Mochi intentó moverse, pero le fue imposible: estaba completamente aprisionada. Haruka le sostenía los brazos firmemente por encima de la cabeza.
—H-Haruka… suéltame, ?sí?
Haruka no respondió. Quizá ni siquiera había escuchado la súplica.
—?Bragas transparentes, Mochi?
—?Fue un error! ?Las compré por internet sin leer bien la descripción! ?Nunca las usé!
Haruka la observó en silencio durante unos segundos que se sintieron eternos. Luego, su mano temblorosa descendió y se apoyó en el abdomen de Mochi, justo bajo la ropa, como si quisiera confirmar algo por sí misma. Su mano estaba helada; Mochi dejó escapar un peque?o jadeo.
—H-Haruka… estás muy fría… —susurró, más nerviosa que asustada.
La mano de Haruka acariciaba lentamente su estómago, subiendo milímetro a milímetro.
Haruka se inclinó poco a poco hacia ella, el flequillo cayéndole sobre los ojos. Mochi pudo ver su rostro de cerca y quedó desconcertada. Esperaba enojo… pero era lo opuesto. Los ojos de Haruka estaban llenos de lágrimas, y su expresión era más cercana a la desesperación que al enojo.
Haruka siguió acercándose, lentamente, peligrosamente…
Pero entonces, la anomalía parka entró en acción. Se abalanzó y envolvió a Haruka, tirando de ella hacia atrás para separarla de Mochi.
—?Suéltame! —protestó Haruka.
Con una sola mano, se quitó a la parka de encima con facilidad y la arrojó contra la pared.
La distracción duró poco, pero fue suficiente para que Mochi se incorporara, agitada.
—?Es la verdad, lo juro! ?Las compré por error y las guardé sin usarlas!
Haruka parpadeó, mirándola con desconfianza.
—?Y qué pasa con la… mujer que mencionó?
Mochi aprovechó y le contó todo el incidente de las bragas que había ocurrido ese mismo día.
Tras escuchar la historia completa, Haruka finalmente se calmó. Lentamente, sus hombros volvieron a relajarse y su expresión recuperó algo de normalidad. Miró hacia otro lado, evitando el contacto visual.
—Ya veo… —murmuró, todavía tensa.
—De todos modos… deberías tener más cuidado —a?adió, cruzando los brazos con una mezcla de molestia y vergüenza—. No quiero que… No, olvídalo.
Mochi no sabía qué pensar. Haruka había sido intensa antes, sí… pero nunca tanto como esta vez.
Haruka carraspeó, intentando recomponerse.
—Volviendo a las anomalías —dijo de pronto, como si nada hubiese ocurrido—. Parece que sí son inofensivas. Pero aun así, no puedo permitir que te quedes con ellas.
—Pero ellas—
Mochi no alcanzó a terminar la frase.
—No puedo dejarlas quedarse —continuó Haruka con firmeza—. A menos que hagas un pacto de familiares con ellas.
—?Pacto… de familiares? —Los ojos de Mochi brillaron al instante. Sus orejas y cola temblaban de emoción. Para ella sonaba como algo sacado directamente de un manga.
Viendo el entusiasmo de Mochi, Haruka continuó explicando:
—Básicamente es un ritual. Uno en el cual estas anomalías se convierten en tus familiares y aceptan varias condiciones y reglas que no pueden romper. Entre ellas, que puedes obligarlos a seguir una orden, así como la imposibilidad de actuar en tu contra de cualquier forma. Por supuesto, esto no es gratis: a cambio, ellos dejarán de alimentarse del éter del ambiente o de las personas. En su lugar, tú tendrás que alimentarlos con tu propio éter.
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Haruka se inclinó hacia adelante en el sofá, poniéndose más seria.
—Esa es la parte difícil. Tu éter ya no será solo para combatir; una parte constante fluirá hacia las anomalías, como si compartieran un vínculo. Esto tiene un beneficio extra: tus familiares podrán fortalecerse a medida que tú lo hagas. Entre más fuerte seas, más éter poseerás… y más recibirán ellos. ?Qué dices? ?Aceptas?
Mochi no tardó ni un segundo.
—?Claro que sí! ?Eso se oye genial!
—No tan rápido —interrumpió la anomalía ojo—. Yo no acepto nada. No quiero tener nada que ver con eso.
