El sol declinaba con lentitud sobre las colinas del norte, ti?endo de oro y carmesí los campos que rodeaban Soliren, la aldea aislada donde la magia se había convertido en un susurro olvidado. Allí, entre costales de arena y arcilla endurecida, Eolan Edelweiss terminaba de recoger las vasijas que él y su abuelo habían dejado secar al sol desde el amanecer.
Eolan era un ni?o de once a?os; su rostro aún conservaba los suaves rasgos de la ni?ez, pero algo en su mirada revelaba una madurez que no pertenecía a su edad. Su cabello casta?o claro, desordenado por la brisa, enmarcaba su frente y caía suavemente sobre sus ojos color miel oscuro, ojos que reflejaban más de lo que él estaba dispuesto a decir.
Vestía con simpleza: una túnica de algodón azul, ajustada a su cuerpo delgado, y sobre ella un delantal de cuero marrón, marcado por las manchas de la arcilla con la que trabajaba. Era evidente que pasaba más tiempo moldeando barro que pensando en adornos o en ropa nueva.
El trabajo físico era duro, y la fatiga le calaba en los brazos. Pero su mente... su mente ya estaba en otra parte.
Una vez más, había cumplido su parte sin quejarse. Su abuelo, el se?or Eldrid Edelweiss —un hombre de setenta y cuatro a?os—, creía que la magia debía evitarse, que solo "traía sufrimiento". Pero Eolan creía que era la misma magia la que podía evitar el sufrimiento.
Eldrid Edelweiss, artesano de manos gruesas y espalda recta, era un hombre de pocas palabras y muchos silencios. Cada surco en su rostro hablaba de a?os de arcilla, hornos encendidos y días enteros moldeando vasijas que nadie pedía, pero que él creía necesarias.
No creía en prodigios, pero sí en el ritual de lo cotidiano: camisa de lino arremangada, chaleco de cuero envejecido, delantal manchado con los rastros de su oficio y un cinturón del que colgaban cuchillas de torno y herramientas gastadas. El cabello, gris como la ceniza del horno, le caía en mechones desordenados sobre la frente. Su barba, corta pero rebelde, se te?ía de arcilla cada día; no por descuido, sino por costumbre.
Esa noche, después de cenar entre migas de pan y el aroma a té de hierbas, Eolan le comentó a su abuelo —con entusiasmo contenido, como si quisiera dar la impresión de que era un tema interesante pero no demasiado— que, mientras recorría el pueblo, había escuchado a unos forasteros hablar sobre una academia de artes mágicas al sur, donde los aspirantes a mages podían adiestrarse en el uso de la magia elemental. Su abuelo lo miró con recelo; sus ojos expresaban completa desaprobación hacia todo lo relacionado con la magia. El único comentario que hizo fue:—Haz lo que sabes hacer, muchacho... y deja que el mundo ruede como siempre lo ha hecho. Uno no vino aquí a corregirlo todo, sino a cumplir con lo que le fue dado.
Eolan lo miró, bajó la cabeza y continuó soplando el té, que aún estaba muy caliente. El vapor le humedeció las pesta?as; la cucharilla tintineó apenas contra la loza, y Eldrid apartó migas con el dorso de la mano, como tantas otras noches. No hubo alzamiento de voz ni gestos bruscos: solo ese silencio conocido que los envolvía cuando hablaban de magia. Era una costumbre, casi un acuerdo tácito. Eolan conocía los fundamentos de ese rechazo: once a?os antes, su madre había fallecido a causa de la magia. Aunque no conocía los detalles, su abuelo siempre responsabilizó a la magia del destino de Elisa.
Cuando el anciano apagó el candil y sus pasos se disolvieron en la madera, ambos se retiraron. El cuarto de Eolan, abierto a la calle, dejaba filtrar una franja de luz entre los postigos; el de su abuelo daba al patio, donde el horno respiraba calor. Antes de cerrar, Eldrid asomó la cara y, con un gesto mínimo, dijo buenas noches. Eolan respondió con la cabeza y quedó tendido sobre la colcha, aún vestido.
