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Capítulo 9: Después del amor, la paz

  El ambiente dentro del taller de Lera era íntimo y acogedor. El familiar aroma a madera húmeda, tintes vegetales y tierra se mezclaba con el calor tranquilo de cinco cuerpos reunidos. Las telas de colores colgadas de las vigas, los cojines esparcidos por el suelo y las canastas de materiales creaban un nido improvisado que, por esa tarde, se había convertido en algo más que un lugar de trabajo: era su santuario secreto , el lugar donde se tejían los hilos invisibles de su peculiar familia.

  Después del torbellino emocional del almuerzo y de la valiente y pública confesión de Arlea , el aire en el taller era distinto. Las risas nerviosas y los murmullos expectantes del comedor se habían aquietado, dando paso a un silencio cargado de significancia ya palabras medidas, surgidas desde lo más hondo.

  Mika fue la primera en romper el hielo, sentándose en el suelo con las piernas cruzadas con la naturalidad de una sacerdotisa convocando a su círculo.

  —Bueno… —comenzó, y su voz, era ahora serena y conciliadora— ahora ya no hay secretos . Somos todos. Cinco mujeres enamoradas del mismo hombre. Y él… lo está de nosotras.

  — Y aunque el mundo de Erik, no lo entendería jamás… aquí, bueno funciona —agregó Lera , acurrucándose sobre un cojín—. Porque lo queremos sin egoísmo . Sin querer acaparar. El truco está en organizarnos… y, sobre todo, en entendernos.

  Becca jugueteaba con un hilo suelto, sus dedos reflejando la agitación que aún sentía por dentro.

  — Yo quiero estar con él. Pero no de golpe. —confesó en voz baja, pero clara—. Quiero dormir a su lado… que me abrace hasta quedarme dormida. Sentir que me quiere así. Ya no tengo miedo… pero quiero que ese paso lo dé cuando mi corazón esté listo , no antes.

  Arlea , generalmente tan reservada, se movía con una calma recién descubierta que sorprendió hasta a ella misma.

  —Yo también. Quizás espere unos días… para que el susto de hoy se asiente —dijo, con un atisbo de sonrisa—. Pero ya sé lo que quiero. Y quiero vivirlo con él… como ustedes ya lo han hecho. Pero a mi ritmo.

  Hada las observaba a todas, su expresión era un espejo de paz y aceptación.

  —No hay turnos obligatorios. Ni días rígidos. —declaró, su voz un suave mantra que calmó los últimos nervios del ambiente—. Si una de nosotras quiere pasar la noche con él, lo dice. Si otro solo quiere compartir un abrazo largo y una conversación, también. Se habla . Con calma y con honestidad.

  —Como el mismo Erik nos ha ense?ado —a?adió Lera con una sonrisa tierna—. No hay prisa. él está dispuesto a esperar a cada una. A cuidar de cada una.

  Mika recorrió con la mirada a cada una de las mujeres que formaban su mundo, su corazón expandiéndose con un amor que ya no era solo por Erik, sino por ellas también.

  —Entonces… lo compartiremos —dijo, y las palabras sonaron a juramento—. No como si fuera una fruta que hay que repartir en porciones. Sino como alguien que nos ama por entero a cada una. Y a quien nosotras amamos sin tener que dividirlo.

  Hubo un asentimiento unánime, un movimiento casi imperceptible de cabezas que selló el pacto más importante de sus vidas. No se necesitaron aplausos ni gritos. Solo miradas que se encontraron, sonrisas tímidas que se transformaron en seguras, y las manos que, casi sin pensarlo, se buscaron y entrelazaron en el centro del círculo.

  Esa tarde, las cinco dejaron de ser simplemente mujeres enamoradas del mismo hombre. Se convirtieron en hermanas de alma, unidas por un vínculo forjado en la confianza, el respeto y una esperanza feroz por un futuro que construirían juntas.

  Sabían, con una certeza que les calentaba el pecho, que habría momentos difíciles. Que los celos, las dudas y las emociones encontradas asomarían la cabeza. Pero mirándose a los ojos, sintiendo la fuerza del círculo que formaban, supieron que estaban listas. Listas para enfrentarlo todo juntas.

  Suri había visto a las chicas entrar al taller de Lera con esa seriedad concentrada que delataba una conversación importante. Corrió hacia allí, impulsada por la curiosidad y ese deseo innato de ser incluida en todo lo que hacían "las esposas". Pero antes de que pudiera cruzar el umbral, una mano suave pero firme se posó sobre su hombro.

  Era Jaia. La anciana le sonrió con una ternura infinita y, sin mediar palabra, la guio hacia un banco de piedra que estaba bajo la sombra fresca de un árbol antiguo. Alisha y Jerut ya estaban allí, como si hubieran estado esperándola. Una tejía con hilos de lana de colores vibrantes y la otra removía una infusión de hierbas cuyo aroma calmante flotaba en el aire.

  —?Por qué no puedo estar con ellas? —preguntó Suri, con un leve puchero que no lograba ocultar su decepción.

  —Porque lo que están hablando… en este momento es solo para ellas —explicó Alisha con su voz melodiosa—. Pero eso no significa que tú no merezcas tu propia conversación. Una igual de importante. Porque el día llegará, Suri, en que esos temas también serán tuyos que contemplar.

  Suri se sentó en el banco, la curiosidad reemplazando al enfado. Su mirada, aguda y perceptiva para sus nueve a?os, se posó en ellas.

  —?Tiene que ver con Erik y con las demás? —preguntó, directa como siempre.

  —Sí —confirmó Jerut, sin adornos—. Y tiene que ver, sobre todo, contigo.

  Jaia se arrodilló frente a ella, hasta quedar a su altura. Sus ojos, llenos de la sabiduría de décadas, miraron a los de la ni?a sin condescendencia, sino con un respeto profundo que hizo que Suri se enderezara.

  —Tú nos dijiste, con toda la seguridad del mundo, que eras la segunda esposa —recordó Jaia—. Y lo creemos. Pero, peque?a, ?sabes realmente qué significa ser la esposa de un hombre? Más allá de los besos y los abrazos.

  Suri frunció el ce?o, sumida en un pensamiento profundo. No era una pregunta que se le hubiera ocurrido.

  —Significa… amarlo. Darle besos que saben a cari?o verdadero. Dormir abrazados para no tener frío… —hizo una pausa, buscando en su interior— …y cuidarlo. Como él nos cuida a nosotras.

  —También —asintió Alisha con una sonrisa—. Eso es una parte muy grande y muy bella. Pero hay otra… una que involucra a los cuerpos de manera diferente. Lo que ocurre en la intimidad más profunda entre un hombre y una mujer que se aman. Lo que los une de una manera que va más allá de un abrazo. —Y así comenzaron a explicarle lo que significa estar con un hombre, con un esposo que se ama.

  Suri enrojeció ligeramente, un rubor que le subió desde el cuello hasta las puntas de las orejas. No por vergüenza, sino por una confusión reverente. Escuchando las explicaciones de las mayores, pero no se apartó. Pero escuchó, con una atención solemne que era conmovedora en alguien tan joven.

  —No estás lista para eso aún, Suri —dijo Jaia, acariciándole la mejilla con sus dedos arrugados—. Y eso está bien. El amor verdadero nunca se apresura. Nunca se exige. —Hizo una pausa, permitiendo que las palabras calaran—. El día en que tu cuerpo y tu corazón crezcan y te digan que es el momento de dar ese paso… tú lo sabrás.

  —No porque Mika o Lera te lo digan, sino porque lo sentirás aquí —y posó su mano sobre el peque?o pecho de Suri—. Hasta entonces, puedes amar a Erik de todas las otras maneras maravillosas en que ya lo haces. Y él te ama a ti, exactamente como eres ahora.

  Suri bajó la cabeza por un momento, procesando. Cuando la alzó, sus ojos brillaban con una ligera capa de lágrimas que no derramó.

  —Yo solo… no quiero que me deje atrás —confesó en un susurro que sonó enormemente vulnerable.

  Jerut soltó una risa suave y cálida.

  —?Ese hombre no deja atrás a nadie, ni?a! Mira todo lo que ha hecho por esta aldea, por cada una de nosotras. —Se inclinó hacia ella—. El amor… es como una semilla. No se riega igual un brote recién nacido que un árbol frondoso. Tu plantita de amor acaba de germinar. Y eso… —a?adió, con un gui?o— es tan valioso como el árbol más viejo del valle.

  Suri respiró hondo, como si esas palabras le hubieran quitado un peso que no sabía que cargaba. Una paz serena se apoderó de su rostro.

