Ya llevaban varias semanas sin saber nada de ellos y Numi no paraba de arrepentirse de haberlos dejado ir solos aunque eso hubiera significado desafiar a los jefes y arriesgarse a ser expulsada de la tribu, algo que nunca en su vida se le había pasado por su cabeza.
Los sirenios de la tribu tenían libertad para ir y venir del lago a su antojo, nada los ataba, pero sucesos extra?os estaban ocurriendo a lo largo de la franja este y los jefes habían decidido que nadie abandonaría el lago hasta que no llegara la hora de volver a migrar en el oto?o. A Numi le parecía una decisión ridícula aunque los jefes insistieran que se trataba de proteger a la tribu. Habían hecho todo lo que estaba en sus manos por la quimera. No podían continuar inmiscuyéndose.
Desde que era ni?a había aceptado, al igual que su madre, su abuela y el resto de su familia sirenia, a vivir con el corazón partido en dos. Un pedazo de amor para el vasto océano y otro para la familia humana asentada en el lago de la que debía despedirse cada oto?o para volver a reencontrarse al inicio de la primavera. Aunque en el caso de ella debía agregar dos pedazos más por aquel padre que debía permanecer apartado de ella y una hermana que había vivido ignorante de su existencia hasta hacía poco.
Las tribus nómadas que surcaban el Mar Libre no podían entender aquel apego a una tierra dominada por ridículas leyes humanas y élficas. Se preguntaban qué sentido tenía y Numi siempre les respondía lo mismo que su madre: el amor. El amor que podía ser tan vasto o quizás más que todos los océanos sobre la tierra.
Aunque en ese momento su corazón no era tan grande como para contener la ansiedad que la consumía. No podía dejar de cuestionarse al mismo tiempo que imaginaba un sinnúmero de escenarios diferentes. ?Habrían llegado ya a la isla? ?Se les habría presentado un obstáculo en el camino? ?Habrían sido capturados?
Como todo sirenio, ella había aprendido a aceptar que la vida era como la corriente del mar. Nada podía quebrarla, había que aprender a seguirla y adaptarse a sus cambios, fluyendo con ella sin resistirse. Al final, todo encontraba su destino. Sólo había que ser paciente.
Numi creía sobre todo en esto último: si era lo suficientemente paciente un día sus padres volverían a estar juntos y ella no tendría que continuar separada de su hermana.
Sí, había sido un buena chica. La prueba estaba en que por fin se había encontrado con Olivia y ella ahora sabía toda la verdad. Pero la alegría duró poco y su paciencia se veía desafiada una vez más como nunca antes, lo que la condujo a actuar a espaldas de los jefes y de su propia abuela.
Luego de despedirse de Olivia y Sillas, había enviado un mensaje través de las aguas dirigida al Heraldo Vagabundo confiando en que Bronto, con quien se había cruzado en varios ocasiones durante su migración, no dejaría pasar un pedido de ayuda. No se había atrevido a revelar su identidad ya que los si los piratas le enviaban una respuesta temía que esta fuera interceptada por alguien de la tribu antes de que pudiera llegar hasta ella.
Pese a ser nieta de Mantok y Thalassa, Numi no tenía ninguna autoridad para comunicarse con los piratas sobre todo por un asunto que involucraba a los jefes quienes por el momento habían decidido no inmiscuir a la Liga en lo referido al incendio.
Es más, Numi dudaba de que algún día la Tribu del Lago volviera a solicitar la ayuda de los piratas puesto que hacerlo implicaba romper el equilibrio que tan fielmente los sirenios, servidores del Dragón Azul, su creador, continuaban protegiendo a toda costa. Debería ocurrir una gran desgracia, como la masacre de las quimeras, para que los sirenios se pusieran en contra del Consejo. Aunque los jefes siempre habían evitado revelar a esto a los magos, confiando en que estos se refrenarían ante la amenaza de una guerra que no convenía a nadie.
Ella no quería hacer nada que condujera a la guerra pero no hacer nada la estaba ahogando, una expresión que ningún sirenio usaría nunca.
