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La marca de la magia

  El aire se sentía frío. Allí de pie, tenía una visión privilegiada de lo que, aparentemente, era obra mía. La entrada a la cueva había desaparecido, en su lugar solo quedaba un gran cráter. Multitud de rocas del tama?o de caballos habían sido escupidas por la monta?a y me sentí afortunado de que Leokvaar estuviera lo suficientemente lejos.

  Al parecer, habían mandado a varios trabajadores para asegurar la zona. Cabe destacar que ninguno de los que estaba allí se alegraba de verme, pero decidió ignorarlos. Ya habían retirado los cuerpos de los duendes y solo quedaban varios rastros de sangre aquí y allá. Contemplando aquel desastre, me di cuenta de que cuando narran cuentos o historias de héroes, nunca te habla de las consecuencias. Me giré hacia el sendero que habían despejado durante el tiempo que permanecí en cama. A una parte de mí le hubiera gustado ayudar, a otra, salir de allí sin mirar atrás.

  — ?Cómo ha llegado hasta aquí?

  Me giré hacia el origen de la voz. Donovan caminaba hacia mí con paso tranquilo y los brazos a la espalda.

  —Vine con Ian en su carro —dije se?alando al joven, quien al ver que le observamos alzó la mano y nos saludó con entusiasmo—. Un buen tipo.

  Lo reconocí a rega?adientes. Sentí que el minotauro no terminaba de creerse mi afirmación al dejar escapar una peque?a risotada acompa?ada de un suspiro.

  —No puedes marcharte sin decir nada. Agatha está de los nervios.

  Suspiré y devolví mi atención al cráter.

  —No tiene sentido —dije observando el hueco. Algo dentro de mí no encajaba, a pesar de la profundidad del cráter, según mis recuerdos, aquello debería haber sido mucho más profundo y el da?o no tendría que haber sido tan grande.

  —Dijiste que tu compa?ero mencionó a Bahamuth —soltó Donovan de forma arrepentida.

  Desvié la mirada para observar al monje druida y asentí lentamente.

  —Que yo recuerde, ese no es el nombre de ningún dios ni rey.

  —K'thaar nunca fue de hablar de su pasado... —mascullé sintiendo una punzada de rabia.

  él se encogió de hombros y volvió a suspirar.

  — ?Cómo hiciste eso? —me preguntó observando el desastre.

  Le habló de mi magia de compresión. De cómo intenté crear diamantes con carbón obteniendo solo un trozo más peque?o y compacto en lugar de una piedra preciosa. Le habló de la bola de fuego y de la magia de traslado que usaba para mover peque?os objetos de forma instantánea.

  —?Meter una bola de fuego en una flecha? —preguntó asombrado. Yo asentí.

  —Cuando nos enfrentamos al dragón... —Saqué la "bola de sebo" draconiana y la puse en una de sus grandes manos—. Se me ocurrió por pura desesperación. Lo cierto es que cuando nos ense?an este hechizo nos advierten que debemos tener mucha precaución. Intentar colocar un libro en un estante mediante traslado y calcular mal la posición terminar podría muy mal.

  Donovan se miró el estómago y sopesó al dragón esférico en su palma.

  —Si esto apareciera dentro de mí y repentinamente volviera a su ser original, sería catastrófico. Pero ?por qué comprimir la bola de fuego?

  Sonreí, cansado sin saber por qué, y me miré las botas. Apenas llevaba un rato allí de pie, pero las piernas ya me estaban pasando factura.

  —Una vez trasladé un tenedor a una mesa. El tenedor se incrustó dentro de la madera deformándola, como si siempre hubiera estado allí... —Hice una pausa—. Al comprimir la bola de fuego y trasladarla al interior de la roca, la materia no tiene espacio. Al liberar la compresión, la energía acumulada tiene que salir por alguna parte.

  —Entiendo... —asintió el minotauro—. Entonces, aquí dentro hay un dragón.

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  Me devolvió la bola de sebo.

  — ?Quieres verlo? —Me ofrecí de forma casi automática, pero Donovan negó con la cabeza.

  —Hacer tres hechizos al mismo tiempo pasa factura —dijo se?alándome el antebrazo, donde relucían diversas marcas que me recorrían los brazos desde la punta de los dedos hasta el centro del pecho—. No sé cuántos de esos hechizos combinados has lanzado, pero deberías aparcar la magia durante un tiempo, dudo mucho que puedas hacer demasiado en tu estado.

  Una ráfaga de aire me quitó el pelo mientras asentía, pues para mi desgracia era cierto. Pude ver mis días en la universidad reflejados en las palabras de Donovan, tantas normas, tantas prohibiciones... Me reí con amargura.

  —Los magos no pueden estar en primera línea —pronuncié, aunque fue más una reflexión que una afirmación.