  —Entonces… —dijo, su voz recuperando su tono decidido— ?está bien si por ahora solo lo abrazo muy fuerte y le doy besos en la mejilla?

  Las tres mayores sonrieron, y su respuesta fue un coro perfecto de voces llenas de amor:

  —Está perfecto.

  Y con esa verdad simple pero profunda resonando en su corazón, Suri entendió. Su lugar no estaba en competir por un amor que creía medirse en noches o besos robados. Su misión era dejar que el suyo creciera a su manera, a su tiempo. Y eso, supo instintivamente, era más que suficiente, por ahora.

  El aire dentro del taller de Lera era denso, pero no incómodo. Estaba cargado con el aroma a tintes, madera y confianza. Las cinco chicas formaban un círculo íntimo sobre cojines y pieles, y la conversación había tomado un giro que hacía que el ambiente se sintiera a la vez íntimo y electrizante.

  Arlea estaba más tensa que de costumbre, pero no por incomodidad, sino por una atención aguda que la hacía estar al borde de su asiento. Becca, en cambio, se mantenía en un silencio profundo, con la mirada baja pero absorta, absorbiendo cada palabra como si fuera agua en el desierto.

  Hada, sentada con las piernas recogidas junto a Lera, rompió el hielo de la nueva etapa de la conversación con su calma característica.

  —Yo estuve, esta madrugada —confesó, y un rubor delicioso le subió hasta las orejas mientras jugueteaba con un fleco de la alfombra—. Estábamos a punto de… ya saben… —hizo un gesto vago pero elocuente con la mano—. Pero entonces llegó Suri. Y tuvimos que parar.

  Mika se echó a reír, un sentimiento bajo y cargado de experiencia.

  —?A mí también me pasó! Una vez entró sin avisar justo en el… momento crucial —dijo, y todas entendieron perfectamente—. Erik se asustó tanto que se cayó de la cama envuelto en la manta como un pedazo de carne envuelta en hojas. Me enojé tanto que le grité… y luego me sentí la peor persona del mundo. Ella solo es… Suri.

  —Lo sé —dijo Hada, asintiendo con una sonrisa comprensiva—. Pero ese momento de frenazo también me hizo pensar. No hay que apurarse. él no lo hace. Solo nos abraza si lo deseamos. Nos cuida. Nos espera.

  Becca alzó la vista lentamente, como si le costara un esfuerzo físico enorme. Su voz fue un hilo de sonido.

  —?Y… si yo aún no puedo? —preguntó, casi inaudible—. ?Si solo quiero… quedarme abrazada? ?Sentir que todo eso es suficiente por ahora?

  Lera se inclinó y le tomó la mano con una calidez que era un bálsamo.

  —Eso está bien, Becca. No hay un orden que seguir. No hay una obligación oculta. Yo dormí con él muchas, muchas noches antes de siquiera pensar en ir más allá. Lo importante es que cuando tú lo sientas… lo hagas sin un ápice de miedo. Erik nunca te forzará. Nunca.

  Arlea asintió con vigor, encontrando por fin su voz.

  —Yo deseo estar con él. De verdad. Pero aún siento que necesito ese primer paso… el de estar cerca, abrazarlo, dormir a su lado y sentir que es mío de esa manera. Eso me basta por ahora.

  —Y eso será suficiente —declaró Hada con una firmeza tranquilizadora—. él ya lo dijo claramente: nos esperará.

  Mika suspiró profundamente, y por primera vez esa tarde, una sombra de culpabilidad cruzó su rostro.

  —?Saben? A veces me siento la más afortunada… pero también un poco culpable. Porque yo fui la primera. Porque sé cosas que ustedes aún no. Porque vi cosas que ustedes aún no han visto. Y porque sé lo especial y hermoso que es ese momento… y sé que todas lo anhelan.

  —No tienes que sentir culpa —la interrumpió Lera con suavidad—. Tú abriste el camino. Y si Erik no hubiera vivido ese primer amor contigo… quizás nunca se habría atrevido a amar al resto.

  Becca sonrió, por primera vez esa tarde, una sonrisa tímida pero genuina que le iluminó los ojos.

  —Gracias… por no hacerme sentir fuera de lugar. Quiero estar con ustedes. Quiero compartir esto. Solo… necesito hacerlo a mi tiempo.

  —Y cuando llegue ese momento —dijo Arlea, lanzándole una mirada de complicidad—, seguro también los interrumpe Suri —agregó con una risa suave y contenida.

  La tensión se rompió. Todas estallaron en carcajadas, liberando la energía nerviosa que las había mantenido tan serias. El taller se llenó de un sentimiento alegre y complicado.

  Fue en medio de esa risa contagiosa que Becca, con las mejillas aún encendidas pero con un valor nuevo en la voz, se volvió hacia Mika.

  —Oye, Mika… —dijo, mordiéndose levemente el labio—. Ya que mencionaste eso de… saber y ver cosas que nosotras no… yo tengo una pregunta. Bueno… varias.

  Mika arqueó una ceja, una sonrisa pícara y abierta dibujándose en sus labios.

  —?Varias?

  —Sí —intervino Arlea, cruzando los brazos como para protegerse, pero sin poder disimular su curiosidad—. Es que… bueno… ya que tú y Erik… ya sabes… lo han hecho… nos da curiosidad. Solo curiosidad.

  Lera se cubrió la boca para ahogar una risita, mientras Hada las observaba con una expresión de diversión y comprensión infinita.

  —Queremos saber cómo es —continuó Becca, encontrando coraje en el anonimato del grupo—. O sea, no el cómo se hace, eso más o menos lo sabemos. Pero… ?Cómo se siente? ?Duele? ?Es raro?

  Mika se enderezó, adoptando un aire de experta condescendiente y cari?osa. Por un momento, pensó en cómo articularlo sin avergonzarlas más de lo necesario.

  —Pues… —empezó, buscando las palabras—. Sí, la primera vez es raro. No por él. Erik fue increíblemente tierno. Me preguntó muchas veces si estaba bien. Pero, claro… cuando él… entra… se siente una presión intensa. Como si algo muy íntimo se estirara por dentro. Es fuerte, pero… no duele si se va despacio. Bueno, casi no.

  —?Y es verdad lo que nos contaron las mayores? —preguntó Arlea, bajando la voz hasta casi un susurro—. Que su… parte… cuando él siente deseo, se… agranda. Y se pone… ?dura?

  Mika soltó una carcajada, ahora sin poder contenerse.

  —?Sí, es cierto! Al principio me asusté un poco, no les voy a mentir. No me lo esperaba tan… así. —Hizo un gesto con las manos que hizo reír a todas—. Pensé que sería más… peque?o. O más suave. Pero no. Cuando está con ganas, se nota. Mucho. Se levanta solo. ?Es como si tuviera vida propia!

  Las demás rieron nerviosa y delirantemente, enterrando los rostros en las manos o en los hombros de las demás, como si el solo pensamiento las achicharrara de vergüenza y curiosidad.

  —?No exageres! —protestó Lera, aunque su voz estaba quebrada por la risa.

  —No exagero —insistió Mika, disfrutando cada segundo—. Y no es feo ni raro. Al contrario. Cuando estás con él, cuando te toca, cuando una lo toca a el… es muy bello. Es como si los cuerpos se hablaran sin necesidad de palabras.

  —Yo también lo vi… y lo toqué —confesó Hada de repente, con una serenidad que calmó las risas—. Debajo de las mantas claro. Su cuerpo… responde. Responde al deseo, al tacto, al cari?o. Y es hermoso. No me dio miedo. Me dieron ganas de abrazarlo más fuerte.

  —?Y lo viste todo? —preguntó Becca, con los ojos como platos, mirando a Mika—. ?Completo, sin ropa y de cerca?

  —Claro —asintió Mika con naturalidad—. No hay nada de qué avergonzarse. Erik ya no tiene timidez conmigo. Se deja ver por completo. Y a mí, ya me ve sin miedo, no como antes que se apartaba o corría muy lejos. Y cuando estamos juntos… —se llevó una mano al pecho, con una sonrisa que se suavizó hasta volverse tierna—, no hay vergüenza. Solo amor.

  Arlea tragó saliva audiblemente.

  Lera, aún con un rubor delator, asintió con suavidad.

  —Yo no lo he visto… así aún… —admitió—. Pero a veces, cuando se mueve dormido… lo sientes. Su cuerpo reacciona incluso en sue?os. No molesta. Solo… te hace sentir deseada.

  Hubo un silencio entonces. No incómodo, sino compartido. Un momento donde todas respiraron hondo, conscientes de la profundidad y la vulnerabilidad que estaban compartiendo.

