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El Despertar de el Inútil

  La noche había caído por completo sobre la ciudad, y el hospital estaba silencioso, apenas iluminado por las luces que se mantenían encendidas para vigilar a los pacientes. Carlos se encontraba en su cama, todavía procesando la visita de Sandra y de su hermano Miguel. Con cuidado, se acomodó bajo las mantas, intentando dejar atrás los recuerdos de la jornada y el dolor que aún persistía en su costado. Su respiración se calmó poco a poco, y tras unos minutos de lucha contra el sue?o, finalmente logró cerrarle los ojos y descansar.

  Pero no era su cuerpo humano el que descansaba. En la transición hacia el mundo de Loranm, Carlos despertó de repente, sintiendo la familiaridad de su forma allí. El aire fresco de la noche acariciaba su rostro y el suelo del descampado crujía bajo sus botas, se?al de que ya no estaba en su habitación del hospital. La tranquilidad de la noche, sin embargo, no duró ni un instante.

  Un portazo rompió el silencio. Kaelis irrumpió en la escena con fuerza, sus botas golpeando el suelo mientras gritaba:

  —?Levántate y sígueme!

  Carlos, sobresaltado, no tuvo tiempo de pensar. Sus instintos lo impulsaron a obedecer inmediatamente, y comenzó a seguirla mientras Kaelis lo guiaba con rapidez hacia un descampado abierto, iluminado tenuemente por la luz de la luna. Allí, la mujer se detuvo y adoptó una posición de combate firme, con los pies separados y las manos listas, lista para medir la fuerza de su alumno.

  Carlos se quedó paralizado por un momento, como si su cuerpo hubiera olvidado cómo moverse. Kaelis lo observó con impaciencia.

  —?Vas a quedarte ahí parado todo el día? —dijo con tono autoritario—. Prepárate, porque voy a atacarte. Solo así podremos ver de qué estás hecho.

  Carlos intentó asumir una postura defensiva, torpe y vacilante. Su mente aún estaba ajustándose a la situación, y sus movimientos no tenían la coordinación ni la confianza necesarias. Kaelis, sin previo aviso, se lanzó hacia él con velocidad impresionante.

  El impacto fue devastador. Antes de que Carlos pudiera reaccionar, Kaelis lo había derribado con un solo movimiento, y él cayó al suelo, incapaz de asestarle siquiera un golpe. La sensación de derrota lo golpeó de inmediato, pero no hubo tiempo para lamentarse: Kaelis se sentó sobre su espalda, usando todo su peso para inmovilizarlo.

  —Patético —dijo Kaelis con desprecio, su voz firme resonando en los oídos de Carlos—. No tienes ninguna base de combate. Eres como cualquier otro principiante sin experiencia.

  Carlos sintió la presión aplastante sobre su pecho y espalda, mientras su respiración se volvía más dificultosa. La humillación y el dolor físico se mezclaban con la vergüenza de no haber logrado siquiera tocar a Kaelis, y un nudo se formó en su estómago.

  —?Así que esto es lo que significa empezar como un verdadero aventurero? —murmuró Carlos para sí mismo, mientras Kaelis seguía observándolo con severidad. Cada músculo de su cuerpo gritaba por moverse, pero estaba completamente dominado, inmovilizado bajo la fuerza de alguien que claramente superaba su nivel por mucho.

  Kaelis permaneció un momento más, evaluando cada reacción de Carlos, notando su torpeza, su inseguridad y la falta de reflejos. Su mirada no era cruel por gusto, sino un recordatorio despiadado de que, sin disciplina y entrenamiento, la supervivencia en Loranm sería imposible.

  Carlos, por su parte, respiraba con dificultad, sintiendo cómo cada intento de moverse era inútil. La humillación se convirtió en determinación. Aunque el dolor y la vergüenza lo golpeaban, también se encendió una chispa dentro de él: sabía que si quería sobrevivir y llegar a ser fuerte, tendría que superar esta barrera inicial. Kaelis, al sentarse sobre él, le ofrecía una lección que iba más allá de la fuerza física: era una llamada brutal a despertar, a aprender desde cero, a entender que cada error tendría un precio.

  Mientras la presión sobre su espalda persistía y Kaelis lo miraba con severidad, Carlos comprendió que esta era su oportunidad. No podía permitirse rendirse, no después de todo lo que había pasado. Cada respiración dolía, cada movimiento era un desafío, pero también era un paso hacia la fortaleza que aún debía forjar en sí mismo.

  El viento frío acariciaba el descampado, los árboles susurraban y la luna iluminaba tenuemente la escena. La humillación estaba servida, pero también la lección estaba clara: en Loranm, la fuerza no se regala. Y Carlos, aunque aplastado y derrotado en ese instante, sabía que debía levantarse, aprender y volverse alguien que Kaelis no pudiera humillar de esa manera otra vez.

  El entrenamiento continuó sin pausa hasta que el sol comenzó a inclinarse hacia el horizonte, ti?endo el cielo de tonos anaranjados y rosados. Kaelis y Carlos habían repetido combate tras combate, y cada caída de Carlos al suelo parecía más dolorosa que la anterior. Cada vez que lo derribaba, Kaelis mantenía su postura firme y perfecta, mostrando movimientos fluidos y precisos que evidenciaban su experiencia y control total del combate. Carlos, por su parte, estaba cubierto de moretones, raspaduras y el cansancio era evidente en cada uno de sus músculos. Su respiración era entrecortada, y sus ojos mostraban una mezcla de frustración y determinación.

  Kaelis suspiró con cierto fastidio mientras lo miraba nuevamente desde su posición erguida sobre el campo de entrenamiento improvisado.

  —Rashak realmente me trajo a un inútil —murmuró, más para sí misma que para Carlos—. Sin bases, sin técnica, sin nada que pueda llamar destacable…

  Carlos, tendido en el suelo, sintió cómo el dolor recorrió su cuerpo como un recordatorio de su insuficiencia. Cada golpe que Kaelis le había dado había ense?ado algo, pero también lo había humillado de manera constante. Sus músculos estaban doloridos, y podía sentir cómo cada movimiento requería un esfuerzo enorme solo para mantenerse consciente y erguido. Sin embargo, en el fondo, no estaba dispuesto a rendirse.

  En un momento de calma mientras Kaelis se reacomodaba, Carlos recordó la habilidad que había usado en el otro mundo justo antes de estar a punto de morir: la que él había llamado "heal". Suspiró y, colocando una mano sobre su pecho, murmuró el nombre de la habilidad con voz temblorosa pero decidida.