En la mesilla, una lámpara peque?a y el retrato al óleo de Elisa aguardaban su mirada. Enfrente, la mesa de roble —oscura, limpia— marcaba el borde del cuarto. Eolan se detuvo un instante en el rostro pintado: bastó para que el silencio pareciera más hondo.
Aún con las botas puestas, Eolan prestó mucha atención al sonido que venía de la habitación contigua: el leve siseo con que su abuelo exhalaba al dormir profundamente. Había aprendido a identificar ese ritmo tras varias noches de repetir la misma secuencia. Cuando estuvo seguro de que Eldrid dormía, bajó lentamente de la cama, cuidando de no hacer ruido. En el entablado del piso, una tabla ya no estaba adherida; la levantó. Debajo, había un viejo libro envuelto con un trozo de tela raído. Era un tomo polvoriento, de páginas quebradizas y márgenes repletos de anotaciones. Explicaba cómo canalizar energía mágica mediante una varita —que bien podía ser una peque?a rama de árbol— para invocar círculos de hechizo, y detallaba los tres fundamentos del control: Levatio, Premotio y Attrahere.
Al apoyar el pie junto al umbral, el marco crujió. En la penumbra del cuarto vecino, una sombra se tensó y volvió a quedarse quieta: la mano de Eldrid descansó un instante sobre la madera, los dedos firmes, la mandíbula trabada. No llamó a su nieto. Contó, en silencio, la cadencia de sus pasos que se alejaban hacia el patio.
Eolan tomó el libro y salió en silencio al patio interior, donde se alzaba el horno, descansaban los costales de materiales y asomaban algunas vasijas a medio terminar. Colocó varios trozos de vasijas y algunas rocas de arcilla seca frente a él. Con el grimorio en la mano izquierda y la peque?a rama en la derecha, siguió las instrucciones para ejecutar los hechizos. En las páginas se indicaba que era necesario trazar en el aire, como si se dibujara una runa específica según el hechizo.
De abajo hacia arriba, trazó una curva en el aire y murmuró:—Levatio.Al principio solo temblaron; luego, dos fragmentos se elevaron con torpeza, otro quedó a medio camino, girando como si dudara. Su concentración era absoluta, y un cosquilleo áspero le punzó las yemas.
—Premotio.Con un giro de mu?eca y el brazo adelantado, los fragmentos salieron disparados, no en línea perfecta sino en abanico irregular, e impactaron los troncos cercanos. Uno rebotó contra el muro y casi le golpea la rodilla. Eolan sonrió, tenso.—Cada vez más rápido... cada vez más preciso.
Entonces decidió lanzar los trozos más alto. Tensionó los músculos de la mano, como si fuera a usar también su fuerza física. Los fragmentos se elevaron en una espiral despareja y, antes de que cayeran, trazó un círculo precipitado.—Attrahere.La respuesta llegó con un tirón brusco: dos pedazos acudieron a destiempo y le golpearon el antebrazo; otro cayó al suelo con un golpe sordo. Logró atrapar algunos con un saco viejo antes de que estrellaran contra las baldosas. El pulso le martilló en las sienes.
Lleno de emoción y orgulloso de lo que podía lograr, regresó a su cuarto con el mismo silencio con el que había salido.
Mientras tanto, en la otra habitación, su abuelo —recostado en la cama, con la mirada fija en el techo— había sido testigo de todo.
Aquella noche, Eolan tuvo un sue?o: se veía a sí mismo ejecutar los hechizos con gran habilidad, de pie frente a un gran castillo. A su alrededor, mucha gente practicaba los mismos hechizos que él.
Despertó súbitamente por el estruendo de un relámpago. El aire rugía y las ventanas se azotaban a causa del movimiento impredecible del viento. Con miedo, pero intrigado, se puso rápidamente las botas; salió de su habitación y encontró a su abuelo, que también se alistaba para averiguar qué sucedía.
Ya en el patio interior, faltaba poco para que la luz de la ma?ana asomara desde el este. Hacia el sur, una tormenta contenida acumulaba espesas nubes oscuras sobre lo que parecía una lejana torre. Era un espectáculo de luces blancas que rugían al apagarse; entonces presenciaron un brillo que estalló en amarillo, seguido de otro magenta y culminó con uno cian.
