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Los ojos no mienten

  De nuevo me encontré con la espalda pegada a la madera del carro, buscando respuestas en el azul del cielo. Aquel viejo loco, Haiggs, me había dejado un nudo en el estómago que, con el paso de las horas, había mutado en una losa inmensa de plomo. Sus palabras, sus experimentos y ese adiós tan... final, me pesaban más que el propio grimorio que apretaba contra mi pecho.

  —Piensas en tus compa?eros? —La voz de Sigrid me golpeó como un cubo de agua fría, sacándome de mis pensamientos.

  Donovan respondió antes que yo, soltando un gru?ido de advertencia desde el pescante. Un sonido gutural, profundo, de esos que te dicen “cierra la boca si no quieres que el ambiente se pudra más”. Negué con la cabeza, aunque mis dedos acariciaron inconscientemente el arco de Beonir que reposaba a mi lado.

  —Ese maldito viejo... —murmuré, más para mí que para ellos—. Donovan, ?no podríamos atajar un poco? Si volvemos a la vía principal podríamos ir directos a Hestragos. Es el pueblo con el gremio más cercano, y allí... allí podría...

  El minotauro soltó el aire por su hocico con una lentitud exasperante. Era un sonido habitual cuando Sigrid le sacaba de quicio, pero era la primera vez que me lo dedicaba a mí. Se sintió como una decepción física.

  —?Por qué tanta prisa, mago? —dijo sin apartar sus profundos ojos del camino—. Ya acordamos la ruta. Hay lugares en este mundo que carecen de medios para atender enfermedades, y yo tengo una labor que cumplir.

  Hizo una pausa, pero noté que no había terminado. Donovan era un tipo estricto con su plan, un monje que veía el mapa como una serie de responsabilidades, no como un trayecto.

  —En Leokvaar todos tenemos nuestras obligaciones —continuó, y su voz llegaba a mí arrastrada por el viento, mezclada con el olor a cuero y pelo húmedo—. Es gracias a todas estas aldeas y granjas, a las que la Capital y los grandes pueblos ignorantes, que gente como nosotros sigue respirando.

  Ya había intentado sacar el tema un par de veces mientras comíamos o cuando nos deteníamos a estirar las piernas. El viaje era un ciclo de silencios, Donovan rumiando sus pensamientos, Sigrid maltratando canciones con silbidos desafinados mientras afilaba algún cuchillo, y yo... yo tratando de no electrocutarme practicando con el grimorio de magia eléctrica, la segunda piel ya me salía por instinto, y cuando me dí cuenta de su simpleza, odié aún más a la universidad llena de magos pomposos de la capital.

  Bueno, ahora tenía dos, por lo que no siempre me molestaba leyendo el mismo.

  Acaricié la cubierta del nuevo libro que me había dado Haiggs. Magia de protección básica. Se veía mucho más nuevo que el de rayos, pero el cuero olía a tiempo, a una sabiduría que había sobrepasado los cien a?os con creces. Pasé los dedos sobre el nombre del autor grabado en la piel, Gideon, un antiguo príncipe de Erin, un reino vecino.

  Se decía que él fue el precursor de la magia por visualización. El hombre que inspiró a legiones de magos para crear las escuelas independientes, esas que la Universidad siempre había mirado por encima del hombro. Probablemente Haiggs perteneció a una de ellas. Y tal vez Agatha también.

  Sentí una punzada de curiosidad que casi me quema. Tenía que conseguir respuestas. Gideon no habría dudado en preguntar, él era un príncipe que renunció a su corona por la verdad, aunque su historia ahora descanse en un cajón olvidado de la Universidad de Farenwerl, esperando a que alguien tenga las pelotas de abrirlo.

  —Por Gideon... —murmuré para darme ánimos, sin darme cuenta de que lo había dicho demasiado alto.

  —?Qué pasa con ese tipo? —preguntó Sigrid, mirándome por encima del hombro con una ceja levantada. Su curiosidad siempre era afilada, como su oficio.

  —Sigrid —dije, decidiendo que ya bastaba de rodeos— ?por qué Leokvaar está lleno de gente tan... rara como vosotros?

  Su expresión, habitualmente burlona, se quedó de piedra. Por un segundo me arrepentí de ser tan directo. En el camino, la discreción es lo que te mantiene vivo, pero el misterio me estaba asfixiando.

  —Donovan y Agatha no son de allí, es evidente —seguí, ganando carrerilla—. El mismo alcalde me confesó que él tampoco nació en ese agujero. Y sospecho que tú tampoco eres de por aquí cerca... tal vez solo Ian sea el único nativo que he conocido.

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  Sigrid soltó una carcajada seca, carente de alegría, que recibió otra mirada de desaprobación por parte del minotauro.

  —?Lo dices por mi tremendo atractivo, mago entrometido? —soltó con una ironía que cortaba más que sus herramientas—. ?O es que te has enamorado de mis músculos cuando me espías mientras me ba?o?

  Me encogí de hombros, manteniendo la mirada e ignorando su burla. Ella suspiró y volvió a mirar al frente.

  —Leokvaar es nuestro hogar, Gustab. Y punto. En este mundo, el hogar no es donde naces, sino donde te dejas caer tras cada día de trabajo.

  Se giró, privándome de cualquier réplica. Volví a hundir la vista en el grimorio de Haiggs, sintiendo que, aunque estábamos al aire libre, el espacio en aquel carro se volvía cada vez más peque?o.

  Traté de encontrar el valor necesario para forzar una respuesta más concisa, algo que rompiera ese muro de silencio que Sigrid y Donovan habían levantado, pero el minotauro empezó a reducir la velocidad del carro. Levanté la mirada, dejando que el grimorio de Gideon resbalara sobre mi regazo.