  Becca fue la última en romperlo, su voz era un susurro lleno de asombro y esperanza.

  —Entonces… no es algo feo. Ni vergonzoso. Solo es… confianza y amor, ?no?

  Mika le sonrió y le puso una mano en el hombro, un gesto de hermandad.

  —Sí. Y cuando tú estés lista, Becca… será hermoso también para ti. Igual para ti, Arlea. Y para todas.

  Arlea suspiró, tocando inconscientemente sus muslos, como si ya estuviera imaginándolo.

  —Entonces… quizá cuando me anime, le pida dormir abrazados primero. Y luego… ya veremos.

  Volvieron a reír, pero esta vez la risa estaba te?ida de ternura y una complicidad inquebrantable.

  Esa tarde, entre telas coloridas, recuerdos picantes y confesiones valientes, el lazo entre ellas se forjó en acero. Porque habían descubierto que amar a Erik no era dividirse… sino crecer juntas, unidas por la confianza y la verdad más desnuda y hermosa.

  Becca y Arlea seguían procesando, sus mentes dando vueltas a las imágenes y sensaciones que Mika y Hada habían pintado con sus palabras. El ambiente se había vuelto íntimo y sagrado. Y Mika, observándolas, se sintió por primera vez no como "la primera", sino como una hermana mayor que guiaba a las demás en el mapa de un territorio nuevo y maravilloso que todas, eventualmente, compartirían.

  El aire en el taller era cálido y olía a confianza. Una pregunta de Arlea había quedado flotando, directa y sin filtros, haciendo que todas contuvieran la respiración por un instante.

  —?Y… Erik te ense?ó cosas nuevas? —preguntó, con la cara encendida como la brasa de un fuego—. Quiero decir… más allá de los besos y… lo obvio.

  Mika se rió bajito, un sentimiento cargado de cari?o y nostalgia.

  —Sí. Varias —confirmó, acomodándose mejor en su lugar—. La verdad es que él fue muy delicado, nunca apurado. Me preguntaba constantemente si lo que hacía estaba bien, si me gustaba, si no me dolía mucho. Pero cuando vio que yo también quería explorar… entonces me fue guiando. Con calma. Me mostró que no hay una sola manera de dar y recibir el placer. Ni de dar cari?o.

  —?Cómo cuáles? —susurró Becca, mordiéndose el labio inferior con una mezcla de nerviosismo y curiosidad voraz.

  —Bueno… por ejemplo —dijo Mika, jugueteando con un mechón de su cabello—, no todo tiene que empezar y terminar allí. A veces, solo con besarse de verdad, tomándose el tiempo, tocándose… todo lo demás se va despertando solo. Me ense?ó a disfrutar del camino, a no correr hacia la meta. A sentir su respiración acelerarse contra mi piel, a dejar que nuestras manos exploraran como si fuera la primera vez… cada vez.

  —Eso suena… bonito —dijo Arlea, y su voz sonó más suave, so?adora.

  —Lo es —afirmó Mika con una sonrisa—. También me mostró que hay diferentes maneras de estar juntos… posiciones donde puedes mirarlo a los ojos todo el tiempo, otras donde lo puedes sentir mas intenso cuando se mueve. Como si no te cansaras de decirte 'te amo' sin palabras. —Hizo una pausa, recordando—. Una vez, cuando Erik estaba recostado en la cama, me pidió que me colocara sobre él, sentada, y me guio con sus manos en mis caderas, despacio. Yo al principio no sabía muy bien qué hacer, me sentía torpe… pero él me susurraba al oído, me besaba el cuello, los pechos… nunca fue solo por el acto en sí. Siempre fue con una ternura que lo envolvía todo.

  Lera abrió los ojos con atención, tratando de mantener una compostura que se le resquebrajaba por momentos.

  —?Y… y si no lo hacemos tan bien como él lo hizo contigo? —preguntó Becca, su voz delatando una preocupación profunda—. ?Y si no somos buenas en eso?

  Mika negó con la cabeza con vehemencia y se inclinó hacia ella, como si fuera a compartir el secreto más importante del universo.

  —No existe "ser buena" o mala, Becca. Erik no busca perfección. Busca sinceridad. Que le muestres tu cari?o a tu manera. Que seas tú. Si estás nerviosa, él lo notará, y será aún más tierno, te lo aseguro. Para él no es un juego… es algo… —buscó la palabra— sagrado.

  —?Y lo es? —preguntó Arlea, casi en un susurro.

  —Para mí sí lo fue —respondió Mika con una convicción que erizó la piel de todas—. Fue como estar completa. Como si mi cuerpo y el suyo conversaran sin necesidad de palabras. Como si, por un rato, todo lo demás desapareciera y solo existiéramos nosotros dos.

  Las chicas se miraron entre sí. Podías ver el cambio en sus expresiones: la timidez inicial se derretía, reemplazada por una curiosidad suave y so?adora. La duda se transformaba en anticipación. No estaban compitiendo; estaban aprendiendo juntas para, eventualmente, habitar ese mismo espacio de entrega y amor sin temor.

  —Y si no llego a hacerlo tan pronto como ustedes —dijo Becca, su voz ganando un hilo de fuerza—. ?Creen que…?

  —Te esperará —dijeron al unísono Mika y Hada, sus voces formando una certeza inquebrantable.

  —Y cuando sea tu momento —a?adió Lera con una sonrisa serena—, lo sabrás. No lo dudes. Porque lo vas a desear con todo tu ser, no solo con el cuerpo… sino con el alma.

  Arlea cerró los ojos un instante, como si estuviera visualizando esa escena futura: el calor del abrazo, el contacto de la piel, la firmeza de su pecho contra el suyo, el amor tangible.

  —Gracias —susurró, abriendo los ojos—. Por contarnos. Por no guardarse esto.

  Mika sonrió y extendió los brazos, reuniéndolas a todas en un abrazo grupal que era a la vez protección y celebración.

  —Es nuestro secreto —dijo, su voz sordo por los hombros de sus amigas—. Uno que solo las que lo amamos de verdad podemos entender.

  Cuando se separaron, Arlea, que se había convertido en el centro silencioso del círculo, habló de nuevo. Su rostro aún estaba sonrojado, pero ahora por una emoción pura, no por vergüenza.

  —Yo… sí quiero dormir con él. Sentir su cuerpo junto al mío. Verlo como ustedes lo han visto, tocarlo, abrazarlo sin ningún miedo. Pero también sé que recién le dije lo que siento hoy… y quizás sea bueno esperar un poco. No por miedo… sino por respeto. Respeto a ese primer paso que acabo de dar.

  —Yo aún no… —confesó Becca, con una timidez que ahora parecía más dulce que angustiada—. Me cuesta un poco… avanzar rápido. Quiero estar segura. Sentirlo aquí —se llevó una mano al corazón— antes que aquí —se?aló su cuerpo con la otra.

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  Hada le tomó la mano, entrelazando sus dedos con los de ella.

  —Y eso está bien, Becca. Cuando estés lista, lo sabrás. Y Erik lo entenderá. él no presiona. Nunca.

  Becca bajó la mirada por un momento, pensativa, pero luego una sonrisa peque?a pero firme iluminó su rostro.

  —Gracias… por entenderme. Pero sí quiero dormir con él. Abrazarlo toda la noche. Solo… no esta noche. Pero pronto.

  —A veces —susurró Lera con una calma que parecía venir de otra era—, lo primero no es lo que se hace con el cuerpo, sino lo que pasa cuando puedes mirarlo a los ojos y sentir que ya estás en casa.

  Arlea asintió, esas palabras resonando profundamente en ella.

  —Me gusta eso. Lo haremos con respeto. Y con cari?o entre nosotras.

  —Aunque a veces tengamos… —dijo Mika, lanzando una mirada cómplice a Lera antes de reír— celos peque?itos. ?Como de mentiras!

  —?Peque?itos! —repitió Lera entre risas, como si fuera un mantra.

  —Pero sí —afirmó Mika, serenándose—. Vamos a hablarlo siempre. Y… si alguna no se siente lista, que no se apure. Aquí no corre nadie.

  Las chicas se abrazaron de nuevo, esta vez en una maravilla de risas, sonrojos y sinceridad, sellando su pacto en el corazón del taller.

  —Entonces… —dijo Mika, alzando la voz como si propusiera un brindis— que el amor de Erik sea para todas.

  —Y el nuestro para él —respondieron todas al unísono, sus voces entrelazándose en una promesa coral que las hizo reír y sonrojarse aún más.

  Mika soltó una risa final, pícara y liberada.

  —Y un poco salvaje a veces, no lo voy a negar.

