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Capitulo 1: Yo?

  Había pasado un tiempo desde que Elyndra despertó, pero para su sorpresa, se encontraba nuevamente en aquella ciudad en ruinas. El paisaje, una vez familiar y desolado, ahora le susurraba algo distinto. El hielo parecía hablarle, como si todo en ese lugar estuviera al tanto de su presencia, esperando de ella algo. Sus pasos eran ligeros, casi cautelosos, pues no entendía cómo había llegado hasta allí, ni qué fuerza había mantenido su cuerpo inerte hasta este momento.

  Una vez más, se hallaba frente a aquella planta helada, que en su frágil hermosura parecía desafiar el tiempo mismo. Algo en el aire era distinto. Algo la mantenía sumida en un mar de preguntas sin respuesta. No recordaba lo que había ocurrido antes. Su mente, atrapada en un vaivén de confusión, solo era capaz de sentir cómo el amuleto comenzó a temblar con una vibración extra?a, como si respondiera a algo en el aire, a algo que había sucedido anteriormente en otra parte del mundo. Y de repente, se encontró allí, sumergida en un lugar lleno de ecos y dudas, como si nada hubiese cambiado, pero al mismo tiempo, todo hubiera cambiado, como si ella hubiera cambiado.

  Fue entonces cuando vio algo nuevo, algo que no había estado allí antes, como si el lugar mismo hubiera decidido revelarle algo más. Más allá de las ruinas que ya conocía, más allá de la incertidumbre que la envolvía, una figura solitaria se hallaba sentada Al borde de un acantilado. La silueta de un joven, inmóvil, observando el basto vacío en silencio, como si él también estuviera esperando algo. La presencia de esa figura le heló la piel, pero a la vez la atrajo, como si, de alguna manera, su destino estuviera entrelazado con el suyo.

  De manera casi instintiva se acercó a el, su imagen era borrosa pero de alguna forma sentía que lo conocía, su corazón comenzó a latir fuertemente, como si quisiera salir y estallar, pero debía de mantener la calma si quería respuestas. Quería saber quien era él, que era ese lugar y que hacía ella ahí.

  "No irás a los sue?os de alguien más?" Dijo aquella figura, su voz distorsionada, como si fuera un eco de un tiempo lejano. La misma frase comenzó a repetirse una y otra vez, recorriendo el aire, como un murmullo lejano que se colaba en cada rincón del lugar.

  "?No me has quitado suficiente?"

  "?No torturarás la mente de alguien más?"

  Las palabras retumbaban en su mente, cada una con un peso creciente, como si las acusaciones flotaran en el aire, cargadas de un dolor antiguo. Elyndra se detuvo en seco. El espacio a su alrededor pareció volverse más frío, más denso, como si el hielo que la rodeaba estuviera absorbiendo cada palabra, cada duda, transformándola en algo aún más oscuro.

  -Yo... no sé qué hago aquí, no sé de qué me hablas -comentó Elyndra, notando cómo comenzaban a caer lágrimas de sus ojos. Lágrimas que, al tocar su rostro, se convertían en cristal, congelándose antes de alcanzar el suelo, como si el mismo hielo que la rodeaba hubiera reclamado cada gesto suyo.

  La figura permaneció inmóvil, como si las palabras de Elyndra no alcanzaran a romper el silencio que la envolvía. Por un instante, el aire se cargó de un ambiente pesado, casi palpable, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para escuchar lo que no se decía.

  —Entonces...?Qué haces aquí? ?Solo estás aquí como un recuerdo? ?Estás aquí para que pueda despedirme? —preguntó la figura, su voz ahora más suave, casi melancólica, como si cada palabra fuera un suspiro que se perdía en la vastedad del vacío que los rodeaba.

  Elyndra se quedó en silencio, sus pensamientos se agrupaban en su mente, pero no encontraba respuestas. ?Un recuerdo? ?Una despedida? El hielo, el lugar, la figura... todo parecía estar fuera de su alcance, como si estuviera atrapada en un sue?o del que no podía despertar.

  —Bueno... —susurró la figura aún de espaldas, con una voz que parecía tejida de recuerdos rotos —me reconforta saber que, aunque todo se haya deshecho, tú sigues aquí. Aunque sea en el último rincón de mi mente. Aunque sea como un eco.

  Elyndra lo escuchó sin comprender del todo, pero cada palabra despertaba algo en ella. Algo que no podía nombrar.

  —Pienso en lo que hicimos... en lo que tuve que entregar para llegar a este punto —continuó la figura, con amargura templada por resignación —Tuve que hundirme en la oscuridad para dividir mi corazón... partirlo en dos. Una parte lucha aún. La otra... te busca. Tal vez siempre lo hizo. Pero ahora... ya es tarde, ?no?