  Unas figuras cortaban el camino unos cincuenta metros más adelante. Por un instante, el corazón me dio un vuelco pensando en los bandidos de los que hablaba todo el mundo, pero la realidad era más fría: portaban uniformes limpios y armaduras que brillaban bajo el sol con una eficiencia letal. Eran soldados del ejército regular.

  Por sus hombreras de cuero reforzado y sus petos ligeros, supe que era un escuadrón de la Guardia Real. Reconocí cada pieza de hierro y cada remache, eran las mismas que una vez portaron mi padre y mi madre. Verlas allí, en mitad de la nada, me revolvió las tripas.

  Los tres guardamos silencio mientras nos acercábamos. El sonido de los cascos de los caballos de Donovan rascando la tierra era lo único que rompía la quietud del bosque. Un oficial levantó la mano.

  —?Alto! —ordenó con una voz acostumbrada a ser obedecida.

  Nos detuvimos. Los guardias nos rodearon con una coreografía ensayada. Sus rostros eran máscaras de disciplina, pero sus ojos evaluaban cada detalle del carro, desde los suministros hasta el pomo de mi espada rota que sobresalía entre los bultos.

  —?Destino? —preguntó el oficial. Era un tipo de rango bajo, pero con la mirada de quien ha visto suficiente sangre como para no andarse con cortesías.

  —Nos dirigimos a Leifrast —contestó Donovan. Su voz era profunda, tranquila, casi hipnótica.

  —?Qué se os ha perdido en ese agujero, minotauro? —El oficial escupió el nombre de la especie con un desprecio evidente. Sigrid apretó los pu?os sobre sus muslos, lanzándole una mirada que habría fundido el acero de su peto.

  —Soy sanador —continuó Donovan, ignorando el insulto—. Hago una ruta desde Leokvaar hasta la capital, parando en los pueblos que vuestro Rey parece haber olvidado en los mapas.

  El oficial arqueó una ceja, y luego nos se?aló a Sigrid y a mí con el mentón.

  —?Y estos?

  —Ella es herrera —indicó Donovan, y luego puso una mano pesada cerca de mi hombro—, y él es granjero. Me ayudan con la carga y la seguridad en el viaje.

  Me quedé helado. Donovan acababa de mentir deliberadamente frente a la Guardia Real. No era solo una omisión, me había degradado a "granjero" para ocultar mi rastro como mago de la Universidad.

  —Granjero... —repitió el oficial, acercándose al costado del carro—. ?Y esa espada?

  Me di cuenta de que el arma estaba apoyada hacia arriba, con la empu?adura y parte de la hoja a la vista de cualquiera. Sigrid soltó una carcajada nerviosa que trató de sonar natural.

  —Vaya, oficial... Sé que el chico no está nada mal, pero no hace falta que se fije tanto en sus herramientas.

  El guardia no se rió. Llevó la mano a la empu?adura de su propia espada y, de repente, sentí los ojos de todo el regimiento clavarse en nosotros. A mi izquierda, escuché el siseo sutil de una cuerda de arco tensándose entre los árboles. La atmósfera se volvió eléctrica, densa como el lodo.

  Donovan levantó sus enormes manos en un gesto de paz.

  —Es para protegernos, se?or. Los caminos están peligrosos. Mi compa?ero la lleva así para que los rufianes se lo piensen dos veces antes de intentar nada. Un granjero con hierro asusta más que un monje con oraciones.

  La tensión subió un pelda?o más, ese silencio previo a que el acero empiece a cantar. Pero, tras un eterno segundo, el oficial soltó la empu?adura. Se acercó un paso más, quedando a escasos centímetros de mi cara. Sus ojos buscaron los míos, analizando cada poro, cada tic nervioso.

  —Mírame —me ordenó.

  Obedecí por puro instinto, por la vieja educación que recibió de mis padres. Sostuve la mirada mientras el sudor me bajaba por la nuca resbalando por mi columna hasta colarse por... Mejor me lo ahorro. Tras un instante que se sintió como una vida entera, el oficial ascendió y se separó del carro con un gesto seco.

  —Podéis seguir. Pero no os desviéis del camino principal. No queremos tener que recoger tus restos si los bandidos os encuentran.

  —Gracias, se?or —murmuró Donovan.

  El minotauro agitó las riendas y el carro volvió a ponerse en movimiento. Dejé que la tensión escapara de mis pulmones en un suspiro tembloroso, por un momento estuve a punto de cagarme encima de puro terror. Vi por el rabillo del ojo cómo los guardias despejaban el camino, regresando a sus posiciones.

  Giré la cabeza una última vez hacia el oficial. él no nos estaba viendo marchar, estaba de espaldas, hablando con uno de sus subordinados. Sin embargo, un escalofrío me recorrió la columna cuando nuestras miradas se cruzaron por una fracción de segundo antes de que el carro doblara la curva.

  Me percaté de que el oficial tenía algo en la mano, una lácrima de comunicación, un peque?o cristal que brillaba con una luz tenue y enfermiza. Se la llevó a la boca y pronunció unas palabras que el viento no me permitió escuchar, pero que, por la expresión de triunfo que cruzó su rostro, supe exactamente cuáles fueron:

  —Le hemos encontrado.

  ?Qué sucederá ahora?

  ?Acaso nos acercamos al final del viaje?

  No... no lo creo...

  O tal vez sí...

  ?Cómo? ?Que hoy no es lunes? Vaya, lo siento... supongo que haberme seguido tiene sus ventajas. Consideradlo un regalo querid@ seguidor/a.

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