—Si no aceptas, te eliminaré o te mandaré a la calle. Y ya deberías saber que salir afuera siendo una anomalía de bajo rango es básicamente suicidio. Como yo lo veo, tus opciones son aceptar o morir.
El ojo gru?ó, pero guardó silencio poco después.
—Tomaré ese silencio como un “sí" —sentenció Haruka—. La otra anomalía supongo que también está de acuerdo.
La parka respondió asentando varias veces con su capucha.
—Bien. Como ya todos están de acuerdo, no habrá problemas en hacerlo hoy. Mochi, vístete: aún estamos a tiempo para ir.
—?Ir? ?A dónde vamos?
—Iremos a comprar los materiales necesarios para el ritual, por supuesto.
Mochi miró la hora. Ya pasaban de las diez de la noche. No sabía qué tienda podría estar abierta a esa hora, pero confiaba en Haruka. Rápidamente se vistió y salieron juntas. Antes de irse, Haruka advirtió a las anomalías que no hicieran nada raro en su ausencia o lo lamentarían.
Las anomalías asintieron con rapidez; parecía que comprendían perfectamente que no debían enfadarla.
Mochi se preguntaba hasta dónde tendrían que ir. Esperaba que no fuera muy lejos… pero se sorprendió cuando, tras caminar solo una calle, Haruka se detuvo y anunció que habían llegado.
—?Es aquí? —preguntó Mochi, desconcertada—. Pero parece un callejón común y corriente. ?Acaso hay una tienda oculta? ?Del tipo que solo es visible cuando sabes que existe o cuando tienes permiso para entrar?
—En parte tienes razón. El lugar al que vamos es especial: se encuentra en un plano diferente al nuestro. Puedes acceder a él desde cualquier callejón de la ciudad… claro, siempre y cuando tengas la invitación.
Dicho eso, ambas se adentraron. Tras unos pasos, Haruka buscó en su bolsillo y sacó algo: un omamori con un lindo dise?o de fuegos artificiales amarillos sobre un fondo rojo.
Lo sostuvo en alto.
—Sígueme de cerca, Mochi.
Mientras avanzaban, Mochi sintió algo extra?o: resistencia, como si intentara atravesar una gruesa gelatina. Tuvo que hacer un peque?o esfuerzo para cruzar. De inmediato el ambiente cambió. Podía oír voces, risas, música lejana… casi como un festival nocturno. Y había un olor delicioso en el aire.
—Mochi, dame la mano a partir de ahora. No quiero que te separes de mí… ya sabes cómo eres: siempre te metes en problemas.
—?Entendido! —respondió Mochi. Pero en lugar de simplemente tomar su mano, se aferró al brazo de la elfa con un brillo juguetón en los ojos.
—Así es más seguro, ?no crees? —dijo, apoyando la mejilla contra su hombro.
—Sí… supongo que está bien —respondió Haruka con su habitual tono indiferente, desviando la mirada para evitar encontrarse con la de Mochi.
A pesar de su postura neutral, Mochi notó lo rojas que estaban las orejas de la elfa y sonrió.
—?Vamos, Haruka! ?No puedo esperar más!
Apenas dieron unos pasos más, la oscuridad del callejón se disipó, una luz cálida y vibrante las envolvió. Mochi parpadeó, deslumbrada.
Frente a ellas se abría una calle llena de farolillos flotantes, puestos coloridos y música tradicional. La multitud se movía como un río, pero lo que realmente la dejó sin aliento no fue el bullicio del festival…
Sino quiénes lo habitaban.
El lugar estaba repleto de anomalías de todo tipo: grandes, peque?as, amorfas, humanoides… cada una disfrutando del ambiente festivo como si fuera lo más normal del mundo.
Mochi se detuvo en seco.
—No puede ser… —susurró con los ojos muy abiertos—. Son… ?anomalías?
—Sí —respondió Haruka, mirándola con expresión serena—. No todas las anomalías son monstruos. Algunas solo buscan un lugar donde existir sin miedo.
Mochi observó a una peque?a anomalía con forma de zorro correr entre las piernas de la gente, riendo mientras llevaba un algodón de azúcar gigante.
Todo este tiempo… yo pensaba que eran solo monstruos que había que destruir.