  —Muchos magos recorren este mundo y pocos vuelven —sus palabras resonaron con peso—. Es poco común ver magos entre los mercenarios.

  —Aventureros —le corregí.

  —Llámalo como quieras. Muchos otros han experimentado la euforia de su poder descontrolado, y muy pocos han podido parar a tiempo.

  Extendió la mano y pude distinguir, entre el pelaje marrón que la cubría, el surco de unas marcas muy similares a las mías. El monje también había pagado un precio.

  —Vivimos tiempos de paz —continuó—. Hace doscientos a?os, las fronteras hubieran impedido que alguien como tú y como yo pudiéramos estar aquí, observando el fruto de tu imprudencia —había algo en su voz que me transmitía tranquilidad y, aun así, sus palabras se sentían pesadas—. Dime, mago guerrero ?qué vas a hacer?

  Dejé la pregunta flotando en el aire antes de responder. Joder, me había tirado cinco días inconsciente. Tras otros tres meando en un cuenco o sobre mí mismo, por fin me había alejado de aquel cuarto. Ahora tenía que asumir que estaba solo.

  —Tengo que ir al gremio —dije pensativo—. Tengo que denunciar los actos de K'thaar. Averiguar quién o qué es Bahamuth —cerré el pu?o con fuerza—. Y tengo que averiguar qué ha sucedido con mis compa?eros.

  A mi lado, el minotauro avanzando en silencio, observando el horizonte con esa paciencia que solo tienen los que no necesitan mirar el reloj.

  —Tenía planeado ir a la capital —comentó Donovan con su voz de barítono—. Hago una ruta cada cierto tiempo; recorro varios asentamientos, ofrezco servicios médicos y recojo hierbas e ingredientes que solo crecen en el camino.

  El viento susurró entre los dos, cargado del olor a tierra húmeda y pino. Me quedé observando al monje druida, esperando el "pero". Y, efectivamente, llegó.

  —Creo que podrías acompa?arnos. Ian va a estar muy ocupado —dijo se?alando al apuesto granjero... Joder, qué manía le tenía. El tipo era un imán de luz y yo sentí como un charco de aceite—. Y Sigrid... bueno, Sigrid se pone muy intensa cuando el viaje se vuelve aburrido.

  Donovan suspir sonoramente, y por un momento una sombra de preocupacin cruz su rostro bovino.

  —Estaría bien tener a alguien más con quien compartir esa carga. Alguien que entienda el valor del silencio... o del sarcasmo.

  Sus oscuros y enormes ojos se posaron en los míos. No pude evitar tragar saliva; era como ser observado por una monta?a con conciencia. Medité su propuesta un instante, o al menos fingí hacerlo, antes de encogerme de hombros.

  —Estoy hecho una mierda —dije mirando al cielo despejado. Qué asco de día, era demasiado bonito—. Pero la idea de que alguien en este pueblo me haya estado limpiando el culo durante cinco días hace que la opción de salir corriendo de Leokvaar sea cada vez más atractiva. ?Cuándo nos vamos?

  Donovan soltó una risa profunda, una vibración que sintió hasta en las muelas. Parecía que podía leerme los pensamientos, y eso no me gustaba un pelo.

  —Necesitas descansar —contestó—. Nos iremos en un par de días.

  —Fantástico... —mascullé, sin esforzarme lo más mínimo en ocultar mi falta de entusiasmo. Mi vida se había convertido en una mudanza constante hacia el siguiente desastre.

  El minotauro se giró e hizo un gesto para que le siguiera hacia una carreta con una estructura reforzada, lo suficientemente sólida como para no desintegrarse bajo su peso. Intuí que era hora de volver a mi catre y cerrar los ojos hasta que el mundo dejara de dar vueltas. Entonces, el druida se detuvo y arrugó el hocico con el ce?o fruncido.

  —Si no te importa, me gustaría hacerte una pregunta algo personal.

  Sus palabras me pillaron con la guardia baja. Me limité a encogerme de hombros, esperando cualquier duda sobre mi magia o mis heridas.

  —?Wenny es tu pareja?

  — ?Cómo? —El grito se me escapó antes de poder frenarlo. Me detuve en seco en medio del camino, provocando que un trabajador que cargaba un fardo casi se estampara contra mi espalda.

  El minotauro sonriendo, una expresión extra?amente humana en un rostro tan bestial.

  —Veo que sí. O al menos, lo es en tu cabeza. Me complicaste mucho las tareas de aseo cuando so?abas con ella.

  Las palabras se quedaron flotando en el aire mientras mi cerebro procesaba la información a cámara lenta. No había sido la dulce Agatha. Había sido el enorme minotauro con el que acababa de comprometerme a viajar durante semanas.

  —Mierda... —susurré para mis adentros, deseando que la tierra me tragara de una maldita vez.

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