miró con seriedad.
—?Cree que voy a ser un buen guerrero?
Grumak soltó un gru?ido que sonó casi como una risa.
—Si entrenas así cada semana… sí. Y uno peligroso.
Ares sintió una mezcla de orgullo, miedo y emoción.
—Ma?ana volverás igual —respondió Grumak—. Y yo volveré a romperte para moldearte mejor.
— SI! Ma?ana estaré aquí temprano. — Responderia el ni?o
En la noche los muchachos se encontraban en su habitación, la casa de Grumak estaba en silencio. Afuera, la aldea seguía activa con el sonido lejano de martillos, fogatas y las risas ásperas de orcos que aún no dormían. Dentro, solo el leve crujido del fuego iluminaba la habitación donde Ares y Sylas descansaban sobre gruesas pieles.
Sylas no podía dormir. Ares tampoco.
El mayor —por apenas un a?o— miraba el techo oscuro, con la mandíbula tensa y los ojos brillando en la penumbra. Uno normal. El otro, rojo, pulsante, inquietante.
Sylas giró la cabeza hacia él.
—Ares… —susurró—. Hoy te vi… mal.
Ares desvió la mirada, tensando los dedos sobre la manta.
—Estoy bien.
Era mentira. Y los dos lo sabían.
—No lo estás —insistió Sylas, con suavidad—. Desde la cueva estás extra?o. Desde el altar. Desde que… despertaste así.
Ares tragó saliva.
—Tú despertaste bien. Tienes magia. Tienes control. Yo… ni siquiera sé qué soy.
Su voz tembló apenas. Sylas se incorporó un poco.
—Eres mi hermano. Eso basta.
Ares negó con la cabeza.
—No cuando todos esperan algo. No cuando Grumak me mira como si fuera un acertijo. No cuando Korvash dice que “lo mío no sigue reglas”. —Respiró hondo, con la voz quebrándose—. No cuando… cuando ni siquiera sé si soy un peligro para ti.
Sylas se acercó y le dio un golpecito en el brazo, casi molesto.
—No digas eso. Si fueras un peligro, lo sabría. Te conozco más que nadie.
Ares cerró los ojos.
—?Y si el altar me cambió? ?Y si estas marcas… —levantó el brazo, donde los tatuajes tribales parecían brillar con la luz del fuego— …no significan lo mismo que las tuyas?
Sylas bajó la vista hacia las suyas, más suaves, más regulares.
—Nos marcaron a los dos —dijo—. Ese dios nos dio algo. Tal vez distinto, pero no malo.
Hubo un silencio largo.
Ares habló primero, en apenas un hilo de voz.
—Sylas… tuve miedo de morir ahí dentro. No por mí. Por ti. Cuando ese gnoll casi me muerde… —la frase se le cortó un segundo— …pensé que, si me pasaba algo, te quedarías solo.
Sylas sintió un nudo en el pecho.
—No voy a quedarme solo nunca —murmuró—. Porque tú vas a estar conmigo. Aunque tengas un ojo rojo, cinco, o ninguno. Aunque no despiertes como esperan. Aunque tu magia sea rara. No me importa lo que diga Korvash, Grumak o cualquier orco enorme con cara de piedra.
Ares soltó una risa apagada.
—Eres un idiota.
Sylas sonrió apenas.
—Tú también.
Otro silencio. Más suave. Menos tenso.
—Ma?ana seguiremos entrenando—dijo Ares, mirando las llamas—. Tú con Korvash. Yo con Grumak.
—Sí —respondió Sylas—. Pero seguimos siendo un equipo.
Ares volvió la cabeza hacia él. La luz del fuego hacía brillar su ojo rojo, como si algo respirara dentro.
—Entonces prométeme algo —dijo Ares.
Sylas arqueó una ceja.
—Dime.
—Pase lo que pase… no me dejes atrás.
Sylas extendió la mano y la apoyó sobre el pu?o cerrado de Ares.
—Nunca.
Ares finalmente cerró los ojos y, por primera vez desde la cueva, se quedó dormido sin sentirse solo.
Seis meses en Forzalia habían cambiado a Ares y Sylas más de lo que cualquiera hubiera imaginado el día en que llegaron, aunque aún estaban lejos de ser guerreros formados.
