El reloj de pared de la oficina hacía tic tac. Cada golpe del segundero martillaba los nervios de la mujer de cabello negro y ojos casta?os. Sus dedos, con el esmalte torpemente descascarado, se aferraban al bolso en su regazo; el cuero sintético se arrugaba bajo la presión. Había sido citada a la oficina de la directora en la escuela de su hija. Tarde o temprano tenía que pasar, pensó. Tal vez una pelea, un altercado.
La llamada de Chappi a la florería donde trabajaba la había descolocado. No esperaba problemas tan pronto. Había rezado a su manera para que su hija se mantuviera a raya: que controlara sus reacciones, que ocultara sus estallidos. Una gota de sudor le recorrió la sien; mordió su labio inferior, ensayando excusas, mentiras que pudieran justificar cualquier conducta de Feralynn.
La puerta se abrió y Astera entró.
“Lamento haberla llamado tan pronto”, dijo, sus tacones golpeando con firmeza el suelo de mármol. “Se?ora Blackwood”.
“Por favor, llámeme Darina. Solo soy una florista”. Rió con nerviosismo, incapaz de sentirse digna de su apellido frente a la imponente elfa sentada frente a ella. “Imagino que algo… pasó con Fer, ?verdad?”
Astera exhaló por la nariz, midiéndola con esa mezcla de juicio y paciencia disciplinada.
“Me temo que sí. Convocamos a su hija a una demostración privada con una estudiante avanzada destinada a guiarla”. Omitió la esencia, enterrando la verdad bajo un velo burocrático, como había hecho tantas veces antes. “Pero resultó… algo inestable”.
Darina jadeó, cubriéndose la boca con ambas manos.
“Dioses… por favor dígame que su compa?era está bien”.
Astera notó con agudeza que la primera reacción no fue por su propia hija, sino por la otra. El matiz pinchó como una espina.
“Ambas están bien. Fue un accidente durante la práctica. Su hija se está recuperando en la enfermería. Pero debo ser franca: ella es quien me preocupa”. Cruzó los brazos, recostándose en la silla; el leve chirrido de las ruedas amplificó el silencio. “Los estallidos emocionales en estudiantes no son nada nuevo. Pero en su caso… su hija es una prodigio piromántica. Creo que entiende la urgencia, ?verdad?”
La florista se llevó una mano al pecho, aliviada por un instante.
“Sí… siempre ha sido… especial”.
Tan especial que casi despedazó a su compa?era con los pu?os, justo después de pelear a su lado. Pensó Astera, arqueando una ceja.
Desde la sombra detrás de Darina emergió Smiley, su forma primero una mancha negra que ganó color al materializarse.
“Si me permite”, comenzó, su tono juguetón apenas velando el peso que había debajo. “Nos gustaría saber más sobre su pasado”. Una risa teatral, como si ya conociera la historia. “Oh, no nos malinterprete: su hija es maravillosa. Pura y simplemente… curiosidad”.
Abrió los ojos; las cuencas se iluminaron con un pulso blanco con forma de iris, clavándose en ella con una intensidad asfixiante.
Darina tragó saliva. El aire se espesó, como si esos ojos vacíos pudieran despojarla del alma.
“Eh… bueno…”
“Smiley”. Astera lo cortó, acero en la voz. “Deja de asustarla”.
“Mis disculpas”. El títere se inclinó en una reverencia fluida, flotando a un lado como un actor que cede el escenario.
La atmósfera se volvió judicial. Dos figuras, una de mármol y otra de madera animada, la observaban sin parpadear. Darina sintió el miedo subirle por la espalda: miedo a que expulsaran a su hija, la marcaran como peligrosa, inaceptable. No podía permitirlo. No en un mundo donde enviarla a una escuela de blancos significaba condenarla al acoso o, peor aún, al crimen inevitable.
Se había prometido una historia fabricada, repetida hasta sonar verdadera: una florista viuda, una hija difícil, pero no la madre de un monstruo. Nunca la esposa de un hombre cuya historia jamás conoció del todo.
Inspiró hondo.
“Feralynn no tenía una buena relación con su padre”, comenzó, colocando mentiras como frágiles piedras de paso sobre la verdad. “Pasamos por grandes penurias en Soleria, hace a?os”.