  Elyndra quiso gritar que no, que aún estaban a tiempo, que todavía podía entender. Pero su voz no emergió. Algo la retenía. O quizá... simplemente no era a ella a quien le hablaban.

  Entonces, el mundo tembló.

  No con violencia, sino con una intensidad antigua, como si algo enterrado comenzara a despertar. El hielo que envolvía la ciudad crujió, se quebró como un cristal saturado de memorias. Y de sus fisuras, surgieron llamas. Fuego vivo. Primordial. No abrasador, sino puro. Como si el tiempo mismo comenzara a arder.

  El cielo se ti?ó de rojo. La planta helada, esa que había sido testigo silenciosa de tanto, ardía ahora con un resplandor trágico. No gritaba, pero todo en su forma parecía suplicar. Elyndra no podía moverse. No podía evitarlo. Solo mirar.

  —La redención... —dijo el joven junto a ella, mientras se ponía lentamente de pie, y por primera vez su rostro comenzaba a tomar forma —La redención de lo ocurrido aquí no está tan lejos. La oscuridad se resquebraja. Tu presencia me lo recuerda. Me lo hace creer... aunque sea mentira.

  Y justo cuando su rostro comenzaba a definirse por completo...

  Cuando sus ojos, su expresión marcada por el tiempo, y la herida que parecía haber dividido su historia en un antes y un después...

  comenzaban a volverse reales...

  Una luz surgió.

  No una luz cualquiera.

  Una columna radiante, descendiendo desde un cielo sin forma, sin origen, como si dios hubiese abierto un ojo sobre el mundo.

  Impactó directo en la planta congelada, y al hacerlo, todo el lugar se sumió en un estallido de claridad: un destello inmersivo, absoluto, como si la realidad entera se replegara sobre un solo punto.

  Y en el instante en que esa luz estuvo a punto de alcanzarla, de atravesarla como un juicio divino...

  Despertó.

  Pero no fue Elyndra.

  Fue ella.

  La joven que hasta hace apenas unos instantes dormía suspendida entre las manos de hielo.

  Su cuerpo reaccionó como si emergiera de las profundidades de un océano congelado: un sobresalto brusco, un jadeo áspero, pulmones buscando aire como si hubiesen olvidado cómo respirar.

  Sus ojos se abrieron de golpe, reflejando luces que ya no estaban allí. Se aferró al suelo como si el mundo pudiera escapar de nuevo bajo sus pies.

  Estaba desorientada.

  El frío seguía en su piel, pero no era el hielo lo que temblaba dentro de ella, sino algo más antiguo, más hondo.

  Entonces, una figura se acercó con rapidez. Shaknir

  Su presencia fue firme, pero sin invadir. Sabía que lo que había despertado frente a él no era solo una mujer, sino un enigma vivo.

  —Tranquila... ?Te encuentras bien? —preguntó, con voz baja pero cargada de urgencia.

  Sus palabras no eran las de un desconocido, sino las de alguien que, aun sin comprender del todo, sabía que sus destinos estaban irremediablemente ligados al de ella.

  Ella lo miró, pero sus ojos no parecían enfocarlo del todo.

  Como si lo viera a él... y al mismo tiempo, a alguien más.

  —Dónde estoy? —susurró, su voz quebrada por la confusión mientras sus ojos recorrían el entorno. Nada de lo que veía le resultaba familiar. El lugar, difuso y extra?o, la envolvía como una niebla espesa, y aunque sus sentidos trataban de captar algo concreto, una sensación de vacío se apoderaba de su ser, como si algo esencial faltara, algo que no lograba recordar.

  Un escalofrío recorrió su espalda. ?Qué hacía allí? ?Por qué sentía que algo la observaba, acechando desde las sombras del tiempo? Sin previo aviso, un impulso la sacudió, y dio un paso atrás, apartándose de las figuras que se encontraban a su alrededor. Su cuerpo se movió rápido, como si la incertidumbre la empujara a alejarse de algo que ni ella comprendía.

  —?Quiénes son ustedes? —preguntó, la voz quebrada, apenas un eco de angustia. No entendía nada. No sabía ni quiénes eran los que la rodeaban, ni qué hacía ella en ese lugar extra?o, tan ajeno a todo lo que alguna vez pudo haber conocido.

  Los desconocidos permanecían en silencio, observándola con una mezcla de sorpresa, cautela y algo más que no lograba descifrar. Los murmullos flotaban en el aire, como ecos lejanos de algo que no lograba comprender.