Cada primavera ella había vuelto, deseosa de reencontrarse con su abuelo, su padre, sus primos. Feliz de participar en las celebraciones, de bailar al son de los tambores, de correr usando los pies por la playa, contar historias a la luz de la fogata. Pero ya nada era lo mismo, no solamente por el fuego que había arrasado con las chozas que se encontraban en pleno proceso de reconstrucción, sino también porque su querido hogar se estaba convirtiendo para su pesar en una jaula.
Nunca se había encontrado en una situación así.
Ya no quería seguir esperando.
–?Numi! – un grito le llegó de lejos y ella asomó su cabeza por arriba de la roca en donde se había acostado bajo un cálido sol que poco hacía para aliviar sus preocupaciones. Zaagic y el resto de sus primos corrían por la orilla en dirección a ella –. ?Los jefes te llaman!
Numi saltó de la roca y fue a su encuentro. Sin parar de correr continuaron juntos hacia la gran choza en donde todos los jefes, sirenios y humanos, se encontraban reunidos.
Dentro de la choza había un número importante de personas, entre ellos su abuela y su madre que se encontraban sentadas con expresión seria y sus manos entrecruzadas sobre sus piernas. Su abuelo Mantok todavía se encontraba recuperándose de sus heridas y por esos días se sentía demasiado cansado para participar de las reuniones.
Uno de los jefes no tardó en acercarse hacia ella.
–Hermana Numi.
Ella bajó la cabeza en se?al de respeto. Contuvo el aire mientras esperaba por la respuesta que venía esperando desde hace varios días desde que se había presentado en la choza para solicitar que le permitieran abandonar el lago.
–Hemos estado discutiendo durante días y mucho con cuidado tu solicitud y tras largas reflexiones hemos decidido no concederte el permiso. Como el resto de tus hermanos y hermanas, deberás esperar a al oto?o para partir hacia el océano.
– ?Pero...! – Numi estuvo a punto de protestar pero entonces vio que Thalassa se levantaba al mismo tiempo que sacudía la cabeza. La decisión estaba tomada. El resto de los jefes se levantó y abandonaron la choza entre murmullos. Numi sintió que se quedaba sin aire y salió hacia el exterior, seguida de Yaritza y Thalassa.
–?Numi! – le llamó su madre al ver que la chica cerraba los pu?os y comenzaba a dar zancadas para alejarse todo lo posible de ellas.
–Hacer un berrinche no te servirá de nada – le dijo Thalassa.
Numi tragó saliva, le dolía la garganta.
– ?No es justo! ?No es justo!
– Nadie te obliga a quedarte, Numi – replicó su abuela.
– ?Mamá! – la voz de Yaritza reflejaba sorpresa.
– Es la verdad.
Numi se giró hacia ellas.
– ?Pero me acaban de decir...!
– A pesar de haberte negado el permiso, ninguno de nosotros hará intentos por detenerte, ni siquiera tu madre y yo.
– Pero eso significa...
– Significa que ya no podrás volver. Ese el precio por desobedecer el veredicto de tus mayores. Ya eres bastante madura para entender esto.
Numi se volvió hacia sus primos, desde los más peque?os hasta lo que eran más cercanos a su edad. Todos escuchaban las palabras de su abuela con abatimiento.
– ?Numi no! – gimió una de sus primas más peque?as agarrándose de la mano su hermano mayor.
Numi observó la cara impasible de Thalassa.
–?Pero no te importa?
–Claro que me importa pero no seré yo quien tome la decisión por ti. Cada uno de nosotros es due?o de su vida.
–?Pero es imposible decidir!
–No es imposible. Simplemente no puedes tener todo. Debes aprender que hay a veces que hay que renunciar...
–?Pero por qué tengo que renunciar? – la interrumpió su nieta –. ?Acaso no somos libres?
–Si no quieres ser expulsada, lo único que tienes hacer es esperar al oto?o.
–?Para entonces quizás sea demasiado tarde! ?Quizás ya es tarde! – Numi sintió un hormigueo recorrer sus piernas. Necesitaba volver al agua para tranquilizarse –. ?Debería haberme ido con ellos cuando pude!