  La risa que siguió fue general, contagiosa y llena de un futuro compartido que, por primera vez, parecía brillar ante ellas no como un desafío, sino como la promesa más hermosa.

  El sol del medio día comenzaba su descenso, ba?ando el río en tonos dorados y anaranjados. Erik caminaba en silencio, dejando que la brisa fresca le llevara el peso de los pensamientos. Asumía que las chicas seguirían en su reunión en el taller de Lera, sumergidas en ese mundo de confidencias y risas que era solo de ellas.

  Pero al doblar la curva del sendero, la vio. Suri, sentada sola sobre una roca plana, con las piernas encogidas contra el pecho y la mirada perdida en la corriente del río. No se movía. No canturreaba. No sonreía.

  Erik se detuvo, observándola. Una punzada de preocupación le recorrió el pecho. Se acercó despacio, con pasos suaves para no asustarla.

  —Suri… ?Qué haces aquí sola?

  La ni?a alzó la mirada al oírlo. Sus ojos, usualmente llenos de luz y travesura, estaban serios y sombríos. Intentó esbozar su sonrisa característica, pero le falló.

  —Pensé que estarías con las demás —dijo Erik, sentándose a su lado en la roca aún tibia por el sol.

  Suri bajó la vista, jugando con un doblez de su falda de lana.

  —Jaia no quiso que entrara donde ellas —murmuró, su voz casi un suspiro—. Pero… después me llevo con, Alisha y Jerut. Me hablaron de… de lo que realmente significa ser la esposa de un hombre. De lo que hacen los adultos cuando se aman. De la diferencia de los cuerpos… y de cómo se hacen los bebés.

  Erik tragó saliva. No estaba sorprendido. Sabía que era una conversación inevitable.

  —Y… bueno —continuó Suri, con la voz aún más baja, cargada de una tristeza que le partía el corazón a Erik—, entendí. Entendí que no puedo ser tu esposa. Porque soy una ni?a. Porque mi cuerpo aún no está listo para eso. Y eso… eso me puso triste.

  El silencio se instaló entre ellos, roto solo por el murmullo constante del agua y el susurro del viento.

  Erik sintió un nudo apretándose en su garganta. Se quedó quieto un momento, buscando las palabras correctas, las que no rompieran el corazón de la peque?a pero que fueran honestas.

  —Suri —dijo al fin, con una ternura que nació de lo más profundo de su ser, apoyando una mano sobre la suya—, yo nunca dejare de quererte. Siempre has sido especial para mí. Y sí, ahora eres peque?a. Pero eso no significa que estés fuera de mi corazón. Solo significa que… te quiero de una manera diferente. Como se ama a alguien a quien se quiere proteger y cuidar más que a nada en el mundo.

  Suri bajó la mirada. Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla y cayó sobre su rodilla. Erik la limpió suavemente con el pulgar.

  —Por eso te dije que si dentro de diez a?os aún sentías lo mismo, podríamos hablar de eso. Pero no tienes que decidir nada ahora. No hay prisa. No hay presión. —Hizo una pausa, mirándola a los ojos—. Si algún día cambias de parecer, no pasará nada. Si no cambias, tampoco. Lo único que importa es que te voy a querer siempre.

  Ella lo miró, sus labios temblorosos.

  —?Y mientras tanto?

  Erik sonrió, una sonrisa cálida y llena de un cari?o fraternal que hasta ese momento no había necesitado poner en palabras.

  —Mientras tanto… puedo ser tu hermano mayor. Uno que juega contigo, te cuida, te ense?a cosas del mundo del que vine y te escucha cuando estés triste. ?Te parece bien?

  Suri lo miró en silencio. Sus ojos se humedecieron, pero no derramó más lágrimas. Solo asintió, con un movimiento peque?o pero lleno de significado, y se abrazó a su cintura, escondiendo el rostro contra su polera.

  —Hermano mayor… —murmuró contra la tela—. Me gusta.

  Pero Erik sintió que esas palabras, aunque la calmaban, no eran suficientes para devolverle la luz a sus ojos. Entonces, una idea brilló en su mente. Se levantó con suavidad.

  —Espera aquí. No te muevas. Vuelvo en un momento.

  Suri lo vio alejarse a paso rápido hacia su caba?a. Los minutos pasaron, y cuando Erik regresó, traía entre sus manos la caja de madera donde guardaba las figuras talladas que había usado para explicarles su mundo.

  Se arrodilló frente a ella y la abrió con ceremonia, mostrando el interior.

  —?Te acuerdas de esto? —preguntó, su voz era suave—. Las figuras que tallé para contarles sobre mi hogar. Esta caja… es tuya ahora. Quiero que la tengas tú.

  —?De verdad? —preguntó Suri, sus ojos abriéndose como platos, la tristeza reemplazada por un asombro puro.

  —De verdad —afirmó Erik, sosteniendo su mirada—. Quiero que las cuides, que juegues con ellas, que inventes historias. Y que cada vez que las mires, recuerdes esto: pase lo que pase, siempre tendrás un lugar en mi corazón.

  Suri contuvo el aliento. Extendió una mano y tocó cada figura con una reverencia que conmovió a Erik. Luego, sin previo aviso, se lanzó a sus brazos con una risa que era mitad llanto, mitad alegría absoluta.

  Erik la levantó en el aire y la hizo girar suavemente antes de sentarla en su regazo. Mientras la abrazaba, le dio un beso suave en la frente.

  —Te lo juro, Suri. Siempre vas a estar en mi corazón. Y si algún día alguien se atreve a hacerte llorar…

  Se interrumpió, la miró con una expresión exageradamente feroz, y agregó entre risas:

  —?Como tu hermano mayor, me vengaré! ?Con toda mi fuerza! ?Y con trampas sucias!

  —?De verdad? —preguntó ella, riendo ya sin reservas.

  —?Claro que sí! Me verás llegar con una rama gigante y haciendo mi mejor cara de ogro enfadado… —Erik frunció el ce?o y gru?ó de la manera más cómica que pudo—. “??QUIéN HIZO LLORAR A MI HERMANITA!?”

  Suri soltó una carcajada larga, limpia y contagiosa que pareció ahuyentar los últimos vestigios de su tristeza. Erik rió con ella, sintiendo cómo ese sentimiento les limpiaba el alma a ambos. La ni?a se rió hasta quedar sin aliento, dejándose caer contra su pecho.

  —Te quiero, Erik.

  —Y yo a ti, peque?a.

  Se quedaron así un largo rato, mirando cómo el río se te?ía de púrpura con el atardecer venidero, con la caja de tesoros entre las manos de Suri y el corazón de ambos un poco más liviano y mucho más unido.

  Y en ese momento, sin necesidad de títulos de esposa, sin promesas de amor adulto, sin besos apasionados… Erik y Suri fueron exactamente lo que necesitaban ser: familia.

  Algunas horas pasaron sin prisa. Erik y Suri rieron, inventaron epopeyas con las figuras de madera y jugaron a explorar mundos imaginarios donde las ni?as y las bestias eran aliados. El sol se hundia en el horizonte, pintando el cielo de un ámbar profundo, y sus risas se mezclaron con los cantos de los pájaros.

  Finalmente, una voz conocida llamó a Suri desde la distancia. No se distinguía bien de quién era, pero el mensaje era claro.

  —?Suri, ven! ?Te estamos esperando!

  La ni?a miró a Erik con una mezcla de emoción y pesar. Sabía que su tiempo a solas llegaba a su fin.

  —?Guardamos las figuras juntos? —preguntó.

  —Claro que sí.

  Guardaron las tallas en la caja con cuidado reverencial, como si cada una fuera una reliquia. Suri la apretó contra su pecho y luego, con una sonrisa dulce y espontánea, le plantó un beso húmedo en la mejilla a Erik antes de salir corriendo hacia la voz que la reclamaba.

  Erik la siguió con la mirada, sabiendo que algo había cambiado para siempre entre ellos. Ya no era solo la ni?a que había rescatado. Era su hermanita. Por elección. Por devoción.

  Fue entonces cuando Jaia se acercó desde la dirección opuesta, su silueta recortada contre el cielo crepuscular.

  —Fue una buena decisión, Erik —dijo con su voz tranquila y maternal—. Suri necesitaba una respuesta clara. Y tú se la diste con el corazón. Eres mejor hombre de lo que imaginas. —Hizo una pausa y a?adió—: Y serás el mejor hermano mayor para ella.

  Erik la miró y asintió, agradecido por su sabiduría. Jaia le acarició el hombro con suavidad, pero antes de alejarse, se volvió una última vez. Su mirada, profunda y perceptiva, pareció atravesarlo.

