Luego de almorzar, Miyu regresó a su casa. Mochi la acompa?ó hasta la parada del autobús y, al volver, tiró su chaqueta sobre el sofá antes de dirigirse directo a su habitación. Sus párpados se sentían pesados; con el estómago lleno, el sue?o se volvió irresistible. Apenas se recostó en la cama, cayó dormida al instante.
—
Grrrchh...
De repente, se despertó sobresaltada por un ruido extra?o. La habitación estaba completamente a oscuras: el sol ya se había ocultado por completo. Al parecer, su siesta había sido bastante larga. Permaneció sentada en la cama unos minutos, atenta, pero no volvió a escuchar nada. Pensó que tal vez había sido un sue?o. Sin molestarse en encender la luz, se recostó de nuevo mientras pensaba en qué debería preparar para la cena.
Grrrchh...
Su tranquilidad duró poco. El ruido volvió a escucharse, esta vez más claro, proveniente del interior de su departamento. Sonaba como una silla arrastrándose por el suelo.
Mochi reaccionó al instante, saltando de la cama y poniéndose de pie. Rápidamente buscó su teléfono, pero no lo tenía consigo. Cerró los ojos un segundo, rebobinando mentalmente sus últimos movimientos antes de acostarse.
?Dónde lo dejé...?
La respuesta llegó enseguida: estaba en su chaqueta, la misma que había dejado en el sofá del comedor… justo de donde provenían los ruidos.
No podía avisar a Miyu ni a Zeke de lo que sucedía; estaba sola en esto. Entonces recordó algo más: sus nudillos también estaban en esa chaqueta. No solo estaba incomunicada, sino también desarmada.
—Maldita sea… ?qué descuidada de mi parte! —maldijo en voz baja. Ese error la había puesto en una situación bastante peligrosa.
Un nuevo ruido la sobresaltó. Era muy leve, pero su agudo oído lo captó con facilidad: el chirrido de la puerta del refrigerador abriéndose. Fuera lo que fuera aquello que había entrado, ahora estaba en su cocina.
Esta es mi oportunidad, pensó. Si el intruso estaba allí, el comedor debía estar libre. Solo tenía que llegar hasta el sofá y recuperar sus armas.
Abrió lentamente la puerta del dormitorio y salió al pasillo, moviéndose tan silenciosa como pudo. Había aprendido de su error anterior: esta vez no intentó sentir el éter, pues eso solo delataría su presencia.
This tale has been unlawfully lifted from Royal Road. If you spot it on Amazon, please report it.
El resto del departamento estaba igual de oscuro que su habitación; se había acostado aún de día, por lo que no había luces encendidas. Pero eso no era un problema para ella: su excelente visión nocturna la beneficiaba, y la penumbra la ayudaba a pasar inadvertida.
Avanzó agachada, confiando en sus oídos para seguir la ubicación del intruso. Durante el trayecto, notó algo inquietante: los ruidos en la cocina provenían de distintos lugares —cajones que se abrían, puertas de la alacena y del refrigerador—, pero lo que más le preocupó fue lo que no podía oír: pasos.
Para hacer todo eso, el culpable debía moverse por el lugar, y sin embargo… no se oía nada. Casi con certeza, se trataba de una anomalía.
Llegó hasta el comedor y divisó el sofá frente a ella. Solo tenía que avanzar un poco más para llegar a salvo.
Creak...
Una de las tablas del suelo crujió bajo su pie. En ese mismo instante, todos los sonidos provenientes de la cocina se detuvieron.
Mochi se congeló por un instante.
?Debería esconderse? ?Retroceder?
—?No! Es ahora o nunca —se dijo a sí misma.
Comenzó a correr a toda velocidad los pocos pasos que le faltaban. Saltó sobre el sofá, tomó su chaqueta y aterrizó en el suelo rodando una vez antes de ponerse de pie. Mientras rodaba, metió la mano en el bolsillo interno de la chaqueta y sacó uno de sus nudillos de éter, colocándoselo al instante. Se quedó en guardia, mirando hacia la cocina, lista para reaccionar ante cualquier ataque. Aunque solo llevaba uno de sus pu?os, le bastaba para defenderse.
Esperó.
Y esperó.
Pero no ocurrió nada.
Los segundos pasaban lentos.
—?Sé que estás ahí! ?Sal de una vez! —gritó hacia la cocina.
No hubo respuesta.
Decidió entonces usar sus sentidos para detectar cualquier rastro de éter. Sintió algo, pero era tan débil que ni siquiera podía ubicar la dirección exacta. Aquello la desconcertó.
Tomó una decisión: se colocó el otro nudillo y avanzó hacia la cocina, encendiendo las luces a su paso. Se asomó con cautela… pero no había nada ni nadie allí. Aun así, no cabía duda de que algo había estado en su casa hasta hace poco: los cajones y las puertas estaban abiertos, testigos de la intrusión.
Tras revisar cada rincón sin resultados, intentó una vez más rastrear el éter, pero no pudo detectar absolutamente nada, por más que se concentró.
—
Al día siguiente, Mochi asistió a clases como cualquier otro día. Durante el receso, ella y Miyu se sentaron juntas en el patio. Evitaron el comedor a propósito: querían hablar con libertad, sin preocuparse de que alguien las escuchara.
Mochi le contó todo lo sucedido la noche anterior, bostezando cada tanto. Estaba agotada; había pasado la noche en vela por segundo día consecutivo, demasiado nerviosa como para volver a dormir.
—Es un alivio que te encuentres bien, Sempai… pero me preocupa dejarte sola ahí. ?Quieres que me quede contigo hoy? —preguntó Miyu con un tono dulce.
—No tienes que preocuparte —respondió Mochi, sonriendo con cansancio—. Esta ma?ana llamé a Zeke para contarle lo que pasó, y me dijo que todo debería haberse solucionado ya.
Normalmente habría consultado con Haruka sobre estos asuntos, pero sus llamadas no lograban conectar. Antes de irse, Haruka le había mencionado que viajaría a una zona rural, por lo que sería difícil comunicarse con ella. Sin otra opción, Mochi recurrió a Zeke por lo que decidio llamarlo.
Tras escuchar su relato, él le explicó que lo más probable era que se tratara de una anomalía de rango bajo. Las anomalías se clasificaban del rango E al S, siendo las de rango E las más débiles y prácticamente inofensivas. Según Zeke, todo lo que Mochi describía coincidía con una de esas criaturas: tenían tan poco éter que resultaban difíciles de detectar para quienes no tenían una percepción muy afinada.
Eso explicaba por qué ella no había podido ubicarla con precisión.
Lo bueno era que esas anomalías eran cobardes: solían esconderse en lugares abandonados y huían ante la menor se?al de peligro. Con eso en mente, Zeke le aseguró que probablemente ya se había marchado. Mochi se sintió aliviada; al fin y al cabo, el problema parecía haberse resuelto solo.
Durante los días siguientes, todo pareció confirmar esa teoría. Las noches fueron tranquilas, sin ruidos ni sobresaltos, y pudo dormir sin interrupciones.
Hasta que, la noche del quinto día, Mochi volvió a despertarse por ruidos provenientes de algún lugar de su casa.
Sin perder tiempo, se levantó y buscó por todas partes, pero no halló rastro alguno de la anomalía.
Cansada y molesta, volvió a su cama.
—Parece que este problema no se resolverá solo... —murmuró, frunciendo el ce?o.