  De repente, algo cambió. Como si una fuerza antigua, olvidada, despertara dentro de ella, sus movimientos se tornaron más decididos. Sin pensarlo, extendió el brazo hacia adelante, como si el gesto fuese una llamada a lo desconocido.

  Un brillo tenue, casi imperceptible, surgió de un brazalete en su mu?eca, un artefacto adornado con símbolos que resonaban con una sabiduría perdida en el tiempo. La joya en su interior, peque?a pero vibrante, comenzó a iluminarse con una intensidad sutil, como si respondiera a la presencia de algo mucho más grande, mucho más antiguo.

  En un suspiro de energía, la vibración se intensificó, y la magia contenida en el artefacto despertó, liberándose en un resplandor gélido. Frente a ella, la energía tomó forma, moldeándose con rapidez y precisión, hasta que una espada de hielo, pura y cristalina, surgió en sus manos. El filo brillaba con una luz fría, intensa, vibrante, como si el mismo aliento del invierno se hubiera convertido en acero.

  El aire a su alrededor se volvió más denso, más pesado, como si la realidad misma temiera la presencia de lo que había despertado. La espada resplandecía, su poder ancestral recibiendo respuesta del lugar que la rodeaba, como un eco lejano que venía a reclamar su lugar en el nuevo mundo.

  Los demás no se hicieron esperar. Como si un pulso tácito les dictara el ritmo, desenvainaron sus armas con precisión, el sonido de las hojas al emerger de sus fundas resonó en el aire, un eco que intensificaba la atmósfera cargada de incertidumbre.

  —?Suficiente! —La voz de Drunken rompió la creciente tensión, profunda y firme, pero también cargada de un cansancio que solo la experiencia podía otorgar -?Bajen esas armas! ?No aprendieron nada de lo que sucedió? No todo se trata de pelear, de este constante ir y venir.

  Su tono era claro, decidido, como si la situación requiriese más que fuerza: necesitaba una voz que calmara las aguas y frenara el caos. No era la mejor manera de abordar el asunto, lo sabía, pero había algo en el aire, algo que no podía ignorar. Su mirada se desvió hacia el brazalete que la joven llevaba en su mu?eca. Algo en él lo incomodaba, no lograba recordar dónde había visto algo tan peculiar, pero había algo, una chispa de reconocimiento que le recorría la mente, como si aquel artefacto fuera la clave de algo mucho más grande.

  —No tenemos intención de hacerte da?o. Nosotros te liberamos de esa prisión de hielo, y necesitamos saber qué hacías ahí, quién eres realmente, y si sabes algo sobre los vestigios —Continuó hablando. Su voz serena, pero cargada de una urgencia silenciosa. La calma era lo único que podía restablecer el equilibrio.

  Las palabras de Drunken calaron en el ambiente, y los demás, aunque aún cautelosos, comenzaron a bajar sus armas, confiando en su juicio. La tensión que había impregnado el lugar comenzó a disiparse, aunque la precaución seguía presente, como una sombra que no se dejaba del todo atrás. La joven, aún confundida, los observaba en silencio, la mirada perdida entre ellos y sus propias dudas.

  Lo que había sucedido, su reacción, sus temores, todo parecía un sue?o borroso que se desvanecía con cada palabra que escuchaba. Y entonces, al mirar a Drunken, una chispa de entendimiento cruzó su mente. él no solo hablaba con claridad, sino con una calma que la ayudó a centrarse, a reconocer que quizás no estaba sola en todo aquello.

  —Tienes razón —dijo finalmente, su voz suave, pero sincera, como si todo lo que había guardado en su pecho durante esos momentos de angustia comenzara a encontrar su lugar— Lamento mi comportamiento, realmente no recuerdo mucho de lo que ocurrió antes. No sé ni siquiera dónde nos encontramos. Pero si ustedes dicen que me liberaron, entonces debo darles las gracias. Y nuevamente... perdón por mi reacción.

  La espada, como si obedeciera una orden tácita, desapareció sin más, disolviéndose en el aire frío que los rodeaba. Todos observaron, sorprendidos, sin comprender del todo lo que había sucedido, pero sabían que, de alguna manera, el momento de tensión había llegado a su fin. El silencio, ahora menos pesado, se extendió entre ellos, dejando espacio para lo que vendría después.

  —Antes que digas algo... creo que todos debemos presentarnos como corresponde — interrumpió Shaknir, con voz firme, pero no exenta de una calma que parecía arrastrar consigo la tensión de los momentos previos— Mi nombre es Shaknir, las dos gemelas son Almira y Serwin, mientras que el otro joven se llama Eldric.