  —Y con el tiempo… —a?adió con una calma que cargaba el peso de una profecía— también serás un buen padre.

  Sus palabras quedaron flotando en el aire tranquilo, pesadas y llenas de significado.

  Jaia se alejó entonces hacia la aldea, dejando a Erik solo con el eco de esa reflexión y el fantasma de la risa de Suri aún vibrando en sus oídos.

  Erik se quedó inmóvil, la declaración de Jaia resonando en lo más hondo de su ser. Vio a Suri corriendo a lo lejos, y por un instante, la imagen se superpuso con otra: la de ni?os y ni?as peque?as con sus mismos ojos o el pelo de las chicas. Sus hijos.

  Lo pensó con seriedad. Después de todo, ya tenía intimidad con Mika. Esa madrugada había estado a punto de consumarlo con Hada. Y tarde o temprano, Lera, Arlea y Becca también cruzarían ese umbral. Eso era lo que ocurría cuando se amaba y se esta con una mujer.

  Si estuviera en la Tierra, la sola idea lo habría aterrado. Allá había guerras, gente matándose por un pedazo de tierra, recursos escasos, ciudades llenas de violencia y un miedo constante que se respiraba en el aire. Criar un hijo en ese mundo habría sido como arrojarlo a un océano infestado de tiburones.

  Pero aquí… aquí era distinto.

  No había ejércitos. No había estruendo de explosiones. No había hambre si sabías dónde buscar y cómo trabajar. Tenían un bosque frutal inmenso y generoso que alimentaba a toda la aldea. él mismo podía cazar y pescar lo necesario para complementar su dieta. No había fronteras que los dividieran, ni due?os de la tierra, ni ese miedo visceral a perderlo todo de un día para otro.

  Aquí, en este mundo extra?o y maravilloso que había aprendido a llamar hogar, la idea de ser padre no era una pesadilla.

  Era una posibilidad. Una promesa.

  Un futuro donde sus hijos podrían crecer libres, aprender de la naturaleza, correr sin miedo y dormir bajo un cielo estrellado, no de humo y ceniza.

  Y por primera vez, Erik no sintió pánico. Sintió paz.

  Erik seguía sentado en la misma piedra, mirando cómo las sombras bailaban sobre el agua. Estaba sumido en pensamientos… cuando unas pisadas suaves se acercaron por detrás.

  —?Otra vez perdido en tus pensamientos? —preguntó Mika, con voz tranquila.

  él se giró, y la vio. Ya no había duda ni nerviosismo en su mirada. Solo certeza. Su paso era firme, su expresión serena. Acababa de salir de la reunión entre todas las chicas, donde por fin habían hablado de lo que compartían, de lo que sentían… y de lo que estaban dispuestas a construir juntas.

  Sin darle tiempo a responder, Mika se inclinó, lo abrazó con fuerza y lo besó, sin temor, sin prisas. Luego se acomodó sobre su regazo, rodeando su cuello con los brazos, como si ese fuera su lugar desde siempre.

  —Ya no tenemos que escondernos —dijo en un susurro—. Acabamos de hablarlo todas. Lo decidimos juntas. Te amamos… y vamos a estar contigo, sin miedo. Así, como somos.

  Erik la abrazó, hundiendo la cara en su cuello. Sintió el calor de su cuerpo, su respiración tranquila… y una nueva paz creciendo en su interior.

  En ese momento, se oyeron pasos suaves entre los arbustos.

  Lera apareció poco después, con una sonrisa cómplice. Caminaba relajada, como si supiera perfectamente lo que iba a encontrar.

  —Vaya, no perdiste tiempo —dijo mirando a Mika—. Dijiste que lo buscarías… y lo hiciste bien.

  Mika levantó la cabeza sin soltarse de Erik, sonriendo.

  —Tú también estuviste de acuerdo, ?no?

  Lera asintió.

  —Claro. Todas lo estamos. No mas secretos entre nosotras. Ya decidimos cómo vamos a vivir esto. Juntas. Sin competir. Sin escondernos.

  Se acercó a Erik, se agachó frente a él y lo besó también, suave y claro. Luego apoyó su frente en la suya.

  —Yo también te amo. Y no tengo que fingir que no.

  Se sentó a su lado, tomando su mano. Erik, entre ambas, respiró hondo. Sentía su calor, su fuerza, su amor. Ellas no necesitaban ser protegidas. Ya se habían elegido entre sí… y a él también.

  Por primera vez, Erik no se sintió dividido entre ellas.

  Solo completo.

  Erik suspiró, apoyando una mejilla en la cabeza de Mika, que seguía abrazada a él. Lera, sentada a su lado, jugaba con sus dedos, tranquila. Pero fue Mika quien notó que su mirada seguía distante, como si algo no se hubiera ido del todo de su mente.

  —?En qué pensabas? —le susurró, acariciándole el cuello con los labios.

  él tardó un poco en responder.

  —En Suri —dijo finalmente—. Hablé con ella, después de que las mayores le explicaran lo que realmente significa ser esposa. Estaba triste…

  Le dije que sería su hermano mayor. Que la cuidaría hasta que sea más grande, y que, si al crecer aún me quería, entonces hablaríamos de nuevo.

  Mika y Lera intercambiaron una mirada. No de sorpresa, sino de comprensión.

  —Hiciste bien —dijo Lera, con voz suave—. Ella te ama con todo su corazón, pero aún es una ni?a. Necesita tiempo para entender todo lo que eso significa.

  Mika asintió, pero su sonrisa se volvió un poco más pícara.

  —Solo no te sorprendas si Suri madura más rápido de lo que crees —dijo, con una risa suave—. Tiene una forma muy suya de avanzar… y no se va a rendir tan fácil.

  Erik soltó una peque?a carcajada, resignado y conmovido al mismo tiempo.

  —Eso me preocupa un poco…

  —A nosotras también —agregó Lera divertida—. Pero ahí estaremos. Para ayudarla… o para detenerla.

  La brisa comenzaba a enfriar el claro, y las primeras sombras del atardecer se alargaban entre los árboles. Mika, aún en el regazo de Erik, suspiró con gusto antes de estirarse y ponerse de pie.

  —Debemos irnos —dijo, sacudiéndose la ropa—. Aún nos esperan algunas tareas antes de que caiga la noche.

  Lera asintió, poniéndose también de pie. Pero, cuando Mika ya daba un paso para marcharse, Lera se giró con una media sonrisa y se sentó con suavidad sobre el regazo de Erik, ocupando el mismo lugar que Mika había dejado libre, como si le tocara ahora su turno.

  —?Y tú…? —alcanzó a preguntar Erik, con una ceja alzada.

  —Estoy equilibrando la balanza —murmuró Lera en su oído, sonriendo con los ojos cerrados—. Solo un ratito. No es justo que solo Mika este así y yo no…

  Erik rió, apoyando su barbilla en su hombro.

  Mika se detuvo al ver la escena, y sin celos, solo con cari?o, soltó una carcajada leve.

  —?Apresúrate, Lera! Que si te relajas mucho, te vas a quedar dormida encima de él.

  —Eso sería cómodo —respondió Lera sin moverse.

  Mika rodó los ojos con fingida resignación y esperó con los brazos cruzados.

  Finalmente, Lera se levantó y le dio un beso fugaz a Erik.

  —Ahora sí… nos vamos.

  Ambas comenzaron a alejarse, caminando juntas entre risas y codazos suaves. Erik las observó, enternecido.

  —?Y qué fue lo que hablaron tanto en su reunión de chicas? —preguntó en voz alta.

  Las dos se detuvieron al mismo tiempo, se miraron, y luego se giraron con idéntica sonrisa traviesa.

  —Secreto de chicas —respondieron al unísono, antes de seguir caminando entre risas y murmullos que él no alcanzó a entender.

  Erik suspiró, sacudiendo la cabeza. Ya no estaba solo en este mundo. Y aunque entendía poco de sus códigos secretos, le encantaba aprender cada día un poco más.

  La brisa de la tarde ya comenzaba a moverse entre los árboles cuando Erik entró en su caba?a con una idea en mente. La bomba de agua manual —una de sus creaciones más prácticas para llenar cántaros sin caminar hasta el río— venía fallando.

  La había desmontado pieza por pieza y las tenía todas esparcidas sobre una manta extendida en el suelo. Estaba agachado, rascándose la cabeza con frustración. Ninguna pieza parecía rota, pero había algo que no encajaba… algo que faltaba. Un soporte, un seguro, una peque?a pieza que mantenía unidas las demás. Pero no lograba recordar cuál era.

  Justo entonces, la voz suave de Becca llegó desde la puerta:

  —?Puedo pasar?

