Erik corría por los senderos de la aldea con la respiración entrecortada y el brazo ardiéndole por el corte, pero no se detuvo ni un instante. Sabía muy bien cómo reaccionaba Mika cuando algo la hería. Cuando estaba furiosa o dolida, desaparecía .
Y cuando desaparecía, no eran horas… eran días .
—“ Por favor, no te vayas así…”
El pensamiento lo empujó más rápido, esquivando los troncos y las sombras nocturnas como si su vida dependiera de ello. En su mente se repetía la imagen de Mika en la entrada, con las frutas en las manos, la voz rota y esas palabras que aún le dolía más que la herida: “Tonta… soy una tonta…”
Sabía que, si planeaba huir, lo primero que haría sería abastecerse .
Cambiando el rumbo, se dirigió a la zona de almacenamiento, donde guardaban las provisiones de alimento seco, algunas herramientas y equipo para la cacería. La luz de una vela iluminaba una de las entradas laterales. Dentro, encontró a Jaia , de espaldas, organizando algunas raíces secas y envolviendo tiras de carne en hojas para guardarlas en cantaros.
— ?Mika vino? —preguntó de golpe, apenas frenando en la entrada, con la respiración acelerada.
Jaia giró con un sobresalto. La vela dejó ver el rostro de Erik, agitado, con los ojos intensos y el brazo sangrando aún por la herida del taller.
— ?Erik? ?Qué pasó? ?Estás sangrando? ?Qué te ocurrió?
—No importa eso. Mika… ?la viste? ?Vino a tomar provisiones?
— No, no… no la he visto desde la tarde. —frunció el ce?o, dejando las tiras de carne a un lado— ?Qué sucede? ?Se pelearon?
—No lo sé. Tal vez… sí. Tal vez más que eso. —desvió la mirada, sintiendo el ardor en el pecho mucho más que en el brazo— Si la ves, dile que la estoy buscando… por favor.
— Erik, espera… —Jaia se acercó, notando la mancha roja en su antebrazo—. Estás herido, al menos deja que te…
Pero Erik ya estaba de nuevo en movimiento.
Jaia lo miró irse, confundida, y luego bajó la vista al suelo donde algunas gotas de sangre aún brillaban con el reflejo tenue de la vela de resina. Algo grave había pasado… y acababa de comenzar.
Erik siguió corriendo, primero sin dirección, luego con desesperación. Recorrió los bordes del lago, las huertas, los escondites donde alguna vez Mika solía ir, y nada.
Erik corría sin rumbo fijo, con la respiración ardiente y el brazo palpitando por el corte. No le importaba el dolor; lo único que lo impulsaba era el rostro de Mika al verlo en el taller con Lera.
— ?Por qué no la aparte? ?Por qué no le dije que no?
Sentía que cada zancada lo hundía más en la culpa. En la Tierra, lo que había pasado, se llamaba “traición”. Y por más que su corazón gritara que amaba a Mika… también amaba a Lera. Y a los demás. Y eso, en su mundo, era el pecado más grande.
Recordó las palabras de las mayores, semanas atrás.
—Cuando había más hombres en la aldea, también se unían como en la Tierra, con una sola mujer —lo habían dicho, como si fuera la norma igual que allá. —Pero ahora… solo estás tú —a?adió Alisha, mirándolo con gravedad—. Y nosotras tampoco sabemos cómo debe ser ahora.
Esa conversación, que en su momento había dejado de lado, le golpeó con fuerza ahora. No había reglas claras aquí… pero las que traía de la Tierra le pesaban como cadenas.
—?Y si piensan que soy un ...??Y si termino lastimándolas?
Mientras seguía corriendo, se dio cuenta, de golpe, que había llegado hasta su propia caba?a. Sus pasos se detuvieron, el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido horas.
Se dejó caer de rodillas, con su caba?a a sus espaldas.
Apoyó las palmas de las manos en el suelo y bajó la cabeza. El corte en su brazo palpitaba, pero ni siquiera eso podía compararse con el dolor que le atravesaba el alma. El recuerdo del rostro de Mika al verlos, el sonido sordo de las frutas al caer, su voz quebrada llamándose a sí misma tonta...
Todo lo consumía.
—Mika… por favor… no te vayas… —su voz se quebró—. Lo arruiné… soy un idiota…
—Seguro ahora ella… me odia —dijo con voz grave, mirando al cielo con los ojos húmedos, su voz cargada de desesperanza.
Iba a romperse. Lo sentía en el pecho, en la garganta, en los dedos temblorosos. Estaba a un segundo de dejar escapar el llanto, de soltar el dolor como un ni?o perdido en la noche.
Pero entonces… sintió algo.
Unos brazos rodeándolo con fuerza desde atrás.
Un calor familiar. Una fragancia tenue que conocía muy bien. Un latido acelerado junto al suyo.
—No te odio…
La voz.
Erik abrió los ojos con sorpresa.
—No te odio, Erik… —repitió Mika, aferrada a él desde la espalda.
él se quedó helado por un instante. Luego giró lentamente el rostro, y ahí estaba ella. Mika. Con los ojos húmedos y el ce?o fruncido, mirándolo con amor.
Erik no supo qué decir de inmediato. Solo pudo girarse para verla mejor, como si no creyera que realmente estaba allí. Mika no lo soltó. Solo bajó un poco la cabeza y apoyó la frente con la de el.
Erik la abrazaba con fuerza, como si temiera que si aflojaba un poco ella desaparecería. Mika no decía nada aún, solo se mantenía pegada a él. Pero el silencio pronto fue demasiado para Erik.
—Lo siento… —murmuró con voz quebrada—. Lo siento, Mika… No quise hacerte da?o, no quise traicionarte… no fue planeado. Yo… solo iba a que me tomara unas medidas, y luego… Lera me besó y yo… yo no… —apretó los dientes, frustrado consigo mismo—. Debí frenarla, debí decirle que no. Pero no lo hice. Y cuando quise hablarle, cuando te vi ahí… —tragó saliva, bajando la cabeza—. Te fallé. Lo sé. Lo sé y no tengo cómo arreglarlo. No quiero perderte por eso…
Seguía hablando, casi sin respirar, como si de esa forma pudiera purgar su culpa. Pero Mika lo interrumpió de pronto, levantando la mano suavemente y apoyándola sobre sus labios.
—Shh… basta, Erik.
él la miró, confundido.
Mika lo observó con una mezcla de tristeza y calma. Sus ojos, aunque húmedos, no tenían rabia.
—Yo ya sabía que Lera se te iba a declarar.
Erik parpadeó.
—?Q-qué?
Ella asintió despacio, quitando su mano de los labios de él para tomarle el rostro con ambas manos.
Erik se quedó paralizado ante la confesión de Mika. Su respiración aún agitada por la carrera y el torbellino de emociones lo dejaba sin palabras. Mika lo miraba fijamente, con esa mezcla de serenidad y vulnerabilidad que lo desarmaba.
—?Cómo que ya lo sabías? —logró preguntar finalmente, con un hilo de voz.
Mika asintió, y respiró profundo antes de explicarse.
—Lera me lo dijo… después de la comida. Me dijo que sabía lo nuestro —Hizo una pausa, con una sonrisa incómoda—. Me sentí… nerviosa. Nos descubrieron. Pero ella no estaba enojada. Solo... determinada.
Erik la escuchaba con atención creciente.
—Nos fuimos a su taller para hablar con calma. —siguió Mika—,y Lera me dijo que… que esta noche te lo confesaría. Que no podía seguir escondiéndolo. Que necesitaba decírtelo. —Sus ojos se humedecieron un poco, pero no apartó la mirada de Erik—. Yo… le desee suerte.
—?Le… deseaste suerte? —repitió Erik, incrédulo.
Mika asintió con una risita triste.
—Le dije que estaría feliz por ella, si era correspondida… como yo. Y que si no, la consolaría comiendo frutas juntas. —Bajó un momento la cabeza, antes de volver a mirarlo—. Pero parece que me adelanté. Quería llevarle su fruta favorita como le prometí. Y cuando llegué al taller… los vi.
