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Capítulo 12 : La primera noche compartida

  El eco del silbato de Varek Volkov cortó el aire saturado de sudor y ozono del pabellón. El profesor bajó su vara de policarbonato y, con un gesto seco de la mano, dio por concluida la sesión.

  —Suficiente por hoy —sentenció Volkov, su voz resonando contra las paredes de hormigón—. El cuerpo humano es una máquina que necesita enfriarse antes de romperse. La próxima clase seguiremos con las técnicas de derribo. Desalojen la pista.

  El grupo de alumnos empezó a abandonar el tatami de caucho, moviéndose con la torpeza propia de los músculos agotados. El bullicio de las conversaciones empezó a llenar el pasillo de piedra gris mientras se dirigían hacia el Ala Norte. Marcus se adelantó a zancadas, colocándose al lado de Adrián , que caminaba con una extra?a ligereza, como si el peso que antes arrastraba en su mente se hubiera evaporado.

  —?Oye, Adrián! —exclamó Marcus, dándole un empujoncito amistoso en el hombro—. De verdad, tío, me tienes que ense?ar esas técnicas de combate. Me has dejado flipando con ese ataque que has tenido. ?Ha sido una locura!

  Adrián esbozó una sonrisa de medio lado, ajustándose la chaqueta del uniforme mientras esquivaba a un grupo de novatos que venían de esgrima.

  —De verdad te lo digo —continuó Marcus, gesticulando con las manos describiendo el ataque —. El conocerte está siendo todo un descubrimiento para mí. Yo estaba convencido de que eras incluso peor que yo en esta clase; ya me estaba diciendo a mí mismo: "Mira por donde, voy a tener una asignatura donde por fin voy a destacar", ?pero ya veo que ni en mis mejores sue?os, colega!

  Adrián soltó una carcajada limpia, la primera que sonaba sincera en mucho tiempo. Se detuvo un instante al salir de la sala para orientarse hacia su dormitorio, mirando a su amigo con una chispa de picardía en los ojos.

  —Esto es técnica, Marcus —le respondió, encogiéndose de hombros mientras seguía riendo—. Solo técnica.

  Ambos se despidieron con un gesto, separándose para dirigirse a sus respectivos dormitorios. Necesitaban una ducha urgente y quitarse el rastro del combate antes de la siguiente clase. Sin embargo, mientras Adrián caminaba hacia su habitación, no podía dejar de pensar en el calor de la mano de Estela sobre su hombro y en cómo, gracias a ella, el mundo por fin se había quedado en silencio.

  Mientras el grupo de los chicos se alejaba , el grupo de las chicas comenzó a recoger su equipo. El ambiente en el pabellón 4 se había vuelto denso, entre una mezcla de sudor y perfume que disfrazaba los olores . Iris se agachó para recoger su botella de agua, lanzando una mirada lateral a Estela , que guardaba sus protectores con una calma que resultaba sospechosa.

  —Oye, Estela... —soltó Iris, rompiendo el silencio con un tono afilado—. ?Qué rollo te traes con Adrián? ?Es que ahora te gusta o qué?

  Estela no respondió de inmediato, centrada en cerrar la cremallera de su mochila , pero Iris no estaba dispuesta a dejarlo pasar. Se cruzó de brazos, bloqueando el paso.

  —Vamos, me estás liando —continuó Iris, alzando una ceja—. Hace nada me dijiste que no querías nada con nadie, que estabas aquí para demostrarte cosas necesarias en tu vida y que los tíos eran una distracción. Y ahora, de repente, no solo le dices al profesor que quieres ser su pareja de combate, sino que encima lo tocas como si fueras una perra en celo.

  Estela se tensó. Levantó la mirada y la clavó en Iris, deteniéndose en seco con una frialdad que nació directamente del nuevo poder que sentía en su interior.

  —Eso no es así —sentenció Estela, con una voz que no tembló—. Esa no era mi intención, simplemente coincidió así.

  Hizo una pausa, buscando una excusa que ocultara la verdad del Manuscrito de los Guardianes.

  —Lo vi muy débil en ese momento, igual que yo —a?adió, encogiéndose de hombros —. Pensé que sería un rival fácil de aniquilar, pero me salió el tiro por la culata.

  Estela desvió la mirada hacia los ventanales altos del pabellón, evadiendo la situación como si el tema careciera de importancia, aunque por dentro su corazón latía con fuerza por el secreto que guardaba.

  A pocos metros,Selene terminaba de ajustar el equipo en silencio. No intervino en la conversación; prefirió no mancharse las manos en una disputa que le parecía trivial. Para ella, Estela seguía siendo esa chica inofensiva obsesionada con la tecnología y los juegos, una pieza irrelevante en el tablero. Ni en sus peores pesadillas Selene se imaginaba que esa "gamer" era, en realidad, una Guardiana de los Ecos recién despertada.