  Erik levantó la vista y sonrió.

  —Claro. Solo… estoy peleando con esta cosa —dijo se?alando las piezas—. Parece que falta algo, pero no sé qué, no recuerdo.

  Becca entró despacio, con ese paso elegante y reservado que la caracterizaba. Se agachó junto a él, observando las piezas con atención fingida.

  —No tengo ni idea de cómo funciona esta cosa —admitió con media sonrisa—, pero… si necesitas manos extra, tengo dos.

  Erik soltó una risa suave, agradeciendo el gesto más de lo que podía expresar. Tomó su mano con ternura, entrelazando los dedos por un momento.

  —Gracias, Becca.

  Se sentaron juntos en el suelo de madera. Por un buen rato, probaron colocar las piezas, una tras otra, sosteniéndolas con las manos, con ramitas, con ideas cada vez más creativas. Cada vez que parecía que la estructura se mantenía… ?clac!, alguna pieza saltaba al aire como celebrando su libertad.

  Becca soltó una risa contenida.

  —?Creo que nos odia!

  —No, solo nos está probando —bromeó Erik, recogiendo una pieza con resignación.

  Trabajaron en silencio durante unos minutos. Sus manos se cruzaban de vez en cuando, y ahora ella no se retiraba al sentir el roce. De hecho, en más de una ocasión, lo miraba de reojo con una sonrisa apenas dibujada.

  —Dormiste bien anoche, ?no? —preguntó ella, mientras sujetaba una peque?a pieza.

  —Sí. Aunque todavía estoy asimilando todo. Lo que me dijiste… lo que está pasando con todas ustedes. Con nosotros —corrigió, mirándola directo a los ojos.

  Becca bajó la mirada, pero solo un instante.

  —Yo también… aún lo estoy asimilando. Pero no me arrepiento. Y ahora que todas hablamos… es más fácil. Ya no tengo que esconder lo que siento.

  Erik dejó la pieza que tenía en la mano y se acercó un poco más. Becca ladeó el rostro, recibiendo su cercanía con una dulzura callada.

  —Tú nunca hablaste mucho… pero siempre supe que había algo especial en ti —dijo él—. Lo siento cuando estás cerca.

  Ella lo miró, y entonces, como si se olvidara por un instante de su habitual contención, apoyó su frente contra la de él. Erik cerró los ojos, y sus manos se entrelazaron.

  —Gracias por dejarme ayudarte… y por dejarme quedarme.

  En ese momento, una de las piezas mal ajustadas saltó al aire y rebotó en la pared con un sonido seco, haciéndolos reír a ambos.

  —Esa bomba está celosa —dijo Erik.

  —Que se acostumbre —respondió Becca, con una peque?a sonrisa—. Porque yo pienso seguir viniendo.

  Erik le acarició suavemente el dorso de la mano.

  —Eso me haría muy feliz.

  Becca lo miró por un instante más, como queriendo decir algo… pero solo suspiró, y apoyó la cabeza en su hombro, en silencio. Erik no dijo nada más. No era necesario.

  Allí, entre piezas sueltas y promesas que aún se estaban construyendo, Becca y Erik encontraron otro pedazo de hogar.

  —Creo que… debería irme. Todavía me falta revisar las reservas con Arlea —dijo en voz baja, casi como excusa.

  Erik asintió, sin presionarla. Solo la miró con una calidez que decía “cuando quieras volver, serás bienvenida y aquí estaré”.

  Becca pareció dudar un segundo. Luego dio un paso hacia él, se inclinó un poco, y le dio un beso muy suave en los labios. Fue breve, cálido, sincero. Su primer beso real desde la confesión, y lo dio con las mejillas encendidas de nervios.

  Al separarse, no lo miró directamente. Pero sí le susurró:

  —Tenme paciencia… ?sí? No soy tan decidida como Mika o Lera. Pero… quiero llegar también.

  Erik sonrió, con ternura en la voz:

  —Te esperaré el tiempo que necesites, Becca. No hay prisa. Ya estás aquí… eso es suficiente para mí.

  Ella levantó la mirada y le devolvió una sonrisa peque?a, preciosa en su sencillez. Luego se dio media vuelta y salió de la caba?a, con el corazón latiéndole fuerte… pero feliz.

  Erik la vio alejarse, y por primera vez desde que empezó a armar esa bomba maldita, sentía que todo, incluso lo complicado, estaba comenzando a encajar.

  El sol de la tarde se filtraba entre los árboles, ti?endo de dorado los bordes de las hojas. Hada y Arlea caminaban por el claro, recolectando algunas hojas y otras hierbas para las infusiones nocturnas. Pero aunque sus cestas se iban llenando poco a poco, lo que más pesaba eran los pensamientos que Arlea llevaba en el pecho.

  —?Te sientes más liviana? —preguntó Hada, cortando una rama sin mirar directamente a su amiga.

  Arlea suspiró, ajustando un poco su pantalón corto. En su rostro aún quedaban rastros del rubor que había llevado desde la charla con las demás y claro, cuando por fin… frente a todas… se le declaró a Erik.

  —No sé si liviana… pero sí temblorosa —confesó—. Pensé que al decirlo en voz alta, y frente a las demás, me sentiría valiente. Pero… ahora siento que estoy aprendiendo a caminar desde cero.

  Hada sonrió con dulzura, sentándose sobre una roca.

  —Eso pasa cuando se ama de verdad. Se siente como vértigo… pero también como tierra fértil. ?Te viste la cara cuando él te respondió? Nunca te habías sonrojado así —bromeó con cari?o.

  Arlea se dejó caer junto a ella, apoyando el canasto en el suelo.

  —Sentí que el pecho me iba a estallar. Me temblaban las manos. Pero cuando él me abrazó, me beso y me dijo que también me amaba… fue como si el mundo se callara un momento.

  —Fue muy bonito —dijo Hada—. Y valiente, aunque no lo creas. Ser la última en confesarse… requiere más fuerza. Ya nosotras lo habíamos hecho casi en secreto. Tú elegiste hacerlo con el corazón en alto, no por presión, sino por amor.

  Arlea bajó la mirada, y su voz se volvió aún más baja:

  —Pero igual… me siento un poco torpe ahora. Como si todas supieran moverse en esta relación menos yo. Mika, Lera, Becca… hasta tú. No sé cuándo, ni cómo… compartir una noche con él. Solo pensar en eso me hace doler la panza.

  Hada soltó una risa cálida, sin burla, y la miró con ternura.

  —No hay un momento perfecto. Ni una fórmula. Solo llega cuando lo sientas… no cuando creas que “deberías”. Erik no te está esperando con ansiedad, ni midiendo tu ritmo. Te está recibiendo a tu manera, como a todas.

  Arlea asintió lentamente, todavía con algo de duda en los ojos.

  —?Y si nunca me siento lista?

  —Lo estarás. Y si no lo estás, él igual te amará. No es una carrera, Arlea. Es un camino. Cuando sientas que tu deseo y tu tranquilidad se encuentran… ese será el momento.

  Arlea sonrió, aún tímida, pero agradecida.

  —Gracias, Hada. A veces olvido lo fuerte que puedes ser cuando callas.

  —Y tú… lo hermosa que eres cuando eres tú misma —respondió Hada, tomándole la mano—. Vamos, la infusión de esta noche no se va a preparar sola. Y seguro que Erik querrá verte… aunque sea solo para preguntarte si tus rodillas ya tienen tierra —bromeó.

  Arlea soltó una carcajada, liberando un poco de tensión.

  —Creo que voy a hacer que me las vea, solo por excusa.

  Ambas se levantaron, cestas en mano, caminando juntas entre hojas verdes y risas suaves. Esa tarde, más que hierbas, habían cosechado confianza.

  El sol comenzaba a inclinarse hacia el horizonte, proyectando sombras largas entre los árboles. El aire era más fresco, como si el bosque se preparara para dormir. Erik caminaba en silencio, guiado solo por sus recuerdos.

  Había ido muchas veces a ese lugar desde que ya se podía mover, sin sentir dolor por sus costillas… pero hoy quería ir por última vez, antes de cerrar por fin el capítulo más doloroso de su pasado. El lugar donde todo cambió.

  Donde vio por primera vez a Suri. Donde oyó los rugidos del lagarto gigante. Donde vio por primera vez a tres chicas que no conocía, arriesgar su vida para ayudarlo a defender a una ni?a. Donde saltó de su escondite, sin saber pelear, solo por no repetir el error que aún lo perseguía.

  Cuando llegó, el claro estaba igual. La hierba más alta, sí. Algunas ramas nuevas caídas, flores creciendo donde antes había huellas de lucha. Pero el aire… ese aire tenía memoria. Erik lo sintió.

