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Lo que ya sabíamos

  Había pasado poco más de un día desde que Wenny me puso el brazalete y, con él, una soga al cuello de la que no estaba seguro de querer escapar. Seguía sintiéndome como si me hubiera pasado por encima una estampida de centauros. Me encontraba sentado a la mesa principal de la sala de estar de la torre, un mueble de roble macizo que Haiggs había usado para todo, desde cenar hasta diseccionar criaturas que harían palidecer al consejo de la Universidad.

  El silencio de la torre era denso, interrumpido solo por el rasgueo de las páginas de un libro que Donovan ojeaba con una parsimonia irritante. Wenny se había marchado de madrugada hacia la capital, tenía que hacer acto de presencia para que nadie sospechara que estaba ayudando al criminal más buscado del sector.

  —Entonces, ?Qué se supone que tenemos que hacer ahora? —La voz de Sigrid rompió mi hilo de pensamientos de forma abrupta.

  Me sobresalté un poco. Estaba tan sumido en mi propio monólogo interno sobre lo jodida que estaba mi vida que no me fijé en ella. Sigrid no parecía estar para reflexiones filosóficas. Había estado aprovechando los restos de materiales que Haiggs acumulaba en el sótano para, según ella, apa?ar un carro decente. Lo que me mosqueaba era que se había llevado la espada que le compré hace semanas. Supuse que la estaría afilando, aunque con ella nunca se sabe, igual la estaba fundiendo para hacer clavos.

  —Esperar —suspiré, apoyando la espalda en la silla, lo que me provocó una punzada de dolor—. Esperar a que mi cuerpo deje de gritarme cada vez que respiro y a que Wenny traiga noticias.

  Donovan ni siquiera levantó la vista de su tomo. Sospechaba que, aunque fingía estar muy interesado en la colección de materiales alquímicos del viejo, sus orejas de minotauro estaban tan atentas a la conversación como las mías.

  —Wenny fue clara en una cosa ayer —continué, carraspeando para aclarar la garganta—. Por alguna razón, K’thaar no era solo un mercenario gru?ón. Estaba colaborando con la Universidad. Me vigilaba desde el primer día en Leokvaar. Y todo apunta a que tiene que ver con... eso. Bahamuth.

  Sigrid golpeó la mesa con un nudillo, impaciente.

  —?Y qué co?o es Bahamuth? —preguntó de sopetón.

  Donovan cerró el libro de golpe, provocando un estruendo que resonó en toda la estancia. Me miró fijamente, con esa calma pesada de quien ha estado rumiando una pregunta durante horas.

  —Y más importante aún... —a?adió el minotauro—, ?por qué la Universidad querría muerto a un tipo como tú, Gustab? Sin ofender, pero no pareces una amenaza para el equilibrio del mundo.

  Me encogí de hombros, sintiendo el roce del catalizador frío en mi mu?eca.

  —Mira, no quiero parecer que recurro a una charla expositiva barata y repetirme sobre lo que llevamos hablando desde ayer —dije, lanzando una mirada al vacío como si hablara con alguien que no estaba allí—, pero la respuesta es más política que mágica.

  Sigrid me miró como si me hubiera salido una segunda cabeza, pero Donovan simplemente asintió, esperando que prosiguiera.

  —En la Universidad solo aceptan nobles —empecé a explicar—. Desde que la humanidad convive en paz con las otras razas, o al menos en este reino, los elfos y las razas antiguas han gestionado la educación mágica como un club privado. Antes, cualquiera con aptitudes podía tener acceso a lo básico. Hoy, si no tienes un título o sangre azul, no eres nadie.

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  —Pero tú entraste —se?aló Sigrid.

  —Por mis padres. Estaban en la guardia, en ese limbo extra?o entre el pueblo raso y la nobleza, sin pertenecer a ninguno de los dos mundos. Eso me dio un pase, pero nunca fui bien recibido. Era el granjero con chispas. Me ignoraron, y yo los ignoré a ellos. Pero cuando mi madre murió por aquella enfermedad, perdí la poca ilusión que me quedaba por la magia. Mi padre me obligó a seguir, pero cuando él fue asesinado... simplemente escapé. No había nada más que me atara a esos muros de mármol.

  Sigrid frunció el ce?o, cruzando sus brazos musculosos.

  —?Y qué? Mejor para ellos si te vas, ?no? Un indeseable menos en sus aulas.

  Negué con la cabeza, pero fue Donovan quien respondió, dejando escapar un suspiro cansado.