  Un brillo verde emergió lentamente desde su palma, envolviendo su torso y luego extendiéndose por todo su cuerpo. La sensación fue extra?a: un calor intenso que se expandía por cada músculo, cada hueso, cada rasgu?o y contusión. Carlos cerró los ojos mientras la energía sanadora trabajaba, no con suavidad ni con delicadeza, sino con una fuerza abrumadora que obligaba a su cuerpo a recomponerse, cerrando heridas y aliviando la fatiga acumulada. La magia no era cómoda ni reconfortante; era exigente y brutal, como si su propio cuerpo estuviera siendo reconstruido a la fuerza, forzando la recuperación con intensidad.

  Kaelis, al notar el resplandor verde que rodeaba a Carlos, arqueó una ceja sorprendida.

  —Así que eso es lo que hará las cosas más fáciles… —dijo con una voz que mezclaba diversión y algo de incredulidad—. Ahora podré pegarle palizas tras paliza y seguirá levantándose.

  Carlos respiró hondo, concentrando toda su atención en la magia que todavía emanaba de su interior. Poco a poco, su cuerpo se sintió completo otra vez: los moretones se desvanecieron, sus articulaciones recuperaron flexibilidad, y la fatiga extrema que lo había paralizado se redujo significativamente. El dolor seguía allí como un recordatorio, pero ya no era incapacitante.

  Con el cuerpo curado, Carlos observó nuevamente la posición de combate que Kaelis había adoptado desde el inicio de la sesión. Su mente trabajaba rápidamente, memorizando cada postura, cada ángulo de defensa, cada movimiento ofensivo que ella realizaba. Al sentir que estaba listo, adoptó una posición defensiva inspirada en Kaelis, aunque sus movimientos aún carecían de fuerza y fluidez comparados con los de ella.

  Kaelis atacó de nuevo, rápida y precisa, y esta vez Carlos logró reaccionar. Cada ataque de Kaelis era reflejado por Carlos, como si un espejo imperfecto intentara reproducir cada movimiento. Sus bloqueos eran ligeramente torpes, sus esquivas menos elegantes, pero por primera vez, logró mantenerse en pie ante los embates de su entrenadora. La adrenalina recorría su cuerpo, mezclándose con la concentración mientras intentaba anticipar cada acción de Kaelis, copiando sus técnicas y adaptándolas a su propia fuerza.

  Sin embargo, su límite todavía era evidente. Kaelis aumentó la intensidad de los ataques, combinando velocidad, fuerza y ángulos imposibles. Carlos, aunque estaba mucho más hábil que antes, no podía sostener la defensa por completo. Un golpe particularmente fuerte lo desequilibró, y terminó cayendo al suelo con un golpe sordo, esta vez mucho más agotado que antes, jadeando mientras intentaba recuperarse.

  Kaelis se detuvo un momento, observándolo con una mezcla de respeto y severidad.

  —Ves, no importa cuánto copies —dijo—, sin fuerza y sin experiencia, no podrás sostener un combate real. Pero al menos… estás empezando a entender.

  Carlos se quedó mirando el suelo, con la respiración agitada y el cuerpo dolorido. Aunque había caído de nuevo, algo en su interior había cambiado: por primera vez sentía que estaba aprendiendo, que cada caída no era una derrota absoluta, sino un paso necesario hacia algo mayor. Su mirada se endureció mientras el atardecer iluminaba el descampado, mostrando que aún quedaba mucho camino por recorrer, pero ahora tenía un indicio de que podía avanzar.

  El cielo se ti?ó de naranja intenso y el aire se volvió más frío. Kaelis se levantó, estirando los músculos y limpiando la suciedad de su ropa. Carlos, aún en el suelo, miraba hacia ella con determinación renovada. La humillación había sido fuerte, el dolor real y la frustración constante, pero también había algo que no había experimentado antes: la sensación de progreso, de que podía aprender y adaptarse incluso frente a alguien infinitamente más fuerte.

  El crepúsculo se apoderó del descampado, y aunque Kaelis había ganado otra vez, Carlos ya no se sentía completamente derrotado. Había algo en su interior que le decía que la siguiente vez, aunque cayera, caería un poco más fuerte, un poco más preparado, y que cada combate lo acercaría más a ser alguien que pudiera enfrentar los desafíos de Loranm sin derrumbarse.

  Carlos miró sus manos mientras respiraba agitadamente; podía sentir cómo su mana todavía rebosaba dentro de él, pulsando en cada vena y recargando su energía. Había aprendido a controlar un poco más su magia después de su primer intento de “heal”, y ahora sentía que podía usar esa fuerza para potenciar su cuerpo y movimientos. Con determinación, se incorporó lentamente y, con un brillo de desafío en sus ojos, le pidió otra ronda a Kaelis. Esta vez no sería un simple intento de defensa: Carlos había decidido intentar imitar técnicas de combate que había visto en animes y películas, movimientos coreografiados que, aunque irreales en la vida real, podía replicar parcialmente gracias a su habilidad de observar y copiar.

  Kaelis, al ver la chispa en la mirada de Carlos, arqueó una ceja y adoptó de nuevo su postura de combate, esta vez más alerta. Su intuición le decía que algo había cambiado; el joven aprendiz estaba más decidido, más concentrado, y había una especie de brillo en él que Kaelis no había visto antes.

  El combate comenzó. Carlos replicaba los movimientos que recordaba de escenas épicas, lanzando golpes con precisión, esquivando embestidas y girando con cierta fluidez que antes no tenía. No era perfecto, su fuerza seguía siendo limitada, pero cada vez que copiaba una técnica, lograba mantener a Kaelis un poco más a raya. La entrenadora, sorprendida por la rapidez con la que Carlos absorbía y aplicaba los movimientos, comenzó a aumentar la intensidad, atacando con combinaciones más complejas y rápidas.

  Carlos se sumergió en un estado casi de trance. Cada golpe, cada salto, cada giro que veía en Kaelis se reproducía instintivamente en su mente y en su cuerpo. No pensaba en nada más; solo en movimientos, repeticiones, reflejos y estrategias. Su corazón latía con fuerza, la adrenalina corría como fuego por sus venas, y una sensación de euforia lo envolvía completamente. Incluso empezó a usar su cola como un arma adicional, girándola para bloquear ataques o lanzar embestidas contra Kaelis, integrando todos los recursos que tenía a su alcance.

  Kaelis, impresionada, decidió darlo todo. Sus movimientos eran aún más rápidos, más potentes, y su experiencia le permitía anticipar parcialmente las réplicas de Carlos. El joven, sintiendo la presión, respondía aumentando la velocidad de sus movimientos y adaptándose con cada ataque que recibía. Cada intercambio era un baile feroz de ataque y defensa, con la tensión del combate reflejada en cada gesto, cada respiración y cada destello de mana que surgía de Carlos.