  La serenidad en sus palabras era la de alguien que había conocido las sombras de la incertidumbre. No hacía mucho tiempo que se encontraba con las gemelas y Drunken, pero en ese instante, la unidad de su grupo parecía ir más allá de las palabras. En ese momento, todos eran parte de algo mucho más grande, algo que ninguno de ellos entendía completamente, pero que debía mantenerse firme.

  —Y yo soy Drunken —Interrumpiendo a Shaknir, sin apartar la vista de la joven— Como te dije antes, quería saber si sabes algo sobre los vestigios. Eres alguien que vivió antes de que el mundo fuera gobernado por el invierno?

  La emoción en su voz crecía, era inconfundible. Cada palabra, cada mirada, como si la respuesta que tanto había buscado estuviera a punto de caer de sus labios. Los engranajes del destino comenzaban a girar, y todo lo que había perseguido durante a?os finalmente parecía cobrar forma, como el primer susurro de una máquina ancestral despertando.

  La joven miró a Drunken, sus ojos brillaron con una mezcla de confusión y algo más. El peso de sus palabras la tocó más de lo que esperaba. Aquellas palabras, "gobernado por el invierno", no eran una simple mención, no. Algo en su interior se agitó, como si una verdad oculta despertara en su pecho.

  —El mundo fuera gobernado por el invierno... —repitió en voz baja, como si el concepto mismo le diera forma a un pensamiento que había estado rondando en su mente sin que pudiera definirlo. La confusión seguía en sus ojos, pero algo en su interior comenzaba a entender. Su mirada buscó a su alrededor, como si el propio aire estuviera cargado de respuestas no dichas. Y entonces, como un instinto, su cuerpo se puso en movimiento, buscando una salida, una respuesta. —Síganme —ordenó, y comenzó a caminar hacia la salida con paso rápido.

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  —La historia de los vestigios se remonta mucho antes de que yo naciera —comenzó a contar mientras caminaba, sin volverse a mirar— Son tres residuos de un poder que va más allá del conocimiento humano, Lirvantes y Nerethim, aunque de estos últimos no estoy tan segura... son fuerzas que con el tiempo se fueron personificando en formas diferentes. Pueden ser un hombre, la muerte, pero siempre, siempre, fueron un sentimiento. Un poder dejado por el anterior portador, reflejado en un animal, en un guardián.

  Cada palabra caía sobre ellos como un peso irremediable. El poder de los vestigios no era solo una idea, sino una realidad que el tiempo había dejado en las sombras. Drunken escuchaba con atención, como quien recibe las piezas faltantes de un rompecabezas, pero a la vez, como si cada revelación solo abriera más puertas a lo desconocido.

  —Una vez que obtenías uno de los vestigios, tu poder aumentaba drásticamente. Ahora imaginen... si poseyeran los tres... El poder de cambiar el mundo a tu merced, todo en la palma de tu mano. O eso se pensaba. Pero el poder era demasiado, no se podía controlar... no se podía manejar. El mundo mismo comenzaba a cambiar de forma aleatoria. Lluvias interminables, incremento desmedido de agua, aumento de temperaturas... Se pensaba que todo era aleatorio, pero no lo era. Ahora... si lo que pienso es cierto... no era aleatorio en absoluto.

  Sus palabras sacudieron el aire. Cada frase se sentía como un paso hacia el entendimiento, pero también como una advertencia. La historia que ella contaba no solo era un relato, era una advertencia de lo que estaba por venir. Drunken la escuchaba con la misma intensidad con la que había seguido la pista de esos vestigios durante a?os. La pieza que tanto había buscado finalmente estaba ante él.

  A medida que avanzaban, el lugar que pisaban tomaba una forma más clara ante los ojos de Odette. Al principio, la figura del guardián parecía no ser más que una estatua. Sin embargo, algo la hacía dudar. La escena ante ella era mucho más real. Una batalla había tenido lugar allí. Humanos y Lirvantes, luchando en una guerra que parecía no tener fin. Instintivamente, Odette comprendió que ese lugar guardaba secretos que aún no entendía completamente. Pero había algo más importante: salir de allí.

  Cuando llegaron ante el guardián, su voz de este fue suficiente para detener a Shaknir en seco, como un ancla lanzada al viento.

  —Espera, joven protector... —dijo el guardia, levantando una mano con autoridad. Su voz era firme, pero también llena de sabiduría antigua. Shaknir no pudo evitar detenerse, y sus compa?eros siguieron adelante sin volverse, confiando en que él sabía qué hacer. Pero la voz del anciano no le dio opción.

  —Tú fuiste quien liberó a Odette. Por eso, ahora eres su protector. Su destino... y el tuyo, están entrelazados. Y por eso... debo darte esto.