La pausa fue pesada. Mika apartó la mirada esta vez.
—No era que me molestara que ella se te confesara. Ni siquiera que tú le respondieras. —Su voz se volvió más suave—. Lo que me dolió fue interrumpir el momento de Lera. Me sentí… tonta. Porque en ese momento, me sentí fuera de lugar.
Erik bajó la mirada, con el pecho oprimido. Había tanto que quería decir, pero las palabras se le enredaban con la culpa, el miedo y el amor que no podía contener.
—Mika… —comenzó, con voz quebrada—. No quise herirte. De verdad. Pero… no puedo mentirte. No puedo enga?arme. Yo, también las amo a todas ustedes. No sé cómo pasó. Cada una me importa de una forma distinta… pero igual de real. Y eso me aterra… porque no quiero que ninguna sufra por mi culpa.
Ella acarició su mejilla, sonriendo con ternura.
—No tienes que temer herirnos amándonos. Lo que nos haría da?o sería que te alejaras por miedo… o que negaras lo que sientes por nosotras.
—Allá, en la Tierra, donde crecí —continuó Erik—, nos ense?an que eso está mal. Que solo puedes amar a una mujer. Que tienes que elegir, y si no lo haces… estás rompiendo las reglas. Yo… creí que estaba mal lo que siento. Me sentí culpable desde el primer día que entendí que no solo eras tú, que no era solo una…
Alzó la mirada hacia ella. No había lágrimas, pero sí una sinceridad cruda que dolía más que cualquier llanto.
—Y aun así… no puedo dejar de amarlas. A ti, a Lera, a las demás. No puedo negarlo. Y eso me confunde y asusta…
Mika lo escuchaba, en silencio. Puso su mano en su mejilla despacio, con dulzura.
—Erik… tú ya no estás en la Tierra —le dijo, con dulzura firme—. Estás aquí. Con nosotras. Y aquí… si nos amas de verdad a todas.
Erik la miró sorprendido, sintiendo que un peso invisible se disolvía poco a poco. Y fue entonces cuando ambos notaron una figura en la entrada de la caba?a.
Lera.
Estaba ahí, de pie, con expresión tensa y los ojos vidriosos.
Mika la miró… y sonrió.
—Lera, ven. No te quedes ahí.
La muchacha se tensó. Sus ojos buscaban a Erik, luego a Mika, luego otra vez al suelo. No sabía si acercarse o huir.
—Ven —repitió Mika con más dulzura—. Ven, abrázalo también.
Lera dio un paso. Luego otro. Y finalmente llegó hasta ellos, temblando apenas. Erik la miró con una mezcla de cari?o y timidez, y cuando abrió los brazos para recibirla con un abrazo, ella no dudó más.
Mika lo abrazó por un lado. Lera, con un suspiro tembloroso, por el otro.
Erik sintió el calor de ambas contra su cuerpo, y esta vez, no hubo culpa, solo alivio.
Estaba con ellas. No en la Tierra. No bajo las reglas que lo criaron. Sino allí, en un mundo desconocido y una aldea que lo había acogido y transformado… y a la que, por fin, empezaba a pertenecer de verdad.
Los tres seguían sentados sobre la tierra tibia, justo frente a la caba?a. La noche estaba en silencio, el murmullo de los árboles acompa?aba la respiración pausada del momento.
Mika sentada al lado izquierdo de Erik, tomando su mano. Lera se acomodó a su derecha, con las piernas cruzadas y la mirada en el suelo, como si aún dudara de si tenía derecho a estar allí.
Erik fue el primero en hablar.
—No sé cómo agradecerles esto… a las dos. No me lo merezco. Lo sé. Lo que pasó ahora… lo manejé mal. Me dejé llevar. Me confundí. No quería lastimar a nadie… y terminé hiriéndolas.
Mika negó suavemente con la cabeza.
—No nos hieres por amarnos, Erik —le dijo en voz baja—. El amor no duele… lo que duele es el miedo que nos hace pensar que debemos esconderlo. Yo también tuve miedo.
Erik giró su rostro hacia ella, con ternura.
—?Tú?
Mika asintió.
—Pensaba que si las demás se acercaban a ti… yo sería reemplazada. Que me dejarías de querer, si las demás decían lo que sentían por ti. Pero luego las vi. Vi cómo te miran. Cómo las miras tú. No es algo que pueda ni deba negar.
Lera levantó la vista, finalmente.
—Yo… no sabía cómo hacerlo —dijo, con voz baja, algo quebrada—. Te amo desde hace tiempo, Erik. Pero también te veía con Mika… y me sentía culpable por desear que también me amaras a mí. Cuando lo supe, cuando los vi… pensé que ya no tenía lugar. Pero cuando hable con Mika me dio el valor para hablar conmigo… y supe que me estaba dando algo que me faltaba: su confianza.
Mika sonrió levemente, un poco avergonzada.
—No quería que mi miedo te impidiera ser feliz, Lera. Si Erik te ama… eso no me quita nada. Solo me hace pensar que su corazón… tiene espacio para todas.
Hubo un momento de silencio. Erik los miró a ambas, conmovido hasta lo más profundo.
—No sé si podré hacer las cosas bien siempre. Aún me estoy acostumbrando a que acá… las reglas no son como en mi hogar. Pero si hay algo que sí sé —dijo, tomando las manos de ambas— es que no quiero negar lo que siento por ninguna de ustedes.
Lera se inclinó hacia él, apoyándose contra de el. Mika hizo lo mismo por el otro lado, entrecerrando los ojos con calma.
—Entonces —murmuró Mika, casi como una travesura— será mejor que empieces a aprender rápido… porque no somos las únicas que se te declararan.
Erik soltó una suave risa nerviosa.
—Lo sé —respondió—. Y eso me asusta… pero también me hace sentir… el hombre mas afortunado.
—Entonces —susurró Lera—, no huyas cuando las demás te digan lo que sienten.
Erik sostuvo la mano de Lera con firmeza, mirándola a los ojos con una mezcla de ternura y resolución.
—No huiré —le dijo con voz suave pero firme—. No más. Si alguna de las demás chicas se me confiesa, la escucharé. No me esconderé.
Lera sonrió, tímida pero iluminada por la emoción, y Erik se acerco para darle un beso suave y corto en los labios. No fue impulsivo ni apasionado, sino delicado, como un gesto sincero de aceptación.
Luego giró hacia Mika, mirándola con el mismo cari?o, y le ofreció el mismo beso, suave y tierno, como si con él le agradeciera por su valentía y su corazón generoso.
—Gracias —les dijo a ambas, con el alma al borde de la emoción—. Por tenerme paciencia… y por dejarme amarlas.
Intentó rodearlas con los brazos para abrazarlas a las dos, pero en cuanto hizo el gesto, una punzada aguda en el brazo derecho lo hizo fruncir el ce?o y retroceder ligeramente ese brazo.
—?Tu brazo! —exclamó Lera, recordando al instante lo que paso en su taller.
Mika se incorporó enseguida y le tomó el brazo con cuidado, notando el corte en el brazo.
—?Cómo te hiciste esto? —preguntó preocupada.
—Cuando salí corriendo… me resbalé con las frutas —explicó Erik, medio riendo por lo absurdo del momento—. Me caí y me raspé al levantarme. No es nada.
—?Erik…! —protestó Mika, examinando el corte con el ce?o fruncido.
—Ya sé, ya sé… —dijo él restándole importancia—. Pero créanme, he tenido peores. Esto no pasa de ser un raspón.
Lera se cruzó de brazos fingiendo reproche, pero no pudo evitar sonreír.
—Tu y tu manera de “no es nada”…
Mika rió también, más aliviada al ver que en efecto no era tan grave.
—Aun así, vamos a que te lo limpies bien —dijo firme—. No queremos que se infecte.
