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Capítulo 1: La Taberna del Fin del Mundo

  La lluvia caía como si el cielo quisiera arrancarse la piel.

  En el camino de piedra que conducía al pueblo de Eredh's Hollow, el barro tenía la textura de la sangre coagulada, y olía igual.

  Grek, el kobold hechicero, caminaba encorvado bajo una capa demasiado grande para su cuerpo huesudo. El bastón chispeaba con energía estática, cada paso dejando un leve olor a ozono y azufre.

  No soportaba la lluvia. Ni el frío. Ni, en general, a las personas.

  —Maldita agua... malditos dioses... —masculló, escupiendo al suelo—. Si existiera justicia, los truenos caerían sobre el que inventó el clima.

  A su lado, con el andar torpe de quien lucha contra un mareo perpetuo, iba Dorian, un artista marcial que llevaba una botella colgando del cinturón como si fuera una reliquia sagrada. Tenía la barba crecida, la mirada gris, y el tipo de calma que solo tienen los que ya perdieron todo.

  —Podrías agradecer que aún llueve —dijo con voz ronca—. Mantiene a los demonios del polvo bajo tierra.

  —Prefiero demonios visibles —replicó Grek—. Al menos esos gritan cuando los incineras.

  El kobold alzó la vista. La silueta de la taberna emergía entre la niebla: La Garganta del Cuervo, un lugar donde los aventureros iban a morir despacio, entre ron barato y rumores imposibles.

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  Dentro, el aire era denso, saturado de humo y olor a madera quemada. Las conversaciones murmuraban sobre maldiciones antiguas, monstruos sin nombre, y un castillo que había aparecido sobre el mar negro de Liria la noche anterior.

  En una esquina, con las manos sobre un cáliz de vino y una expresión entre agotamiento y santidad, estaba Elarith, la princesa elfa caída en desgracia. Llevaba aún el manto de su orden clerical, aunque la tela estaba manchada de barro y sangre seca. Su cabello rojo colgaba como una promesa rota.

  Cuando Grek la vio, frunció el ce?o.

  —Oh, no. No otra de ellas.

  —?De ellas? —preguntó Dorian, tomando un trago.

  —Luz, fe, redención —enumeró el kobold con un bufido—. Todo eso apesta a sermones y tumbas abiertas.

  Elarith levantó la mirada y los observó con una calma peligrosa.

  —Tú debes ser el hechicero —dijo.

  —Depende —respondió Grek—. ?Qué necesitas destruir?

  La elfa sonrió, una sonrisa breve, sin alegría.

  —No algo. Alguien.

  El silencio que siguió fue denso, como si la taberna entera contuviera el aliento.

  Dorian dejó la botella sobre la mesa con un golpe seco.

  —Dime que no es otro dios —murmuró.

  Elarith bajó la voz.

  —No un dios. Algo peor. Algo que los dioses temen.

  —?Y por qué nosotros? —preguntó Grek, sin molestarse en ocultar el sarcasmo.

  —Porque ustedes dos —dijo ella, mirándolos con una tristeza que helaba— ya están muertos por dentro. Y los muertos no tienen nada que perder.

  Fuera, un trueno resonó, como si el cielo riera.

  En el suelo, la sombra del kobold parpadeó... y durante un instante, pareció moverse por cuenta propia.

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