  El guardia levantó una caja tallada en la esencia misma del hielo. Su superficie era translúcida, pero rugosa, como si estuviera hecha del recuerdo de glaciares olvidados por el tiempo. Estaba cubierta por símbolos que no pertenecían a ninguna lengua viva: trazos curvos, imposibles, marcados como susurros de un lenguaje antiguo que había dejado de ser pronunciado siglos atrás. Al abrirla, un resplandor tenue se deslizó hacia el aire, como el aliento contenido de algo que había estado esperando... demasiado.

  Dentro, reposaba una lanza delgada y elegante. De tono oscuro azulado, su superficie palpitaba con una luz interna que no era reflejo, sino vida. Como si el arma misma respirara, sentiente, expectante. Un silencio reverencial se apoderó del lugar.

  —No es simplemente un arma, ni un regalo —dijo el guardia, con una voz que parecía arrastrar generaciones enteras —Es una promesa sellada hace mucho... por alguien que luchó bajo la misma causa que tú. No lucha por sangre ni por gloria, sino por la conexión. La lanza escucha, recuerda, se adapta... y reconoce a quien la porta de verdad.

  Shaknir no respondió de inmediato. Su mirada se mantuvo fija en el arma, como si algo en su interior reconociera el eco de esas palabras. Luego, sin prisa, extendió la mano con cautela. Y en el instante en que sus dedos tocaron el metal, algo dentro de él despertó.

  No fue una sacudida. No fue fuego ni escarcha. Fue un susurro... profundo, íntimo. Una vibración antigua que atravesó su piel y se instaló en su pecho, como si el alma del arma, al fin, hubiera encontrado respuesta.

  Y entonces, la lanza cambió.

  No se quebró. No se rompió. Simplemente cambió, obedeciendo no al cuerpo, sino al espíritu de quien ahora la sostenía. El metal fluyó en silencio, suave como un río obediente, y en un parpadeo, Shaknir ya no sostenía una lanza, sino dos espadas cortas. Simétricas, pero opuestas. Una pulsaba con la calma inquebrantable del hielo profundo, mientras que la otra, con la tensión del viento que precede a una tormenta inminente.

  Eran ligeras, precisas, como si siempre hubieran estado hechas para sus manos. No eran armas. Eran una extensión de su voluntad.

  —Gracias... —murmuró Shaknir, con voz firme —De verdad espero que con esto pueda protegerlos.

  No lo decía por cumplir. No lo decía por orgullo. Más allá de la venganza, más allá de la ira, del dolor persistente que la muerte de Elira había dejado en su carne y su memoria... Shaknir caminaba ahora con otro propósito. él debía mantener la cabeza fría a pesar de todo. Y con ello, el peso del deber proteger. No solo a los que aún quedaban de su sangre, sino también a esos nuevos compa?eros, tan perdidos como él, pero tan decididos a resistir como él lo estaba.

  Sin una palabra más, giró y comenzó a andar, con las espadas a su espalda, hacia donde los demás lo esperaban. El guardia, quieto como una figura de hielo tallado, solo lo observó en silencio. Como si algo más hubiera sido sellado en ese momento.

  Entonces, el grupo llegó a la salida.

  El silencio los envolvió como un velo sagrado, y fue Odette quien se adelantó. Pero al dar un paso más allá del portal... se detuvo. Su cuerpo se tensó al instante, y la respiración se le volvió un suspiro seco.

  El mundo frente a ellos era blanco.

  Era hielo Puro. Extendido hasta donde la vista podía alcanzar. Las monta?as, los árboles, el cielo mismo... todo atrapado en una capa de cristal helado, inmóvil, como si el tiempo hubiera dejado de existir. El aire era pesado. No por el frío... sino por la memoria congelada de lo que alguna vez fue.

  Y Odette lo supo, ella lo reconoció.

  Y también supo que los demás no podían entenderlo. No como ella.

  —No... no puede ser... —susurró. Su voz se quebró, no por miedo, sino por la certeza— ?Todo el mundo está así...?

  Sus ojos permanecían fijos, abiertos, como si viera más allá de la realidad. Porque lo hacía. Ella no solo estaba observando el hielo... sino recordando lo que lo había provocado.

  Y lo peor... es que sabía que aún no había terminado, todo lo que había dejado atrás habría sido despertado junto con ella.

  —Entonces... ?Tú sabes qué fue lo que pasó aquí, no es así? — fue Almira quien rompió el silencio, con una voz apenas superior a un susurro.

  Las palabras flotaron un instante, como copos suspendidos en un aire demasiado quieto.

  Pero Odette no respondió de inmediato.