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–Tu lugar estaba con la tribu. Tu abuelo estuvo a punto de morirse... – con cada palabra la voz de Thalassa se endurecía cada vez más mientras Yaritza sólo las escuchaba en silencio –. El viaje de la quimera no tiene nada que ver contigo.
–?Y mi hermana?
–Apenas la conoces. Sólo tienes retazos de su historia. Quizás tú la veas como una hermana pero dudo que ella te guarde el mismo afecto.
–?Por qué hablas así ahora cuando tú misma los ayudaste?
Thalassa la miró con tristeza.
–Tu abuelo no ha querido contarme mucho de lo sucedido... pero sospecho que ella tiene algo que ver con lo que ocurrió aquella noche.
–?Ella nunca nos atacaría!
–?Cómo lo sabes?
–?Simplemente lo sé!
Su abuela la miró con lástima.
–Numi...
–?No quiero escucharte más! ?No tienes pruebas! ?Sólo porque soy más joven crees que no puedo tener razón! ? El miedo te está cegando! ?Yo...!
De repente, Numi vio cómo su abuela caía de rodillas y se desplomaba con el suelo, seguida de inmediato por su madre. Antes de que Numi tuviera tiempo de entender lo que pasaba su cuerpo también colapsó mientras una dolorosa corriente se extendía por cada rincón de su cuerpo, como peque?os cuchillos clavándose en su piel. Intentó sacudirse pero eso no hizo más que empeorar el dolor. A su mente le vino la imagen de un pez sacudiéndose mientras el cocinero le clavaba un golpe mortal con el cuchillo. Pero a su alrededor no había nadie más, ningún atacante. Su vista comenzó a nublarse y apenas tuvo tiempo de ver cómo varios de sus primos también habían caído al suelo así como otros sirenios de la tribu que se encontraban cerca. Los únicos en pie eran los humanos que observaban la escena con terror mientras se arrodillaban para intentar ayudar a los caídos.
Las cuchilladas se convirtiendo en un ardor insoportable como si la hubieran arrojado dentro de una hoguera. Alaridos desgarradores la envolvieron como bestias que están siendo torturadas. Sus manos recorrían su cuerpo entero para buscar alivio pero al final clavó sus u?as en su propia piel con el deseo de arrancársela. Sintió otras manos que detuvieron sus movimientos y la inmovilizaron contra la arena. Ya no podía ver más que sombras pero entre los gritos que luego supo reconocer como suyos escuchó los lamentos de algunos de sus primos que le suplicaban que dejara de lastimarse. Una lágrima salada se coló entre sus labios resecos. Quería pedir por agua pero lo único que salía de su boca eran sonidos similares a los graznidos de las gaviotas. Su hermosa voz cantarina que tantas veces había entonado cantos en medio del océano bajo la luz de la luna llena se había quebrado como un cristal que estrellan contra una pared.
Ni siquiera era mediodía pero era como si el sol hubiera sido tragado por una marea sombría que venía a llevársela hacia los más oscuros abismos nunca antes transitados. A medida que todo se volvía cada vez más negro, se volvió incapaz de escuchar sus propios alaridos que le quemaban la garganta.
Esta vez, sí, de verdad, se estaba ahogando.
Y entonces lo escuchó.
Una voz profunda, reverberante, como el temblor de una tormenta en el océano.
Alguien ha cruzado el sendero prohibido,
ciegos al abismo que sus nombres clama.
Un pacto se rompió en el sue?o silente,
el cielo se deshace en furiosa amenaza.
Quienes ansían más de lo que pueden cargar,
persiguiendo misterios con imprudente deseo,
despiertan fantasmas de tumbas heladas
y levantan los vientos de polvo y fuego.
Lo que la mente no logre recordar,
jamás lo olvidará la sangre.
Viejas cenizas arderán de nuevo como brasas,
estallando sin piedad en la inocente carne.
