—Ropa —dijo el alcalde, abriendo las manos como si hubiera dicho algo genial.
Jennifer ni siquiera alzó una ceja ante la revelación, solo parpadeó lentamente.
—A todas las mujeres les encanta la ropa —continuó el hombre—. Le haré llegar un vestido de un “admirador secreto” junto con una nota para reunirse en un lugar. No podrá resistirse.
—Vaya. De verdad pensó en todo —dijo Jennifer con sarcasmo.
Guillermo no notó el tono de su secretaria y lo tomó como un cumplido.
—Tú que eres mujer, ve a buscar el vestido más bonito que encuentres —ordenó, pasándole una bolsa de monedas.
—?En qué talla?
El alcalde hizo una pausa para pensar. No conocía las tallas de mujer, pero no lo admitiría.
—Nuevo plan. Ve a darles la bienvenida al pueblo y consíguele la talla. Luego compra el vestido más bonito que encuentres.
Jennifer suspiró, pero agarró la bolsa de monedas y las contó rápidamente. Tal vez podría comprar dos vestidos y quedarse con uno.
—?Algo más? —preguntó, esperando que la respuesta fuera “no”.
—Sí. Se me acabó la cera para el bigote. Otra lata.
La mujer tuvo que controlar su rostro para evitar hacer una mueca. El bigote del se?or Mendez era, en pocas palabras, feo. La cera lo hacía peor.
—Sí, se?or alcalde.
Hizo un peque?o cabeceo y se dio la media vuelta. Tuvo que rodear a Brutus y al otro matón para salir, y una vez afuera se sintió menos sofocada. Estaba de más decir que a Jennifer no le gustaba su trabajo.
Mientras tanto, en la posada local, por fin era tiempo de que Víctor se quitara su vendaje. Parecía recién levantado por la manera en que su cabello estaba aplastado, y solo quedaban costras en donde se había golpeado. Verónica estaba mojando un pa?o para limpiarlo.
—Puedo hacerlo yo, se?orita Lombarde —insistió Víctor, pero la mujer negó con la cabeza.
—No lo vas a hacer bien. —Y lo empezó a limpiar.
Rex estaba acostado en la otra cama de la habitación, puliendo su pistola con una expresión aburrida. No le había gustado el pueblo; no tenía recompensas, la casa de ba?o estaba cerrada por mantenimiento, y el establo les había salido caro.
Cuando Verónica terminó, exprimió el trapo en la cubeta adyacente, escurriendo un color marrón, y volteó a ver a Rex.
—?Qué tienes? Andas raro desde la ma?ana.
El pistolero soltó un gru?ido que podía interpretarse como “nada” o “deja de molestar”. Era evidente que estaba de mal humor, pero no era el más comunicativo. La mujer bufó en respuesta y decidió ignorarlo de vuelta.
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Por su parte, Víctor estaba tocando la parte de atrás de su cabeza, sintiendo la cicatriz.
—Espero que no me arruine el cabello… ?Se nota mucho? —preguntó a sus compa?eros, mostrándoles la sección herida.
Efectivamente, había una ligera línea blanca donde Víctor se había golpeado no una sino dos veces en Antigua Luna.
—Tal vez tengas que dejártelo largo —sugirió Verónica—, o empezar a usar un sombrero como Rex.
Víctor sopló, contemplando sus opciones, pero rápidamente se olvidó del tema. Preguntó a Verónica si habían bajado la maleta llena de la ropa sobrante demasiado grande para los tres.
—Sí —respondió ella—. Tenemos que separarla. La que está en buen estado se la daremos a una iglesia, y la que tenga manchas y agujeros la usaremos de trapo.
Extendieron sobre la cama, entonces, un vestido rojo que Víctor asumió debía haber pertenecido a Liz, la mayor de los hermanos Severino, e hizo un comentario sobre jamás haber conocido a una mujer tan grande.
—Víctor —lo rega?ó Verónica—. No se habla así de las apariencias.
—?No lo dije como algo malo!
Fueron interrumpidos por unos golpes en la puerta.
Momentos antes, Jennifer, la secretaria del gobernador, se había encontrado detenida ante la posada local donde Rex, Víctor y Verónica se estaban hospedando. La acompa?aba otro colega de su trabajo, uno que no era ni matón ni figura política: José Antonio, del comité de bienvenida.
Era joven, pálido y su rostro mostraba grandes rasgos de neurosis. Muchas facciones de José Antonio se contradecían entre ellas. Por ejemplo, contaba con una mirada muy despierta y llena de energía, pero también tenía bolsas negras debajo de los ojos. Eso sí, cuando se trataba de fingir cordialidad, José Antonio era el indicado. Su trabajo consistía en aparentar una perfecta imagen llena de organización y pulcritud, además de emanar calidez hacia los visitantes. Era por esto que Jennifer lo había reclutado.
—No puedo organizar un banquete en un día, Jessica.
—Mi nombre es Jennifer, ?y baja la voz!
Jennifer y José Antonio cargaban tres ofrendas comestibles para los forasteros y un brillante sombrero rojo repleto de costuras blancas que Jennifer se pondría sobre la cabeza para lucir más amigable.
—Lo que no entiendo —murmuró José Antonio mientras terminaba de tocar la puerta— es por qué no le has mandando un telégrafo al Se?or Méndez para avisarle que su hijo ya perdió la cabeza.
—Estás molesto porque crees que tienes que organizar un banquete real, tonto. Es una mentira.
Verónica abrió la puerta, confundida. Se preguntaba si debía saludar a estas personas o no.
De repente, Jennifer y José Antonio cambiaron su expresión con una velocidad imperceptible. Se convirtieron en los dos trabajadores más festivos de todo San Marcos. Jennifer alzó los brazos al aire y gritó de felicidad, seguida por José Antonio. Esto hizo a Verónica sentirse festiva también.
—?La ciudad de San Marcos les da la bienvenida!
Desde el fondo de la habitación, Rex escondió su pistola y se molestó ante el ruido.
Jennifer no había pensado en lo difícil que sería determinar la talla exacta de la se?orita Lombarde con sólo mirarla, especialmente porque a la mujer le gustaba vestir una cantidad sofisticada de capas sobre capas.
Entró en pánico. Su jefe la mataría si no compraba el vestido de la talla correcta. Volteó a ver a José Antonio, pero éste se encontraba envuelto en su propio peque?o circo personal, entregando una rebanada de pastel de manzana recién horneado a Víctor y explicándole que se trataba del mejor pastel de manzana de todo el Rumbo Largo.
—?Ven aquí, querida! —exclamó Jennifer, apretando a Verónica en un fuerte abrazo.
“Mierda, ?qué estoy haciendo?” pensó para sí misma.
“Qué bonito aroma” pensó Verónica.
Jennifer estaba experimentando simultáneamente con dos opciones: espiarle la etiqueta en alguna parte de la nuca o calcular las medidas de la mujer con sus propias manos mientras la abrazaba; ambas igual de imposibles.
“?Ajá!” Jennifer vio un vestido rojo extendido en la cama. Debía pertenecer a la se?orita Lombarde.