Erik las miró con una sonrisa genuina, el dolor disipado por el calor de su compa?ía.
—?Y si aprovecho y me dejan una fruta como la que iban a usar para consolar a Lera?
—?Solo si prometes no volver a resbalarte con ellas! —bromeó Lera, riendo con suavidad.
—Prometo intentarlo —respondió Erik, mientras ambas chicas lo tomaban de los brazos y lo ayudaban a levantarse con delicadeza.
Y así, bajo la luz de las estrellas, los tres caminaron hacia la caba?a, sabiendo que algo importante había cambiado para siempre.
Mientras las risas suaves de los tres se disipaban en el aire nocturno, a unos metros de distancia, entre la sombra densa de los árboles que rodeaban la peque?a explanada, una presencia femenina observaba. La luz de las estrellas parecía esquivarla deliberadamente, creando un vacío de oscuridad a su alrededor donde el sonido moría.
No era una simple figura, sino una silueta fuera del tiempo. En sus manos, sostenía dos objetos que desentonaban brutalmente con la rusticidad del lugar. Eran herramientas de un propósito incomprensible.
Su respiración era un ritmo perfecto y mecánico. Sus ojos, que reflejaban tenuemente la luz, no parpadearon cuando Erik besó a Lera, luego a Mika. En su lugar, los dedos de su mano se movieron sobre la superficie de una de sus herramientas con una velocidad y precisión inhumanas, como si estuvieran ingresando datos o calibrando algo.
Cada promesa de Erik llegó hasta ella y una de sus herramientas en su mano pareció vibrar levemente, capturando las palabras, midiendo su frecuencia emocional con una frialdad escalofriante.
Una sonrisa casi imperceptible, no de alivio o felicidad, sino de reconocimiento, cruzó sus labios. Era la sonrisa de quien mira un experimento que progresa como se predijo, o de quien observa a un viejo amigo que sigue un guion escrito tiempo atrás.
—El protocolo de vinculaciones afectivas se consolida según lo previsto. La fase Beta progresa. El sujeto 318111 mantiene estabilidad psico-emocional... por ahora —murmuró su voz, que sonó a un suave zumbido de estática.
Bajó la mirada hacia una pantalla de lámina de luz azul. Los puntos se reagruparon formando por un instante un patrón que se asemejaba vagamente a la estructura molecular de un compuesto orgánico, o al mapa neuronal de un cerebro, antes de volver a su latido caótico.
Sin hacer el menor ruido, dio un último vistazo hacia la caba?a. Vio el "lazo invisible" no como un vínculo de afecto, sino como una red de datos, una conexión cuantificable que ella estaba ahí para monitorizar.
Al retroceder, el aire se distorsionó a su alrededor como el calor sobre el asfalto en verano, y simplemente ya no estuvo allí. No hubo pasos, ni crujidos. Solo quedó el eco de un número, 318111, y la inquietante certeza de que Erik era mucho más de lo que parecía, y que su historia con aquella mujer —o lo que fuera que ella fuera —. Era tan antigua como peligrosa.
Dentro de la caba?a, la tenue luz de las velas iluminaba suavemente el ambiente. Erik se sentó junto a su cama, intentando acomodarse su polera de piel, mientras el cansancio y la incomodidad de la herida reciente se hacían sentir. Lera, aún a su lado, lo miró con atención y con una sonrisa tímida le dijo:
—Déjame ayudarte a quitártela, así podemos revisarla y que no te esté lastimando la piel.
Erik dudó, sonrojado. Aunque ya había compartido momentos íntimos con Mika, con Lera todo aún era nuevo, cargado de esa mezcla entre nerviosismo y dulzura. Iba a decir algo cuando Mika se le acercó a Lera, después de pasarle con una tela húmeda y limpia por su corte limpiándola, le susurró algo al oído con una media sonrisa, y ambas se giraron a mirarlo como si acabaran de acordar una peque?a travesura.
—Descansa, Erik —dijo Mika, divertida—. Mejor lávate el sudor seco… si Lera se queda y te ve, te pondrás más tímido que una oveja en su primer corte de lana.
—?Mika! —protestó Erik, entre la vergüenza y la risa contenida.
—Es cierto —agregó Lera con una carcajada suave mientras se dirigía a la salida.
—Tal vez… —admitió Erik, encogiéndose de hombros—. Es solo que… contigo ya estoy mas acostumbrado, Mika. Pero con Lera… bueno… será cosa de tiempo.
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—Exacto —respondió Mika gui?ándole un ojo—. Tiempo tendrán. Por ahora, te dejamos solo para que te limpies bien. Buenas noches.
Lera le sonrió desde la puerta y ambas salieron, dejando tras de sí una atmósfera tibia, cargada de emociones.
Erik suspiró y se puso de pie. Usó el método de las chicas para lavarse. Era práctico, sí, pero no podía evitar pensar en la cascada. Extra?aba el agua cayendo con fuerza sobre su cabeza y espalda, la frescura entre las piedras… Tal vez ma?ana volvería allí, a lavarse como estaba tan acostumbrado.
Ya limpio y seco, se echó sobre su cama, vistiendo solo su ropa interior. Sus músculos se relajaron, los párpados le pesaban. Pensaba que ambas chicas ya estarían en sus respectivas caba?as, o quizás en el taller de Lera, hablando entre risas de lo que acababa de pasar. Cerró los ojos con un suspiro… unos minutos después un sonido suave de agua moviéndose dentro de la caba?a lo alertó.
Supuso que Mika había vuelto, como ya lo hacia algunas noches. Venía a recostarse a su lado otra vez, simplemente dormir junto a él.
Erik con los ojos cerrados, se hizo a un lado sin decir nada, dándole espacio.
Sintió el leve crujir de la madera cuando alguien se metía en la cama con él. La piel desnuda que lo rozó estaba fria, húmeda aún.
—No te volviste a secar bien, otra vez… —dijo Erik con una voz suave y dulce, mientras se recostaba a su lado, muy cerca.
—Mika me dijo que lo hiciera así… —dijo, con voz baja, pero sin titubear—. Que esta vez te toca acostumbrarte también a mí.
Erik quedó mudo por un segundo, nervioso, pero no incómodo. En realidad, su corazón latía rápido por la sorpresa, por la ternura con la que ella lo miraba.
—?Está bien…? —preguntó Lera, apoyando su cabeza cerca de él.
él no respondió con palabras. En lugar de eso, la abrazó con suavidad, acunándola entre sus brazos con ese cari?o que ya no podía ocultar. Luego, la besó con un gesto ligero, como si confirmara que sí, que estaba más que bien, que la felicidad no cabía en su pecho.
La noche continuó tranquila, y en esa caba?a de madera cálida, dos almas más se encontraron en paz.
La luz suave del amanecer se colaba entre las rendijas de madera de la caba?a, ti?endo el interior con un tono dorado y cálido. Erik abrió lentamente los ojos, sintiendo el cuerpo de Lera recostado contra el suyo, ambos aún entrelazados en un abrazo tranquilo. Ella respiraba con calma, con su rostro dormido cerca del suyo, y sus pechos desnudos presionado contra él.
A diferencia de Mika, los pechos de Lera eran más grandes, suaves y cálidos al tacto, pero Erik no sentía que eso importara. Las amaba a ambas, no por sus cuerpos, sino por lo que eran, por lo que compartían, por cómo lo hacían sentir. Lera, con su creatividad y su timidez sincera, lo hacía sonreír incluso dormido.
La observó unos momentos más, simplemente feliz de verla ahí, tan cerca. Cuando ella comenzó a despertar, aún con los ojos entrecerrados, sonrió apenas al ver a Erik, y sin decir palabra, lo besó con más intensidad que la noche anterior, como si ya no hiciera falta disimular nada.
—Buenos días… —susurró él, con voz ronca.
—Buenos días… Erik —respondió ella. Suavemente.
El momento era perfecto. Para ambos hasta que segundos después algo ocurriría y los sobresaltaría.