  Se acercó y se quedó de pie, mirando el lugar exacto donde Suri estaba, ese día. Donde él mismo se había detenido, paralizado por el miedo.

  Su mano tembló levemente al recordar.

  Vio a Suri.

  Tan peque?a. Tan frágil. Gritando. Mirando hacia donde nadie venía. Y algo dentro de él, roto y dormido desde hacía a?os, despertó con fuerza. “No otra vez, no esta vez.”. Y saltó.

  Sin saber cómo, sin saber si sobreviviría. Solo sabiendo que si no lo hacía… jamás volvería a mirarse con dignidad.

  Erik se arrodilló en el lugar exacto. Apoyó una mano en la tierra.

  —Ese fue el momento —murmuró—. El momento en que dejé mi pasado atrás.

  Se quedó ahí unos minutos, dejando que los recuerdos fluyeran, pero sin dejar que lo ahogaran. Ya no dolían igual. Ya no pesaban igual.

  Ya no era ese ni?o paralizado por el miedo y la desesperación.

  Era el hombre que había salvado a Suri. El hombre que es amado por las chicas a las que ese día aún no conocía: Becca, Mika, Hada. Que vio su valor antes de conocer sus nombres. Que encontró en ellas, y en sí mismo, una nueva oportunidad.

  Y sonrió.

  Porque el ni?o asustado que una vez fue… ya no tenía que vivir escondido en su sombra. Había sido redimido. Y había encontrado un nuevo hogar.

  Pero para Erik, seguían siendo un umbral. Un lugar de cambio. De vida y de muerte. Allí conoció a las chicas. Allí casi perdió la suya.

  Y también allí… había perdido algo más.

  Por cuarta o quinta vez esa semana y cada semana pasada, Erik caminaba con la vista fija en el suelo, entre grietas, raíces, piedras caídas y hojarasca. Cada paso levantaba polvo y frustración. Ya había buscado por todos lados, menos en un último rincón que parecía imposible. Pero debía intentarlo.

  El símbolo de todo lo que le dio fuerza cuando más la necesitó. La había perdido en medio del combate, cuando fue herido. Había confiado en recuperarla después… pero no estaba. Y aunque había pasado el tiempo, esa ausencia se le hacía más pesada que una herida.

  Cuando al fin revisó ese último rincón y tampoco la encontró, su corazón se apretó. Se quedó de pie un momento, sin moverse, con la mirada al vacío. Había algo en esa pérdida que le calaba hasta los huesos. Como si dejara atrás al ni?o que alguna vez fue, sin poder despedirse.

  —Erik… —dijo una voz suave detrás de él.

  Se dio la vuelta, sorprendido. Becca estaba ahí, sola. Había seguido sus pasos, en silencio, sin llamar la atención. Su cabello trenzado y negro se agitaba levemente por la brisa. Sus ojos, cafés claros y serenos, lo miraban con una mezcla de preocupación y cari?o.

  —Te vi alejarte —dijo acercándose—. Otra vez aquí… ?Qué estás buscando? ?Por qué volviste aquí?

  Ella estaba mirándolo con esa mezcla de preocupación y cari?o que le nacía sin esfuerzo. No lo había interrumpido antes. Solo lo había observado. Siguiendo sus pasos desde que salió de la aldea.

  Erik se sentó sobre una roca y suspiró, sin ocultar su emoción. Becca se sentó a su lado, en silencio.

  —?Fue aquí donde viste a Suri por primera vez verdad?

  Erik asintió.

  Becca lo observaba a su lado, sentada con las piernas algo estiradas hacia adelante, sin decir palabra. Esperaba que él hablara. Y él, al fin, lo hizo.

  —Ese día… cuando vi a Suri… —empezó, con voz baja— no fui valiente de inmediato. No soy el héroe que Suri piensa, Becca.

  Ella volvió lentamente su rostro hacia él, sin interrumpir.

  —Yo estaba escondido. Detrás de aquel árbol, vi todo. A Suri… al lagarto… Y por dentro… me sentí paralizado. Tenía mucho miedo. Como el de cuando eres peque?o y sabes que nadie va a venir a salvarte.

  Su voz tembló. Becca lo notó y lo escuchó con más atención.

  —En mi hogar, en la Tierra… cuando aun era un ni?o, a veces veía cosas horribles, en las calles y en ese lugar horrible. —hizo una pausa, cerrando los ojos con fuerza— Gente pegándole a ni?os. A chicas y ni?as empujadas o golpeadas. A adultos que pasaban como si no vieran nada. Y yo… Yo también lo hacia, no quería meterme en problemas. Bajaba la cabeza. Me decía que no podía hacer nada. Que no era mi problema.

  Un suspiro roto escapó de su pecho.

  —Una vez… una ni?a como Suri, más peque?a… la arrastraban de los pelos por un callejón oscuro. Y yo… la miré… y no hice nada.

  Becca sintió un nudo en la garganta. No era una confesión fácil. No era la imagen del Erik fuerte y protector que todas conocían. Era el ni?o que alguna vez se sintió débil, impotente y solo.

  Erik bajó la cabeza. La sombra de sus pesta?as ocultaba sus ojos, pero sus hombros se sacudieron levemente. Las lágrimas empezaron a caer sin hacer ruido.

  —Ese día, cuando vi a Suri, todo volvió. Todo lo que fui. Todo lo que no hice. Pensé en escapar. En esconderme otra vez. Pero esta vez… esta vez no pude. No quise.

  Becca, con suavidad infinita, se acercó y puso una mano en su mejilla, obligándolo a mirarla. Sus ojos estaban rojos, humedecidos, con la mirada más frágil que ella jamás le había visto. Fue entonces que Erik lloró de verdad. Por primera vez después de tantos a?os delante de alguien.

  Becca lo rodeó con los brazos, en silencio. No lo interrumpió. Solo lo sostuvo.

  —Ya no eres ese ni?o de antes, Erik —le susurró con ternura—. Porque ese día no huiste. Ese día diste todo por alguien a quien no conocías. Ese día, te volviste quien eres ahora.

  él respiró temblorosamente, aún sin hablar.

  —Todos tenemos cosas que quisiéramos cambiar de nuestro pasado. Pero vos… vos hiciste algo más. Lo convertiste en fuerza. En amor. En valor.

  Erik se aferró a sus brazos con fuerza. Cerró los ojos, dejando que las últimas lágrimas cayeran, al fin, en paz.

  —Gracias por no juzgarme —murmuró.

  Becca lo besó, con una delicadeza que dolía.

  —Gracias por decírmelo y confiar en mí —respondió ella.

  El silencio volvió, pero ya no era denso ni doloroso. Era un silencio de descanso. De dos almas que habían roto una barrera invisible entre ellas.

  Erik seguía en silencio, sostenido por los brazos suaves de Becca, mientras las últimas lágrimas se secaban en sus mejillas. La brisa entre los árboles comenzaba a calmar el calor del día, y el cielo se tornaba de un azul profundo, con las primeras estrellas asomando entre las ramas.

  Becca no se había movido. Sus manos aún descansaban sobre Erik, abrazándolo, sintiendo la respiración más tranquila que lloró por lo que fue… y por lo que ahora ya no sería más.

  Entonces, su voz suave rompió el silencio:

  —Erik… ya no estás allá. No tenéis que volver a ese pasado. Lo dejaste atrás.

  él cerró los ojos.

  —Lo sé… —susurró.

  —Estás aquí, con nosotras. En esta tierra. Con este cielo. Con gente que te ve… que te escucha… y que te ama. No estás solo.

  Erik tragó saliva. Apretó suavemente una de sus manos.

  —Gracias, Becca.

  Ella continuó con dulzura, sin apurarlo:

  —Te amamos. Mika, Hada, Lera, Arlea… y yo. Incluso Suri. No hace falta que te castigues más por lo que no hiciste antes. Porque ahora… lo das todo por nosotras.

  él giró un poco el rostro hacia ella, y Becca pudo ver en sus ojos aún un brillo húmedo, pero también una determinación naciente.

  —Les prometo —dijo Erik, con voz más firme— que voy a protegerlas. A todas. Contra cualquier peligro. Aunque me cueste todo.

  Becca lo miró con una mezcla de orgullo y ternura, y sonrió.

  —Sabía que dirías eso. Pero dime, Erik… —a?adió con curiosidad genuina—, ?Qué estabas buscando aquí? Te vi desde lejos. Parecía que buscabas algo en el suelo. ?Es algo importante?

  Erik dudó un segundo. Bajó la vista. No quería arrastrarla a esa tristeza, pero tampoco quería mentirle.