—Mira, abuelo... es como una danza de luces —dijo Eolan, y el aliento le empa?ó las últimas sílabas.A Eldrid le subió por la nuca un frío limpio; los nudillos, sobre el marco de la puerta, se le pusieron blancos. Once a?os atrás, Elisa había dicho lo mismo. No tuvo que cerrar los ojos para sentirlo: el día volvía, entero, a la orilla de esa luz.
De pronto, una gran onda expansiva barrió todo rastro de nubes. Un rugido sacudió el aire y, en el cielo, súbitamente apareció una enorme estrella de seis puntas, de un brillo color plata. Segundos después, la estrella se hizo peque?a hasta desaparecer en la inmensidad del firmamento, que empezaba a tornarse azul con el sol alzándose por el este.
—Esa no era una tormenta común... parecía ser algo mágico —dijo Eolan, con una duda que también era certeza.Su abuelo permaneció en silencio, sin expresar emoción alguna. A Eolan no le sorprendió; estaba acostumbrado a que Eldrid se guardara los comentarios, incluso ante situaciones como aquella.
Entraron a la casa. Eldrid, sin decir palabra, fue a su habitación y cerró la puerta.
Eolan hizo lo mismo; todos sus pensamientos se centraban en lo que acababan de ver.
El canto de las aves despertó a Eolan, que se había quedado dormido sin darse cuenta. Salió de su habitación y fue a la cocina, y comenzó a preparar el desayuno. Ya en la mesa, ambos comieron sin hablar. Eolan seguía pensando en lo ocurrido; sentía algo extra?o que no sabía explicar, una familiaridad imposible. Al otro lado de la mesa, su abuelo movía la comida sin realmente verla; su mirada estaba lejos, como si habitara otro tiempo. Ninguno advirtió la distracción del otro hasta que...
Un estruendo sacudió las paredes. Afuera, los gritos llenaron el aire. Eolan y su abuelo se miraron, entrelazando incertidumbre. Eolan corrió hasta la entrada; su corazón se aceleraba a medida que el caos se acercaba a su casa. Abrió la puerta y dio unos pasos afuera. Desde su vivienda, situada en la parte alta del pueblo, alcanzó a ver parcialmente lo que ocurría en el centro, donde se encontraba la casa del alcalde de Soliren.
Lo que vio desafió toda lógica.
Una criatura negra, cuadrúpeda, recorría el corazón del pueblo.
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Con el corazón desbocado, Eolan volvió a su cuarto y tomó la varita de madera con la que practicaba.Su abuelo —que ya sabía lo que el muchacho hacía por las noches—, al verlo, gritó:—?No vayas, Eolan, es peligroso!Eolan no reaccionó; fue como si no hubiera escuchado.
Corrió lo más rápido que pudo por la pendiente que daba a la calle principal. A su paso, algunos vecinos salían de sus casas y corrían en sentido contrario; otros se quedaban inmóviles, mirando. Entonces lo oyó: un rugido que parecía de una bestia feroz. El sonido, grave y metálico, le erizó la piel. Tenía miedo, sí, pero sabía que nadie en Soliren practicaba magia; se sintió obligado a enfrentar aquello que estaba desatando el caos. Si no voy yo, ?quién?
Al llegar a la plaza central, distinguió con claridad la fuente octogonal en medio, el olmo viejo frente a la casa del alcalde y el pilar del pregonero con su tablón de avisos, a un costado. Varios bancos de piedra formaban un semicírculo alrededor del olmo. Allí, los guardias del alcalde apuntaban con lanzas y algunas armas de pólvora rudimentarias hacia la bestia, encaramada en el borde de la fuente. Su cuerpo estaba cubierto por una sombra viscosa, como si tragara la luz. Lo más inquietante era el rostro: una máscara de cráneo suspendida y, en el centro, un único ojo azul, casi negro, que orbitaba entre las dos cuencas. El agua de la fuente chapoteaba a golpes irregulares, rota por la vibración de la piedra.