Suri caminaba contenta hacia la caba?a de Erik, con una piedra brillante en la mano. Era su nuevo tesoro para su colección de piedras y pensaba mostrárselo a él.
Seguro está con Mika, como otras veces pensó, sin rastro de celos; con Mika ya estaba de acuerdo, hasta lo veía como algo natural.
Al llegar, escuchó un murmullo suave desde adentro y sonrió traviesa.
—Jeje, voy a asustarlos como las otras veces… —susurró para sí, recordando cuando saltó sobre la cama y descubrió a Mika durmiendo con él.
Entro despacio, se agazapó y, de un salto, aterrizó con fuerza sobre el colchón…
?BAM!
El sonido sordo de un peque?o huracán humano impactando contra el colchón sacudió la cama. Erik sintió cómo el mundo se elevaba y luego se hundía bajo él de manera violenta.
Suri, como un ninja iracundo, estaba ahora plantada entre ellos, sobre las mantas. Su pose era triunfal, pero su sonrisa de bromista se desvaneció, se congeló y se resquebrajó en cuestión de nanosegundos.
Sus ojos, muy abiertos, escanearon la escena: la cabellera larga y casta?a de Lera esparcida sobre la almohada de Erik, el brazo de él protegiéndola…
—?Otra vez no…! —logró exhalar Erik, con el pánico de un hombre que ve repetirse la peor (y más adorable) pesadilla de su vida.
—?Tú no eres Mika! —le espetó a Lera.
Suri, ahora bien plantada entre las sábanas arrugadas, tenía los cachetes tan inflados que parecía un hámster furioso. Su puchero era una obra maestra de la indignación infantil.
—??ERIK!! —tronó, cruzando los brazos con tanta fuerza que casi se pierde de vista—. ?Esto es una traición! ?Y con Lera! ?Eso no estaba en el acuerdo!
—Suri, espera, esto no es… —Erik se incorporó, alargando las manos en un gesto de súplica, atrapado entre la risa y el desastre.
—?Cómo pudiste! —afirmó la ni?a con una firmeza que haría palidecer a un juez, y luego giró su dedo acusador hacia Lera—. ?Y tú! ?Eres la tercera esposa! ?Yo soy la segunda! ?Y Mika es la primera! ?En ese orden!
Lera, que hasta entonces había permanecido recostada en la cama como un fantasma avergonzado, parpadeó, completamente despabilada ahora. Su mirada iba de la ni?a furibunda a Erik, buscando alguna explicación que no llegaba.
Justo entonces, Mika entró con paso rápido, visiblemente acostumbrada a este tipo de escenas.
—?Otra vez saltando como cabra montesa? —dijo Mika.
—?Pero es que hay una mas! —protestó Suri, sin desinflarse, se?alando a Lera como si acabara de descubrir un crimen—. ?Y no me consultaron!
Lera la miró, entre divertida y confundida, mientras Erik suspiraba, recordando que con Suri las sorpresas siempre llegaban sin previo aviso.
—??No me ignores!! ??Mika la primera, yo la segunda y Lera la tercera!! —insistió Suri, inflando las mejillas, mientras Mika la alzaba en brazos con facilidad, intentando llevársela como si fuera un saco revoltoso.
Suri se debatió, pataleando en el aire.
—??Que yo soy la segunda!! ?Que se respete el acuerdo!
—?Perdón por la interrupción! —dijo Mika sin dejar de sonreír, dirigiéndose a Lera—. Y tú, Suri, a ver si ahora desayunas tus frutas y no dramas.
Cuando estaban por cruzar la puerta, Suri se giró con su peque?a cara roja de frustración y le gritó a Lera desde los brazos de Mika:
—??ERES LA TERCERA!!
Lera miró a Erik, incrédula.
—?Qué fue todo eso?
él suspiró con resignación y ternura.
—Le hice la promesa de… Y desde entonces, se auto asignó el título de “segunda esposa”. Y bueno… ahora parece que para ella tú eres la tercera en la lista.
Lera no pudo evitar reírse, llevándose una mano al rostro.
—Dioses… ?Qué me espera si todas las demás también se confiesan?
Erik la miró, sonriendo.
—Lo mismo que a mí supongo: amor, caos… y probablemente muchas más interrupciones bruscas y furiosas por Suri.
Ambos rieron, y se abrazaron de nuevo, disfrutando por unos minutos más de la calma… antes de que el día comenzara oficialmente en la aldea.
Erik y Lera permanecían recostados en la cama, todavía juntos bajo la manta ligera, compartiendo el calor del cuerpo y una sensación de complicidad recién descubierta. Erik aún sentía el cuerpo suave de Lera contra el suyo, su respiración tranquila y sus pechos apretados con delicadeza contra su costado. El sol entraba en haces tenues por entre las rendijas de la madera, iluminando apenas parte del rostro de ella.
Lera no decía nada aún, pero tenía una leve sonrisa, como si estuviera recordando algo.
—?En qué piensas? —preguntó Erik, acariciándole suavemente la espalda con la yema de los dedos.
—En lo que Mika me dijo al oído anoche… antes de que saliéramos y te dejáramos solo.
Erik giró un poco el rostro, curioso.
—?Y qué te dijo?
Lera lo miró de reojo, apenas girando el rostro.
—Me dijo… “?Te gustaría dormir con él, esta noche?” —repitió en voz baja, con una peque?a risa nerviosa—. Y luego mika me explico todo lo que debía hacer antes de acostarme a tu lado.
Erik la miró, divertido y sorprendido a la vez. No dijo nada, solo deslizó la mano para tomar la suya y la apretó con suavidad.
Lera se incorporó poco después, apartando con cuidado la manta. Caminó hasta una esquina de la caba?a, donde había dejado algo cuidadosamente doblado sobre una tabla baja de madera. Lo tomó con ambas manos y, aún sin vestirse, solo llevando sus calzones, sin darse cuenta —o quizás sí— de que su posición inclinada la dejaba con una vista completa de su curvo y atractivas nalgas. Regresó hasta el borde de la cama. Sin pensarlo mucho, se inclinó para entregárselo a Erik…
Erik, con la cabeza aún sobre la almohada, parpadeó con cierto desconcierto… y tragó saliva, conteniendo una sonrisa nerviosa, después de la vista atractiva que tuvo de Lera.
—Te hice esto —dijo ella, sin notar su mirada, o haciéndose la desentendida—. Lo termine hace tiempo, y vi que ya era hora que tengas ropa nueva, echa por mi.
Le entregó con cuidado el pantalón nuevo, parecido al que usaba, de tela reforzada y cómoda para caminar y trabajar, con un dise?o algo más cómodo. Y junto a eso, una nueva polera tejida con la fibra suave, natural, muy parecida al algodón de la Tierra. El tacto era fresco, y el color, crudo que parecía atrapar la luz del día.
Erik se incorporó un poco y tomó las ropas entre las manos con asombro.
—?Esto es para mi?
—Si. Lo hice para ti.
Erik se rió bajo, tocando la tela como si fuera algo valioso.
—Esto es increíble… gracias, Lera.
Ambos se miraron, cómplices, antes de volver a recostarse unos minutos más, dejando que el momento se alargara un poco antes de tener que enfrentar al resto del mundo… y a la inevitable confusión que traería el resto del día y el almuerzo con todas las demás.
El silencio dentro de la caba?a se hizo más blando, más cálido. Erik y Lera seguían recostados uno junto al otro, abrazándose con cari?o de quien no tiene prisa. Se dieron un par de besos lentos, más cari?osos que intensos, como si quisieran memorizar la textura de los labios del otro.
Pero el mundo no se detenía, y sus deberes esperaban afuera bajo el sol.
—Tenemos que levantarnos —dijo Lera en voz baja, sin querer moverse aún.
—Lo sé… —suspiró Erik, y se incorporó lentamente, sentándose al borde de la cama.