Astera se inclinó hacia adelante. Smiley guardó silencio, aunque su mirada hueca parecía saborear la media verdad.
“Desde que lo perdimos, hemos vivido en refugios. No fue fácil para ella”. Su voz se quebró; las lágrimas brotaron. Smiley, en un gesto sorprendentemente gentil, le envió un pa?uelo de seda flotante.
“Gracias…” susurró, secándose el rostro.
“Ha tenido que esconderse toda su vida, incluso su poder. Temía ser reclutada. Yo… yo no tengo magia, y en nuestro campamento, cada mago era obligado a luchar. Solo quería que mi hija estuviera a salvo…”
Astera frunció el ce?o. Algo no encajaba. El apellido, la sangre. Ella lo sabía.
“?En serio? ?De verdad tienes que llorar ahora?” “ pensó, su empatía nublada por el reciente accidente en el que la reputación de la escuela habría sufrido graves consecuencias. “?También encantaste a Blake con esas lágrimas de cocodrilo? Vamos…”
Smiley ladeó la cabeza; la sonrisa tallada seguía fija, pero su voz bajó una octava.
“Curioso. Porque los informes que recibimos de Soleria dicen lo contrario…” Hizo girar una carta entre sus dedos delgados. “Dicen que no hay ningún registro de su padre, ni de ella. Nada. Todo desapareció. Como si nunca hubieran existido… incluida usted, se?orita”.
Astera no interrumpió; solo atravesó a la mujer con la mirada, cortante.
“Se?ora Blackwood”, dijo con calma. “No hablamos de un ciudadano común. Sabemos con certeza que el padre de Feralynn era buscado en varios territorios. Que tenía sangre en las manos”.
Smiley se inclinó más cerca, su voz un susurro de algún carnaval macabro.
“Un asesino peligroso. Un criminal en el mundo de la magia”.
Darina apretó más el bolso; los nudillos se le pusieron blancos. El plan de la florista viuda tembló bajo el peso de esas palabras. El silencio cayó como plomo. Tragó saliva, bajó la mirada.
Smiley alzó dos dedos. El chasquido estalló como un látigo en la sala y un brillo blanco se expandió en ondas desde sus nudillos. El aire se espesó, como si la oficina hubiera sido sumergida bajo el agua.
Darina sintió un frío extra?o en la lengua, en la garganta. Intentó hablar para negar, para decir cualquier cosa… pero las palabras se retorcieron en verdad cruda antes de escapar de sus labios.
“?Smiley!” Astera golpeó la mesa con la palma abierta, los ojos en llamas de furia. “?No tienes ningún derecho a lanzar ese hechizo en una reunión de padres!!!”
“Querida Astie. Esto no es una reunión de padres. Esto es un interrogatorio. Y ambas sabemos que la verdad no puede esperar a unas lágrimas”.
La elfa apretó los dientes, pero no lo detuvo. Necesitaban respuestas. Darina jadeó, desesperada. No podía detener su lengua.
“Yo… ?yo no sabía todo! ?Blake nunca me lo dijo!… Siempre mentía, siempre… ocultaba cosas. Decía… decía que el presente era lo único que importaba, que lo único que le importaba era estar conmigo y con ella”.
Astera se puso rígida al instante. El nombre era un cuchillo que se retorcía en su interior cada vez que lo oía.
Smiley dejó escapar una risa seca.
“Ahh… nuestro antiguo alumno estrella. Tu rival. Mi protegido fallido”. Rió suavemente, su voz cayendo a un tono oscuro y grave. “Un dolor de cabeza”.
Darina, sollozando, continuó como empujada cuesta abajo.
“Cuando empezó la guerra… un bombardeo nos separó. Quedé atrapada entre los refugiados. Fer… Fer creció con él. ?No conmigo!”
Astera sintió cómo la sangre se le drenaba del rostro. El reloj de pared latía más fuerte.
“?Ella… creció con Blake?” preguntó, apenas audible.
“Sí…” sollozó Darina. “él le ense?ó a sobrevivir. A matar. A cazar personas en las nieves de Soleria. Pasaron a?os solos. Fer aprendió de él… lo que significa seguir con vida en un país muerto”.