  Sin embargo, la fuerza física de Carlos aún no podía igualar la de Kaelis. Algunos de sus intentos de replicar movimientos más exigentes le exigían un esfuerzo que superaba su capacidad, y a veces simplemente no podía completar la técnica correctamente. La intensidad de Kaelis no daba tregua; su fuerza, velocidad y precisión eran superiores, y aunque Carlos lograba resistir más que antes, el inevitable fin llegó.

  Un golpe perfectamente ejecutado lo desequilibró, y antes de que pudiera reaccionar, se encontró cayendo al suelo con un impacto sordo que hizo que el polvo del terreno levantado se incrustara en su ropa y raspaduras. Quedó tumbado, respirando con dificultad, con la adrenalina todavía corriendo, pero consciente de que Kaelis había demostrado una vez más que estaba muy por encima de él.

  Kaelis se acercó lentamente, examinando al joven con una mezcla de respeto y severidad. No dijo nada al principio, solo lo observó, dejando que Carlos sintiera cada segundo de la caída y la derrota. Finalmente, con voz firme pero no cruel, comentó:

  —Estás mejorando… más de lo que esperaba. Pero todavía te falta mucho. No solo fuerza; tu cuerpo, tus reflejos, tu resistencia… todo debe crecer antes de que puedas enfrentarte a un verdadero oponente.

  Carlos, todavía jadeando, miró hacia arriba y asintió levemente. Había caído, sí, pero había sentido algo nuevo: había alcanzado un nivel de concentración y euforia que nunca había experimentado. Su mente ya no solo recordaba técnicas; ahora podía adaptarlas, combinarlas, y sentía que, poco a poco, estaba empezando a comprender el ritmo y la lógica de un verdadero combate.

  Aunque el suelo dolía bajo su espalda y sus músculos estaban al límite, una peque?a sonrisa se dibujó en su rostro. Sabía que había dado un paso más allá: ahora comprendía que cada caída, cada golpe y cada derrota era solo parte del proceso. Cada humillación que Kaelis le infligía era, en realidad, una lección que estaba absorbiendo con cada fibra de su cuerpo. Y la próxima vez, prometió para sí mismo, no sería tan fácil tumbarlo.

  Kaelis, con una mirada severa y los brazos cruzados, le dio un fuerte golpe en la espalda a Carlos con la palma abierta, apenas lo suficiente para hacerlo incorporarse un poco y reaccionar.

  —?Deja de holgazanear y vuelve al trabajo! —ordenó, con su voz firme y autoritaria—. No hay tiempo para excusas ni para quejarse. Cada segundo que pierdes es un segundo que deberías estar entrenando.

  Carlos, todavía jadeando y con los músculos temblando, se levantó con esfuerzo. Su cuerpo estaba dolorido, cada fibra de su ser le pedía un descanso, pero la determinación lo empujaba a continuar. Sabía que retroceder ahora significaría perder el progreso que tanto le había costado ganar.

  El combate continuó. Cada intercambio era un ciclo de intensa acción y desesperación: Kaelis atacaba con precisión quirúrgica, obligando a Carlos a esquivar, bloquear y replicar movimientos. Cuando recibía golpes demasiado fuertes o sufría da?os, invocaba su magia de curación, murmurando heal y dejando que la energía verde fluyera a través de sus heridas, reparando lo que podía.

  —?Otra vez! —gritaba Kaelis mientras avanzaba con rapidez—. No hay descanso para los débiles.

  Carlos caía, se curaba, se levantaba y atacaba de nuevo. Era un ciclo incesante: perder, usar heal, levantarse, replicar técnicas, perder otra vez, curarse… el cansancio se acumulaba como una monta?a en su espalda. Cada uso de la magia drenaba su mana y exigía a su cuerpo un esfuerzo que superaba cualquier entrenamiento anterior. Aun así, su espíritu se mantenía firme, tratando de absorber cada lección, cada movimiento, cada técnica que Kaelis le ense?aba con golpes y correcciones.

  Conforme pasaban las horas, el sol empezaba a bajar en el horizonte y la luz del atardecer iluminaba el descampado donde entrenaban. Carlos sentía que cada músculo, cada articulación, cada fibra de su cuerpo estaba al límite. Su respiración era pesada, irregular, y la energía que normalmente lo sostenía comenzaba a escasear. Kaelis no mostraba signos de fatiga; seguía moviéndose con la misma precisión y fuerza, impulsando a Carlos a sus límites una y otra vez.

  Finalmente, después de horas de combates ininterrumpidos, Carlos cayó al suelo. Su cuerpo estaba agotado, empapado en sudor, temblando y con la respiración entrecortada. Su mana, una vez abundante, estaba casi completamente drenada, y cada intento de usar heal requería un esfuerzo titánico que lo dejaba al borde del colapso. Su corazón latía con fuerza, su abdomen ardía por la fatiga acumulada, y sus extremidades le pesaban como si fueran de plomo.

  Kaelis se acercó lentamente, inspeccionando a Carlos con su habitual mirada fría pero evaluadora.

  —Has llegado a tu límite por hoy —dijo, con un dejo de aprobación que apenas se notaba en su tono seco—. Tu cuerpo y tu magia han sido llevados más allá de lo que deberían, y aún así aguantaste más de lo esperado. Pero si quieres sobrevivir y progresar, esto es solo el comienzo. Descansa, recupérate y recuerda lo que aprendiste hoy.

  Carlos, tendido en el suelo, apenas podía mover los brazos. Respiraba con dificultad, pero una chispa de satisfacción cruzó por su mente. Había aprendido algo nuevo sobre sí mismo, sobre la magia, y sobre la capacidad de su cuerpo para soportar esfuerzo extremo. Cada caída y cada uso de heal lo había empujado un paso más cerca de dominar la combinación de cuerpo y magia que necesitaba para convertirse en un verdadero aventurero.

  Mientras el sol desaparecía por completo detrás del horizonte, Carlos cerró los ojos, dejando que el agotamiento lo envolviera. Kaelis, de pie junto a él, lo observaba un momento más antes de darle la espalda y desaparecer entre las sombras del atardecer, dejando al joven mago-luchador solo con sus pensamientos y la sensación de haber dado todo lo que tenía.