Escuchad ahora, hijos míos, esta leve advertencia,
pues el destino es una rueda que gira con rencor:
hay puertas que nunca deben ser abiertas,
no sea que de la oscuridad despierte un antiguo dolor.
Abrumada por una agonía indescriptible, Numi era incapaz de entender aquellas palabras, sólo que ella y su tribu estaban siendo castigados por una razón desconocida y no había forma de defenderse. Ya no era capaz ni de sentir la arena bajo su cuerpo mientras su visión se desdibujaba en manchas de luz y sombra. Incapaz de seguir resistiendo se entregó a la oscuridad confiando en que la inconsciencia aliviara el fuego que ardía en el interior de sus venas.
Pero lejos estuvo su sue?o de ser tranquilo. Una vez que aquella voz terrible cedió fue suplantada por gritos y llantos mezclándose entre sí como las ondas que van creando una ola gigantesca. La cabeza de la joven sirenia daba vueltas mientras era arrastrada por aquella fuerza imparable. Destellos luminosos explotaban delante de ella mostrándole atisbos de crueles paisajes: ramas grises gimiendo entre tormentas de polvo, ríos negros como el carbón, cielos carmines como la sangre, cuerpos que se deshacían en cenizas.
Hasta que de repente todo se detuvo y su cuerpo quedó suspendido en el vacío balanceándose cual hoja empujada por la brisa hasta que espalda se posó lentamente sobre una superficie fría y suave.
El ardor había cedido pero se sentía débil como nunca antes se había sentido. Ella conocía el cansancio. Cientos de veces había surcado tormentas en medio de océano y corrido carreras contra los delfines, pero aquello era totalmente distinto, como si su alma se estuviera escurriendo y lo único que la mantenía aferrada a su cuerpo era un mero retazo de piel.
Algo frío le cubrió el rostro. Sus párpados pesados intentaron abrirse pero un brillo intenso la obligó a cerrarlos de nuevo. Cuando intentó moverse un escalofrío le recorrió el cuerpo. A medida que iba recuperando los sentidos, sus oídos se vieron colmados gemidos y chapoteos.
– Numi... – una de sus primas humanas susurró.
La sirenia intentó responderle pero lo único que salió de su boca fue una especie de graznido leve.
–?Numi, estás despierta! – exclamó su prima –. ?Abuelo, Numi está despierta!
–?Prima! – esta vez fue Zaagic quien habló casi sollozando –. ?Fue tan horrible, Numi! Tus ojos se pusieron blancos y no parabas de gritar. También los de tu madre y la abuela. ?Todos, todos los sirenios cayeron al suelo!
– ?Zaagic! – la voz de su abuelo desde algún lado –. ?Déjala descansar!
Sus primos se callaron a la voz de su abuelo y Numi agradecida suspiró hondo. Alguien se acercó a ella y reconoció la mano callosa de su abuelo en cuanta esta posó su frente sin decirle nada.
Numi no supo cuántos días pasaron hasta que fue capaz de levantarse por sí sola. Cuando pudo mantener sus ojos abiertos, se dio cuenta de que los sirenios habían sido ubicados en la orilla del lago. Ni uno solo de ellos se salvó de ser atacado por esa extra?a enfermedad. Sólo los humanos que tuvieron que observar la terrorífica escena sin poder hacer nada.
Sus primos luego le contaron que las convulsiones duraron un rato y tras esto les sobrevino una fuerte fiebre que no parecía ceder con nada. La mejor idea que tuvieron los humanos fue ubicar a los sirenios en la orilla del lago confiando que sus poderes de sanación se activarían al estar en contacto con el agua. Pero no fue el caso, la fiebre no empezó a remitir hasta después de dos días. Mientras tantos, la piel de los sirenios no había sido ni capaz de transformarse en escamas.
Esta vez fueron los humanos, y no al revés, quienes por turnos debieron oficiar de sanadores utilizando las pócimas y hierbas que siempre eran guardadas para la llegada del invierno cuando los sirenios se encontraban lejos del lago.