Lera se estiró un poco y luego, sin vergüenza, comenzó a vestirse frente a él. Erik, aún sentado, trató de no parecer demasiado obvio al mirarla, pero era imposible no notar su figura. Lera no era provocativa, pero había algo en su naturalidad, en su manera segura y tranquila de moverse, que lo atrapaba. Cada curva, cada gesto, cada mechón que se recogía detrás de la oreja. Su cuerpo era algo delgado y mas femenino, una belleza suave que no pedía atención pero la atraía de todos modos.
Ella tomó sus prendas nuevas —otras que había dise?ado para poder moverse sin tener que llevar herramientas y moverse mas libre— y se la colocó lentamente, un sostén a su medida, junto con un top, ajustando la tela con destreza, como si supiera que él la estuviera viendo. Luego unos pantalones cortos que dejaban ver sus largas y algo delgadas piernas.
Erik sonrió, un poco avergonzado, y desvió la mirada a propósito. Tomó sus nuevas ropas con las manos, admirándolas una vez más antes de vestirse.
La polera le quedó perfecta. La tela era suave al tacto y fresca, y tenía un color que resaltaba su piel algo bronceada por el sol. Lera lo miró de reojo y asintió, satisfecha.
—Te queda bien.
—Se siente increíble —respondió él, girando ligeramente para mostrársela, mientras seguía sentado en la cama—. Gracias otra vez.
Y luego vino el momento más delicado: los pantalones. Erik no solía ponerse esa ropa con alguien observándolo tan de cerca. Así que, haciendo un esfuerzo por mantener su compostura, se los colocó con discreción, dándole la espalda a Lera y moviéndose con naturalidad, sin permitir que se viera “de más”.
Lera soltó una risa bajita al ver su cuidado.
—Eres muy tímido frente a mi —bromeó.
—Prefiero dejar algo para la imaginación —contestó él, lanzándole una mirada divertida por encima del hombro.
Ambos rieron suavemente, y con la complicidad de quien comparte ya algo más que miradas, salieron de la caba?a lado a lado, listos para retomar el ritmo del día… aunque con una chispa nueva en el corazón de ambos.
Al salir de la caba?a, una ráfaga suave de aire fresco les dio la bienvenida. El sol ya iluminaba el claro entre los árboles y los sonidos de la aldea empezaban a animarse con el murmullo del agua.
Más adelante, junto al sendero que llevaba hacia el sector de los cultivos, Mika los esperaba. Tenía los brazos cruzados y una sonrisa ligeramente pícara en el rostro, como si hubiese estado allí justo para “casualmente” encontrarse con ellos.
—?Durmieron bien? —preguntó, ladeando la cabeza con una expresión divertida, pero sin sarcasmo.
Lera soltó una risita nerviosa mientras se acercaba. Erik, por su parte, bajó un poco la mirada, incómodo pero feliz.
Mika se acercó a Erik y, sin decir más, le dio un beso suave en los labios. Erik lo recibió con el corazón lleno. Por un instante, los tres se quedaron ahí, compartiendo un silencio cómplice y ligero.
—?Nos vemos al mediodía para comer? —preguntó Erik, ya dándose media vuelta para partir a sus tareas.
—Sí, y por ahora… nada de decirle a las demás, ?cierto? —a?adió Mika, mirando a ambos con seriedad amable.
—Por ahora no —dijo Lera, aunque en su tono se adivinaba cierta inquietud—. Pero… Suri nos vio, y ya sabes cómo es. ?Y si va y se lo cuenta a todas?
Mika negó con la cabeza y respondió con tranquilidad.
—Ya hablé con ella. Me prometió guardar el secreto… por ahora. Aunque si te soy sincera… —miró de reojo en dirección a donde solían reunirse las mayores— …es muy probable que ellas ya lo sabrán.
Lera suspiró, entre divertida y resignada.
—Entonces más que ocultarlo, estamos haciéndonos las distraídas.
—Exacto —asintió Mika.
Erik sonrió. Agradecía en silencio esa armonía tan única entre ambas. Se despidieron con una mirada afectuosa y cada quien tomó su camino: Mika hacia el sector donde ayudaría a Hada, Lera rumbo a su taller debía limpiar y ordenar las cosas que dejo en la noche alli, y Erik, con paso firme, hacia el rio donde Becca ya debía estar cargando los cántaros con agua.
El día recién comenzaba, pero ya tenía sabor a algo nuevo… algo que no se podía esconder por mucho tiempo.
Lera llego a su taller, lista para empezar la limpieza. La noche anterior, recordaba con cierta preocupación, Mika había dejado caer unas frutas y… bueno, Erik había tropezado con ellas y terminado con un corte en el brazo.
—Perfecto… —murmuró Lera mientras entraba—. Hoy sí que me toca limpiar todo ese desastre.
Pero apenas puso un pie dentro, se detuvo. Todo estaba impecable. Ni una fruta aplastada en el suelo, ni el más mínimo indicio del tropiezo de Erik. Las herramientas estaban en su lugar, todo organizado como si nada hubiera pasado.
—?Qué…? —Lera parpadeó varias veces, desconcertada—. Esto no tiene sentido…
Caminó con cuidado, mirando el piso y revisando cada rincón. No había rastro de frutas caídas, ni siquiera manchas, ni el peque?o charquito de jugo que había esperado encontrar. Su ce?o se frunció mientras su mente corría hacia la única explicación posible:
—Mika… ?seguro que fuiste tú…? —murmuró, más para sí misma que en voz alta.
Suspiró, divertida y un poco frustrada, y dejó la tela de limpieza a un lado.
—Bueno… supongo que tendré que preguntarle a Mika, y agradecerle, aunque tenga que sacar mi orgullo antes de admitirlo —murmuró, esbozando una sonrisa.
Lera se quedó un momento en el centro del taller, aún intentando procesar que no quedaba rastro de la peque?a catástrofe nocturna, y decidió que, con todo tan limpio, tal vez podía permitirse un rato de tranquilidad antes de ponerse a trabajar en su próximo proyecto.
La ma?ana transcurrió con normalidad, como si nada hubiera cambiado. Erik, aunque aún algo adolorido del corte en el brazo, no dejó de ayudar a Becca con los cántaros de agua desde el rio. La joven líder, acostumbrada ya a su presencia, solo le lanzó una sonrisa agradecida sin decir mucho, aunque sus ojos parecían observarlo con más detenimiento de lo usual, por su nueva ropa.
Erik caminaba por el sendero que serpenteaba entre los cultivos, disfrutando del aroma húmedo de la tierra recién removida y del sol suave que acariciaba su nuca. Había terminado de ayudar a Becca y una sensación de paz útil lo embargaba. Al acercarse a la parcela de Arlea, la vio a lo lejos.
Arlea estaba arrodillada, de espaldas a él, completamente absorta en su tarea. Se inclinaba sobre la tierra con una concentración feroz, sus manos envueltas con tierra removían con eficiencia las malas hierbas. La postura, tan práctica y despreocupada, acentuaba sin querer la curva de su espalda baja y el amplio arco de sus caderas, que se tensaban contra el tejido sencillo de sus pantalones cortos de trabajo con cada movimiento deliberado.
Era una figura poderosa y delicada a la vez, una estampa de fuerza vital tan inherente al lugar como la tierra misma, y que, por un instante, capturó por completo la atención de Erik, deteniendo su avance y su aliento.
él desvió la mirada rápidamente, sintiendo un calor impropio del sol ma?anero subirle por el cuello, y se obligó a fijar la vista en los surcos que ella había dejado impecables a su paso. Se aclaró la garganta, intentando que su voz no delatara la punzada de nerviosismo.
—Buenos días, Arlea… —saludó, y su sonrisa le salió un poco tensa, demasiado consciente de su propio cuerpo.
Ella alzó la cabeza lentamente y giró el torso para mirarlo por encima del hombro. Una sonrisa traviesa, cargada de complicidad, le iluminó la cara embadurnada de tierra.
—Ah, justo a tiempo, Erik. ?Vas a venir a ayudar o solo a distraerme? —preguntó, y su tono tenía una dulzura no burlona que lo dejó completamente al descubierto.