  Carlos se levantó con esfuerzo, todavía con las piernas temblándole por el entrenamiento, y siguió a Kaelis en silencio hasta la casa. Cada paso le recordaba los golpes, las caídas y el agotamiento acumulado, pero aun así se mantuvo firme. No iba a dar se?ales de debilidad delante de ella, no después de todo lo que había pasado ese día.

  Al entrar, Kaelis dejó su equipo a un lado sin ninguna ceremonia y, sin mirarlo siquiera, habló con un tono seco:

  —Haz de comer.

  Carlos se quedó quieto un segundo, parpadeando, convencido de que había oído mal.

  —?Eh…? ?Por qué yo? —preguntó, todavía procesando la orden.

  Kaelis giró lentamente la cabeza y lo miró. No fue una mirada normal: sus ojos estaban cargados de una intención asesina tan clara que Carlos sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

  —?Tienes narices de protestar? —dijo, muy despacio.

  Carlos tragó saliva.

  —No. Ninguna. Voy ahora mismo.

  Se dio media vuelta con una rapidez casi militar y fue directo a lo que suponía que era la cocina. El lugar era sencillo, funcional, sin ningún tipo de decoración innecesaria. Todo estaba pensado para sobrevivir, no para impresionar a nadie. Abrió lo que parecía una nevera… o al menos su equivalente en ese mundo. Estaba cubierta de símbolos extra?os grabados en la madera y el metal, runas que emitían un leve brillo.

  Dentro, Carlos se quedó mirando con una mezcla de resignación y desconcierto.

  —Cerveza… más cerveza… carne… y… ?más cerveza? —murmuró.

  No había verduras, ni pan, ni nada que se pareciera mínimamente a una dieta equilibrada. Solo grandes trozos de carne envueltos en telas gruesas y varias botellas de cerveza de distintos tama?os.

  —Bueno… improvisar es parte de ser aventurero, supongo —se dijo a sí mismo.

  Sacó un trozo de carne considerable y empezó a prepararlo como pudo. Encendió el fuego, usando un sistema extra?o que combinaba pedernal y una peque?a piedra mágica que emitía calor. Mientras cocinaba, fue revisando unas estanterías donde encontró frascos de especias con nombres que no reconocía. Las olió una por una, comparándolas mentalmente con sabores de su mundo.

  —Esto huele como al romero… más o menos. Y esto… picante seguro.

  No sabía exactamente qué estaba haciendo, pero puso cuidado en no quemar la carne y en darle algo de sabor. Cuando terminó, el plato no era ninguna obra maestra, pero al menos parecía comestible. Lo colocó en una bandeja de madera y lo llevó hasta la mesa donde Kaelis ya estaba sentada, apoyando los codos con una postura relajada pero dominante.

  Kaelis probó la comida sin decir nada. Masticó despacio, evaluando. Carlos contuvo la respiración, esperando una crítica demoledora… o algo peor.

  —Hmpf —resopló—. No está mal. Para ser un inútil.

  Carlos soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo y se sentó frente a ella.

  —Gracias… creo.

  Kaelis le lanzó una mirada de reojo.

  —Te olvidaste de algo.

  Carlos parpadeó.

  —?Eh?

  —La cerveza.

  Carlos se levantó de inmediato.

  —?Ahora la traigo!

  Fue casi corriendo a la cocina, agarró una de las botellas y regresó. Kaelis la tomó, la destapó con un gesto seco y dio un largo trago, apoyándose en el respaldo de la silla con evidente satisfacción.

  Mientras comían, Carlos empezó a notar algo: Kaelis bebía rápido. Muy rápido. Una botella tras otra iba quedando vacía a su lado, y lejos de verse afectada, parecía cada vez más relajada.

  —Eres… bastante bebedora —comentó Carlos con cautela.

  Kaelis soltó una risa corta.

  —Después de entrenar críos inútiles todo el día, esto es lo mínimo —dijo, dando otro trago—. Además, aguanto más que la mayoría.

  Carlos observó cómo bebía, cómo su postura seguía firme, cómo no perdía ni un ápice de control. No era solo fuerza física lo que tenía Kaelis; había algo más, una experiencia dura, forjada a base de sobrevivir.

  Por primera vez desde que la conocía, Carlos no la vio solo como una entrenadora brutal o una figura intimidante. Vio a alguien que había vivido demasiado, que había peleado más de lo que cualquier persona normal debería, y que llevaba ese peso con una mezcla de disciplina y alcohol.

  Comieron en silencio durante un rato, el ambiente tranquilo, casi cotidiano. Para Carlos, esa cena sencilla, después de un día tan intenso, se sentía extra?amente… real. Como si, poco a poco, ese mundo empezara a aceptarlo.

  The story has been taken without consent; if you see it on Amazon, report the incident.

  El silencio se alargó mientras Kaelis terminaba otra botella y Carlos daba peque?os bocados, más por costumbre que por hambre. El cansancio empezaba a caerle encima como una manta pesada; no solo físico, sino mental. Aun así, no quería relajarse demasiado delante de ella.

  Kaelis dejó la botella vacía sobre la mesa con un golpe seco.

  —Ma?ana seguiremos —dijo sin rodeos.

  Carlos levantó la vista.

  —?Seguiremos… así? —preguntó, se?alándose a sí mismo, todavía lleno de magulladuras invisibles bajo la piel—. ?A que me tires al suelo una y otra vez?

  Kaelis lo miró fijamente, evaluándolo como si fuera una herramienta a medio forjar.

  —Sí. Y peor —respondió—. Hoy solo vi dos cosas claras.

  Carlos se tensó.

  —?Cuáles?

  —Uno: tu cuerpo es basura para el combate. Sin base, sin fuerza, sin instinto pulido. Si te enfrentas a un luchador decente sin magia, te matan en segundos.

  —…Gracias —murmuró Carlos.

  —Y dos —continuó Kaelis, ignorándolo—: aprendes demasiado rápido.

  Eso hizo que Carlos parpadeara.

  —?Eh?

  Kaelis se recostó en la silla, cruzándose de brazos.

  —Copiar movimientos en medio del combate, adaptarte sobre la marcha, usar tu cola como extensión natural del cuerpo… eso no es normal. La mayoría se bloquea después de la tercera paliza. Tú no. Tú sigues levantándote.

  Carlos bajó la mirada hacia sus manos.

  —No sé… solo hago lo que siento que tengo que hacer.

  —Eso es lo peligroso —dijo Kaelis—. Si sobrevives lo suficiente, te volverás un monstruo… o un cadáver.

  Se levantó de la mesa y empezó a recoger los platos con movimientos bruscos, aunque claramente no era una tarea que hiciera a menudo.

  —Tu “heal” —a?adió—. No lo uses como muleta.

