—?Veamos cómo sobrevives a esto, cazador! —Gritó la anomalía, con una sonrisa demente deformando su rostro carbonizado.
Zeke alzó la vista hacia el proyectil incandescente que se acercaba a toda velocidad. Sin embargo, lejos de entrar en pánico, soltó una breve carcajada y se ajustó el cuello de la camisa chamuscada.
—Supongo que ya es hora de que yo también me ponga serio.
Con un movimiento tranquilo, sujetó la cuerda con su mano izquierda. Mientras comenzaba a recitar un canto en voz baja, fue deslizando lentamente su palma a lo largo de la soga. A medida que lo hacía, el color rojo original del arma se transformaba en un azul brillante, y sobre su superficie comenzaron a aparecer runas resplandecientes que emitían una tenue vibración.
El aire alrededor se volvió húmedo y denso. Zeke había lanzado un hechizo sobre su arma.
—Encantamiento de flujo.
La cuerda volvió a azotar el aire como un látigo, pero esta vez dejaba tras de sí un rastro líquido que se desvanecía con un sonido semejante al de las olas chocando. La cuerda entera estaba envuelta en una fina capa de agua que giraba con fuerza centrífuga.
El impacto fue inmediato. Cuando la cuerda golpeó la bola de fuego, una explosión ensordecedora de vapor cubrió toda la azotea. El choque entre fuego y agua generó una densa niebla que envolvió por completo el campo de batalla.
Aprovechando los valiosos segundos de ocultamiento que le brindaba la cortina de vapor, comenzó a girar su cuerda a gran velocidad, acumulando energía para lanzar su contraataque. Sin embargo, su plan se vio interrumpido por un rugido que sacudió el aire.
—?No pienses que podrás esconderte de mí!
La anomalía emergió del vapor como un demonio salido del infierno, envuelta en llamas blancas que devoraban incluso el oxígeno a su alrededor.
—Aunque tenga que quemar toda la energía que reuní a lo largo de los a?os... ?me aseguraré de destruirte!
Las llamas de sus pu?os se habían intensificado hasta el punto de volverse blancas y cegadoras. La criatura lanzó un golpe directo al torso de Zeke; no necesitaba apuntar a la cabeza, pues el simple contacto bastaba para acabarlo.
Zeke saltó hacia un lado en el último instante, esquivando el ataque por una fracción de segundo. El suelo donde había estado se fundió al instante, convirtiéndose en un charco de piedra derretida.
—?Agh, quema! —gru?ó Zeke, sacudiendo el brazo. Aunque había evitado el golpe, el calor abrasador le había quemado parte de la camisa, dejando su piel enrojecida y humeante.
La anomalía no le dio tregua.
—?Qué pasa, cazador? ?Te quedaste sin trucos? —se burló mientras avanzaba con pasos pesados, el suelo bajo sus pies chisporroteando y ardiendo.
Zeke retrocedió unos metros, buscando mantener la distancia. Sabía que si el combate se alargaba, sería él quien se agotaría primero. La anomalía, impulsada por pura ira, parecía no tener límites.
—Veamos cuánto puedes durar manteniéndote a la defensiva —dijo la criatura con una mueca desquiciada, lanzándose de nuevo al ataque.
Zeke respiró hondo, concentrándose. Su mirada se volvió fría.
Cuando la anomalía saltó hacia él, Zeke agitó su cuerda con fuerza, lanzando un golpe descendente directo a la cabeza de su oponente. La criatura, confiada en su resistencia, levantó el brazo para cubrirse, creyendo que podría soportar el impacto y acabar con esto de una vez por todas. Incluso en el peor de los casos no le importaba perder su brazo con tal de vencer.
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Las llamas blancas rugieron con violencia cuando la cuerda descendió…
Pero el golpe nunca llegó.
Zeke esbozó una sonrisa apenas perceptible. La anomalía había caído en su trampa.
En lugar de golpear el brazo de su enemigo, la cuerda cambió su trayectoria en el último instante, moviéndose como una serpiente. Se deslizó hábilmente entre las llamas, esquivó el pu?o alzado de la anomalía y se enroscó con firmeza alrededor de su cuello.