  Sin decir una palabra más, las tres abandonaron la nave de hormigón del pabellón de entrenamiento. Al cruzar el umbral, el entorno cambió drásticamente, sumergiéndose en la arquitectura contradictoria que definía a la universidad.

  El pasillo principal era una arteria inmensa de arcos ojivales de piedra volcánica, cuyos techos se perdían en una penumbra cargada de historia. Sin embargo, incrustados en los milenarios muros de granito, corredores de fibra óptica brillaban con un pulso azulado, transportando datos a una velocidad vertiginosa entre las aulas. Las luces halógenas, dispuestas como antorchas modernas en soportes de hierro forjado, parpadeaban con un zumbido eléctrico casi imperceptible, proyectando sombras alargadas que danzaban sobre el suelo de mármol pulido.

  Era un lugar donde el pasado gótico y el futuro tecnológico colisionaban sin pedir permiso. Gárgolas de piedra convivían con cámaras de vigilancia térmicas de última generación.

  Al llegar al distribuidor central, donde un holograma del escudo de Dragonhall giraba lentamente en el aire, las tres se separaron. Sin despedirse, cada una tomó la dirección de su respectivo sector .

  El paso decidido de Iris, el caminar ligero de Selene, y la marcha ahora firme y autoritaria de Estela. Caminaban hacia la soledad de sus habitaciones, buscando el refugio de sus duchas para lavarse el sudor, el cansancio y el rastro del combate antes de que la campana electrónica anunciara la siguiente clase.

  Selene llegó a su sección en el ala este, donde el silencio de los pasillos parecía absorber incluso el sonido de sus propios pensamientos. Se detuvo frente a la pesada plancha de acero y madera de roble que custodiaba su privacidad. El sensor biométrico, oculto tras una moldura gótica, proyectó un fino haz de luz carmesí que recorrió su iris en un parpadeo. La puerta se deslizó hacia un lado y volvió a sellarse tras ella con un chasquido magnético definitivo. Estaba a salvo, o eso quería creer.

  Sin encender las luces, Selene cruzó la estancia en penumbra, dejando que su mochila cayera sobre la cama con un golpe sordo. No se detuvo a mirar los escasos objetos personales que decoraban su cuarto; fue directamente al cuarto de ba?o, buscando el refugio del agua.

  Al entrar, el sensor de movimiento activó una luz tenue y fría que nacía de las juntas del techo. Selene abrió el grifo de la ducha al máximo. El rugido del agua caliente golpeando la piedra oscura del plato de ducha llenó el espacio, creando una barrera de ruido que la aislaba del resto de Dragonhall. En pocos segundos, una densa nube de vapor empezó a reptar por las paredes de mármol, envolviéndolo todo en una neblina cálida y húmeda.

  El espejo frente al lavabo no tardó en sucumbir. Una capa blanca y opaca borró su reflejo, ocultándose de sí misma. Selene se quedó estática, escuchando el latido acelerado de su propio corazón. Con un movimiento lento, levantó la mano derecha y deslizó la palma sobre la superficie fría del cristal, limpiando un círculo de humedad.

  The narrative has been taken without authorization; if you see it on Amazon, report the incident.

  A medida que el agua escurría, sus rasgos empezaron a emerger de la nada. Pero lo que Selene vio en el espejo no fue a la alumna brillante y segura de la clase de combate.

  Sus propios ojos la miraban desde el cristal con un pavor gélido, una expresión de terror que solo aparece cuando te das cuenta de que el monstruo al que más temes no está detrás de ti, sino dentro. En ese círculo de cristal limpio, Selene no se vio a sí misma; vio el rastro de la otra. Vio la mirada de Catherine.

  El parecido era tan absoluto, tan violento, que por un segundo sintió que sus pupilas se dilataban con la misma oscuridad que había visto en su hermana aquel fatidico dia en que su vida dejó de ser una vida normal de una chica de 16 a?os para convertirse en el monstruo que ahora era .

  Selene apretó los párpados, dejando que el agua caliente de Dragonhall le resbalara por la nuca, pero su mente ya estaba en la peque?a casa de ladrillo visto de las afueras.