  Seguía allí, inmóvil, como si su cuerpo no hubiera terminado de regresar del abismo donde su memoria acababa de sumergirse. No era el frío lo que la retenía. Era algo más hondo. Un eco que venía desde mucho antes de su nacimiento. Desde antes de cualquier palabra escrita.

  El paisaje ante ellos no era solo hielo. Era un espejo de lo que había quedado atrás. Un lamento congelado. Un susurro de lo que alguna vez fue fuego, risa, vida. Y ahora... solo silencio.

  —Por ahora, lo mejor será regresar — Dijo Drunken con tono sereno, pero firme. No porque el momento no importara, sino porque sabía que a veces las verdades necesitan tiempo para ordenarse— Esperemos que, para cuando volvamos, los demás ya estén ahí. Lo que descubrimos aquí... será algo que ellos también deben escuchar.

  Nadie discutió.

  Drunken dio el primer paso, como quien abre un sendero entre memorias dormidas. Su experiencia hablaba, no con autoridad, sino con la sabiduría de quien ha visto demasiado. Sabía que lo que pesaba sobre Odette no se resolvería en un solo instante. Le darían su espacio... pero no la dejarían sola.

  —Sí... toda esta aventura le encantará a Haleth y a Othriel— Exclamó Almira, con una sonrisa suave, casi infantil, como una flor que intenta brotar en medio del invierno. Luego giró hacia Serwin y tomó su mano con ternura— Será como esas historias que Haleth nos contaba cuando éramos ni?as.

  Serwin, por primera vez en un rato, también sonrió. Y juntas, se encaminaron tras Drunken.

  Eldric fue el siguiente. Su andar era silencioso, pero su mente no lo era. Pensaba en Elyndra y en Nyra. En si estarían bien. Si algo también las había llamado desde las entra?as del mundo helado. Su corazón latía con la inquietud de quien no puede proteger lo que no ve.

  Y al final, quedaban ellos: Shaknir y Odette.

  él no dijo nada al principio. Solo la observó. Su figura, recortada contra el horizonte congelado, parecía más estatua que humana. Pero cuando habló... lo hizo sin rodeos. No con dulzura. Sino con verdad.

  —Todo esto... es lo que dejamos atrás. Lo que sellamos. Lo que yo... ayudé a sellar.

  Las palabras salieron de Odette como un secreto que ya no podía seguir enterrado. No era culpa. Era reconocimiento. Carga.

  Y Shaknir, sin decir ni una palabra, se colocó a su lado. No como un héroe. No como un salvador. Solo como alguien que debía de estar presente para escucharla.

  —No estás sola. Esta lucha la vivirás junto a nosotros— Su voz no prometía alivio, prometía presencia. Un juramento silencioso que se forja solo en las sombras más largas.

  Y en ese instante, en medio del hielo inmenso, la distancia entre dos almas se hizo más corta. Porque a veces, el fuego no nace del calor... sino del reconocimiento mutuo de una herida que nunca sanó del todo.

  Allí, en el umbral de un mundo quebrado, algo en ella se encendió, una chispa, pero no era esperanza aún.

  Pero sí... el comienzo de algo que se negaba a extinguirse.

  Una calma densa, casi dolorosa, cubría el ambiente. Las monta?as al fondo murmuraban su presencia, pero sus voces parecían morir antes de llegar, como si el mundo hubiera olvidado cómo escuchar. Incluso el motor del vehículo, que antes rugía con esfuerzo, ahora permanecía en un silencio tenso, cargado de una quietud que no era normal. Y sin embargo, ahí estaban ellos, peque?os, frágiles, detenidos ante un mundo congelado no solo por el hielo, sino por el peso de lo que acababan de perder.

  Nadie se atrevía a romper el silencio. No por miedo, sino por respeto. Como si cualquier palabra pudiera romper algo invisible, algo sagrado, como si el aire mismo estuviera suspendido por un hilo. Elyndra había despertado hace ya un rato, pero no hablaba. Permanecía sentada, con los ojos abiertos y la mirada distante, sumergida aún en aquellas visiones que no podía clasificar como pasado o futuro. En su mano sostenía el amuleto, el mismo que Elira le había entregado, preguntándose por qué había perdido el conocimiento tan de repente, qué significaba aquel objeto, qué ocultaba en su interior. El frío del metal no era lo que le inquietaba, sino el latido casi imperceptible que parecía surgir desde su centro, como si algo más estuviera vivo allí dentro, dormido... esperando.