  Carlos alzó la cabeza de golpe.

  —?Por qué?

  —Porque te está rompiendo —respondió sin mirarlo—. No físicamente. Aún. Pero forzarte así, regenerarte una y otra vez sin descanso… ese tipo de magia pasa factura. No siempre se paga en el momento.

  Carlos sintió un escalofrío. Las palabras de Kaelis encajaban demasiado bien con lo que había sentido en el otro mundo… con el precio, con la extenuación.

  —Entonces… ?qué hago? —preguntó.

  Kaelis dejó los platos y se giró hacia él.

  —Aprender a no necesitarla —dijo—. Aprender a moverte, a caer, a resistir. La magia es una herramienta. No un salvavidas.

  Se acercó y le dio un leve golpe en la frente con dos dedos.

  —Y tú, mago-luchador, tienes que sobrevivir incluso cuando no puedas usarla.

  Carlos asintió lentamente.

  —Entiendo.

  Kaelis lo miró unos segundos más, como si estuviera decidiendo algo, y luego se?aló el pasillo.

  —Ve a dormir. Ma?ana empezamos antes del amanecer.

  —?Antes… del amanecer? —repitió Carlos, horrorizado.

  —Si llegas tarde —a?adió Kaelis con una sonrisa peligrosa—, te entreno con una sola mano.

  Carlos no esperó a escuchar más. Se levantó, hizo una especie de saludo torpe y se dirigió a la habitación de invitados. Cerró la puerta tras de sí y se dejó caer sobre la cama como un saco de piedras.

  El cuerpo le dolía por completo, pero su mente estaba despierta, acelerada. Repasaba los combates, los movimientos copiados, la sensación de trance, la magia fluyendo… y, en algún rincón, la ausencia inquietante de Shion.

  —Demasiado silencioso… —murmuró.

  Como si lo hubiera escuchado, una voz suave y burlona surgió en su mente.

  —?Te decepciona?

  Carlos apretó los dientes.

  —Cállate.

  —Oh, vamos —susurró Shion—. Solo observo. Me divierte verte esforzarte tanto… romperte… reconstruirte…

  Carlos se giró de lado, cerrando los ojos con fuerza.

  —No me controlarás —dijo en voz baja—. Ni aquí ni en ningún mundo.

  Shion no respondió.

  Y eso, más que cualquier burla, hizo que el sue?o tardara en llegar.

  Cuando finalmente lo hizo, el cansancio lo arrastró sin sue?os… solo con la certeza de que, a partir de ahora, cada día sería más duro que el anterior.

  Carlos despertó con lentitud en el hospital, sintiendo cada músculo pesado y dolorido, como si el cansancio acumulado de los últimos días lo hubiera convertido en un saco de piedra. La luz del sol apenas comenzaba a filtrarse por la ventana, ti?endo la habitación con tonos dorados y suaves sombras. Respiró hondo, intentando estirarse, pero el dolor en su costado le recordó la herida reciente. Suspiró, resignado, y alcanzó su móvil que descansaba sobre la mesita de noche. Lo desbloqueó y comenzó a ojear las novedades: series, capítulos, noticias… nada que realmente captara su atención. Todo parecía genérico, sin chispa, sin emoción.

  Sin realmente mirar la pantalla, su mente divagaba. Pensaba en lo ocurrido en el otro mundo, en los combates con Kaelis, en el uso constante de “heal”, en la sensación de poder y agotamiento mezclados. Se preguntó sobre los límites de su capacidad de copiar habilidades. Si podía imitar movimientos, técnicas y habilidades físicas, ?qué tan lejos podría llegar? ?Podría replicar incluso la habilidad de regresar de la muerte, como aquel protagonista de un anime que veía, un chico en chándal que moría y revivía una y otra vez? ?O existían restricciones invisibles, barreras que su cuerpo y su mana imponían sin que él lo notara?

  Mientras daba vueltas a estas ideas, sintió la familiar presencia de Shion en su cabeza. La voz surgió, burlona, deslizándose por sus pensamientos como un filo frío.

  —Vaya, vaya… —dijo Shion, con un tono divertido y un poco sarcástico—. Parece que estás pensando demasiado, ?no? ?No crees que te estás complicando la cabeza por nada?

  Carlos frunció el ce?o, apretando los labios.

  —No es “por nada” —respondió con un hilo de voz—. Si puedo copiar todo, necesito entender hasta dónde puedo llegar. Hay límites que no quiero descubrir por accidente.

  Shion se rió, un sonido que parecía flotar entre las paredes blancas del hospital.

  —Oh, por supuesto. Límites, límites… siempre te preocupas por ellos. Tal vez estés pensando demasiado. Tal vez nunca deberías intentarlo. O tal vez… sí. Solo que no te lo voy a decir tan fácil.

  Carlos dejó caer la mirada sobre la mesa, sus dedos rozando el móvil sin realmente verlo. Shion no ofrecía respuestas claras, solo más preguntas y misterios. La mezcla de frustración y curiosidad lo mantenía alerta, incluso en la calma aparente de la habitación.

  —?Por qué estás aquí otra vez? —le preguntó Carlos a la voz, algo más bajo, casi para sí mismo.

  —Porque me gusta —contestó Shion—. Y porque es divertido verte retorcerte entre la curiosidad y el miedo. Solo observa. Solo aprende. El tiempo decidirá qué tanto puedes forzar tus límites… y cuál será el precio.

  Carlos suspiró de nuevo, tratando de ignorar la risa burlona que le recorría la mente. Cerró los ojos unos segundos, intentando relajarse y absorber un poco de calma antes de que la enfermera llegara a revisar sus signos vitales y darle las indicaciones de ese día. Pero la idea de poder copiar cualquier cosa seguía martillando en su cabeza, y un pensamiento persistente se instaló: cada vez que cruzaba entre mundos, cada vez que forzaba esa frontera, pagaba un precio. No sabía cuál sería la factura real, ni cuánto podía estirar su capacidad antes de romperse.

  El sol seguía subiendo lentamente y la habitación, aunque silenciosa, parecía más peque?a que nunca, como si todo su peso y sus dudas ocuparan espacio físico. Carlos sabía que no podía quedarse quieto mucho tiempo: quería entender, quería probar, quería dominar. Pero también entendía, aunque le costara aceptarlo, que cada intento venía acompa?ado de un riesgo. Y detrás de todo, Shion observaba, sin dejar de sonreír con esa mezcla de burla y misterio que hacía que cada pensamiento de Carlos se sintiera incompleto, como un rompecabezas que nunca podría resolver del todo.