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Smiley se inclinó, fascinado.
“Oh, peque?o cuervo… por supuesto. Lo supe en el momento en que vi esos ojos rojos. Reconozco a un asesino cuando lo veo…”
Astera apretó los pu?os sobre la mesa. Recordó viejos duelos en la academia, la ambición ilimitada y voraz de aquel joven, la forma en que las sombras parecían beber de su fuego. Recordó su risa mientras destruía oponentes, su ferocidad sin misericordia.
Darina, incapaz de detenerse, balbuceó:
“No sé qué atrocidades cometió antes… nunca me lo dijo. Ni siquiera pude encontrar su cuerpo cuando murió… Todo lo que sé es que cuando Fer volvió conmigo… ya no era una ni?a. Ya no era… inocente”.
Las lágrimas mancharon el pa?uelo de seda. Smiley observaba, pensativo, su máscara tallada en esa sonrisa eterna, en silencio. Astera, mientras tanto, se inclinó hacia adelante; su voz fue un susurro afilado como una hoja:
“?Qué más te contó sobre él? ?Qué le ordenó hacer?”
Darina negó con la cabeza, prisionera del hechizo.
“Nada, ?nada! Nunca me atreví a preguntarle todo. Cada vez que lo sacaba a colación lo negaba o me cerraba la puerta. Yo… ?no quise insistir! Temía… temía perderla otra vez…”
Un silencio helado se extendió. Astera cerró los ojos, combatiendo la náusea del recuerdo. Smiley jugueteó con una baraja en sus manos, tarareando en voz baja.
Un fino hilo dorado se alzó como una serpiente hacia la mujer, enterrándose en su cabeza. Darina quedó inmóvil cuando el hilo empezó a brillar. Astera no se molestó en gritarle ni en ordenar a su compa?ero que se detuviera. Observó de reojo, preocupada.
Era inusual. Astera nunca lo había visto tan desatado. Jamás había colocado un solo hilo en un padre, y mucho menos en docentes, ni siquiera en dos estudiantes que yacían en la enfermería. Eligió el silencio, observando cómo borraba la memoria de la mujer con cada segundo que pasaba.
Cuando el hilo se desconectó de la nuca, Smiley dio una palmada para despertarla. La mujer se tocó la cabeza, algo mareada, con la visión aún borrosa.
“?Gracias por su visita, se?orita Blackwood!” exclamó el títere con un tono educado y alegre, abriendo los brazos. “No hay nada de qué preocuparse con su hija. Nos encargaremos de guiarla. La profesora Romina se ofreció voluntariamente para ser su tutora personal en la escuela, para ayudar con esos peque?os estallidos emocionales. ?Es la persona mejor calificada para el trabajo!”
“Oh…” Darina parpadeó varias veces; bloques de falsos recuerdos se acomodaban prolijamente en su lugar. No entendía por qué tenía los ojos húmedos. Se los secó, culpando al clima o a alguna reacción alérgica. “?Muchas gracias! Y, eh… me disculpo si a veces puede ser un poco problemática. Tiene un temperamento difícil”. Rió, genuinamente despreocupada ahora, como si hubiera olvidado por completo que estaba sollozando segundos antes. “Lo heredó de su padre”.
“Los ni?os, ?no?” Smiley soltó una risa carismática. “Debemos ser pacientes y guiarlos por el camino correcto. ?No es así, Astie?”
La elfa se masajeó la frente con dos dedos, sintiéndose cómplice de diez borrados de memoria en menos de una semana.
“Sí…” Carraspeó, aclarando la garganta. “Sí. Programaremos prácticas privadas con ella para ayudar a manejar sus emociones. No se preocupe, sin costo alguno para usted. La contactaremos si surge algo”.
Darina no sabía cómo agradecerles; repitió “gracias” una y otra vez, como si acabara de recibir la mejor noticia de su vida. En cuanto la puerta se cerró, Smiley alzó los brazos en una rendición burlona.
“Lo sé, lo sé… no te enfades tanto, no me tires otro cuchillo”.
La mirada afilada de Astera fue suficiente. Se levantó para mirar por la ventana, su desagrado quedando claro sin alzar la voz.
“?Y qué hay de ellas dos?” preguntó, sin mirarlo.
