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27. Día de la mudanza

  Días después, Mochi se encontraba en pleno caos de cajas y muebles apilados por todos lados. Su nuevo departamento, amplio y luminoso, parecía más un campo de batalla que un hogar.

  Como era habitual, sus padres estaban fuera de la ciudad por trabajo y no podían ayudarla con la mudanza. Haruka tampoco estaba —se hallaba en misión fuera del distrito—, así que la única aliada que tenía ese día era Miyu, quien había prometido echarle una mano con todo.

  Sus padres felices de saber que había conseguido un muy buen empleo a pesar de ser una estudiante ofrecieron pagarle el primer mes de alquiler como regalo así como también la mudanza. Eso le permitió gastar sin culpa en lo que realmente le importaba: dos televisores gigantes, una mini nevera para su habitación, y un montón de muebles y electrodomésticos nuevos que habían convertido el lugar en un peque?o paraíso personal.

  La mudanza duró más de lo esperado pero entre ambas se las arreglaron para dejar todo medianamente ordenado antes de que anocheciera.

  Durante el proceso, notaron algo curioso: mover muebles pesados o levantar cajas grandes ya no les costaba tanto como antes. Desde que se habían convertido en agentes de la OHRA, su fuerza física había aumentado considerablemente. Mochi, en especial, lo notó al mover el refrigerador ella sola sin el menor esfuerzo.

  —Ufff… pensé que no terminaríamos nunca —suspiró Miyu, dejándose caer de espaldas sobre el sofá y secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

  En una esquina se apilaban cajas vacías, testigos silenciosas del arduo trabajo que habían hecho.

  —Lo logramos… más o menos —dijo Mochi con una sonrisa cansada, lanzándole una toalla—. Ten, para que te seques un poco. Voy a pedir unas pizzas antes de que muera de hambre.

  —?Pizza? ?Sí, por favor! —exclamó Miyu, limpiándose el cuello con energía—. Pero antes creo que necesito un ba?o. Siento que tengo polvo hasta en las pesta?as.

  —Podés entrar primero si querés —respondió Mochi, amable—. Yo me ba?o después de ordenar unas cositas más.

  Miyu asintió y dio unos pasos hacia el ba?o, pero se detuvo de golpe, con una expresión repentinamente iluminada por la emoción. Se giró con los ojos brillando.

  —?Esperá! —exclamó con entusiasmo—. ?Entremos juntas!

  Mochi se quedó inmóvil, parpadeando con desconcierto.

  —?Eh? ?Juntas…?

  —?Sí! Es tu primera noche en tu nuevo hogar, ?no? —dijo Miyu, moviendo las manos con energía—. Es casi un evento sagrado, ?hay que celebrarlo! Y qué mejor forma que estrenando el ba?o las dos, como buenas amigas.

  Mochi se sonrojó ligeramente, apartando la mirada.

  —E-eso suena un poco… raro, ?no? Además, todavía me faltan unas cajas por abrir.

  —No me enga?ás, sé que ya terminaste —insistió Miyu, acercándose con una sonrisa traviesa—. Vamos, no seas tímida.

  —No, en serio. Entra tú primero —replicó Mochi, escondiendo la cola detrás de sí con un movimiento casi instintivo—. No pasa nada, de verdad.

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  Miyu cruzó los brazos e hizo un peque?o puchero.

  —No me parece justo. Es tu casa, deberías estrenarlo. ?Tenemos que hacerlo juntas!

  —No exageres, Miyu. Es solo un ba?o —respondió Mochi con una risa nerviosa, intentando sonar relajada—. No hace falta convertirlo en un ritual.

  Durante unos segundos se miraron en silencio. Miyu parecía debatirse entre insistir o rendirse, hasta que finalmente suspiró, derrotada.

  —Está bien, como quieras… pero la próxima entramos juntas, ?eh?

  —Sí, sí, lo que digas —contestó Mochi, sonriendo para aliviar la tensión.

  Miyu se dio la vuelta y se dirigió al ba?o con paso despreocupado, tarareando una melodía alegre. Cuando la puerta se cerró, Mochi soltó un largo suspiro y se dejó caer en el sofá, hundiéndose entre los cojines como si acabara de sobrevivir a una batalla.

  Pasaron varios minutos antes de que Miyu saliera, envuelta en vapor y con el cabello húmedo. Mochi entró justo después, y terminó su ba?o a tiempo para recibir al repartidor de pizzas.

  Ambas se sentaron frente al televisor, devorando porciones mientras veían una película de terror. Para cuando los créditos finales aparecieron en pantalla, estaban completamente satisfechas… y también somnolientas.

  Sin embargo, la noche apenas comenzaba.

  Porque, además de ayudar con la mudanza, Miyu tenía otro objetivo importante: comprobar si realmente existía una anomalía en el departamento.