—?Te tengo! —gru?ó Zeke.
Aprovechando el momento de confusión, tiró con todas sus fuerzas. La cuerda se tensó de golpe, y la anomalía perdió el equilibrio, cayendo pesadamente al suelo con un estruendo que hizo vibrar la azotea.
Zeke no perdió ni un segundo. Saltó sobre la espalda del monstruo y volvió a tirar de su cuerda con ambas manos, clavando los talones en la superficie ardiente. Las runas del arma brillaron con intensidad, al mismo tiempo, vapor comenzó a brotar alrededor del cuello del enemigo, acompa?ado de un sonido como agua hirviendo.
La anomalía soltó un alarido de dolor y se retorció desesperadamente, tratando de arrancarse la cuerda con las manos.
—?Es inútil! —gritó Zeke con furia—. ?Es hora de que pagues por las atrocidades que cometiste!
El vapor se volvió más denso, ocultando parcialmente la escena. Por un instante, solo se oían los rugidos de la anomalía y el silbido del agua evaporándose.
De pronto, la criatura dejó de luchar. En su lugar, su cuerpo comenzó a hincharse. Las llamas que la cubrían se tornaron más brillantes y el calor se volvió insoportable.
—Puede que haya perdido… —dijo la anomalía con una sonrisa retorcida—, pero me aseguraré de llevarlos conmigo al infierno.
Zeke frunció el ce?o. Sabía lo que estaba a punto de ocurrir.
—?Maldición! —El suelo bajo sus pies comenzaba a fundirse; el aire olía a metal derretido.
Aun así, no soltó la cuerda. Su cuerpo entero temblaba por el calor, y los zapatos comenzaban a pegarse al al cuerpo ardiente de la anomalia. Con un grito de esfuerzo, tiró con toda la fuerza que le quedaba.
El cuerpo de la anomalía se agrietó, dejando escapar una luz cegadora por las fisuras. La criatura gritó:
—?Ardan con mis llamas!
Pero antes de que pudiera terminar, se oyó un fuerte crujido. Zeke dio un último tirón con toda su fuerza y la cuerda cortó el cuello de la anomalía de un solo movimiento. Su cabeza salió volando y rodó hasta detenerse a pocos metros de él.
Las llamas se extinguieron de inmediato. Lo que antes era una figura envuelta en fuego quedó reducido a un cuerpo carbonizado e inmóvil.
En ese mismo instante, Mochi y Miyu, que todavía luchaban con las marionetas llameantes, vieron cómo éstas se apagaban de repente y caían al suelo como mu?ecas sin hilos.
Ambas corrieron hacia Zeke.
—?Líder, ?estás bien?! —preguntó Miyu, jadeando.
Zeke se dejó caer sobre un trozo de concreto agrietado, respirando con dificultad.
—Sí… lo estoy. —Sonrió débilmente—. ?Y ustedes?
—Estoy bien —respondió Mochi, limpiándose el sudor de la frente—. Solo algunos cortes y unas quemaduras leves.
—Yo igual —a?adió Miyu, tocando un mechón chamuscado de su cabello—. Aunque creo que tendré que cortarlo un poco…
Los tres soltaron una breve risa, pero su momento de respiro duró poco. Un sonido extra?o los hizo ponerse en guardia nuevamente.
Un leve gemido provenía de la cabeza decapitada de la anomalía.
Los tres se tensaron.
La boca del monstruo se movió apenas, y una voz débil escapó de entre sus dientes carbonizados:
—Podría haber seguido cazando en silencio… durante a?os. Pero me obligaron a apresurarme… Necesitaba más poder… No iba a inclinarme ante nadie…
La voz se desvaneció.
Un segundo después, el cuerpo de la anomalía comenzó a desintegrarse, convirtiéndose en finas cenizas que el viento arrastró.
Zeke observó en silencio cómo el polvo oscuro se perdía en el aire nocturno.
Mochi y Miyu intercambiaron una mirada silenciosa. La batalla había terminado… al menos por ahora.
