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Los ladrones de Antigua Luna (Parte 1)

  El sol brillaba sobre la ciudad de Antigua Luna, mucho más ajetreada que los peque?os pueblos rancheros a los que estaban acostumbrados. Los edificios consistían todos de mínimo dos pisos, paredes recién pintadas con tonos albos y techos de teja azur. Las calles, llenas de comercio, daban a Antigua Luna un sabor de vida antagónico al rural; diferente pero humano de todas formas. De hecho, la se?orita Lombarde, bajo sus propios criterios, había medido que se trataba de una urbe. Pues dictaminó que como contaba con más de una torre de reloj, era suficiente.

  Rex Ford y Víctor cabalgaban tardo, a paso de peatón. Habían recuperado sus caballos tras el encuentro con James. “Fiasco” le llamaba la se?orita Lombarde. Ella andaba sin cabalgar, guiando a su corcel de la correa, pues encima de éste descansaba horizontalmente un hombre llamado Kit Tanning. Se encontraba amarrado de los brazos, el torso, las piernas y la boca.

  La se?orita leía el papel de recompensa en voz alta, desde el nombre y el cargo del criminal hasta los detalles más inferiores, como la compa?ía que había publicado el aviso.

  —Stiel Gunn & Co.

  —?Qué? —preguntó Víctor.

  —“Stiel, Gunn y compa?ía” —respondió ella—, es la Corporación de Acero.

  Verónica ense?ó el papel al mismo Kit, como para entretenerlo.

  —No tiene sentido —siguió hablando—. La Corporación de Acero se beneficia si Rumbo Largo es aterrorizado por criminales. ?Para qué ofrecerían dinero por atraparlos?

  —Quizá les conviene más —habló Rex—. Los civiles ven los papeles y se enteran de que están repletos de bandidos.

  Verónica siguió mirando la tinta.

  Obtener un pago de la compa?ía por entregar criminales iba en contra de sus sospechas. Si la empresa realmente ofrecía una remuneración a cambio de limpiar las calles, y lo hacía de manera justa, su paranoia resultaba no ser más que una coincidencia terrible. Quizá era un hecho que el nuevo camino, por donde pasaría el nuevo tren, simple y sencillamente era más seguro que el Rumbo Largo. Sin necesidad de una publicidad arreglada.

  Se galardonó a sí misma con el mero gesto al entrar por el umbral de la comisaría, aunque era Rex quien venía cargando al bulto.

  —Buenísimas tardes —reverenció al sheriff—. Le traemos nada más y nada menos que un criminal recién horneado.

  “Date la vuelta, querido” indicó a Rex, quien la miró desconcertado por tal actitud soberbia. Verónica insistió. Quería sostener el retrato de Kit al lado de la cara, retirando la mordaza en el proceso.

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  —Kit —saludó cansadamente el sheriff.

  —Miguel, ?qué tal los ni?os? —contestó el otro.

  Verónica le puso la mordaza de nuevo. El sheriff, sin dejar de lucir exhausto, sacó una pluma y una chequera.

  —Nombre…

  —Trixie —mintió.

  —?Posee una cuenta bancaria en Grupo Oro?

  Verónica titubeó. En efecto, poseía una, pero al nombre de “Verónica María Lombarde”; un detalle que el Se?or Edward Gunn identificaría de inmediato. Si los miedos de la muchacha eran cumplidos, podía ser que la espiaran hasta en la transacción más mínima.

  —Nos gustaría la recompensa en efectivo.

  —No hay esa cantidad de efectivo —sopló el sheriff—. Pero es bienvenida a ir a Grupo Oro y crearse una cuenta —sonrió—, “Se?orita Trixie”.

  Verónica casi le arrebató el cheque de la mano al sheriff y lo dobló pulcramente antes de meterlo en su cuadernillo y guardarlo en el bolso.

  —Pagaremos la comisión —le dijo, y se dio media vuelta para salir de la comisaría—. Gracias.

  Rex y Víctor se despidieron con un cabeceo formal y siguieron a la se?orita Lombarde.

  —?Cuál comisión? —preguntó Rex una vez que estuvieron lo suficientemente lejos.

  —La comisión para cobrar un cheque sin tener una cuenta —explicó Verónica—. Me parece que Grupo Oro maneja una tarifa plana de cincuenta monedas, así que no importa mucho.

  —?Pero por qué no usa su cuenta?

  —Solo es una precaución —aclaró ella—. No quiero que el Sr. Gunn sepa dónde estoy ni qué estoy haciendo.

  Rex asintió. él no entendía muy bien cómo funcionaban los bancos —nunca los había usado de manera legítima—, así que confió en que Verónica estaba siendo sensata.

  —?Será prudente que yo abra una cuenta? —preguntó Víctor.

  Verónica sacudió la cabeza.

  —No creo que sea necesario. Además, ?qué tal que tiene espías en los bancos?

  —En ese caso, usted no debería ni entrar —dijo Rex, y aunque su tono era medio en broma, Verónica suspiró.

  —Tiene razón. —Verónica sacó hábilmente el cheque de su bolso y se lo dio a Víctor—. Tú cóbralo.

  Víctor alzó una ceja.

  —?No crees que estás exagerando? —preguntó, pero se guardó el cheque en el bolsillo del chaleco.

  La mujer pareció pensarlo un poco más. Desde que descubrieron que Ben James trabajaba para alguien, y que ese alguien la quería viva, Verónica no podía dejar de pensar que se trataba de Edward Gunn.

  A diferencia de sus acompa?antes, ella no tenía muchos enemigos. Era una mujer de negocios, no una pistolera que estuviera en ri?a con pandillas y maleantes; sus únicos oponentes eran otras compa?ías. Sin embargo, su mayor contrincante era el Sr. Gunn.

  No les había contado sus sospechas a Rex y a Víctor porque no tenía en qué sustentarlas más que en una mala corazonada, pero había estado observando todos sus alrededores con muchísima más atención que antes.

  —Quizás… Quizás un poco —finalmente admitió, tratando de relajarse.

  —Además, si tuviera espías en los bancos, también los tendría afuera en la ciudad —a?adió Rex con una sonrisa burlona.

  Víctor le lanzó una mirada de “no estás ayudando”, pero Verónica chistó ligeramente, medio divertida.

  —Bueno. Como sea, vamos al banco —dijo ella.

  —Vayan ustedes —se excusó Rex—. Llevaré a los caballos al corral.

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