  Lirael conducía, habían hecho un cambio para que Othriel pudiera descansar. No había dicho nada desde que salieron de Xharkal. Sus ojos se mantenían firmes en el camino, pero su mente estaba muy lejos de ahí. Las últimas palabras de Haleth aún flotaban en su memoria, como cenizas de un fuego reciente que se niega a apagarse. Cada pensamiento se arremolinaba dentro de ella como viento atrapado, preguntándose si había algo más que pudo haber hecho, si existía una mínima posibilidad de que él hubiera sobrevivido. Y aunque la esperanza era algo difícil de matar, su corazón, profundamente herido, le gritaba una verdad distinta. Sabía, sin necesidad de confirmación, que esa había sido su última batalla.

  Nyra observó en silencio durante un largo momento, viendo cómo Lirael mantenía la mirada fija en el camino mientras la tristeza la rodeaba, como una sombra densa. Sabía que no había palabras que pudieran disipar ese dolor, pero esperaba que al menos pudiera ofrecer algo de consuelo, aunque fuera efímero.

  —Sé que el dolor no desaparece con palabras... Pero no puedes culparte. No había nada más que pudieras hacer por él. Haleth fue valiente hasta el final. Lo dio todo, y lo hizo con honor, lo hizo por nosotros. Nadie puede pedir más que eso —Hizo una pausa, buscando las palabras justas, no quería ser invasiva, solo ofrecer lo poco que había aprendido en sus propios momentos oscuros. —Lo peor no es lo que perdemos, lo peor es lo que dejamos de ver en nosotros mismos, como si ese vacío que queda nos pudiera definir. Pero no lo hará.

  Lirael no respondió. Su mirada continuaba fija, perdida en algún punto distante, pero Nyra sabía que la ausencia de palabras no significaba que no escuchara. Entonces, con cuidado, posó su mano sobre la de Lirael, sintiendo el temblor en su piel, el eco del tormento que no podía ver, pero sí sentir.

  —No te define lo que has perdido, Lirael. Te define lo que elegiste dar, lo que elegiste proteger. Y mientras sigas respirando, mientras sigas aquí, ese fuego no se extinguirá. Siempre habrá algo por lo que seguir luchando

  Hubo un largo suspiro, uno que flotó en el aire como si ambas estuvieran conectadas por algo más allá de las palabras. Nyra sabía que no podía cambiar lo que había ocurrido, pero podía estar allí, lo suficiente para que Lirael supiera que no estaba sola. Y quizás, al menos por un instante, eso sería suficiente.

  En la parte trasera del vehículo, los demás se limitaron a escuchar la conversación que se tejía entre Nyra y Lirael. Las palabras de consuelo, aunque necesarias, calaban hondo, no solo en Lirael, sino también en Othriel. él, al igual que todos los demás, no había podido articular palabra alguna, pero comprendía el sacrificio de Haleth. En su mente, lo que había ocurrido estaba claro: Haleth, como la última pieza de un rompecabezas que aún no se completaba, había dado su vida por algo más grande. Frente a él, el artefacto que ahora reposaba sobre Elyndra parecía ser la clave de todo, y no podía apartar la vista de él. Elyndra lo notó, lo sintió.

  —?Sabes qué es esto?— Preguntó Elyndra, su tono marcado por la urgencia de encontrar respuestas. El silencio que llenaba el espacio solo lo hacía más pesado, y lo único que quería en ese momento eran respuestas. Si alguien las tenía, necesitaba escucharlas cuanto antes.

  —Para empezar, de nada por haber salvado tu vida, chica. Creo que ni siquiera nos hemos presentado... — Respondió él, sin despegar la vista del artefacto. Aunque su tono era directo, la atmósfera seguía cargada de tensión. Tenía razón, nadie había agradecido nada, pero en ese momento, ni el agradecimiento ni las formalidades eran lo que más importaba.

  Se dio cuenta de que sus palabras no habían sido las más apropiadas. El dolor y la culpa aún pesaban en su pecho como una piedra, y sus emociones estaban desbordándose. Respiró profundamente, cerrando los ojos por un instante, y luego habló con más calma.

  —Perdón, sé que no son las mejores palabras, pero... él era alguien muy importante para todos. Su sacrificio... no puede ser en vano.

  El silencio volvió a llenar el espacio, pero esta vez era menos opresivo, como si todos los presentes supieran que algo debía cambiar, que lo que quedaba por hacer era algo más grande que cualquier dolor personal. Othriel asintió lentamente.

  —Lo que sea que esté ligado a este objeto tiene que ver con lo que ya hemos visto antes. El poder de los vestigios... Las fuerzas que cambiaron el mundo. Haleth, tú, nosotros... todos estamos involucrados de alguna manera. Tal vez sin darnos cuenta, pero ahora que estamos aquí, frente a esto, todo lo que pasó comienza a tener sentido.