–Bebe, querida – le decía Mantok a Thalassa ubicando un cuenco de líquido verde en sus labios. Pese a sus heridas que todavía no habían terminado de sanar, el abuelo fue el primero en ocuparse de los enfermos.
–Tiene un sabor muy amargo – le respondía Thalassa arrugando los labios.
Mantok dejó escapar una suave risa.
– Y luego dices que yo soy un mal paciente.
– Pareces divertirte con esto.
–Nada más lejos de eso, querida. No disfruto para nada verte sufrir – replicó él acariciando su rizado pelo. Sus ojos preocupados contrastaban con el resto de su expresión risue?a.
Pese a que Numi pensaba que aquel calvario nunca terminaría, fue de las primeras en recuperar el movimiento aunque le costó unos cuantos días poder volver a nadar en el agua. Los más ancianos, por mucho poder que tuvieran, fueron los más afectados.
Cuando un número importante ya se hubo recuperado, una nueva reunión de emergencia fue celebrada en la gran choza para intentar averiguar lo que había ocurrido. La discusión se extendió durante gran parte de la noche mientras Numi esperaba afuera. El resto de sus primos se habían ido a dormir exhaustos de todo el trabajo que aún quedaba por hacer entre los enfermos y la reconstrucción de las chozas.
Desde un rincón oscuro observó a su abuelo emerger de la choza y dirigirse hasta otra donde Thalassa se encontraba descansando, todavía imposibilitada de moverse. Se mantuvo lo suficientemente cerca para escuchar sin ser vista.
Mantok fue el primero en hablar.
–El se?or Narthoss se ha comunicado con nosotros a través de las aguas.
Nada de eso era raro, de los tres se?ores elfos, Narthoss siempre había sido el único dispuesto a mantener una relación con los sirenios. Lo increíble fue lo siguiente:
–Lo mismo que le ha ocurrido a los sirenios, los elfos también lo han sentido.
Los ojos de Numi se ensancharon.
–?Pero cómo han contraído la enfermedad? – preguntó Thalassa.
–No es una enfermedad, sino peor. Alguien ha violado el Sello del Dragón.
Ambos se mantuvieron en silencio. El corazón de Numi bombeaba con tanta fuerza que temía que ambos lo fueran a escuchar.
–Nadie puede violar el sello – murmuró Thalassa.
–Alguien lo ha hecho. No creo que Narthoss mienta sobre algo así.
–Si sabe lo que ha sucedido, estoy segura que sabe quién está implicado.
–Pues no lo quiso revelar.
–De todas maneras, para mí no es difícil de imaginar.
Un pesado silencio le siguió a aquellas palabras. Numi comprendió enseguida por qué
–Silas nunca podría... – comenzó Mantok.
–No estoy hablando de Silas.
Mantok no respondió.
–?Por qué no quieres hablar de lo que sucedió esa noche? – preguntó Thalassa.
–Mis recuerdos son confusos... Además, conozco el corazón de las personas. Lo que sea que Olivia haya hecho otros deben haberla forzado, como aquel mago.
–Nunca debimos ayudar a la quimera... – se lamentó Thalassa –. Silas debería haber vuelto a las monta?as y Olivia con su padre.
–Actuamos de buena fe – Mantok intentó consolarla.
–Sí, y mira lo que conseguimos. ?Qué han decidido los jefes?
–Están pensando en poner en alerta a los sirenios del Mar Libre así como a los piratas. De aquí en más, Silas y Olivia no serán sólo buscados por los magos.
Numi se llevó una mano a la boca para impedir que una exclamación se escapara de sus labios. Sin pensarlo, sus pies se movieron solos y atravesaron el laberinto de chozas hasta llegar a la orilla. Se detuvo un instante, temerosa de ser vista, pero no había nadie vigilando afuera. Todos estaban descansando o atendiendo a los enfermos.
Lentamente, se sumergió en el agua y sus escamas no tardaron en brillar. Antes de continuar, volvió la vista hacia la silenciosa orilla y el perfil de las chozas iluminadas por la luna. Con aquella última imagen se dio la vuelta y por primera vez en su vida abandonó el lago sin despedirse.