él se sintió atrapado en ese instante, como un insecto bajo una lupa. Sin poder evitarlo, sus ojos se deslizaron hacia su silueta por una fracción de segundo antes de clavar la vista en la tierra, como si de repente las raíces fueran lo más fascinante del mundo.
—Claro, a ayudar —logró decir, tratando de imbuir sus palabras de una firmeza que no sentía—. Aunque estas plantas… parecen necesitar manos expertas. Como las tuyas.
Arlea no respondió de inmediato. En lugar de eso, se enderezó con un movimiento fluido que hizo crujir la tela de su ropa de trabajo y se giró un poco más hacia él, apoyando una mano en la cadera.
—?Manos expertas, eh? —repitió, y su sonrisa se amplió, mostrando un hoyuelo que él no había notado antes—. Bueno, espero que estés listo para ensuciarte las tuyas. De arriba a abajo.
Ambos se arrodillaron entre las hileras, sumergiéndose en el trabajo. O, al menos, Arlea lo hizo. Erik intentaba concentrarse en arrancar malas hierbas, pero cada vez que ella se inclinaba delante de el, cada vez que el movimiento de sus brazos hacía destacar la fuerza de sus hombros o la curva de su cintura, él sentía que el calor le subía otra vez por la nuca. Intentaba disimularlo frotándose la frente con el dorso de la mano, como si el sol lo achicharrara.
—Oye, Erik —dijo ella en un tono cantarín, sin dejar de trabajar—. ?Seguro que me ayudas o solo te quedaras solo viéndome hay atrás?
él se atragantó con su propia saliva y farfulló una negativa.
—?Qué va! Solo estaba admirando tu... técnica. Eres muy… metódica —improvisó, se?alando torpemente un montón de hierbajos que ella había arrancado.
Arlea se rio, un sonido claro y cálido que pareció dispersar la tensión.
—Metódica. Claro —asintió con exagerada solemnidad—. Pues pon tus métodos a trabajar, “experto”, que estas hierbas no se quitaran solo con miradas.
—?Hey, que yo sé trabajar! —protestó él, fingiendo indignación mientras finalmente lograba concentrarse en el trabajo, aunque no pudo evitar devolverle la sonrisa.
Trabajaron así un rato, entre risas, comentarios juguetones y miradas cómplices. La tensión entre ellos era palpable, pero envuelta en humor y diversión, mientras la tierra, el sol y la cercanía convertían un simple trabajo en los cultivos en un momento especial.
—Creo que estas plantas nos deben un aplauso —dijo Erik al terminar la sección, con una sonrisa cansada—. Aunque creo que aprendí más de ti que de mis propias manos.
Arlea se rió suavemente, empujándolo con el codo de manera amistosa:
—Siempre intentando halagarme, ?eh? ?Pero me gusta!
Y entre risas y coqueteo, los dos se levantaron, dejando atrás la tierra removida, pero con la sensación de que habían sembrado algo más que plantas ese día.
Finalmente, llegó la hora de la comida.
Las chicas se acomodaban como siempre en torno al espacio común, con platos compartidos entre ellas, charlas sueltas y el bullicio cotidiano de la aldea. Erik tomó su lugar habitual, pero algo llamó la atención de varias: Mika se sentó sin dudar a su izquierda, y apenas unos segundos después, Lera se acomodó a su derecha… algo totalmente fuera de lo común. Lera nunca se sentaba tan cerca de él, al menos no tan directo y sin rodeos.
Las demás intercambiaron miradas curiosas. Hada fue la primera en fruncir el ce?o con una ceja alzada. Arlea solo bajó la cabeza, disimulando la atención que prestaba. Becca mascó más lento, mientras entrecerraba los ojos.
Erik, Mika y Lera actuaban con naturalidad… o al menos lo intentaban. Entre los tres habían acordado no decir nada a las demás por ahora. Las emociones aún estaban frescas y, más que esconder, solo querían disfrutar del momento sin crear revuelo.
Pero no contaban con el elemento más impredecible de todos.
Suri apareció con su plato en las manos, caminando con decisión hacia donde estaba Erik. Su plan habitual era sentarse justo a su lado —como era siempre desde que llego, siempre lo hiso, y la prometida oficial número dos que se había autoproclamado—, pero al llegar, se detuvo de golpe. Mika a un lado. Lera al otro. Sin espacio para ella.
—?Qué…? —frunció el ce?o.
Algunas miradas de las mayores se volvieron hacia ella, expectantes.
Suri lo miró con desdén, luego bajó la vista al suelo, y durante unos segundos pareció estar a punto de gritarle a Lera que le de campo. Pero entonces, se le encendió una chispa traviesa en los ojos.
—Bueno… —pensó con voz teatral, mirando un espacio especial y vacío —. Si no hay lugar al lado de mi esposo… ?entonces me sentaré allí!
Y con la agilidad de una cabra, se subió de un salto a su regazo, acomodándose con orgullo.
—?Así está mejor! —declaró mientras comenzaba a comer.
Erik se quedó paralizado por un segundo, Mika se llevó una mano al rostro, conteniendo la risa, y Lera, sorprendida, bajó la mirada pero no pudo evitar sonreír al ver el gesto de Suri… sobre todo porque la ni?a, aunque no dijera nada, giraba de vez en cuando su cabecita para mirarla fijamente con una expresión de clara advertencia: "Eres la tercera."
Las mayores, sentadas más allá, lo veían todo con media sonrisa.
—Lo está marcando como su territorio —murmuró Jerut, divertida.
—?Y quién marcará a la ni?a cuando le toque? —respondió Alisha, cruzándose de brazos.
—El caos comienza —a?adió Jaia en tono solemne, aunque con los ojos chispeantes.
Mientras tanto, el resto de las chicas compartía miradas cruzadas. Tragaban en silencio, mientras otras susurraban sin apartar los ojos del insólito trío que ahora compartía una misma línea alrededor de Erik: Mika a la izquierda, Lera a la derecha y Suri encima.
Erik solo suspiró, resignado, aunque con una sonrisa peque?a de felicidad. No podía negar que, por caótica que fuera esta nueva etapa… le gustaba. Mucho.
Tras el almuerzo, poco a poco las chicas comenzaron a dispersarse, algunas yéndose hacia sus caba?as, otras al refugio común de sombra cerca. El calor, aunque no tan agobiante como días atrás, se sentía más pegajoso ese día, y hasta Erik notó cómo el cuerpo le pedía reposar. Las mayores, sabias como siempre, ni se molestaban en insistir: todas sabían que esas horas eran para esperar a que el sol bajara.
Erik, en cambio, tomó otro rumbo. Se despidió con un gesto de cabeza, cruzando miradas cómplices con Mika y Lera, y caminó en dirección a su caba?a. Una vez adentro exhaló con algo de alivio. Agradecía esos momentos de calma, no solo para descansar, sino para continuar con su gran proyecto: una bomba de agua manual completamente hecha de madera.
En un rincón ordenado, cubierto con una tela, guardaba las piezas que ya había tallado. Algunas eran de maderas más suaves, ideales para los interiores móviles; otras, mucho más duras y resistentes, para los mecanismos que soportarían más presión. Había tardado semanas en reunir los materiales adecuados, pidiendo ayuda indirecta a Arlea para encontrar la veta exacta de una raíz fuerte, o a Lera para que le consiguiera cuerdas de fibras vegetales más resistente.
Se sentó en su peque?o banco de trabajo, alzó una de las piezas más delicadas —una especie de émbolo de madera con un aro perfectamente redondo— y la giró en sus manos. Acarició los bordes como si fueran parte de un recuerdo querido.
—El abuelo estaría orgulloso —murmuró para sí.
Recordaba bien esas tardes largas, donde su abuelo le ense?aba a desmontar y limpiar la bomba metálica del campo. Cómo le explicaba que todo debía encajar justo, sin holguras. Que el agua, como la vida, siempre encontraba el camino más fácil… por eso había que saber guiarla.