  Elyndra apretó el amuleto en su mano, como si buscara entenderlo a través del contacto. Sabía que había algo más en todo esto, algo mucho más grande que ella misma. Pero también sabía que con cada respuesta, nacían más preguntas. Y no estaba segura de si quería conocerlas.

  —Lo que pasó con Haleth... —murmuró, más para sí misma que para los demás— Todo esto, todo el sacrificio, realmente nos llevará a lo que tenemos que hacer?

  Othriel la miró, sus ojos serios, pero también llenos de una determinación que comenzaba a contagiarla.

  —Sí, Lo hará. Porque lo que ha ocurrido hasta ahora no fue un accidente. Las piezas se están colocando en su lugar, y este artefacto, el amuleto, es parte de ese todo. El sacrificio de Haleth no fue en vano. —Hizo una pausa, su tono más grave— Lo que tenemos que hacer ahora... es encontrar la manera de usar esto, de no dejar que lo que fue sellado en el pasado, nos destruya en el futuro.

  Elyndra sintió que el peso de sus palabras caía sobre ella. Un futuro incierto, pero lleno de la misma responsabilidad que había sentido desde el primer momento en que vio la magnitud de lo que estaba sucediendo. De repente, ya no era solo el dolor de la pérdida lo que la motivaba, sino algo más grande. Algo que tenía que ver con la supervivencia de todo lo que quedaba.

  —Entonces... ?Qué hacemos ahora? —preguntó, con la voz más firme, más decidida. El camino hacia adelante era incierto, pero sabía que ya no había vuelta atrás.

  Othriel asintió, y con un suspiro, dejó que la tensión en sus hombros se relajara un poco.

  —Ahora, debemos llegar donde Drunken e informarle de lo sucedido —respondió, su voz cargada de una urgencia que presagiaba la importancia de lo que vendría.

  Pasó el día, y con él, los cuerpos agotados buscaron descanso. Mientras tanto, Drunken y los suyos estaban por llegar a casa, esperando con ansias el regreso de sus compa?eros, y con ellos, más respuestas.

  Y ese día finalmente llegó. A lo lejos, el motor del vehículo comenzó a rugir suavemente, rompiendo la calma del aire helado. Quienes aguardaban afuera intercambiaron miradas cargadas de tensión. Al escuchar el sonido, una chispa de alivio cruzó sus rostros: habían regresado. Al menos... con vida.

  El vehículo se detuvo. Almira y Serwin se adelantaron, impacientes, pero apenas asomaron sus rostros al interior notaron lo que faltaba. Una ausencia evidente. Un presagio amargo que se materializaba en el silencio tenso que envolvía la llegada. Las primeras en bajar fueron Lirael y Nyra, sus pasos pesados, sus rostros sombríos. No era necesario preguntar: habían perdido más de lo que lograron encontrar.

  En ese instante, atraída por el murmullo del reencuentro, Odette salió, curiosa al principio, pero al ver la mezcla de alegría y silencio que envolvía a los demás, su sonrisa titubeó. Uno a uno, los que quedaban fueron descendiendo, y con cada rostro caído, el ambiente fue transformándose. La calidez del reencuentro dio paso a la incertidumbre.

  Y entonces, Elyndra bajó.

  Fue la última en hacerlo. Su silueta emergió desde el interior del vehículo como si la arrastrara un viento antiguo, cargando más que cansancio en los hombros. Sus ojos, aunque abiertos, parecían buscar algo que ni ella misma comprendía del todo. Y antes de que Shaknir o Eldric pudieran dar un paso hacia ella, una figura se adelantó como impulsada por un eco viejo.

  Odette.

  Sus pies la guiaron sin que pudiera oponerse, como si su cuerpo respondiera a un llamado que venía de un lugar más profundo que la memoria. Al verla descender, el mundo pareció encogerse a su alrededor. El frío era distinto. No era el hielo lo que la paralizaba. Era otra cosa. Un hueco que se abría justo en el centro de su pecho. Una sensación que era imposible nombrar sin romperse un poco por dentro.

  Los pasos de Elyndra se detuvieron al notar su presencia. Frunció el ce?o, confundida. No conocía a esa mujer. No entendía por qué sus ojos la miraban como si el tiempo acabara de dar marcha atrás.

  Odette se quedó allí, estática, con los labios entreabiertos. El color se le había ido del rostro, y algo en su respiración se había roto. Lo que tenía frente a ella no era solo una persona, era una herida abierta caminando con un rostro prestado. Un recuerdo encarnado.

  Y entonces lo dijo.

  No con fuerza. No como un descubrimiento. Lo dijo como quien cae.

  —?Cassandra...?

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