  —Al contrario, Sigrid. Tiene que ser un dolor de cabeza tener a alguien con su potencial fuera de su control —dijo se?alándome—. Pero que los rechazara es una mancha en su orgullo. Si los actos de Gustab por libre empezaran a llamar la atención, el mero hecho de haber pertenecido a la institución lo convierte en un representante no oficial. Si moría en una misión sencilla, como un fracasado que no pudo ni con unos goblins, les dejaría en buen lugar. El mensaje sería claro, Veis, por eso solo los nobles deben portar la magia.

  Asentí. El minotauro lo había resumido mejor de lo que yo hubiera podido.

  —En resumen, es lo más acertado. Pero lo que no tiene sentido es que nadie de Leokvaar intentara ocuparse de los goblins antes. Eran una plaga, no un secreto.

  —El alcalde nos prohibió ir —soltó Sigrid de repente—. Dijo que si no estábamos inscritos en el Gremio para esa zona específica, sería un delito federal.

  Me quedé helado.

  —Si es una misión oficial, tiene sentido —murmuré, rascándome la nuca—, pero es que yo ni siquiera acepté la misión de manera oficial...

  Me crucé de brazos, mirando al techo con los ojos entrecerrados. Todo encajaba demasiado bien. Era una trampa elaborada desde el primer minuto, un escenario dise?ado para que yo fuera el único responsable de una masacre o el único muerto en una cueva olvidada. Pero algo se nos escapaba. Había demasiados hilos moviéndose para ser solo un castigo por abandonar las clases.

  Sigrid golpeó la mesa con la palma de la mano, haciendo que las tazas vacías saltaran.

  —?Basta! Esto es una pérdida de tiempo —exclamó, levantándose de golpe—. Tengo mucho que hacer y no voy a conseguirlo sentada escuchando vuestras teorías conspiranoicas.

  La observé marcharse a grandes zancadas hacia el sótano. Donovan volvió a abrir su libro, pero antes de sumergirse de nuevo en la lectura, me lanzó una mirada de soslayo.

  —Ni se te ocurra pensar en bajar a ayudarla —me advirtió—. Solo descansa.

  —?Y qué está haciendo exactamente? —pregunté, curioso—. No ha soltado esa espada en toda la ma?ana.

  —Un nuevo carro —respondió el minotauro con voz monótona—. El viejo quedó destrozado y vamos a necesitar algo reforzado si pretendemos salir de aquí con vida. Por cierto, ?sabes cuándo volverá Wenny?

  Negué con la cabeza, extra?ado por su interés.

  —?Necesitas algo de ella?

  Donovan se lamió un dedo y pasó página con una parsimonia desesperante. Soltó un suspiro largo.

  —Nada en particular. Solo que es mejor no escuchar ruidos raros procedentes de tu cuarto esta noche. Sin esos esfuerzos, te recuperarás mucho antes, Gustab.

  Me quedé mudo, sintiendo cómo el calor me subía a la cara. El muy cabrón lo había soltado sin pesta?ear, dando por hecho que tras el reencuentro y el beso de ayer no nos habíamos limitado a hablar de política. Antes de que pudiera soltar una réplica indignada, Donovan se?aló con el mentón el brazalete que brillaba en mi mu?eca.

  —?Qué tal funciona esa cosa?

  Agradecí el cambio de tema. Levanté la mano y, con un ligero chasquido de dedos, recurrí a mi hechizo de luz de vela. Una llama peque?a y estable nació entre mis yemas, bailando con una nitidez que hacía semanas que no veía. Donovan me miró por encima del libro. El alivio fue instantáneo, no sentí el pinchazo eléctrico en la nuca, ni el sabor metálico, ni ese dolor sordo que me hacía dudar antes de cada conjuro.

  —A riesgo de repetirme y dar información que ya sabemos —dije, observando la llama con una sonrisa amarga—, esto me ayuda a filtrar la magia. Es como si el brazalete absorbiera la impureza antes de que toque mis canales nerviosos.

  Donovan asintió, aunque su expresión seguía siendo de cautela.

  —Pero no te confíes. Enlazar demasiados conjuros podría sobrecargarlo y entonces no te servirá de nada —sentenció—. No es una fuente infinita, es un filtro. úsalo con cabeza.

  —Es mejor que ir sin nada —concluí, apagando la llama de un soplido.

  Miré por la ventana de la torre, hacia el camino que llevaba a la capital. Estábamos en una tregua, pero el aire olía a tormenta. Una tormenta que llevaba el nombre de un elfo y el sello de la Universidad.

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