  —Algo… muy preciado para mí —respondió con voz baja—. Algo que me dieron en mi peor momento. En la Tierra. En ese lugar. Era… lo único que me hacía sentir que aún valía la pena la vida.

  Becca solo lo miro de frente. No insistió con preguntas. No le pidió explicaciones. Solo lo rodeó con los brazos, despacio, apoyando su rostro en la de el.

  —Si era tan importante… no se ha ido del todo —susurró—. Porque aún está aquí —y le llevó la mano al pecho—. En ti.

  Erik cerró los ojos. El peso de la frustración se aflojó apenas. La calidez del abrazo de Becca era diferente a los de las demás. Tenía algo silencioso, como si no hablara con palabras, sino con gestos, con intención.

  Ella lo miró a los ojos. él aún estaba cargado de tristeza, pero también de gratitud. Becca, con lentitud, acercó sus labios a los suyos y lo besó. No con urgencia. Sino con cari?o. Con afecto contenido. Como si dijera “yo también te sostendré, incluso cuando no puedas solo”.

  Erik correspondió, dejando que el beso hablara por él. Cuando se separaron, Becca apoyó su frente en la de él.

  —Cuando quieras contar esa parte mas dura de tu vida… aquí estaré, todas lo estaremos. Y no solo para oírla. Para vivirla contigo.

  —Gracias… —dijo Erik, acariciándole la mejilla—. No sabía cuánto necesitaba que fueras tú… hasta ahora.

  Becca sonrió con dulzura, tomándole la mano.

  —?Vamos? Ya casi cae la noche.

  Erik asintió. Y aunque no encontró lo que buscaba, supo que no se iría con las manos vacías.

  El sol ya se escondía detrás de los árboles, dejando que las sombras se alargaran sobre el sendero. Erik caminaba al lado de Becca, ambos tomados de las manos, más liviano tras el abrazo y el consuelo que ella le había dado. Mientras hablaban en voz baja sobre las frutas que tal vez aún quedarían para compartir, algo captó la atención de Erik.

  Un destello. Breve. Un peque?o reflejo brilló a la distancia, justo cuando una ráfaga de brisa movió las hojas del claro. Instintivamente, Erik giró la cabeza, los sentidos alerta… pero lo único que vio fue a Suri, sentada en una piedra, jugando alegremente con su caja de tesoros. Dentro tenía las peque?as figuras de madera, Suri se distraiga con ellas.

  Becca la vio enseguida y la llamó con dulzura:

  —?Suri! Ya está oscureciendo, ven. Vamos a comer unas frutas con las demás.

  Suri levantó la vista, asintió con energía, y empezó a guardar con rapidez las figuras en la caja. Luego corrió hacia ellos con la caja en manos, con una sonrisa ancha.

  La aldea comenzaba a recogerse para la noche. Las chicas se habían reunido en el centro, junto a una peque?a fogata que crepitaba con suavidad. Unas cuantas frutas frescas pasaban de mano en mano, y las risas iban surgiendo en murmullos tranquilos.

  Erik se sentó sobre una manta extendida, cruzando las piernas, observando las llamas. Estaba en paz… pero aún con una parte de sí anhelando el cierre que no había tenido. Fue entonces cuando Suri, sin decir palabra, se acercó y se sentó sobre sus piernas como tantas veces lo hacía recientemente.

  —Hermano… —susurró con una sonrisa pícara, aunque todos sabían lo mucho que le gustaba usar esa palabra ahora con él—. Este es el mejor lugar del mundo.

  Erik le acarició el cabello, asintiendo suavemente.

  —Lo es —respondió—. Y tú también eres parte de eso, hermanita.

  Las mayores, desde su lugar, observaban con discreta satisfacción. Jerut incluso se inclinó hacia Alisha y comentó con voz baja:

  —Mírala… está más feliz que nunca desde que Erik está aquí.

  Las risas se mezclaban con el crujido del fuego. Mika estaba mordiéndole la pulpa a una fruta cítrica y Becca reía por lo agria que se le veía la cara. Arlea, en cambio, tenía en sus manos unas frutas dulces y no parecía querer compartirlo.

  La fogata crepitaba suavemente, proyectando sombras danzantes sobre los rostros sonrientes de las chicas. El aire estaba impregnado del dulzor de las frutas que compartían, y el ambiente era cálido, casi familiar.

  Suri, que había pasado largo rato acurrucada en el regazo de Erik, terminó por levantarse con una sonrisa satisfecha, como si su corazón estuviera más ligero después de disfrutar la cercanía de su “hermano mayor”.

  —Voy a dormir… buenas noches. —Se inclinó y le dio un rápido beso en la mejilla a Erik antes de correr hacia su caba?a.

  El grupo comenzó a dispersarse después. Becca, Arlea y las mayores se quedaron un poco más, charlando todavía entre bromas. Erik, por su parte, se levantó y miró a Lera, quien lo observaba en silencio.

  —?Vamos? —preguntó él, ofreciéndole la mano.

  Lera asintió y tomó su mano con suavidad. Juntos se despidieron del resto y se alejaron abrazados de las cinturas, mientras la fogata seguía iluminando los rostros sonrientes de las chicas que los miraban marcharse.

  Apenas quedaron fuera de vista, Jerut fue la primera en arquear una ceja con picardía.

  —?Y creen que Lera tendrá el valor esta noche? —preguntó con una sonrisa maliciosa, mordiendo un pedazo de fruta como si nada.

  Alisha casi se atraganta con lo que comía y tosió antes de responder.

  —?Jerut! —la reprendió, aunque sus mejillas estaban algo coloradas—. No deberías decir esas cosas así como así…

  —?Qué? —rió Jerut encogiéndose de hombros—. Es obvio que esa chica se muere por estar con él. Y si se le presenta la oportunidad, ?por qué no?

  Becca, con el rostro aún más tímido que de costumbre, bajó la mirada, aunque no pudo evitar escuchar con atención.

  —Yo no creo que Lera sea de las que se lanzan tan de golpe —comentó Jaia, siempre con su tono equilibrado—. Ella piensa demasiado las cosas antes de hacerlas.

  —Mmm… pero Erik ya se veía tranquilo al irse con ella —agregó Arlea con un dejo de misterio, como si estuviera observando más de lo que decía.

  Todas quedaron en silencio por un segundo, y luego se miraron entre ellas con una mezcla de curiosidad y complicidad femenina.

  —Eso sí que me gustaría verlo —susurró Jerut al final, haciendo que todas soltasen una carcajada baja y nerviosa alrededor de la fogata.

  La noche estaba fresca, iluminada por las brillantes estrellas que se filtraban entre las ramas altas del bosque. Erik junto con Lera iban a su caba?a, como tantas noches. El silencio entre ellos no era incómodo; al contrario, había en él una calma que hablaba de costumbre y compa?ía.

  Cuando llegaron a la altura del sendero donde se bifurcaba el camino hacia el taller de Lera, ella se detuvo de golpe, con una sonrisa nerviosa. Erik la miró curioso.

  —?Qué pasa, Lera? —preguntó, inclinándose un poco hacia ella.

  La muchacha respiró hondo, jugando con sus dedos entrelazados. Sus ojos buscaron los de Erik, brillando con una mezcla de timidez y determinación.

  —Erik… —dijo en voz baja, como si temiera romper el silencio de la noche—. Esta vez… ?podríamos ir a mi caba?a?

  él arqueó una ceja, sorprendido. Hasta ahora siempre había sido a la de él, el lugar que se había vuelto casi natural para compartir las noches con las chicas.

  —?A la tuya? —repitió, sonriendo suavemente.

  Lera asintió, apretando un poco los labios antes de a?adir, casi en un susurro:

  —Allí fue donde… te lo dije la primera vez, ?recuerdas? —su confesión de amor—. Creo que me sentiría más segura… más yo… si esta noche es allí.

  La confesión quedó flotando, acompa?ada del suave murmullo de las hojas al viento. Erik la observar con atención: en su rostro había nervios, sí, pero también decisión. No era solo invitarlo a dormir. Lera estaba dando un paso más.

  él extendió la mano y la tomó con suavidad.

  —Claro , Lera. Vamos a tu caba?a —respondió con calidez.

  Ella dejó escapar una risa leve, casi de alivio, y comenzó a guiarlo de la mano por el sendero que llevaba a su hogar. El corazón de Lera latía con fuerza, sabiendo que esa noche había reunido el valor para decir lo que llevaba días preparándose.

  Lera sintió que el momento había llegado. Allí, donde le había confesado sus sentimientos, pensaba ahora pedirle algo más íntimo… algo que deseaba compartir con él.

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