—Resultó ser más fuerte de lo que esperaba —dijo Zeke mientras se acercaba al cuerpo de la anomalía que se deshacía en ceniza—. Ustedes dos, acérquense, quiero que vean esto.
Ambas caminaron hasta donde él estaba. Zeke se arrodilló junto a los restos; algunas partes aún brillaban con un resplandor débil. Levantó la mano y, respondiendo a su voluntad, la cuerda se deslizó y tomó algo entre los jirones de carbón: un trozo del tama?o de una pelota de golf. Para cualquiera que lo viera, solo parecía un pedazo de carbón brillante.
—Este es el núcleo de la anomalía —explicó Zeke—. Venid.
Buscó en uno de los bolsillos interiores de su chaqueta y sacó una cajita de madera con runas talladas en la tapa. La abrió: en su interior había un líquido negro, espeso, que parecía absorber la luz.
—?Qué es eso? —preguntó Mochi.
—?Yo sé! ?Yo sé! —interrumpió Miyu con su habitual energía—. ?Eso es un inrō! Es lo que llevaban los samuráis para guardar cosas.
Mochi asintió, recordando vagamente imágenes similares en algunos juegos. Zeke dejó caer cuidadosamente el núcleo dentro del líquido y cerró la tapa. Luego la aseguró con un gesto ritual, como quien guarda algo frágil pero precioso.
—Esto permite conservar los núcleos de las anomalías para que no se degraden y los mantiene estables —dijo Zeke—. Si lo entregan en la sede, les pagarán extra por esto. —Esbozó una sonrisa cansada—. Con esto, el caso queda resuelto.
Mochi sintió que se le encogía el pecho. —Al final no pudimos salvar a nadie. Sam murío… y Ami también. ?Realmente podemos decir que tuvimos éxito? —la decepción le pesaba en la voz.
Zeke negó con la cabeza, serio. —No deben concentrarse en las vidas que se perdieron, sino en las que sí pudimos salvar. Piensen en cuántos estudiantes habrían muerto si no lo hubiéramos detenido hoy. Recuerden que nos enfrentamos a seres que se alimentan de humanos y que disfrutan haciéndolos sufrir. En el futuro nos toparemos con situaciones peores que esta, pero este es nuestro trabajo: debemos mantenernos fuertes; somos la fina línea que separa a este mundo del…
Una sirena, lejana al principio, interrumpió su frase al acercarse a toda velocidad.
—Alguien debe haber llamado a la policía por el ruido —dijo Zeke, mirando a su alrededor—. Mejor nos vamos antes de que lleguen; sería un problema tener que explicar todo esto ahora.
Los tres recogieron sus cosas con movimientos mecánicos. La noche olía a humo y a ceniza, y en el aire quedó la sensación grave de que lo que habían vivido no sería lo último de aquel caso.
Ambas asintieron en respuesta a las palabras de Zeke y se apresuraron a bajar las escaleras. Por el camino, vieron cómo el fuego en el departamento de Ami se había extendido, cubriendo casi todo ese piso.
—No se distraigan, nosotros somos los únicos que quedamos en el edificio, así que no habrá heridos —dijo Zeke mientras continuaba bajando rápidamente las escaleras.
Pronto llegaron a la calle y siguieron a Zeke hasta el auto.
—?Y este auto? ?De dónde lo sacaron? —preguntó Miyu, extra?ada al verlo.
—Nos lo prestaron —respondió Zeke mientras se subía al vehículo—. Súbanse, las dejaré en sus casas.
—Gracias, Zeke, pero preferimos tomar el autobús —dijo Mochi rápidamente; la experiencia del viaje anterior en auto aún estaba fresca en su memoria.
—?Qué dices, sempai! La policía ya casi está aquí, además, si esperamos al autobús terminaremos llegando a casa de madrugada —Miyu no entendía por qué Mochi se negaba a que Zeke las llevara en auto.
—Está bien, vamos en auto, pero recuerda, Miyu, que tú lo elegiste.
Durante el viaje a casa, Miyu comprendió a la perfección por qué Mochi no quería ir en auto y juró que haría todo lo posible para evitar viajar de nuevo con Zeke al volante.