  El silencio de la habitación del hospital se rompió abruptamente cuando Shion, con su habitual tono burlón, decidió hablar de nuevo.

  —Es muy gracioso —dijo, y en su voz había una mezcla de diversión y satisfacción casi cruel—. Realmente me alegra haberte escogido. Disfruto de tu sufrimiento, de tu estrés, de cómo cada peque?a complicación te hace dudar, te hace temblar por dentro.

  Carlos lo miró, aunque sabía que no había nada que realmente mirar. Su presencia flotaba en su mente, invisible, omnipresente, pero su voz llenaba cada rincón de su conciencia. El muchacho quedó perplejo. "?Escogido…? ?Qué significa eso?", se preguntó en voz baja, casi temblando.

  —?Elegido? —preguntó finalmente, con una mezcla de incredulidad y cautela—. ?Qué quieres decir con escogido?

  Shion se rió, un sonido que parecía vibrar en la cabeza de Carlos, penetrante y juguetón al mismo tiempo.

  —?Crees que fue casualidad que estés aquí, chico ingenuo? —dijo Shion, y su tono se volvió un poco más agudo, cargado de diversión—. La casualidad no existe realmente. Todo tiene un propósito, un motivo. Tú estás aquí por una razón. Por mí. Por lo que puedo hacer contigo. Por lo que puedo ense?arte… o por lo que puedo… observar.

  Carlos frunció el ce?o, tratando de digerir sus palabras. Su mente giraba, combinando recuerdos del hospital, de los combates en el otro mundo, de sus heridas y el esfuerzo por sanar con su propia magia. Una sensación inquietante se instaló en su pecho: si Shion tenía razón, si realmente lo había “escogido”, entonces no había nada de casualidad en todo lo que le había ocurrido. Cada ataque, cada desafío, cada momento de miedo y desesperación podría haber sido calculado, observado, manipulado.

  —Entonces… —murmuró Carlos, con cautela—, ?existen más como tú?

  Shion soltó una carcajada, más fuerte y burlona que antes, y la risa retumbó en la mente de Carlos, haciendo que un escalofrío recorriera su espalda.

  —Chico listo —dijo, todavía riendo—. Solo con esa pregunta ya demuestras que algo has comprendido. Sí, hay otros. Pero no te emociones demasiado. No todos son visibles, no todos son iguales. Algunos apenas rozan la existencia de los mortales, otros están mucho más allá de lo que tu mente puede imaginar.

  Carlos se quedó en silencio, intentando procesar. Cada palabra de Shion era una combinación de amenaza y revelación. De alguna forma, comprendió que Shion no era solo un ser que lo acompa?aba; era algo que se infiltraba en su mente, algo que trascendía las reglas normales de su mundo y del otro mundo. De repente, la idea de Shion como un parásito comenzó a cobrar sentido: una presencia que se aferra, que observa, que influye, que no puede eliminarse con facilidad.

  —?Así que eres como un parásito? —preguntó, casi susurrando, con un hilo de temor en su voz.

  Shion suspiró, como si hubiera esperado esa pregunta y ya estuviera cansado de la curiosidad humana.

  —No —dijo, su voz más grave, más profunda, con un matiz de autoridad y misterio—. No soy un parásito. Eso sería demasiado simple, demasiado… ordinario. Soy algo mucho mejor que eso. Mucho más superior. Algo que simplemente trasciende la definición que tu peque?o cerebro podría imaginar.

  Carlos sintió que sus pensamientos se enredaban más y más. Si Shion no era un parásito, entonces ?qué era? Su mente trataba de encajar la información en algún molde que pudiera comprender, pero todo parecía demasiado grande, demasiado fuera de alcance. Cada palabra de Shion era deliberadamente ambigua, dejándolo con preguntas sin respuesta, con teorías que se desplomaban antes de formarse completamente.

  —Entonces… si eres así… —murmuró Carlos, con la voz casi quebrada por la mezcla de miedo y frustración—, debe haber alguna forma de… de quitártelo de encima, ?no?

  Shion soltó otro suspiro, más pesado esta vez, cargado de una calma inquietante.

  —Déjalo estar —dijo, con un tono que no admitía discusión—. No va a pasar. No hay manera de deshacer esto, al menos no de la forma que imaginas. No puedes simplemente arrancarme de tu cabeza. No puedes ignorarme, no puedes huir de mí. Yo estoy aquí, y voy a estar aquí. No porque quiera, sino porque… bueno, eso ya es parte de lo que no necesitas entender ahora.

  Carlos cerró los ojos un instante, sintiendo la opresión de las palabras, la magnitud de la realidad que le presentaba Shion. No había atajos, no había soluciones fáciles. Cada decisión, cada movimiento, cada uso de su poder tendría consecuencias, y la presencia de Shion aseguraba que nada fuera simple.

  Se recostó en la cama del hospital, dejando que el silencio regresara, pero sabía que no sería un silencio real. Shion estaba ahí, observando, burlándose, dejando que su mente bullera de preguntas, dejando que el miedo y la curiosidad se mezclaran en un cóctel que Carlos no podía ignorar. Por primera vez, comprendió que la relación con Shion no sería solo un desafío de habilidades o fuerza: sería una prueba constante de resistencia, ingenio y paciencia. Y, aunque todavía no lo admitiera, parte de él estaba intrigado. Quizá, solo quizá, entender a Shion y sobrevivir significaría descubrir límites que ningún otro ser había visto antes.

  Carlos permaneció recostado en la cama del hospital, con la luz de la ma?ana colándose por la ventana, mientras Shion no dejaba de hablar en su cabeza, burlándose de cada pensamiento que cruzaba por su mente.

  —Aunque existan otros —dijo Shion con esa voz calmada y fría—, todos son extremadamente inferiores. Ninguno tiene siquiera la mitad de lo que yo puedo hacer.

  Carlos, frunciendo el ce?o y con la paciencia al límite, no pudo evitar responder:

  —Prepotente… ?de verdad crees que eres tan superior? Si lo eres, ?por qué no tomas el control directamente? —su voz era firme, cargada de desafío.

  Shion soltó una carcajada, corta y burlona, resonando dentro de la mente de Carlos.

  —Si hiciera eso —dijo, con un tono que combinaba diversión y amenaza—, no sería divertido. Todo perdería el sabor si simplemente me impusiera. Parte del juego es verte esforzarte, sufrir un poco, dudar de ti mismo.

  Carlos suspiró con fuerza, dejando escapar una mezcla de frustración y agotamiento mental.

  —Eres un puto incordio —dijo finalmente, sin poder ocultar su hartazgo—. Te detesto de verdad.