Mientras trabajaba con su cuchillo de tallado, haciendo los últimos ajustes en la junta de madera, se preguntaba si esta bomba funcionaría igual. No buscaba reemplazar el método de regado de Arlea, sino facilitar el trabajo de llevar el agua a la aldea.
Mientras ajustaba una de las piezas del cilindro exterior, escuchó pasos entrando suavemente.
—?Erik? —Becca asomó la cabeza, seguida de cerca por Hada.
—?Qué haces aquí encerrado? —preguntó Hada, dando un paso dentro.
—Trabajando —respondió él, mientras tomaba la parte superior del cilindro de madera.
Pero justo cuando iba a ajustarla, Hada, curiosa, se acercó demasiado.
—?Qué es eso? ?Una trampa? —preguntó, estirando una mano para se?alar algo.
Erik, sorprendido por el movimiento repentino, perdió momentáneamente el equilibrio del ensamblaje. La pieza exterior, ya con una peque?a fisura que había ignorado, crujió con un estallido seco… y se partió en dos.
—?Ay! ?Lo rompí! —exclamó Hada, dando un paso atrás con ojos abiertos como platos.
—No, no… —Erik negó enseguida con una sonrisa tranquila, levantando las manos para calmarla—. Creo que usé una madera que no era la correcta para esa parte y se rompió. Tranquila.
Becca se agachó a su lado y levantó uno de los fragmentos rotos.
—?Pero qué es esto?
—?Para qué sirve? —preguntó Hada, aún con el ce?o fruncido de culpa.
Erik se acomodó y les hizo una se?a para que se sentaran a su lado. Ambas lo hicieron, con curiosidad.
—Es una herramienta que, con una palanca y un sistema de válvulas, puede extraer agua desde el rio o el lago. El agua saldría por un conducto y podría dirigirse a cualquier parte… por ejemplo, a los cultivos.
—?Cómo un rio que se mueve? —preguntó Becca.
—Más o menos. Pero requiere presión y válvulas bien hechas. Yo ayudaba a mi abuelo a reparar una de metal, y he estado intentando hacer una solo con madera y fibras vegetales. No será perfecta, pero puede funcionar.
Hada parpadeó, impresionada.
—?Todo eso para no tener que llevar el agua con los cantaros?
Erik asintió.
Hada se quedó en silencio, con la mirada fija en la estructura. Luego, casi en un susurro, dijo:
—Tú siempre estás haciendo cosas para ayudarnos…
Erik se encogió de hombros con modestia.
—Lo hago porque quiero. Esta es mi casa ahora.
—Además Arlea no quiso que cavara un canal desde el rio hasta los cultivos. Le parecía que podía da?ar el suelo y afectar cómo crecen las plantas. Así que pensé… ?y si llevo el agua hasta ellas sin abrir zanjas?
Becca se cruzó de brazos, sonriendo con media admiración, media picardía.
—Nos quejamos de que te encierras a veces, pero ahora empiezo a entender por qué. Estás construyendo cosas que ni imaginamos.
—Todavía no cantes victoria —respondió él, riendo un poco—. Se rompió una de las piezas más importantes.
—Te ayudaremos a tallar otra —dijo Hada, más animada.
Erik sonrió, agradecido. Miró los fragmentos en su mano, y luego a ellas dos.
—Trato hecho.
Con el calor ya bajando y una leve brisa refrescante entrando desde el este, todos decidieron que era momento de salir hacia el bosque frutal. El proyecto de la bomba quedaría para otro momento. Erik, aunque todavía entusiasmado con la idea, sabía que encontraría una mejor madera allá y, más importante aún, quería compartir el momento con ellas.
Mika, Becca, Hada y Erik se dirigieron con cestos en mano. El bosque estaba particularmente fragante ese día, con el aroma dulce de frutos maduros flotando en el aire. Las hojas brillaban aún húmedas por el sudor del día, y el sonido de los pájaros formaba un fondo alegre al crujir de sus pasos.
—Becca, ?recuerdas ese árbol con las frutas naranjas grandes que encontramos la semana pasada? —preguntó Hada, mirando a los costados.
—Sí, creo que está más allá de esos matorrales. Vamos juntas —respondió Becca, con su habitual tono firme pero amable.
Mientras las chicas comenzaban a recolectar, Erik se centraba en observar las maderas de algunos árboles caídos. Tocaba los troncos, inspeccionaba la textura, la dureza de algunas ramas secas caídas… pero sin alejarse demasiado del grupo.
Fue en medio de una de esas revisiones cuando escuchó un grito ahogado.
—?Hada, ten mas cuidado! —gritó Mika.
Hada, con su usual entusiasmo impulsivo, se había subido a una rama para alcanzar un fruto alto, pero al hacerlo piso una rama grande y seca que se partió de golpe y cayó justo donde Becca estaba agachada recogiendo frutos.
Erik, sin pensar, corrió.
—?Becca!
En un movimiento rápido, la abrazo y empujó hacia un lado y la protegió con su cuerpo justo antes de que la rama la golpeara. Ambos cayeron entre las hojas, él abajo y ella sobre él, con los ojos muy abiertos y la respiración agitada.
—?Estás bien? —preguntó Erik, con una mano en su espalda para evitar que se golpeara con algo más.
Becca parpadeó, aún sin procesar.
—Sí… sí, estoy bien. ?Y tú? —respondió, mirándolo con preocupación.
Erik asintió, pero soltó una peque?a mueca de dolor.
—Recibí parte del golpe en la espalda. Pero no es nada grave.
Becca lo miró con más atención. Sus manos se apoyaban en el pecho de Erik, y por un momento pareció dudar si moverse o no. Finalmente se incorporó, ayudándolo a sentarse.
—?Erik! —Mika llegó enseguida, seguida de una Hada muy avergonzada—. ?Estás herido?
—Nada serio. Solo un golpe. Estoy bien.
Becca, que aún estaba muy cerca, giró su cuerpo y miró el área afectada. Mika también se arrodilló a su lado.
—Déjanos ver —dijo Mika con un tono que combinaba autoridad y cari?o.
Erik se levanto la parte trasera de la polera con algo de dificultad. Ambas chicas se acercaron más. El golpe había dejado una marca rojiza que comenzaba a oscurecerse.
—Tendrás un buen moretón —dijo Becca en voz baja.
—Te salvó. —Mika miró a Becca con una mezcla de respeto y un peque?o dejo de celos—. Si no, te hubiera golpeado la rama directo en la cabeza.
Hada se acercó también, con la cabeza gacha.
—Lo siento… fue mi culpa. No miré bien las ramas antes de pisar…
—Tranquila, Hada —dijo Erik, sonriendo a pesar del dolor—. Fue un accidente. Nadie está herido grave, eso es lo importante.
El grupo se tomó un momento en silencio. Las chicas se miraban entre sí con emociones cruzadas: preocupación, gratitud, y una complicidad creciente que ya no necesitaba palabras.
—?Te parece si después de terminar recogemos algunas hojas medicinales? —sugirió Becca—. Haré una compresa para ese moretón.
—Buena idea —agregó Mika, aún acariciando la espalda de Erik como si quisiera transferirle alivio.
Erik asintió, y con una sonrisa tranquila se puso de pie con ayuda de Mika y Becca.
Mika observó la escena en silencio, viendo cómo Becca. La ternura en sus gestos, la forma en que lo miraba… la hicieron pensar.
—"Vamos, Becca… solo tienes que decirle. Si lo sientes, dilo."
Pero no dijo nada. Solo sonrió y caminó un poco más allá, para seguir recolectando. Becca, aún algo nerviosa, se mantuvo cerca de Erik por el resto de la tarde, y Hada, con sentimiento de culpa, no se volvió a distraer.
El grupo volvía a la aldea cuando el sol ya se ocultaba tras los árboles. Las cestas llenas de frutas rebotaban con cada paso, y las risas se mezclaban con alguna que otra queja de cansancio. Becca, sin embargo, iba algo rezagada, recogiendo de paso unas hojas y raíces que reconocía como útiles para aliviar golpes.