  Hubo un tiempo en que Selene y Catherine eran solo dos piezas idénticas en una familia que, de cara a la galería, funcionaba como un reloj. Sus padres eran el ejemplo del esfuerzo: él, un banquero de gestos medidos y camisas siempre almidonadas; ella, una peluquera con carácter que regentaba su propio salón con mano de hierro. Ambos traían el sustento a casa , pero solo ella traía la voz . En aquella casa, el aire siempre estaba cargado con la autoridad de su madre. Era ella quien dictaba las leyes entre aquellas cuatro paredes, quien decidía los horarios y quien cortaba cualquier discusión antes de que empezara. Su padre se había convertido en un hombre experto en hacerse peque?o, en una sombra que evitaba el conflicto directo para no ser aniquilado por la personalidad arrolladora de su mujer.

  Fue aquel día, ellas tenían dieciséis a?os, cuando el cristal de la normalidad se rompió para siempre.

  Aquel día, el barrio estaba más animado de lo habitual. Magy, su madre, estaba radiante; su peluquería cumplía quince a?os abierta en la esquina principal y eso, en un vecindario donde cualquier excusa era buena para juntarse, significaba una gran celebración. Magy era la reina de esas calles; le encantaba organizar cenas, risas y brindis que terminaban con todos volviendo a casa con el corazón ligero.

  —?Vamos, Selene, muévete! —había gritado Magy desde la puerta, ajustándose el abrigo—. Tenemos que comprar el vino y los aperitivos para la cena de esta noche. Los del barrio no perdonan una buena mesa y no quiero que falte nada.

  Selene recordaba haber mirado a su padre, sentado en el sofá con su periódico, esa sombra silenciosa que apenas asintió cuando Magy le ordenó que vigilara que Catherine terminara sus deberes.

  —Tardaremos poco —a?adió Magy, arrastrando a Selene hacia el coche bajo la lluvia—. Una compra rápida, unas risas con el carnicero y a casa a preparar la fiesta.

  Esa era la fachada: una peluquera exitosa, una cena con amigos, la alegría de un negocio próspero. Nadie sabía que la verdadera "celebración" de su padre no incluía amigos, sino el aprovechamiento de un vacío de poder que llevaba a?os cultivando en su interior.

  Su padre, aquel banquero de modales impecables, ocultaba una historia que nunca terminó de escribirse. Era una herencia de odio sembrada en su infancia por su propia madre; una mujer dominante que lo anulaba con golpes y desprecios, repitiéndole que era escoria, que nunca serviría para nada y que mejor hubiera sido que no naciera. él creció bajo esa presión asfixiante, desarrollando un imán trágico para las mujeres que replicaban ese perfil. Eligió a Magy no porque fuera igual de cruel, sino porque era igual de controladora. Magy lo quería a su manera, pero lo humillaba sin darse cuenta al decidir cada detalle de su vida, reduciéndolo de nuevo a esa sombra peque?a que fue frente a su madre.

  Pero él guardaba un secreto que ni Magy, con toda su perspicacia, había detectado. En su antigua ciudad, antes de mudarse, ocho mujeres jóvenes habían desaparecido. Todas compartían un perfil; todas terminaron violadas y asfixiadas con una bolsa de plástico. El sello del asesino era una firma de odio: sus labios aparecían maquillados con barras de colores vibrantes. Esas barras eran sus trofeos. En la ciudad actual ya sumaba cinco víctimas más, cinco mujeres que nadie había podido vengar. Sus trofeos descansaban en el sótano, bajo una losa oculta en la esquina donde guardaba sus herramientas de bricolaje. Allí, entre el serrín y el metal, se escondía la prueba de su doble vida.

  Catherine acababa de salir de la ducha y bajaba a la cocina a por una pieza de fruta antes de ponerse con las tareas de clase. Al pasar por el comedor, vio a su padre sentado, tan serio y distante como siempre.

  —Oye, papá, huele —dijo Catherine con la inocencia de sus dieciséis a?os, acercándose a él—. Es mi último perfume, me lo compré ayer y huele genial.

  En ese instante, el tiempo se detuvo. El aroma envolvió al banquero como una bofetada. Era el mismo perfume, la misma esencia exacta que llevaba su última víctima mientras moría bajo la bolsa de plástico. La mirada del padre cambió; sus pupilas se dilataron y el afecto de un progenitor fue sustituido por el hambre del depredador que ya estaba planeando su próximo movimiento.

  Fue entonces cuando ocurrió. El Eco de Catherine, presionado por la cercanía de esa oscuridad absoluta, despertó con una violencia incontrolable.

  Su mente conectó con la de su padre como un relámpago. De repente, Catherine dejó de estar en el comedor. Empezaron a pasar por su cabeza escenas de una película de terror hiperrealista: vio los rostros de las trece mujeres, el reflejo del terror puro en sus ojos, el brillo del plástico bajo la luz y el tacto aceitoso de las barras de labios sobre cadáveres aún calientes. Vio las manos de su padre —las mismas que ahora estaban cerca de ella— apretando los cuellos hasta el último aliento.