  —Qué pena —respondió Shion con un dejo de burla—. Pensar así de tu fiel compa?ero… me rompe un poquito el corazón.

  Carlos simplemente rodó los ojos y apartó la atención de Shion, decidiendo que no podía dejar que su presencia le arruinara la ma?ana. Sacó su móvil del bolsillo, con la intención de aprovechar el tiempo y hacer algo productivo. Su mente ya estaba dando vueltas sobre cómo podría mejorar en combate; si podía copiar habilidades de los otros mundos, quizá también podría replicar movimientos de combate que hubiera visto en animes, series o películas.

  Abrió varias aplicaciones y buscó escenas de peleas, combates cuerpo a cuerpo, movimientos de artes marciales y estrategias de grupos enteros. Observaba con detalle cada gesto, cada posición, cada impulso de los combatientes, pausando y retrocediendo los clips una y otra vez, intentando memorizarlo todo.

  Se concentró especialmente en escenas donde el protagonista, a veces débil o poco experimentado, debía aprender rápido y superar a oponentes más fuertes mediante astucia y técnica. Una de las series que más revisó fue aquella sobre un chico de una banda llamada Tokyo Manji. Aunque el protagonista parecía patético al inicio, Carlos veía cómo mejoraba con cada pelea, cómo analizaba movimientos y estrategias de los demás, y cómo usaba su entorno a su favor.

  Con cada video que veía, Carlos intentaba imaginar cómo podría replicar los movimientos de esas series en su propio cuerpo, pensando en Kaelis, en los combates que tendría que enfrentarla de nuevo. Su mente trabajaba incansable, creando un mapa mental de ataques, defensas y combinaciones, mientras su cuerpo descansaba sobre la cama. Incluso anotaba mentalmente qué movimientos podrían adaptarse a su fuerza actual y cuáles necesitarían un aumento de su poder o precisión de su mana para ejecutarlos correctamente.

  Shion, como siempre, se burlaba de su concentración y dedicación.

  —Mírate, chico —dijo con tono sarcástico—. Toda esa energía para imitar dibujitos y peleas de series. ?Crees que eso te hará un verdadero combatiente?

  Carlos respiró hondo, ignorando la voz, y murmuró para sí mismo:

  —Puede que no, pero no tengo otra manera de aprender rápido. Y no voy a perder otra vez frente a Kaelis.

  El tiempo pasó lentamente, con Carlos absorbiendo cada detalle de los movimientos que veía, experimentando mentalmente combinaciones y repeticiones, practicando incluso en su mente cómo usar sus habilidades físicas y de magia mientras imitaba técnicas de las series. La ma?ana se convirtió en un mar de estrategias, análisis y planificación, mientras Shion, a pesar de su burla constante, no podía evitar sentirse intrigado por la obsesión de Carlos con mejorar.

  Cada escena que veía, cada movimiento que memorizaba, era un peque?o paso hacia su objetivo: enfrentarse a Kaelis de manera más efectiva, entender sus técnicas y, lo más importante, descubrir hasta dónde podía llegar con su propio cuerpo, su mana y su capacidad para imitar. Mientras tanto, Shion permanecía en silencio, solo dejando escapar peque?as risas burlonas, como si disfrutara de cada minuto de la concentración y el esfuerzo de Carlos, sin revelar jamás sus verdaderas intenciones.

  Shion chasqueó la lengua con fastidio dentro de su cabeza, como si estuviera caminando en círculos en un espacio que solo él podía habitar.

  —Llevas horas con lo mismo —se quejó—. Escena tras escena, golpe tras golpe, siempre mirando, siempre analizando. ?No te cansas? Así no puedo divertirme.

  Carlos no apartó la vista del móvil de inmediato. Dejó terminar el clip, retrocedió unos segundos y recién entonces pausó el video. Sus dedos se quedaron quietos sobre la pantalla apagada mientras hablaba, con un tono más tranquilo de lo que él mismo esperaba.

  —Si dices eso —respondió—, entonces tiene sentido que te “unieras” a mí justo el primer día que fui al otro mundo.

  Shion guardó silencio por un instante. No fue un silencio cómodo, sino uno expectante, como si estuviera sonriendo en la oscuridad.

  —?Y por qué crees eso? —preguntó al fin, con un interés genuino.

  Carlos apoyó la cabeza contra la almohada y miró al techo blanco del hospital. Las grietas diminutas de la pintura, casi invisibles, le parecieron de pronto fascinantes. Tardó unos segundos en responder.

  —Porque si ahora te aburres solo por verme hacer esto —dijo—, entonces mi vida antes de todo esto tuvo que ser un infierno para alguien como tú.

  Shion soltó una risa baja, suave, pero cargada de burla.

  —Explícate.

  Carlos cerró los ojos.

  —Era siempre lo mismo. Levantarme. Vestirme. Salir de casa. Copiar la actitud de los demás. Sonreír cuando tocaba, callarme cuando tocaba. Volver. Dormir. Repetir.

  Hacía lo que se suponía que tenía que hacer, no lo que quería. No pensaba demasiado, porque pensar era cansado. Solo… seguía el flujo.

  Shion estalló en carcajadas, esta vez sin contenerse.

  —Patético —dijo sin rodeos—. Vivías pendiente de cómo te veían los demás. Del “qué dirán”. De encajar. Ni siquiera sabías qué querías tú.

  Carlos no respondió.

  El silencio se alargó unos segundos más, pesado, incómodo. No porque Carlos no tuviera nada que decir, sino porque, en el fondo, sabía que Shion había tocado algo real.

  —?Ves? —continuó Shion, con una voz más baja, casi satisfecha—. Que no respondas solo me da la razón.

  Eras realmente patético.

  Carlos apretó los dientes. Su mano se cerró lentamente sobre la sábana, arrugándola. Durante un momento, sintió el impulso de gritarle, de insultarlo, de decirle que se equivocaba. Pero las palabras no salieron.

  Porque una parte de él sabía que no era una mentira completa.

  —Tal vez —dijo al fin, en voz baja—.

  Pero al menos ahora estoy haciendo algo distinto.

  Shion no respondió de inmediato. No se rió. No lo provocó. Solo dejó escapar una especie de exhalación, casi imperceptible.

  —Eso —dijo finalmente— es lo único interesante que has dicho en horas.

  Carlos abrió los ojos y volvió a encender el móvil. Buscó otro video, otra pelea, otro movimiento que memorizar. No porque quisiera callar a Shion, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba eligiendo algo por sí mismo.

  Y en el fondo de su mente, Shion observaba en silencio, con una sonrisa que Carlos no podía ver.