Ares ahora tenía un cuerpo más firme y definido para su edad. No era grande ni imponente como un joven orco, pero sí fuerte, resistente y acostumbrado al trabajo duro. Podía pasar horas en la forja sin rendirse, levantar pesos que antes no podía mover y manejar la espada con una técnica sorprendentemente sólida para un aprendiz humano. Su impulso —ese extra?o dash nacido del despertar incompleto— ya no lo tiraba al piso; había aprendido a controlarlo en momentos breves, como un estallido de velocidad calculada. Aun así, le faltaba fuerza bruta y precisión, y muchos movimientos seguían siendo torpes. Pero su progreso era real. Constante. Innegable.
Sylas también había crecido. Su velocidad y reflejos habían mejorado mucho, y Korvash ya no necesitaba repetir diez veces la misma corrección. Podía mantener un combate de práctica durante varios minutos sin perder la postura, y sabía leer aperturas que antes ni veía. Era evidente que tenía talento, pero seguía chocándose con su propia torpeza ocasional, especialmente en giros o cambios bruscos de dirección. hace 2 meses habia comenzado a practicar su magia, pero solo a crear cubos de hielo, nada de combate,… aun su comprensión táctica de cómo aplicarla en batalla había aumentado muchísimo. Korvash lo había endurecido, sin suavidad, sin elogios. Y Sylas había respondido a ese rigor sin quebrarse.
Ambos avanzaron lo suficiente para que los orcos comenzaran a tomarles respeto. No como grandes guerreros, sino como muchachos que podían seguir el ritmo, soportar golpes que antes los habrían derribado y levantarse siempre para otro día de entrenamiento. No eran prodigios. No eran excepcionales. Pero habían dejado de ser “los ni?os humanos”.
Ya eran parte de Forzalia.
Y eso, ahí, significaba algo.
Ese día, al terminar el entrenamiento, Grumak hizo un gesto para que Ares y Sylas se acercaran. Su voz, como siempre, fue directa y sin adornos.
—Ares. Es hora de ver cuánto has avanzado.
—?Con quién? —preguntó Ares, limpiándose el sudor de la frente.
Grumak miró a Sylas.
—?Cuál es tu historial con Bruk?
Sylas infló el pecho, apenas orgulloso.
—Ochenta a setenta. Yo arriba.
Grumak asintió.
Fueron hacia la zona de cazadores. Allí encontraron a Gruk afilando la punta de su garrote, concentrado pero tarareando como quien disfruta el trabajo. Cuando vio al grupo acercarse, sonrió con ese gesto amplio que lo caracterizaba.
—?Entrenamiento o problema? —preguntó, apoyando el garrote sobre el hombro.
—Duelo oficial —indicó Grumak—. Ares será tu oponente.
Gruk levantó las cejas, sorprendido pero animado.
—Interesante elección. Bueno, acepto. Servirá para mover los huesos.
Caminó hacia la arena sin apuro, con el garrote balanceándose a su lado. Al llegar, Lura ya esperaba para anunciar formalmente el combate.
—Reglas del duelo —dijo con firmeza—: tres puntos para ganar. Golpe limpio, un punto. Golpe crítico, dos. No usan aura ni maná. Quien rompa las reglas queda fuera.
Ares levantó su espada de madera, firme. Gruk giró el garrote en un círculo preciso, demostrando control total.
—Estoy listo —dijo con voz tranquila.
—?Comiencen! —anunció Lura.
Ares fue el primero en presionar, buscando obligar a Gruk a retroceder. Lanzó un corte rápido al torso, que Gruk intentó desviar, pero la velocidad lo tomó por sorpresa.
—?Punto para Ares! —marcó Lura.
Gruk sonrió sin molestarse.
—Bien hecho. Ahora sí voy en serio.
Avanzó con paso seguro, no apresurado. Su primer golpe fue una finta; el segundo, un impacto directo al costado de Ares que lo hizo tambalear varios pasos.
—?Golpe crítico! Dos puntos para Gruk —anunció Lura.
Ares apretó los dientes, recuperó su postura y lanzó dos ataques consecutivos. El primero fue bloqueado, y el segundo esquivado, luego Gruk contraataco con un fuerte gorpe descendente, ares dio un salto hacia atras esquivandolo y luego activo su “dash” acercandose rapidamente y dando un golpe horizontal al abdomen.