“Veamos…” Smiley conjuró una libreta y una pluma, luego se acomodó sobre la máscara unos ridículos lentes diminutos. Su tono imitaba el de un contador enumerando pérdidas y ganancias.
“?Curar a nuestra peque?a princesa de hielo? Listo. ?Curar y borrar la memoria de nuestra peque?a asesina? Listo. ?Memorias del profesorado? Listo.” Fue marcando cada punto en la lista. “Solo queda una cosa, pero primero quiero tu permiso”.
Astera alzó los hombros.
“Ajá. Raro, considerando que hiciste todo lo demás sin preguntar”.
Su sarcasmo salió seco. Estaba enojada, sí, pero también impotente. No solo porque no podía alterar mentes como él, sino porque todavía no había encontrado la fuerza para mirar a la chica sin sentir un nudo en el estómago.
Smiley se quitó el sombrero y se dejó descender. Sus pies de madera tocaron el suelo con suavidad, tan suave como su voz.
“Mis disculpas, querida Astie. Quiero creer que entiendes mis razones para haber sido tan… agresivo en mis decisiones recientes”.
Astera bajó la mirada. La lluvia contra el vidrio le pinchaba la conciencia como agujas. Nunca antes había deseado tanto pedirle a Smiley que le borrara sus propios recuerdos.
“No quiero que todo se repita…” confesó, apenas audible.
“No volverá a pasar”.
Astera giró de golpe, la furia cortándole la paciencia.
“?POR QUé ESTáS TAN SEGURO?! ?CREES QUE JUGAR CON LA MENTE DE LA GENTE VA A CAMBIAR ALGO?!”
Smiley no respondió con bromas. Aun con el sombrero en la mano, guardó silencio. Para él, el recuerdo de aquel antiguo compa?ero de clase, el prodigio que ambos habían perdido, seguía siendo terreno prohibido. El incidente. Los informes. Los cuerpos calcinados de viejos amigos.
“?TE LO DIJE, ?NO?! ?TE DIJE QUE DEBIMOS EXPULSARLA EN EL MOMENTO EN QUE SUPIMOS QUE ESTABA AQUí!”
Esa idea no le gustó en lo más mínimo.
“?Expulsarla? Ya viste lo que puede hacer. ?De verdad crees que cualquier otra escuela habría podido contenerla?”
La pregunta le robó el aire a Astera. Se tragó sus palabras. La única razón por la que Miria Frostweaver seguía viva era porque habían intervenido a tiempo. Pensar en lo que podría haber pasado en otra academia, o peor aún, en una escuela de blancos, la obligó a apartar la mirada.
Suspiró, derrotada.
“Es igual que él”, dijo con resignación. “Sarcástica, impulsiva, maliciosa…”
“No. No lo es. Para nada”, replicó el ex profesor.
“?Y qué te hace pensar eso?”
Smiley volvió a ponerse el sombrero, sujetando el fino borde con dos dedos.
“Tiene una madre que la ama. Blake nunca tuvo eso, y lo sabes. Mejor que nadie”.
El silencio cayó pesado, roto solo por el golpeteo de la lluvia. Astera se limpió las lágrimas que se le escaparon pese a su disciplina de hierro.
“?Qué era lo que querías permiso para hacer?” preguntó por fin, con la voz áspera.
Smiley entrelazó las manos detrás de la espalda.
“El Sello de Caín”.
Los ojos de Astera se abrieron; jadeó, impactada.
“No. No. Absolutamente no…”
“Astera”, la cortó, mortalmente serio. “Es nuestra única opción”. Suspíró, cansado. “?Crees que disfruto ponerle a una ni?a un sello arcano de contingencia, reservado para criminales? Nunca pude ponérselo a Blake. Pero ella es distinta. No quiere hacerle da?o a nadie. La has visto con su amiga de cabello naranja… está herida, necesita nuestra ayuda”.
Hizo una pausa.
“Te lo pido no como maestro, ni como colega. Te lo pido como amigo”.
Astera se frotó los ojos con fuerza y luego se cubrió la boca. Cada decisión se sentía como un movimiento de ajedrez donde un error significaba vidas perdidas.