Por lo demás, la plaza estaba vacía de civiles. La criatura era pesada y se movía lenta, pero cada pisada hacía vibrar el suelo y obligaba a los guardias a ceder terreno. A su paso quedaba un rastreo de destrucción: casas derrumbadas, árboles caídos y escombros que venían del sur del pueblo.
Mientras la bestia rugía y lanzaba zarpazos a los guardias, Eolan examinó el entorno. Se deslizó tras un carro volcado junto al pilar del pregonero, sacó la varita y corrió, aprovechando la línea de bancos de piedra como cobertura, hacia la parte trasera de la criatura, donde se amontonaban los escombros. Su corazón latía tan rápido como sus pensamientos.?Qué es esta cosa? ?De dónde vino? Tengo que hacer algo.Recordó la práctica de la noche anterior. Apretó la varita y dijo:—Levatio.
Trozos de escombro, ramas y pedazos de loza comenzaron a flotar a su alrededor.
—Premotio.
Todo fue proyectado hacia el ser. Este detuvo sus ataques y los guardias, desconcertados, miraron a Eolan con sorpresa.—?Ni?o! ?Qué estás haciendo? ?Huye de aquí, esa cosa es muy peligrosa! —gritó uno de ellos.
La bestia giró hacia Eolan. Sus patas dejaron surcos profundos en la tierra. Al encararlo, lo miró fijamente, como perturbada por algo; parecía enojada, como si viera ante sí a un ser repulsivo. El ojo se movía con rapidez entre las dos fosas de la máscara. Entonces emitió un chillido agudo que obligó a Eolan a taparse los oídos; acto seguido, se lanzó contra él.
Eolan echó a correr. Notó el peso de las botas, el sabor metálico en la lengua. Al pasar junto a un montón de tejas, levantó la varita casi por reflejo.—Levatio.Solo se alzaron dos tejas y algo de polvo; le bastó para cegar un instante a la criatura, que arremetió de lado y partió una pared como si fuera barro fresco. Eolan tropezó con un cubo y casi cayó; enderezó el cuerpo a tirones.
—Premotio.Disparó un pu?ado de guijarros; varios se deshicieron contra el pavimento, uno golpeó la máscara y la hizo vibrar con un zumbido breve. La bestia redobló el paso. Eolan rodeó el olmo y tomó una esquina de la plaza hacia un callejón lateral; se raspó el hombro contra una puerta. Sentía el antebrazo arder por dentro, como si le hubieran llenado los tendones de arena caliente: cada nuevo gesto tiraba de él como una cuerda demasiado tensa.
Intentó ganar distancia por el callejón. La criatura atravesó un muro y salió frente a él; el golpe de aire lo empujó hacia atrás. Eolan apretó los dientes; los hechizos obedecían, pero a medias, como si la magia llegara tarde. No me alcanza, pensó.
Finalmente, la criatura lo acorraló contra un muro de piedra. Sus zarpas se alzaron.
—?Levatio! ?Premotio!Las piedras apenas temblaron; un par golpearon la piel viscosa y rebotaron sin efecto. El siguiente impulso salió desordenado, como un empujón de aire que no encontró blanco. La bestia resistía.
Cansado de correr, con la frente empapada de sudor y la respiración jadeante, Eolan sintió un zumbido en los oídos. La zarpa —con garras tan largas como sus brazos extendidos— se alzó frente a él. Notó el muro frío en la espalda. Cerró los ojos y apretó los dientes.
Y entonces, el fuego.
—Ignon, Lorum Incendia.
Una cinta ardiente que se extendía y serpenteaba como un látigo vivo en llamas descendió y golpeó la espalda de la bestia. Esta emitió un chillido de dolor que la hizo estremecerse y dejar de enfocarse en el chico por un momento. Eolan se giró: un hombre de rostro oculto, con túnica gris de bordes carmesí, avanzaba entre las sombras, flotando a una altura considerable, por encima de la bestia; bajo sus plantas brillaban dos círculos grises del tama?o exacto de sus pies, cubiertos de runas.—?Corre! ?Corre y escóndete!