—?Punto para Ares! Dos a dos.
La multitud rugió. Gruk flexionó el cuello hacia los lados, acomodando los hombros.
—Vas mejorando. No sé si más fuerte… pero sin duda más terco —bromeó.
El intercambio final fue veloz. Ares salto hacia gruk intentando cerrar la pelea con fuerza bruta, pero Gruk reaccionó con una precisión sorprendente: giró apenas el cuerpo esquivando el golpe de una manera que la espada de ares rozo su espalda y golpeó al joven en el rostro con la parte plana del garrote, enviándolo al suelo.
—?Golpe crítico! —sentenció Lura—. ?Victoria para Gruk!
Ares quedó de espaldas al suelo, respirando hondo. Gruk se inclinó cpn una gran sonrisa
—Buena pelea. No estás lejos… solo te falta saber cuándo parar y cuándo insistir.
Ares sonrió, aceptando la mano que Gruk le ofrecía para levantarse.
Grumak cruzó los brazos, satisfecho.
—Ma?ana habrá otro duelo. Y pasado, otro más. Hasta que ganes sin dudas.
Ares respiró profundo.
—Ma?ana seré yo quien gane.
Gruk se limitó a asentir, con una sonrisa tranquila.
—Entonces ma?ana volveremos a medirnos.
El entrenamiento del día acababa de terminar cuando Korvash apareció frente a Grumak, Ares y Sylas. Su sombra se proyectó sobre los tres antes de que hablara; su presencia siempre imponía silencio inmediato. El líder de la tribu tenía el ce?o tenso, como si aún estuviera evaluando si lo que iba a decir era buena idea o un riesgo innecesario.
—Necesito su atención —dijo con su voz grave.
Grumak se giró, frunciendo el entrecejo. Ares y Sylas hicieron lo mismo, todavía respirando rápido por los ejercicios finales.
—Se registró una fisura de maná rango dos avanzado —continuó Korvash—. Y como el grupo de exploradores rango dos y tres está fuera en una incursión, voy a tener que asignarles esta misión… a ustedes.
Ares abrió los ojos con sorpresa. Sylas tensó los hombros. Grumak mantuvo una expresión neutra, aunque evaluó de inmediato la situación.
—?A los ni?os? —preguntó el herrero-orco, sin sonar en desacuerdo, pero queriendo confirmarlo.
—tienen la habilidad equivalente a un rango dos intermedio —respondió Korvash—. A este nivel ya deberían empezar a enfrentar fisuras bajas bajo supervisión. Y tú eres la mejor supervisión que puedo darles ahora mismo.
Se cruzó de brazos, observando directamente a los dos hermanos.
—La fisura tiene una semana de duración. Tendrán seis soles para despejarla antes de que se cierre. No se avanzó demasiado con el reconocimiento, así que solo sabemos dos cosas: hay Perros Destello y Magos de Roca.
Grumak chasqueó la lengua, evaluando mentalmente los riesgos.
—Los Magos de Roca pueden ser molestos… pero no peligrosos si los chicos mantienen la cabeza fría. Los Perros Destello sí podrían sorprenderlos.
Korvash asintió.
—Justamente por eso vas con ellos. No tendrán más apoyo. No hay tiempo para llamar a otros guerreros, y no pienso retrasar la limpieza. Si esta fisura se rompe, será un problema, los gnolls eran rango 1 basico y fueron molestos, no quiero que haya perros destello por aquí.
Sylas tragó saliva, intentando mantener la postura.
Ares apretó el mango de su espada aún con sudor en las manos.
Korvash los miró con dureza, pero no con desconfianza.
—Esto es parte de crecer como guerreros. No los enviaría si no creyeran que pueden hacerlo. Y con Grumak encima de ustedes… tienen más que suficiente para sobrevivir.
El herrero-orco soltó una risa baja.
—Pues será su primera misión. Espero que estén listos, porque allá afuera no hay reglas ni rondas de práctica.
Korvash dio un paso atrás para despedirse.
La fisura esta a 3 soles a pie, por lo que tienen solo 3 soles para prepararse.
—Prepárense. Descansen, y demuestren si todo el entrenamiento sirvió para algo.
Luego se marchó, dejando una mezcla de tensión y expectativa en el aire.