“Bien…” exhaló, como si unas cadenas invisibles le hubieran caído sobre el cuello. El alivio llegó con un peso encima. “Tienes mi permiso”.
Smiley se enderezó como un soldado; su voz volvió a ese chillido alegre.
“?Sí, mi general! Misión: ?Sellar a la chica demonio, aprobada!”
Astera no pudo evitar una mueca, casi una sonrisa. Su compa?ero siempre encontraba formas de embotar el peso con absurdidad.
“Tal vez tengas razón… Ese sello solo se activa con niveles extremos de ira en magos bajo libertad condicional”.
Smiley asintió, encantado.
“?Exacto! Va a seguir chisporroteando en clase, pero si pierde el control… bzzt. Sin maná. Nadie sale herido. Bueno, excepto su orgullo. Pero eso es mejor que llenar bolsas de morgue”.
El silencio se asentó. Decisión tomada. Romina se encargaría de la terapia y el manejo de la ira; el sello protegería a todos. Astera se desplomó en su silla, exhausta, mientras Smiley la observaba con una sonrisa traviesa.
“Entonces… ?qué opinas de ella?”
“?Qué? ?De quién estás hablando?”
“Ya sabes, es la primera vez que te veo tan tensa frente a una madre. Y has reducido a polvo a más de un padre fastidioso con una sola palabra”.
Un rubor tenue ti?ó el rostro de Astera. Barajó papeles para ocultarlo.
“No sé qué estás intentando insinuar”.
“Ay, vamos. Podía oler esas chispas de celos”, canturreó, sacando flores brillantes de su abrigo mientras giraba sobre los talones.
“Yo no estoy celosa, Smiley”.
La respuesta salió más filosa de lo habitual. Sus manos entrenadas acomodaron carpetas con un chasquido nervioso de lengua.
“No puedo creer que de verdad se haya ido por una… una…”
“?Dilo!” se burló Smiley. “Nadie está escuchando”.
“Una maldita aldeana humana”. Se cubrió el rostro, roja. “?Viste los registros? ?Tiene treinta y seis, su hija dieciséis!”
Smiley se acarició el mentón con teatralidad.
“Mmm… parece que Blake las prefería un poco… más jóvenes”.
BAM.
Astera azotó el escritorio.
“?SE FUE POR UNA HUMANA BLANCA VACíA DE VEINTE A?OS?!”
Smiley se revolcó en el suelo de risa.
“?Claro! Porque una elfa de su edad, prodigio, primera del curso, hija de una jueza y un ingeniero… ?era demasiado para su ego frágil, ?no?!”
Ella gru?ó, oyendo la risa de Blake ecoar en su mente.
“Hombres…” escupió. “Hombres humanos”.
Smiley seguía rugiendo de risa. Ella le lanzó una mirada de desprecio.
“Si ya terminaste, estás olvidando algo importante”.
Secándose las lágrimas de la risa, Smiley tomó una bocanada de aire.
“Sí… las desapariciones”. Chasqueó los dedos y sacó su libreta personal, cubierta de stickers de gatos. “Pronto llegarán los dracos de seguridad. Los caballeros de piedra ya están afilando hojas. Voy a recargar las reservas de maná de Chappi y Choppi. Y reuniones discretas con el ministerio… uf, esos viejos me devuelven a la tumba”.
Astera asintió, solemne. Vio que estaba por irse.
“?Qué viste en la mente de la chica?”
Smiley se detuvo en seco y giró sobre el talón.
“…Fuego. Mucho fuego y dolor”. Un escalofrío recorrió a Astera. “Y un serio enamoramiento por su amiguita panadera. ?Dios! ?Su mente es un desastre total por eso! Ah, lo que es ser joven y estar enamorado…”
Chasqueó los dedos y desapareció en una nube de brillantina y corazones de papel.
Astera quedó sola. Al fin.
“Sí… amor…” repitió.
Sacó del cajón una fotografía chamuscada de cinco jóvenes cadetes con armadura de la academia, sonriendo a la cámara. Todos menos uno. Todos menos Blake.
“Cuando pensé que por fin te habías ido de mi vida… me dejas a tu hija para que la cuide”. Rio bajito, triste y nostálgica. “Je, menos mal que nunca me casé contigo”.
…
…
…
?