Lera los estaba esperando cerca del camino, con las manos en la cintura, y al ver a Erik caminando con el cuerpo algo torcido frunció el ce?o.
—?Qué pasó ahora? —preguntó en voz alta, caminando hacia ellos con rapidez.
Antes de que Erik pudiera responder, Lera miró a Hada, que bajó la mirada de inmediato.
—Fue mi culpa... —murmuró Hada, incómoda—. Una rama cayó y Erik se tiró para salvar a Becca…
Lera suspiró profundo, pero no dijo nada más. Su mirada bastó para que Hada entendiera el mensaje: más cuidado la próxima vez.
—Ven, Lera. Ayúdame a preparar una pomada para él —dijo Becca con tono firme, y ambas se retiraron con las hierbas en la cesta de Becca.
Hada también se alejó en silencio, visiblemente apenada.
Erik se quedó solo unos segundos, pero Mika no tardó en acercarse. Le tomó la mano con suavidad y, sin decir nada, lo miró con ternura. Luego lo besó en los labios con cari?o. Fue un beso suave, amoroso, que terminó con una peque?a sonrisa mientras lo acompa?aba hasta su caba?a.
—Cuídate, y descansa —le dijo antes de irse, regalándole unos cuantos besos más, peque?os, en la mejilla, la frente y otra vez en los labios.
Ya solo, Erik se quitó los zapatos y se tumbó boca abajo en su cama, sabiendo que si lo hacía boca arriba, el dolor en su espalda lo molestaría más.
Un par de horas después, Becca entró con una peque?a vasija de barro.
—?Puedo ayudarte con esto? Es para que el golpe no se hinche demasiado…
Erik dudó un segundo, pero asintió con una sonrisa cansada. Se incorporó para quitarse la polera y luego volvió a tumbarse boca abajo. El aire fresco de la caba?a le rozó la piel.
Becca se sentó a su lado, mojó las yemas de los dedos en la mezcla y comenzó a frotar con lentitud la espalda de Erik. Sus dedos recorrían cada músculo con cuidado, notando la tensión, los nudos, y también… algo más.
Cuando llegó a la parte baja de su espalda, Becca se detuvo. Allí, había cicatrices. Las había visto de lejos, pero ahora estaba tan cerca que las vio a detalle. Viejas, mal cicatrizadas, irregulares. No eran rasgu?os de ramas ni marcas de animales. Eran rectas, frías. Humanas.
Becca se inclinó un poco más. No las tocó, pero su respiración se volvió más lenta. Dudó. Quiso preguntar, pero algo en su pecho le dijo que no era el momento. Erik, que no había dicho nada hasta entonces, habló con voz baja.
—Fue en la Tierra… —dijo, sin girarse.
Un silencio breve, pero cargado, cayó entre ambos.
Becca bajó la mirada. Su mano, ahora más cuidadosa, volvió al trabajo. No dijo nada, pero su gesto habló por ella: “Cuando quieras hablar de eso, estaré aquí.”
Erik lo sintió. Y lo agradeció.
Becca continuó frotando con delicadeza la espalda de Erik, concentrada en su tarea. Cada movimiento de sus dedos estaba cargado de cuidado. Ya no era solo medicina lo que aplicaba, sino un gesto lleno de afecto.
No notó cuándo exactamente se durmió, pero en algún momento Erik dejó de responder con sus peque?os suspiros de alivio y simplemente quedó en silencio. Su respiración se volvió profunda, rítmica. Dormía.
Becca se quedó un momento en silencio, observando la manera en que su espalda subía y bajaba con cada respiración. El calor del día, el trabajo en el bosque, y la medicina sobre la piel hicieron su efecto.
Mientras recogía la vasija y se preparaba para irse, lo oyó murmurar entre sue?os. Palabras apenas susurradas, sin forma clara para ella. Eran trozos de frases, quizás recuerdos de su ni?ez, algún rincón feliz de su pasado. No parecían pesadillas. Su expresión era serena.
Becca lo miró un instante más. Sintió que, por unos minutos, estaba más cerca de él que nunca. Se inclinó con cuidado, tratando de no despertarlo, y le dijo junto al oído:
—Te amo, Erik…
Luego le dio un beso suave en la mejilla. No esperaba respuesta. Solo necesitaba decirlo. Una vez, aunque él no pudiera oírlo.
Becca se quedó unos segundos más junto a Erik, en silencio. él dormía tranquilo, el rostro relajado por fin. Acarició apenas su espalda con los dedos, como si pudiera transmitirle lo que aún no se atrevía a decirle en voz alta. Ya se lo había susurrado, creyendo que no la oía… y tal vez así estaba bien.
Sabía lo de Mika. Lo había entendido desde hacía días. Lo veía en cómo se miraban, en cómo Mika se tocaba el cabello al acercarse a él, en la calma que compartían cuando creían que nadie los notaba. Y Becca no los odiaba por eso. Solo intentaba guardar lo suyo en silencio, como si sus sentimientos fueran flores que aún no se animaban a florecer del todo.
Cuando escuchó pasos cerca de la entrada, se incorporó rápidamente. Hay estaba Mika parada en la entrada.
—Ah… Mika —dijo con una peque?a sonrisa, procurando que su voz sonara natural—. Ya le puse pomada, pero dentro de unos minutos habrá que limpiarla.
Mika la observó con una mirada tranquila, suave.
—Yo lo haré —respondió simplemente—. Ve a descansar. Yo me quedo un rato con él.
Becca asintió. No a?adió nada. Acarició una vez más la espalda de Erik, y salió con pasos lentos, en silencio.
Mika se acercó a Erik y se sentó a su lado. No dijo nada. Solo dejó escapar un suspiro leve, como si entendiera más de lo que nadie decía.
Miró su espalda. No dijo nada. Solo posó una mano con suavidad sobre ella. Como si pudiera sentir ahí no solo el dolor de Erik… sino también la ternura que empezaba a rodearlo desde varios corazones.
Mika esperó unos minutos, en silencio, junto a Erik. No quería despertarlo, pero sabía que debía retirar la pomada para que su espalda no se irritara más. Se arrodillo despacio y mojó un pa?o suave con agua fresca. Con paciencia y manos cuidadosas, fue limpiando su espalda, retirando los restos de la mezcla que Becca y Lera habían preparado.
Erik no se movió. Dormía profundamente. Solo su respiración pausada y el leve movimiento de su pecho se mostraban que seguía en calma.
Mika sonriendo con ternura. No sabía si él había escuchado lo que Becca le susurró antes de irse. Tal vez no. Pero ella sí lo había escuchado… y eso la hacía feliz. No porque sintiera celos, sino porque comprendía que el amor que Erik despertaba era real, y merecía ser compartido.
Cubrió su espalda con una manta liviana, asegurándose de que quedará cómodo. Lo observará un momento más, preguntándose si debía quedarse allí, a su lado, como otras noches. Pero algo en su expresión la detuvo. Parecía tan en paz, tan vulnerable.
Mika se inclinó y le dio un beso leve en la sien, como quien guarda un secreto.
— Duerme bien… amor mío —murmuró.
Se puso de pie y salió en silencio, sin hacer crujir el piso. Al cruzar el umbral, se detuvo un instante y miró hacia las estrellas que se asomaban entre las ramas.
—“ Ojalá Becca no tarde mucho… o Hada, o Arlea. él merece saber cuánto lo quieren. Y nosotras también merecemos decírselo…”
Sonrió, y se alejó en la noche cálida, dejando que Erik descansara en la serenidad de ese amor que crecía, sin que él aún supiera cuán grande podía llegar a ser.
nueva ropa de Lera cuando no tiene que trabajar con herramientas ropa de erik y si se preguntan por sus zapatos no los usa cuando esta en la aldea ya están algo desgastados y los cuida, solo las usa cuando sale de la aldea