  Catherine se tambaleó, sintiendo que le faltaba aire para respirar . El color huyó de su rostro.

  —Catherine, ?te pasa algo, hija? —preguntó su padre, con una voz extra?amente suave que ocultaba una amenaza latente—. Estás muy pálida.

  Catherine sintió náuseas, pero su instinto de supervivencia fue más rápido que su miedo. Logró sostenerle la mirada, aunque por dentro sus cimientos se habían roto para siempre.

  —No, papá... no me pasa nada —logró responder, aunque su voz sonó hueca—. Es solo el calor del ba?o.

  Sin esperar respuesta, dio media vuelta y subió las escaleras. Cada escalón pesaba una tonelada. Se encerró en su habitación a esperar, contando los segundos para que Selene y Magy cruzaran la puerta, sabiendo que acababa de descubrir que el hombre que dormía en la habitación de al lado era el monstruo que mantenía a la ciudad en vilo.

  El sonido de la llave girando en la cerradura y las risas de Magy resonaron en la planta baja, rompiendo el silencio sepulcral que Catherine había dejado a su paso. Selene entró cargada con un par de bolsas, sacudiéndose el agua de la lluvia con una sonrisa que aún no sabía que estaba a punto de morir.

  —?Menudo aguacero! —exclamó Magy, dirigiéndose directa a la cocina mientras empezaba a sacar los preparativos para la cena—. Menos mal que hemos cogido el embutido a tiempo. Selene, sube a ver a tu hermana, que se habrá quedado dormida sobre los libros. ?Y no le des mucha guerra, que hoy estamos de celebración!

  Selene soltó una risita y, de paso por la encimera, cogió un trozo de pastel de manzana que Magy había comprado en la pastelería del barrio.

  —?Eh, gandulita! —gritó Selene mientras subía las escaleras de dos en dos, con el pastel en una mano—. ?Que no te has venido a comprar por no cargar peso! ?Abre, que traigo el botín!

  Empujó la puerta de la habitación con el hombro, esperando encontrar a Catherine quejándose por el ruido o estudiando. Pero la imagen que recibió la congeló por completo .

  Catherine estaba sobre la cama, en penumbra. Tenía las rodillas pegadas al pecho, abrazándose a sí misma con una fuerza desesperada, y se balanceaba rítmicamente hacia adelante y hacia atrás. Sus ojos estaban muy abiertos, fijos en un punto invisible, y sus labios temblaban sin emitir sonido.

  —?Catherine? —el tono de Selene cambió al instante. Dejó el pastel sobre el escritorio, olvidándose de las bromas—. ?Qué haces así? ?Qué te pasa?

  Selene se acercó despacio, asustada por el vacío que veía en la mirada de su hermana. Se sentó en el borde del colchón y, con un gesto lleno de ternura, extendió la mano para tocarle el hombro.

  —Cari?o, mírame... ?Qué tienes?

  En el momento en que la piel de Selene rozó la de Catherine, el universo estalló.

  No hubo palabras, solo una descarga eléctrica que conectó sus ECOS por primera vez en su máxima potencia. Al ser gemelas idénticas, la barrera mental no existía. Selene fue arrastrada al abismo de Catherine. De repente, la habitación desapareció y Selene se vio inundada por una marea de imágenes violentas y nítidas: el brillo del plástico, el olor a barniz de las barras de labios, los rostros asfixiados de las trece mujeres y, sobre todo, la sombra de su padre moviéndose como un demonio entre los cuerpos.

  Vio la losa del sótano, vio el maquillaje sobre los labios muertos y sintió el placer frío que su padre experimentaba con cada asesinato.

  El contacto se rompió cuando ambas soltaron un jadeo unísono. Se quedaron allí, sentadas una frente a la otra, con la respiración entrecortada. El silencio de la casa, donde abajo Magy seguía tarareando una canción mientras guardaba la compra, se volvió insoportable.

  Una lágrima pesada resbaló por la mejilla de Catherine, y un segundo después, otra igual recorrió el rostro de Selene. Se miraron a los ojos, reconociendo en el reflejo de la otra la misma verdad devastadora. Ya no eran las ni?as del banquero y la peluquera. Eran las hijas de un monstruo, y acababan de heredar el rastro de toda su sangre.

  Todavía tengo los pelos de punta escribiendo este final...

  ECO es el corazón de esta historia: compartir no solo el rostro, sino la visión de trece asesinatos cometidos por su propio padre.

  barras de labios como trofeos es el rastro que Selene intenta borrar cada día en la academia. Ahora entendéis por qué odia tanto su propia sangre y por qué tiene tanto miedo de que alguien descubra quién es realmente.

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