  La enfermera dejó la bandeja sobre la mesita abatible con un movimiento práctico y automático. Era una mujer de mediana edad, con ojeras suaves que delataban turnos largos y una voz tranquila, de esas que parecían hechas a propósito para hospitales.

  —Intenta comer despacio —le dijo mientras ajustaba la altura de la cama—. Todavía estás débil, aunque no lo parezca.

  Carlos asintió y le dio las gracias otra vez. La enfermera le dedicó una sonrisa breve, profesional, y antes de irse a?adió:

  —Si sientes mareos o dolor más fuerte, llama. No te hagas el héroe.

  —Lo intentaré —respondió Carlos, con una media sonrisa cansada.

  Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a envolver la habitación. Carlos miró la bandeja: arroz blanco, algo de pollo hervido, verduras sin demasiada gracia y una gelatina temblorosa en un vasito de plástico. Nada apetecible, pero su estómago protestó en cuanto el olor le llegó.

  —Vaya banquete —comentó Shion con tono burlón—. El premio por salvar a la damisela.

  —Cállate —murmuró Carlos mientras tomaba los cubiertos—. Al menos es comida.

  Empezó a comer despacio, obedeciendo a la enfermera. Cada movimiento todavía tiraba un poco del costado, una molestia sorda que le recordaba que su cuerpo no estaba tan bien como parecía. Aun así, notó algo extra?o: no se sentía tan vacío como esperaba después de todo lo que había pasado. Cansado, sí. Dolorido, también. Pero no roto.

  Mientras masticaba, su mente volvió inevitablemente al otro mundo. A Kaelis. Al entrenamiento brutal. A la sensación de copiar movimientos casi sin pensar, como si su cuerpo recordara cosas que nunca había aprendido aquí.

  —Oye —dijo de pronto, sin levantar la vista del plato—.

  Si puedo copiar técnicas, ?por qué aquí no se siente igual?

  Shion no respondió de inmediato. Carlos casi pensó que lo estaba ignorando, hasta que la voz volvió, más pensativa de lo habitual.

  —Porque este mundo es más… rígido —dijo—. Las reglas están bien apretadas. Tu cuerpo, tu energía, todo está acostumbrado a funcionar de una sola manera. Forzarlo aquí cuesta más.

  Carlos dejó los cubiertos un momento.

  —Pero aun así pude usar magia —dijo—. Aunque casi me mata.

  Shion soltó una risa baja.

  —Exacto. Pudiste. Eso ya es raro.

  La mayoría ni siquiera tendría la puerta entreabierta.

  Carlos apretó los labios. Tomó un sorbo de agua y volvió a comer, pensativo.

  —Entonces —murmuró—, si entreno allá… ?aquí también cambiaré?

  —Tal vez —respondió Shion, ambiguo—. O tal vez solo estés acumulando deudas que aún no entiendes.

  Carlos frunció el ce?o, pero no insistió. Terminó el plato con más dificultad de la que esperaba y empujó la bandeja a un lado cuando ya no pudo más. Se dejó caer contra la almohada y miró el techo otra vez.

  El hospital seguía tranquilo. Demasiado tranquilo, casi.

  —Cuando salga de aquí —dijo finalmente—, no voy a parar.

  —?De qué? —preguntó Shion, con una curiosidad peligrosa.

  Carlos cerró los ojos.

  —De entrenar. De aprender. De forzar los límites.

  Si esto empezó… pienso terminarlo a mi manera.

  Shion no se rió esta vez. Su voz llegó suave, casi complacida.

  —Eso suena mucho menos aburrido.

  Carlos apretó los dientes y giró levemente el rostro hacia la ventana, donde la luz del mediodía se filtraba entre las cortinas blancas del hospital.

  —No lo hago por ti —dijo con voz baja, firme—. No voy a entrenar para entretenerte ni para que te rías desde mi cabeza.

  Lo haré para sacarte de aquí.

  Hubo un breve silencio. No uno incómodo, sino expectante, como si algo al otro lado estuviera observándolo con atención renovada.

  Entonces Shion se rió.

  No fue una carcajada explosiva, sino una risa lenta, profunda, cargada de diversión genuina.

  —?De verdad? —respondió—.

  Eso sí que no me lo esperaba.

  Carlos cerró el pu?o sobre la sábana.

  —No pienso aceptarte como algo inevitable —continuó—. Si existes, si estás aquí, entonces debe haber una forma de romper esto.

  Entrenaré, aprenderé, entenderé las reglas mejor que tú… y cuando llegue el momento, te sacaré de mi cabeza.

  La risa de Shion se intensificó, pero no sonaba burlona esta vez. Sonaba complacida.

  —Me gusta —dijo finalmente—.

  Muy bien, Carlos… acepto el desafío.

  Carlos frunció el ce?o.

  —?Aceptar? —repitió—. No necesito tu permiso.

  —Oh, no —respondió Shion con un tono casi alegre—. Pero esto lo hace más interesante.

  Un huésped que no se resigna, que lucha, que crece…

  Eso es mucho más divertido que uno que se rompe y ya.

  Carlos sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no retrocedió. Por primera vez desde que todo había empezado, esa risa no lo hizo sentir peque?o. Le recordó que, al menos, no estaba completamente indefenso.

  —Entonces escúchame bien —dijo—.

  Entrenaré en el otro mundo. Entrenaré aquí. Probaré mis límites, aunque me duela, aunque me cueste.

  No pienso quedarme siendo el mismo de antes.

  Shion guardó silencio unos segundos, como si evaluara cada palabra.

  —Eso cambia muchas cosas —murmuró al fin—.

  Tener un objetivo suele ser peligroso… pero también es lo que separa a los que sobreviven de los que solo reaccionan.

  Carlos soltó el aire lentamente. Por primera vez desde el ataque, desde el hospital, desde todo, sintió que algo dentro de él se alineaba. No sabía cómo. No sabía cuándo. Ni siquiera sabía si era posible.

  Pero tenía un propósito.

  Ya no era solo un chico atrapado entre dos mundos, ni alguien arrastrado por fuerzas que no comprendía del todo. Ahora tenía una meta clara, aunque fuera absurda, aunque pareciera imposible.

  Entrenar. Crecer. Resistir.

  Y algún día, enfrentarse de verdad a aquello que se hacía llamar Shion.

  Mientras el sol seguía su lento avance tras la ventana y el hospital permanecía en calma, Carlos cerró los ojos con una determinación nueva.

  No sabía qué precio tendría que pagar.

  Pero, por primera vez, estaba dispuesto a hacerlo.

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