Eolan retrocedió; el corazón le golpeó la garganta. Se giró y echó a correr en la dirección opuesta, lejos del hombre que peleaba con el monstruo. Quiso mirar atrás, pero las piernas no obedecieron: solo corrían. A su espalda, la cinta ardiente chasqueaba; el suelo vibró bajo sus botas y el polvo le secó la boca mientras caían casas con cada impacto. El monstruo bramó cada vez que el latigazo llameante lo alcanzaba.
El grito del hombre cortó el aire. Eolan clavó los pies y volteó; no estaba lo bastante cerca como para alcanzarlo de inmediato. Le ardía el antebrazo; la respiración le raspaba la garganta. El hombre, de rodillas, se oprimía el pecho: herido. Eolan dio un paso para ir hacia él... pero el desconocido se alzó de golpe y comenzó a formar mudras con las manos; trazó un par de signos y, en un latido, se formó delante de él un círculo mágico del color del fuego, vibrante: una cinta exterior de runas lo delineaba; en su interior, una triqueta se cerraba y, en el punto central, una runa con forma de llama palpitaba. La bestia alzó la zarpa para rematarlo. La voz llegó serena, nítida:—Ignon, Hasta Incendia.
Del círculo brotó una lanza de fuego y, en un latido, atravesó el ojo azul tras la máscara de cráneo. Un chasquido, y después nada.
El chapoteo de la fuente volvió, tímido. El hombre siguió inmóvil, las manos tendidas; el pecho marcaba el ritmo de una respiración rápida. El calor regresó y le rozó la cara a Eolan.
Eolan comenzó a correr en dirección al hombre, que se acercaba al monstruo y lo observaba desde diferentes ángulos. Eolan llegó hasta él, quien lo escuchó pero no lo miró; seguía observando al monstruo y murmuraba algunas palabras, de las que Eolan solo pudo identificar una: "vacío".
Eolan pudo apreciar que el monstruo ya no contaba con el ojo azul que orbitaba y se escondía detrás de la máscara, que asemejaba un cráneo. Entonces el monstruo comenzó a desvanecerse, como si estuviera hecho de ceniza. El hombre y Eolan se quedaron quietos, observando al monstruo desvanecerse hasta que no quedó nada.
—?Estás bien? —dijo el hombre, mirando a Eolan de frente.Eolan tuvo que alzar la mirada para encontrar sus ojos; el hombre le sacaba media cabeza y Eolan apenas le llegaba al pecho.—Sí, gracias —dijo Eolan.
El hombre, que era algo robusto y de voz grave, dijo:—Mi nombre es Elarion Solburn. ?Cuál es el tuyo, peque?o?—Mi nombre es Eolan Edelweiss, se?or.
—?Qué era esa cosa? —preguntó Eolan.—No estoy seguro —dijo Elarion, serio—, pero lo averiguaré.
—Eolan... y... ?qué haces aquí, Eolan? ?Pretendías enfrentar a esa bestia tú solo?—Pues creí que podía ayudar a los guardias.—?Cuáles guardias?—Pues... había unos guardias cuando llegué.—Vaya cobardes...
Desde detrás de un carro volcado —el mismo junto al pilar del pregonero—, un guardia asomó la cabeza. Tenía la cara manchada de polvo y una lanza temblorosa en la mano. Al notar la mirada de Elarion y de Eolan, salió de su escondite con torpeza, bajó la vista y aflojó la empu?adura.
—?Y con qué pensabas enfrentar al monstruo? ?Acaso tienes un arma?—Puedo hacer magia, se?or.—?Magia? ?De verdad? ?En este pueblo? ?Y cómo es que sabes usar magia?—He estado practicando con un grimorio que era de mi mamá, en el que se explica cómo canalizar magia con varitas.—Ya veo. Pues debes tener talento para aprender tú solo a manifestar la magia.—Gracias —Eolan se sonrojó por el cumplido que le daba Elarion.
—Por lo que veo, no hay heridos. —Alzó la mano y escuchó un instante—. Por lo menos no oigo a nadie. ?Quieres que te ayude a regresar a casa?—Gracias, se?or. Vivo subiendo la colina; afortunadamente el monstruo no llegó hasta mi casa.—Bien. Entonces me voy.—Se?or, ?puedo preguntarle algo?