  Apagaron todas las luces, dejando la casa en penumbra. Luego fueron a la habitación principal, donde Mochi ya había preparado una auténtica fortaleza de snacks: montones de bolsas de frituras, dulces y latas de soda.

  —Todo listo, Miyu —dijo con una sonrisa orgullosa—. Con esto podremos estar despiertas toda la noche sin problemas.

  Se sentaron una al lado de la otra en el suelo, apoyadas contra la cama. Hablaban en voz baja, atentas al más mínimo ruido. Cada una mantenía su arma de éter cerca, por si acaso algo decidía manifestarse.

  —Más que una cacería de fantasmas, esto parece una pijamada —susurró Miyu con una sonrisa divertida.

  —Tienes razón —respondió Mochi—. Pero si vamos a pasar la noche despiertas, no hay razón para no divertirnos también. Bien, ?hora de empezar con los bocadillos!

  Abrió una bolsa de frituras y una lata de soda con entusiasmo.

  —?Ya tienes hambre, Sempai? —preguntó Miyu, incrédula—. ?Si recién terminamos de comer! Si sigues así, vas a subir de peso.

  —No te preocupes —dijo Mochi, inflando el pecho con orgullo—. ?Soy especial! No importa cuánto coma, jamás engordo.

  Miyu infló las mejillas con un leve puchero.

  —Qué envidia… aunque supongo que esa constitución también tiene sus desventajas. —Su mirada bajó discretamente hacia el pecho de Mochi.

  Notando el gesto, Mochi se cubrió instintivamente con las manos.

  —?Crecera, te lo aseguro! Aún tengo tiempo. Además, tengo buenos genes. ?Mi madre los tiene enormes, y seguro yo también en unos a?os!

  Miyu no pudo contener la risa ante la exagerada respuesta de Mochi.

  —Jajaja, está bien, está bien. Confío en ti, Sempai.

  Así pasaron varias horas entre risas, charlas sin sentido y montones de envoltorios vacíos de frituras. Cuando menos lo esperaron, los primeros rayos del sol comenzaron a colarse por la ventana, ti?endo la habitación de un suave color dorado.

  —Fuaaahhh… —Miyu dejó escapar un largo bostezo, frotándose los ojos—. Sempai, al final no pasó nada. Parece que este lugar no estaba embrujado después de todo.

  —?Por qué suenas decepcionada, nyaah~? —Mochi intentó bromear, pero un enorme bostezo le cortó la frase a mitad de palabra.

  Ambas rieron con sue?o, con la voz pastosa y los párpados pesados. La noche de “cacería” se había convertido en una pijamada improvisada… y ahora pagaban las consecuencias.

  —Sempai, tal vez no fue la mejor idea hacer esto justo antes de un día de clases —dijo Miyu, recostándose sobre el futón—. Apenas puedo mantener los ojos abiertos…

  —Sí, la verdad que no —respondió Mochi, sosteniéndose la cabeza con una mano—. Si vamos así, nos dormiremos en clase seguro. ?Qué te parece si dormimos un poco y entramos más tarde? Prefiero llegar con retraso antes que recibir un castigo por roncar en el aula.

  Miyu lo pensó unos segundos, hasta que finalmente asintió.

  —Mmm… está bien. Solo un rato, ?eh?

  Mochi se levantó medio tambaleante y fue hasta el armario. De allí sacó un futón extra, cuidadosamente doblado.

  —Menos mal que preparé esto para cuando tuviera visitas —dijo con voz adormecida mientras lo extendía junto a su cama—. Bien, pondré la alarma en dos horas.

  —Perfecto… —respondió Miyu, ya medio dormida.

  Las dos se acostaron sin decir una palabra más. En cuestión de segundos, el silencio llenó el departamento, roto solo por el suave murmullo del viento que se colaba por la ventana.

  La alarma sonó dos horas después… pero ninguna de las dos lo recordaría.

  Ambas la apagaron medio dormidas, sin siquiera abrir los ojos.

  Cuando por fin despertaron, el sol ya estaba en lo alto del cielo.

  Miyu se incorporó lentamente y miró el reloj.

  —Sempai… son las doce y media…

  Mochi abrió un ojo con pereza.

  —?Eh? …Ah… supongo que ya no tiene sentido ir a clases, ?verdad?

  —Ninguno —respondió Miyu, dejando caer la cabeza sobre la almohada con una sonrisa cansada.

  Mochi rió por lo bajo y se acurrucó otra vez bajo las sábanas.

  —Bueno, al menos confirmamos que el departamento está libre de anomalías… y lleno de frituras vacías.

  —Y de sue?o —murmuró Miyu, antes de quedarse dormida de nuevo.

  La ma?ana pasó tranquila.

  El “departamento embrujado” no mostró se?ales de vida esa noche…

  O al menos, no mientras ellas dormían.

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