—Vamos —dijo Haruka suavemente.
Mochi asintió, aunque no podía dejar de mirar a todos lados, fascinada por cada puesto, cada criatura. Su cola se movía de un lado a otro con entusiasmo, y Haruka no pudo evitar sonreír al verla tan animada.
Pronto, el aire se impregnó de un aroma irresistible: masa caliente, salsa dulce y un toque tostado. Mochi olfateó como un gato curioso y detuvo a Haruka tirando suavemente de su brazo.
—Eso… ?eso es… takoyaki?
Frente a ellas, un puesto humeante mostraba bolitas doradas girando en una plancha. Quien las cocinaba era un kappa de piel verde, ojos redondos y un delantal amarrado a la cintura.
—?Les apetece probar, se?oritas? ?Takoyaki recién hecho, calentito! —saludó el kappa con una sonrisa amable.
Haruka asintió sin dudar.
—Dos porciones, por favor.
—?Marchando takoyaki para dos hermosas damas! —cantó el kappa alegremente, girando con destreza las bolitas.
Mochi lo observó hipnotizada, como si presenciara un acto mágico. Cuando el kappa les entregó las bandejas humeantes, ella se inclinó ligeramente.
—G-gracias…
Haruka pagó con un par de monedas normales. Mochi arqueó las orejas, confundida.
—?Aceptan dinero normal aquí? —susurró.
—Claro —respondió Haruka—. Este lugar es especial, no salvaje.
Mochi soltó una risita nerviosa y tomó un bocado de takoyaki.
—?Mmm! ?Está delicioso! —exclamó con la boca llena, los ojos brillando—. ?Haruka, tienes que probarlo!
—Ya lo estoy haciendo —respondió ella, divertida, mientras observaba a Mochi saborear cada pedazo con tal felicidad que era imposible no sonreír también.
Entre risas, luces flotantes y el murmullo de las criaturas del festival, las dos chicas continuaron avanzando, aún con los brazos entrelazados.
Caminaron durante un buen rato entre la multitud, hasta que Haruka se detuvo frente a un puesto apartado, medio oculto tras una cortina de papel y una nube espesa de incienso.
El letrero, pintado a mano con trazos dorados irregulares, decía:
“Objetos raros y curiosidades prohibidas.”
El interior del puesto estaba lleno de artefactos inquietantes: frascos con líquidos luminosos, máscaras colgadas de cuerdas que seguían con la mirada a quien pasara, plumas negras del tama?o de una espada y peque?os talismanes de hueso tallado.
Tras el mostrador, una mujer de complexión delgada y porte elegante observaba en silencio. Su rostro estaba cubierto por una máscara roja de tengu, con un largo pico curvado y ojos dorados que brillaban con intensidad.
—Vaya, cuánto tiempo sin verte, Haruka —dijo la mujer con una voz grave y burlona—. Pensé que ya no te dejaban venir por estos lares.
Haruka esbozó una sonrisa leve, casi educada, aunque sus ojos se mantuvieron fríos.
—Los rumores exageran, como de costumbre. Vine por materiales para un pacto de familiares.
La tengu soltó una risita nasal.
—Claro, claro. No esperaba menos de ti. —Se inclinó y sacó de una caja tres objetos envueltos en tela negra—. Un pergamino de piel, tinta maldita y un pincel de pelo de kitsune. Justo lo que necesitas.
La mujer del tengu dejó escapar un bufido y extendió la mano con elegancia fingida.
—Mil dólares. Y no me debes nada más… por ahora.
Haruka pagó sin replicar, aunque su mandíbula se tensó. La tengu inclinó la cabeza en una reverencia teatralmente exagerada.
—Que los espíritus te sean propicios, elfa. Y a ti también, gatita curiosa.
Mochi se sobresaltó ante el apodo, abriendo ligeramente los ojos, pero antes de poder responder, Haruka ya la había tomado del brazo para guiarla fuera del puesto.
Cuando se alejaron lo suficiente, Haruka bajó la voz.
—No hables con ella más de lo necesario —susurró con firmeza—. Esa mujer disfruta jugando con las personas.
Mochi asintió, aún dando una última mirada hacia el puesto. Durante un segundo, juró que los ojos dorados de la máscara del tengu todavía la observaban a través del humo del incienso.