Elarion, que ya le había dado la espalda, se giró a medias y lo miró.—?Es usted un aprendiz de mage de la Academia de Eryon, verdad?
Elarion soltó una risa breve.—?Un aprendiz? —dijo, con media sonrisa—. Algo así, muchacho... algo así. ?Tú quieres ser un aprendiz?—Sí, me gustaría aprender más sobre la magia —dijo Eolan, aún con el aire de esperanza del cumplido.
Elarion miró hacia el sur.—Ve a la Academia. Demuestra tus habilidades y, si lo logras, nos volveremos a ver.
Eolan lo vio alejarse hacia el sur hasta perderse entre las casas. El sol estaba ya alto sobre los tejados.
Cuando Eolan regresó a casa, subió directo a la habitación de su abuelo, con la emoción a flor de piel para contarle lo ocurrido. No lo encontró.
Lo halló en su propio cuarto, sentado en la cama, con un cofre de madera entre las manos. Tenía la mirada serena; ni un músculo le temblaba. El cuarto olía a arcilla reseca y humo de horno; la luz del sol entraba por la ventana y dejaba un rectángulo de claridad sobre la madera.
Eolan entró y las palabras se le atropellaron: habló de las luces, de los gritos, del monstruo y del fuego. Eldrid lo dejó hablar, en silencio, siguiéndole el ritmo con los ojos.
El abuelo lo interrumpió. Abrió el cofre y sacó un papel ajado; sin decir palabra, se lo entregó.
Eolan lo desplegó: el borde crujió. Los ojos se le agrandaron.
En el papel, una estrella de seis puntas; en su interior, una oscuridad total. En el centro, una espiral que sugería que la estrella absorbía. Alrededor, una edelweiss orbitaba la figura.
—?Qué es esto, abuelo? ?De dónde lo sacaste? El papel está desgastado; no lo dibujaste tú, ?o sí?
Su abuelo lo miró con serenidad y dijo:—Tu mamá lo hizo. Nunca me lo mostró; hasta que ella nos dejó fue que lo descubrí. Al ver hoy por la ma?ana lo que se formó en el cielo, recordé este dibujo.
—Sí, es bastante similar a lo que vimos por la ma?ana.
El abuelo miró en el cofre y sacó tres cosas más: unas botas gastadas, una bufanda circular en tonos azules y un reloj de bolsillo metálico, de un tono plateado brillante y adornado con una flor edelweiss en la tapa y peque?os copos de nieve que decoraban la parte trasera del reloj y le daban textura.
—Estas cosas eran de tu madre; ya no recordaba que las tenía. Creo que deberías tenerlas. Las botas eran las favoritas de tu madre; las usaba todo el tiempo. La bufanda fue un regalo de tu abuela.—?Y el reloj? —dijo Eolan, mientras lo sostenía en sus manos y miraba con detalle la flor edelweiss grabada en la tapa—. ?Es una reliquia familiar o algo así?
El abuelo se frotó el mentón y bajó la mirada antes de hablar:—A decir verdad... no recuerdo cuándo obtuvo este reloj. Pero era importante para ella; lo guardaba con las otras cosas.
Eolan guardó el reloj en el bolsillo. Fijó la vista en la estrella del dibujo y el recuerdo de la ma?ana volvió como una marea. También volvió una palabra de Elarion: vacío. Levantó la cabeza; el semblante le cambió:—Abuelo, quiero ir a la Academia de Eryon.
El abuelo cruzó los brazos y sostuvo el aire un instante.—Lo esperaba —dijo, sin levantar la voz—. Tu madre también practicaba con ese libro, pero nunca logró canalizar la magia.
Eolan apretó el reloj dentro del bolsillo. En el papel, la edelweiss parecía orbitar la estrella inmóvil.
Dejó el papel sobre la madera y, con el reloj aún apretado en el bolsillo, alzó la vista hacia la ventana: la colina descendía hacia el sur y el camino de Soliren se abría como una vena de arcilla. Respiró hondo. En el dibujo, la edelweiss seguía orbitando la estrella; afuera, la luz avanzaba. Por primera vez, el sur no le pareció tan lejos.

